Día 24. Refugio de la Restanca-Port de Ratera: Un mundo de lagos.

image

Lagos…

Lagos, lagos y más lagos. Ensartados o aislados, escondidos y encontrados. Hasta veinte hemos pasado en un único día. Se diría que todo es agua y verde y piedra y que tanta belleza no puede ser real sino virtual. ¿Creada por ordenador para algún cuento de dragones? El día es precioso, el cielo intensísimo; las aguas —bien sean verdes, azules o transparentes—, invitadoras; y el camino —diseñado a la medida de los lagos—, idílico.

La noche ha sido «movidita». Parece ser que nos debimos instalar al lado del camino que conduce al, digamos y con perdón, meadero oficial de la Restanca, porque, hasta bien entrada la noche, nuestros intentos de dormir se vieron truncados por un contínuo desfile de gente. Poco después, el viento comenzó a apretar. Inevitable el que el subconsciente, «consciente» del estrecho espacio que ocupábamos y de la cercanía del barranco, hiciese de las suyas y llenara nuestros sueños de mochilas rodando que terminan siendo robadas o aplastadas en paisajes surrealistas o carreteras transitadas.

image

Lagos…

A lo largo del día, ya en su segunda jornada, Ramon siente en sus carnes el efecto de caminar con muchos kilos añadidos. Reconozco los síntomas porque no hace tanto que yo misma los he sufrido. Aún así, aguanta estoicamente el tirón de los dos puertos y la larga caminata y llegamos al Port de Ratera. Un lugar privilegiado que permite, con un mínimo desplazamiento, contemplar muchos de los lagos del Vall d’Aran y otros tantos de Saint Maurici. Un total de ¿cincuenta? Imposible contarlos todos. Mirar al sur me recuerda a Auxi y a Manolo, pianista y kapellmeister, que hace pocos días estuvieron por aquí.

Y entre lago y lago, anécdotas y reencuentros. Coincidimos con un grupo de catalanes (¿por qué me obstino en sentir que todavía no estoy en Cataluña?) con  los que hablamos de energía y travesías. Al final resulta que uno de ellos, Ramon (otro Ramon), no solo es también habitual de Atlas Natura sino que me recuerda que coincidimos ¡en 2007! en una de sus salidas. Después de tantos años, es normal que tardemos en reconocernos, pero no deja de ser bonito.

image

Y más lagos!

¿Que dónde dormimos? ¡Pues al lado de un lago! A 2500m de altura y rodeados del más absoluto silencio y la más completa tranquilidad. ¿Nos respetará el tiempo esta noche?

Día 23. Refugio de Conangles (boca sur del tunel de Viella)-Refugio de la Restanca: El Alto Arán.

.

Estany de Rius

Estany de Rius

Hoy ha sido la primera de las tres etapas que recorren, de oeste a este, los tres grandes circos lacustres (¿a que suena bien?) que se ocultan en el Alto Arán, al sur del río Garona y al norte de Aigüestortes: el Circ de Rius, el Circ de Colomers y el Circ de Saboredo. La zona está dominada por el impactante perfil del macizo de Besiberri, de afilados dientes de sierra, y meca de montañeros arriesgados.

Con el Besiberri al fondo.

Con el Besiberri al fondo.

Estos días, Ramon camina conmigo. Vamos los dos con mochilones. No queda otro remedio que dormir en tienda porque los refugios de la zona están siempre saturados de gente ya que forman parte del muy concurrido circuito de «Carros de Foc» (nadie sabe de dónde viene el nombre, porque de carros no sé pero de foc —fuego—, aquí, bien poco). Aún así, hoy ya estamos transgrediendo no sé muy bien qué normas porque hemos «plantado» la tienda cerca del refugio de la Restanca después de que nos hayan dicho que solo podemos instalarnos donde no se nos vea (¿?).

Subida a la Restanca

Subida a la Restanca

El primero de los lagos, el Estany de Rius, ya es espectacular. Aparece de repente, rodeado de piedra, con una pequeña isla enmedio, y se diría que va creciendo conforme el camino avanza a su lado. Una pena que el viento y la temperatura nos hayan disuadido de darnos un baño porque es difícil imaginar un lugar más apetecible para hacerlo. Después, hemos dejado de lado el Tòrt de Rius y el Lac de Mar —dos de los mayores lagos de los Pirineos— y hemos seguido el GR11 hasta aquí. Una etapa no muy larga que, salvo por su tramo final (incómodo, vertical y pedregoso), nos ha permitido disfrutar, una vez más, de torrentes, prados, flores y frutos silvestres e incluso de una pequeña playa fluvial en la que hemos podido parar a comer.

image

Subida a la Restanca

Ya en la tienda, y a pesar de la pequeñez del espacio, el ruido de la cascada que tenemos justo al lado nos gratifica tanto o más que el saber que nos hemos librado de un dormitorio comunal abarrotado y caluroso en un refugio igualmente saturado en el que no hay apenas espacio para nada y en el que el olor a humanidad se respira ya desde la entrada.

Mañana más.

Día 22. Artiga de Lin-Viella: Malas decisiones

Collado de Horo, desde la Artiga de Lin

Collado de Horo, desde la Artiga de Lin

Malas decisiones que me han traído hasta este valle precioso (y muy turístico) del que no sé muy bien por dónde salir. Porque, en mi forma de ir concretando la ruta casi día a día, no me había fijado en que el siguiente track es dudoso ya que una parte del mismo no coincide con ningún camino de los que aparecen en el mapa. ¡Y estoy ya suficientemente escarmentada como para ponerme a hacer «inventos» a 2500m de altura!

Esta vez, la almohada tampoco ha servido mucho como consejera y he dedicado una buena parte de preciosa mañana a decidir qué hacer. No quiero perder la continuidad. El saber que cada metro, desde Hendaya hasta aquí, ha sido andado, es increiblemente satisfactorio y «engancha». La solución: buscar una ruta alternativa que me lleve a Viella. Y la encuentro en forma de un sendero de «pequeño recorrido» que comienza llevándome, por un bosque, a los Uelhs deth Joeu (ojos del diablo o de Júpiter), la famosa cascada de agua procedente del Aneto.

Uelhs deth Joeu

Uelhs deth Joeu

A partir de ahí, la cosa se complica. El «pequeño recorrido» se convierte en un recorrido interminable, en parte porque no está señalizado (lo que me hace perder muchísimo tiempo comprobando con mapa y GPS que voy bien), y en parte porque parece que quien diseñó los caminos de este valle no conocía sino la línea recta. ¿La prueba? Ayer tuve una bajada infernal, totalmente lineal y vertical con partes de pista embarradas y otras literalmente arrasadas; y lo de hoy, una pista igualmente recta y vertical, con un desnivel de vértigo, parece toda una declaración de intenciones: «a ver quién tiene narices de subir por aquí». ¡Pues yo! ¡Y con mochilón! ¡Que hoy lo he recuperado por voluntad propia para no perder la costumbre!.

Primera marca, tras más de dos horas de recorrido, de señalización del camino.

Primera marca, tras más de dos horas de recorrido, de señalización del camino.

El resultado de tanta improvisación es que, cerca de las cuatro de la tarde, y tras 15km de ruta, me encuentro en lo más alto del valle, muerta de calor y cansancio y consciente de que me quedan otros tantos kilómetros por recorrer antes de llegar a Viella. Claudico por hoy. Sé que suena mal pero cuando las fuezas caen, el orgullo pierde su razón de ser. Así que llego a Viella, sí, pero, para mi vergüenza, ¡en coche!. La otra opción hubiera sido montar la tienda y seguir mañana pero… la promesa de una cama es a veces increíblemente poderosa (¡y más si anuncian tormenta!).

Y para seguir con el desastre, parece, según la gente del país, que la variante del GR que quería tomar mañana y que me llevaría hasta la boca sur del tunel de Viella (a la que podría haber llegado directa desde Benasque) ¡está perdida! Y el caso es que me lo creo, porque a la vista de lo de hoy y de la bajada de ayer me doy cuenta de que el mantenimiento de los caminos no parece una cuestión prioritaria para el Valle de Arán.

Fuente

Fuente

Una pena y una falta de previsión por mi parte que, por primera vez desde Hendaya, hace que pierda mi querida continuidad. Intento evitar pensamientos fundamentalistas y quitarle importancia pero no deja de ser una espinita… Lo superaré (espero).

Día 21. Benasque-Artiga de Lin: Adiós a Aragón.

La Maladeta desde la subida al Puerto de la Picada.

La Maladeta desde la subida al Puerto de la Picada.

Remontando el río Ésera, pasando por los Baños y el Hospital de Benasque y continuando por un hermosísimo valle donde no sólo crecen las frambuesas sino también los arándanos y donde, a medida que se asciende, las vistas de los macizos del Poset y de la Maladeta se vuelven más y más espectáculares, así me he despedido hoy de Aragón para adentrarme en Cataluña por el Valle de Arán.

Camino a Aigualluts

Camino a Aigualluts

Una jornada tranquila. Con pocos montañeros y muchos turistas que aprovechan el autobús que sale desde el Hospital de Benasque y les lleva hasta Aigualluts. Allí, la atracción es ver el lugar donde las aguas que vienen del Aneto son engullidas por la tierra. Desaparecen para ser regurgitadas de nuevo justo donde me encuentro ahora, en el precioso paraje de la Artiga de Lin. Una pena, porque finalmente son aprovechadas por Francia.

Árbol arrancado. Ayer, en el Valle de Estós.

Árbol arrancado. Ayer, en el Valle de Estós.

Desde ayer, voy encontrándome señales de que me encuentro en lo más duro del Pirineo en forma de árboles arrancados y arrastrados ladera abajo por antiguos o recientes aludes. ¡Impresiona imaginar la violencia que tienen que vivir estas montañas en invierno!

Día 20. Viadós-Pla de Senarta: Jerry, frambuesas y ecos de Cap Creus en el ecuador

Poor el Valle de Añes Cruzes

Por el Valle de Añes Cruzes

Aunque siendo fiel a los tracks de la Alta Ruta Pirenaica debería haber llegado al Pla de Senarta (cerquita de Benasque), y con él a las faldas del Aneto, en la etapa 21, el reajuste tras los dos días de lluvia me ha llevado a elegir una ruta alternativa, la del GR11, que esta vez transcurre más al norte, y que tiene por efecto el ahorrarme un día. Eso quiere decir que ¡he llegado a la mitad de mi recorrido y, por fin, empiezo a pensar que lo lograré!

Valle de Estós

Valle de Estós

Hoy, además, ha habido encuentros especiales. Y no me refiero solo a las marmotas ni al sarrio (especie de cievo) que he encontrado justo en el Puerto de Chistau —que también—, sino a dos personas: Jerry, un inglés con el que ya coincidí en la terrorífica etapa entre Iraty y Belagua; y también, y de forma muy especial, un chico (¿por qué no le habré preguntado su nombre?) que ¡venía desde Cap Creus! Me ha parecido una coincidencia maravillosa. Que justo a la mitad de mi recorrido y a la mitad del suyo coincidamos… Ha sido como si nos diéramos el relevo y lo hemos sellado con un hermoso apretón de manos. Un momento emotivo: el final está al alcance.

Cercavcel mirador devlas Gorges Galanas

Cerca del mirador de las Gorges Galanas, en el Valle de Estós.

Pero antes de eso, y antes de disfrutar de una etapa que, sin estar entre las más abruptas y salvajes sí puede ser calificada como una de las más bellas, han sido más de 40km en coche, la mayoría por pista (¡gracias Ramon!), para resituarme de nuevo en Viadós. Después de tanta agua como ha caído, la montaña suda, gotea y resplandece. Aparece surcada por ríos y torrentes en una orgía de agua nada mansa que anima y da vida.

¡Frambuesas!

¡Frambuesas!

Y al final, un atracón de frambuesas. ¿Quien se podría resistir a esas pequeñas y dulces frutas rojas cuando hacen su aparición de forma salvaje y crecen en abundancia al borde del camino? Yo no.

Puente

Puente

Día 19. Hospital de Parzán-Viadós: Entre vaca y dominguera.

Al fondo, el macizo del Posets (3375m), el segundo pico, después del Aneto,  más alto de los Pirineos.

Al fondo, el macizo del Posets (3375m), el segundo pico, después del Aneto, más alto de los Pirineos.

¿Os habéis fijado en los «sienes y sienes» —que diría mi amigo Javi— de moscas que pueden llegar a reposar plácidamente en la cabeza de una, igualmente plácida, vaca? ¿Es por el calor?¿Por el sudor?¿Por el amor y la simbiosis entre especies? Sea por lo que sea, quizá no cientos, pero sí decenas de moscas me han debido confundir esta mañana con un bovino, porque he pasado las tres primeras horas de mi recorrido rodeada de un enjambre de irrespetuosas, pesadas e insidiosas criaturas aéreas al acecho de la más mínima oportunidad para posarse en mi piel, mis orejas o mis pestañas. ¿Si lo hubieran conseguido me habría transformado yo también en una vaca?

Hoy ha sido el día más «ligero» de todos cuantos llevo andados. El arrancar esta mañana tan solo con mi mochilita de paseo, cual dominguera, sabiendo que el resto de mis cosas viajan en coche y me esperan al final del día, es una sensación extraña. ¡Me siento desnuda sin llevar la casa a cuestas! Desnuda en una etapa relativamente descafeinada: Un camino que, en su inmensa mayoría, es una ancha y cómoda (aunque sosa) pista; un paisaje que, comparado con el de otros días es mucho menos espectacular aunque igualmente bello; y una larga bajada, también por pista, atravesando un bosque de pinos que me recuerda más a mi tierra, Cuenca, que a las latitudes por las que me muevo. Resultado: ¡Me he merendado mis 20km de hoy, con mis más de 1300m de subida y cerca de 900m de bajada, en «horario funcionario», de 8.00 a 15.00!

Macizo del Aneto (3404m), la Maladeta, desde el collado de Sahún, entre el valle de Gistain y el de  Benasque.

Macizo del Aneto (3404m), la Maladeta, desde el collado de Sahún, entre el valle de Gistain y el de Benasque.

Con tanta «relajación» da más tiempo a pensar. En temas más o menos trascendentales y en otros simplemente curiosos como, por ejemplo, la cantidad de formas en las que es posible afrontar una Transpirenaica. Entre los que la hacen andando, me he ido cruzando con gente que recorre el GR11, otros el GR10 y algunos, como yo, la Alta Ruta (que, no sé muy bien por qué, casi todo el mundo conoce por su nombre francés: Haute Route). Gente que la hace caminando hacia el este (lo más normal) o quienes la hacen al revés. La mayoría la afrontan por tramos que oscilan entre cuatro días y dos semanas. Algunos dividen cada etapa en dos y otros ¡hacen dos etapas en un día! (¡¿eso es posible?!). Pero entre las formas más llamativas de atravesar los Pirineos está la que me ha contado Mónica, la única caminante (esta vez suiza) con la que he hablado hoy. Ella hace una parte andando con un grupo de amigos, vivaqueando entre etapa y etapa, mientras que su marido lleva el parapente a cuestas y combina partes andadas con otras «voladas». Impresionante.

Collado de Sahún.

Collado de Sahún.

Comer en Viadós, cerquita de Plan (sí, el pueblo que se hizo famoso por su «caravana de mujeres»), con la tranquilidad de haber terminado ya la etapa, me ha librado de tener que correr cuesta abajo al final de la tarde —de nuevo como las vacas— ante las espesas nubes que ya empiezan a formarse (¿sabíais que las vacas cuando sienten que amenaza temporal se agrupan y descienden de los pastos?). Por delante, dos días de parón obligatorio por mal tiempo que pasaremos en Benasque, a los pies del Aneto, y la necesidad de hacer alguna que otra reestructuración de las próximas etapas.

Día 18. Héas-Hospital de Parzán: Mayoría de edad en las alturas.

Lirios en la niebla.

Lirios en la niebla.

A 2500m de altura. De collado en collado, de horqueta en horqueta. Y así durante la mayoría del día de hoy. Sobrepasando la niebla y andando por encima de ella. Ajena al mundo desde que conseguí, tras más de 1000m de ascenso, llegar al sol y, tras él, al primero de los puntos culminantes del día de hoy, la Horqueta de Héas. Un collado mínimo en espacio pero inmenso en panorámica que no se deja adivinar desde abajo y que sorprende no solo por su estrechez sino también por la desnudez de la pizarra que lo configura en su totalidad.

A partir de allí, un paseo por las nubes que conduce, tras dos collados más, al Circo de Barrude. Lo recorro en todo su perímetro y el calor del espléndido sol que me acompaña se debate con la brisa helada de las alturas hasta llegar, ya en su punto final, a los hermosísimos lagos con que culmina y a contemplar los hierros destrozados y desparramados de lo que una vez fue el refugio de Barrude. Algún alud o temporal debió hace años entretenerse en destrozarlo y esparcir sus restos cual nave espacial estrellada en un planeta hostil.

Lagos de Barrude (o Barrosa)

Lagos de Barrude (o Barrosa)

Al final, y tra un último collado, una nueva, interminable, bajada. ¿Será mi subconsciente o es que cuanto más bajo más lejos queda el río Barrosa, al fondo del valle? Inmensas eses que recorren la montaña de extremo a extremo. Los pies quemando pero aguantando gracias al ibuprofeno que me he tomado antes de empezar el descenso. El sol ardiente. Mi cuerpo en forma. ¿Cuántos kilómetros quedan? Aún bastantes. La etapa es larga.

Hoy me espera Ramon al final de la jornada. Viene a servirme de apoyo y a acompañarme en alguna etapa. ¡Me voy a liberar del mochilón durante algunos días! ¡Y eso que creo que ya estoy definitivamente acostumbrada a él! Estoy impaciente por ver cómo es subir sin lastre. ¿Será igual de penoso?¿Podré, por fin, sentirme ligera?¿Seguirán adelantándome todos los excursionistas? ¿Estaré haciendo trampa?

Panorámica desde la Horqueta de Héas

Panorámica desde la Horqueta de Héas

En un par de días el tiempo se estropea lo que supone paréntesis obligado y reorganización de etapas. Además, tengo que estudiar mapas y paradas porque se avecinan días en los que, de nuevo, va a ser difícil coincidir con sitios civilizados.

Continuará…

Día 17. Gavarnie-Héas: Feliz.

Circo de Gavarnie. Al fondo, a la derecha, la catarata.

Circo de Gavarnie. Al fondo, a la izquierda, la catarata (la foto no hace justicia).

Gavarnie parece tener para mí el mismo efecto milagroso que para otros tiene la cercana Lourdes. Estimulante, purificador, energético y motivador. La energía que trasmite tanta roca plegada y replegada, hundida y medio sepultada en nieve, es inconmensurable y me sitúa en el más absoluto estado de gracia.
Feliz de levantarme en semejante entorno. Feliz de ir andando y cobrando altura y contemplar cada poco la nueva perspectiva que se me ofrece. Feliz de que el tiempo sea mejor que ayer; de andar de nuevo relajada, como si no hubiera un destino. Feliz de disfrutar del silencio que me permite escuchar los torrentes, la brisa, los pájaros, las marmotas (que hoy no se dejan ver) y esos gigantes de roca que me acompañan. Porque ellos también hablan.

image

La Brecha de Roland, muy al fondo ya. Desde el refugio des Espuguettes

Feliz de ir de circo en circo. Desde el de Gavarnie, pasando por el de Estaubé y terminando por dormir, de nuevo, al abrigo de otro, el de Troumouse. Feliz de andar por caminos tranquilos pero bien señalizados y fáciles de seguir. Feliz de saber dónde estoy y no andar perdida. Feliz de darme cuenta de la naturalidad con la que llevo este viaje (¡ni yo misma me la creo!) De lo fácil que es todo lo que habitualmente hacemos difícil cuando lo que normalmente tenemos fácil deja de serlo.

Hora de comer bajo el circo de Estaubé.

Hora de comer bajo el circo de Estaubé.

Feliz de recoger frambuesas en el camino y de encontrar un sitio en Héas (¡si esto ni es ni un pueblo, solo son cuatro casas y una iglesia!) donde tomar una cerveza, cenar, ducharme y poner la tienda. Feliz de esa vecina que ha venido a preguntarme si hago la Haute route y me ha ofrecido comida para mañana o cualquier otra cosa que pueda necesitar.

Feliz de haber llegado hasta aquí, de tener tanta gente querida y encontrar tanta gente que merece serlo.

Circo de Troumouse desde el Auberge La Munia de Héas

Circo de Troumouse desde el Auberge La Munia de Héas

Día 16. Bujaruelo-Gavarnie: De vientos, glaciares y circos.

Puente románico de San Nicolás de Bujaruelo

Puente románico de San Nicolás de Bujaruelo

Vientos, los que me han acompañado durante toda la noche y toda la subida al puerto de Bujaruelo (cuatro horas, a mi paso, de ascenso contínuo); glaciares, los del Taillón y el Vignemale que han surgido repentinamente (y a la vez) de la niebla que ha entrado al relevo del viento; y circos, esta vez solo uno, el de Gavarnie, pero que para mí, desde que lo conocí, vale por todos: El paradigma del circo.

Casi no he dormido. Anoche tuve una animada charla con cuatro ganaderos del Valle del Broto, gracias a los que me enteré de que esos pastos maravillosos que configuran los paradisíacos valles pirenaicos que surgen a partir de los 1500-1800m de altura, son fruto de la quema controlada realizada desde hace siglos y una forma de aprovechamiento sostenible del medio que, según ellos, ni los políticos ni los ecologistas entienden. Después, me encontré la tienda tumbada por el viento y con una piedra encima que algún alma caritativa había puesto. Me tocó pelear con ella para enderezarla y he pasado la noche intranquila y más pendiente de cada nueva ráfaga de viento y de sus posibles efectos nocivos que de relajarme y descansar. Y como el viento no ha parado, por la mañana la subida ha sido épica. Cansada, con el sol del frente (como todas las mañanas), el viento de cara y el frío poniendo también de su parte (y en mi contra). ¡Hasta me he tenido que poner los guantes!

Circo de Gavarnie emergiendo en el camino.

Circo de Gavarnie emergiendo en el camino.

Pero el final no me ha defraudado. Todo lo contrario. Y eso que hoy no me he animado a subir a la famosísima brecha que según la leyenda fue abierta por Roland, el sobrino de Carlomagno, al golpear la roca con su espada tras la batalla de Roncesvalles. Me ha dado pereza y la recompensa de lo ya visto es más que suficiente. Arriba, en el refugio, un sol increíble y la posibilidad de comer disfrutando de la vista del espectacular, anonadante, casi extraterrestre, circo de Gavarnie. Aunque desde allí no se ve la cascada (la segunda más alta de Europa) luego he podido verla, aunque de lejos, a la bajada.

En el refugio de la brecha.

En el refugio de la brecha.

La última vez —la primera— que estuve aquí había muchos menos españoles y mucha más gente. La fila interminable de quienes subían a la brecha era mucho más densa y contínua. Y aún así siempre recordaré esa subida como un poderosísimo punto de inflexión. El deslumbramiento que me produjo la inmensidad de tanta inesperada belleza me cambió el humor y me hizo renacer a la felicidad (a la que también ayudó la conversación que tuve con Merçe en la plataforma del refugio justo antes). Tanto aquella vez como esta, el sol solo apareció in extremis, en el último momento, y supongo que eso lo hace aún más mágico.

La bajada a Gavarnie ha sido solitaria y plácida y ¡una marmota se ha medio dejado fotografiar! Pero a la llegada al pueblo, de nuevo con frío y pensando aprovechar alguna de sus múltiples ofertas hoteleras me he encontrado con que, posiblemente, este sea el peor día del año para encontrar habitación: no solo es verano, no solo es sábado, sino que, del 24 al 31 de julio se celebra la trigésima edición del Festival del Gavarnie. Resultado: de nuevo camping.

Y en el centro, una marmota!

Y en el centro, una marmota!

Todavía queda cumplir la promesa que le hice a Jorge, uno de los ganaderos con los que estuve ayer, de pasarme por el bar Les Glaciers y decirle al dueño que me ponga una cerveza a su cuenta. ¿Tendré el morro de hacerlo? Al menos me iré a cenar allí. Por cierto, el 26 de septiembre es la fiesta de los ganaderos del Valle de Bujaruelo: estáis todos invitados (aunque me da la impresión que el sexo femenino, dada la tasa de despoblación, es especialmente bien recibido).

Día 15. Baños de Panticosa-Bujaruelo: Las marmotas del Vignemale.

Pista de bajada a Bujaruelo

Pista de bajada a Bujaruelo

¡Buen tiempo! y ¡Mal de pies! Pagando el exceso de la bajada de ayer que, me acabo de enterar, podría haber evitado quedándome en el refugio que hay al lado de Bachimaña, el embalse que está encima de Baños de Panticosa (unos 800m por encima). Necesito al menos dormir diez horas y unos pies nuevos (Miguel Ángel, ya estás tardando con el kit de pies, que el kit de rodilla nunca llegó).

Aún así, y después de dos horas y media de subida contínua y bastante sosa, comienza una nueva jornada de belleza descomunal inagurada con una aparición repentina: el monstruo el Vignemale (por cierto, este sí es el Vignemale, el del otro día era el Balaitus). 3298m de roca y glaciar delante de mis narices. A sus pies, el valle del Ara, el perfecto valle verde paradisíaco en el que, además, no me encuentro un alma. ¡Todo para mí! Bueno, para mí y para todas las marmotas a las que voy asustando a mi paso y que corren despavoridas a esconderse. Una pena que no se dejen fotografiar (aunque Ramon me ha prometido que en un par de jornadas las encontraré menos tímidas y entonces sí tendré la oportunidad de inmortalizarlas).

El Vignemale desde Brazato

El Vignemale desde Brazato

Lo peor es el ánimo. Pensaba que a estas alturas debería andar como una moto y en vez de eso me veo torpe y pesada. Porque al dolor de pies se añade la pesadez de estómago (¿tantos días de comer diferente?). Me da rabia (ya sé que es una tontería pero me cuesta evitarlo) tardar nueve horas en hacer trayectos que dan como de seis ¡y eso sin casi pararme!. Me da rabia que lo físico siga siendo tan protagonista. Me da rabia sentir que he llegado hasta aquí y que, sin embargo, mi motivación comienza, por primera vez, a decaer. Veremos…

Esta noche, camping. Al lado del puente románico de San Nicolás de Bujaruelo, en el preparque de Ordesa. Un oasis de tranquilidad cuyo restaurante tiene una carta más que apetecible, además de raciones generosas y gente amabilísima. Aquí reencuentro a Natalia y a Richie, una pareja que sigue el GR11 y con la que he coincidido en Candanchú y en Respomuso. La charla fluye más que agradablemente gracias a las experiencias compartidas (¡han pasado por lo mismo que yo!) y además obtengo de ellos valiosos consejos podológicos. ¿Qué más se puede pedir?

Mañana, el cuerpo me pide descanso.