Isaba con Sabina y fin de viaje (por ahora)

A las siete de la mañana de hoy, jueves, después de una noche de insomnio en la que el viento ha golpeado irregular pero constantemente mi tienda, y en la que he combatido el sobresalto de cada ráfaga con fe y autocontrol, la lona ha comenzado a soltarse de las piquetas. Es hora de levantarse, de agradecer que no haya pasado antes y de recoger como puedo la vela en que se ha convertido mi cubículo.

A las ocho de la mañana de hoy, jueves, sigo sin hambre y con sed. Asustada por la pérdida de apetito y por el tipo de cansancio empiezo a ponerle nombre a lo que me pasa: deshidratación. ¡Y no será porque no he bebido! Imposible seguir caminando hoy. Tocaría descansar al menos un día y ver cómo responde mi cuerpo, pero el pronóstico del tiempo es de lluvias y tormentas para los dos o tres próximos días. ¿Qué hago?¿Me quedo varada todo ese tiempo en este valle del Roncal que empiezo a ver como una auténtica barrera demoníaca? De momento, hay que bajar hacia Isaba y de paso desayunar en la Venta de Juan Pito: dos Aquarius y un Kinder Bueno. Muy sano no es pero es lo único que me apetece.

A las once de la mañana de hoy, jueves, tan solo doce kilómetros me separan de mi destino y bastantes menos, poco más de dos (según la ventera) del camping de Isaba. Siento pena por dejarlo justo a las puertas de Aragón, cuando el paisaje comienza a cambiar y cuando la promesa de sus piedras y sus lagos, de sus verdes y sus grises recortados bajo un azul tan intenso que más que cielo es paraíso, está tan cerca. El paraíso tendrá que esperar. Ahora solo quiero un lugar donde descansar. ¿Por qué hay gente que miente?

A la una de la tarde de hoy, jueves, pienso en la ventera y en las mentiras. La bajada hacia el camping de Isaba resucita toda mi rabia infantil contra quienes crean expectativas imposibles. De niña siempre que preguntaba cuánto quedaba para llegar a algún sitio se me respondía lo mismo: “cinco minutos”, independientemente de que fueran una o dos horas. Hoy, los dos kilómetros prometidos resultan ser, al menos, seis. Y lo que imagino un paseo agradable junto al río es una encerrona: un estrecho pasillo entre bosques y helechos, subidas y bajadas, hierbas y tábanos, con visibilidad nula y señalización final equívoca. Perfecto como atracción adolescente para una tarde aburrida, pero desesperante como final de una travesía. Comienzo a odiar con todas mis fuerzas el valle del Roncal y a desear irme, cuanto antes, de aquí.

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A las siete de la tarde de hoy, jueves, Isaba es un pueblo en fiestas en el que la música llena las calles y en el que he encontrado una habitación preciosa en el Hostal Lola que está libre porque se prevé ruidosa (¿y a quién le importa el ruido?). El odio se esfuma. Mañana, a las siete de la mañana, sale el único autobús a Pamplona. Descansaré unos días, sí, pero en Isil, el precioso pueblo del Alt Àneu donde me espera Ramon. Después, veremos.

¿Y qué hay de mi promesa de dedicar cada entrada a una mujer (o a un grupo de ellas)? La tarde ha acabado con un concierto homenaje a Sabina y, aunque no soy ni seguidora suya ni experta en sus canciones, no puedo evitar pensar en las mujeres de las mismas. Aun cuando aparentemente son protagonistas, no son sino sombras en un mundo esencialmente masculino: seductoras, tradicionales, “putas”, amores de una noche, mujeres con faldas cortas… ¿Qué hay detrás de ellas?¿Cómo son de verdad?¿Cuáles son sus intereses, sus ideas, sus inquietudes?¿Qué harían si pudieran salir del cliché en el que se las encierra?¿Son mujeres de verdad, o de mentira?

¡Ni con agua de Cuenca!

¿Cuántos kilómetros?¿Veintiséis?¿Veintisiete? Más o menos. Y más de mil metros de desnivel. Y más calor, y más viento… Y más cansancio. Mucho más cansancio. Y eso que no he subido al Ori sino que lo he bordeado por su cara sur siguiendo el GR12 y que he llegado al puerto de Larrau muy pronto, sobre la una y algo (también es verdad que me he dado un madrugón).

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Skyline matutina. Al fondo la frontera natural entre Navarra y Aragón.

Por una parte, echo de menos la subida al pico, mucho más bonita que la ruta alternativa. Por otro, hoy no me siento con fuerzas. Imaginarme esos mil metros de desnivel subiendo ininterrumpidamente por una interminable ladera de hierba a pleno sol, y con el viento de hoy, se me hace, nunca mejor dicho, cuesta arriba. No es normal. Sé que las cuestas, por muy duras que sean, se suben. Solo hay que bajar el ritmo. Pero hoy se me hace un mundo. Y después de dos días sintiéndome cansada empiezo a pensar que esta flojera no es normal. 

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El Ori, ya muy cerca, y sí, fastidia tener una carretera al lado.

Con todo eso, no he sido capaz de decidir qué hacer hoy. Hasta dónde llegar. ¿Quedarme en el puerto?¿Bajar desde allí al pueblo (que me bajen)?¿Seguir algo más y acampar donde pueda (o donde me quede sin fuerzas)?¿Bajar a la cabaña de Ardané, el refugio no guardado que supone descender durante una hora para volver a ascenderlo el día siguiente?¿Intentar llegar a Belagua a pesar de los más de treinta kilómetros? Ninguna opción me gusta así que, lo dejo a la providencia…

… providencia que aparece justo en el puerto de Larrau. Allí coincido de nuevo con dos canadienses que conocí ayer y que hacen la misma ruta que yo y que, hablando del calor y la falta de agua, me sugieren que la pida a alguna de las caravanas que se han instalado en el parking del puerto. Yo voy más en la línea de bajar al pueblo pero… en el último momento me dirijo a la única caravana de matrícula española: ¿Perdona, no os sobraría un poco de agua? Sí, claro, ¿cuánta necesitas? Una pareja amabilísima, con dos niños de ojos de un azul extraordinario y que son ¡de Cuenca! El destino, sin duda. ¿Cómo si no podrían ser paisanos los únicos españoles del puerto de Larrau? La charla y el litro y medio de agua de más me animan a seguir.

Y me animan a recordar a Carmen y Mª Jesús, mis amigas conquenses (aunque una de ellas sea de Salamanca), con las que me unen charlas interminables, viajes divertidos y un pasado ya muy lejano de lucha contra el abuso de poder que existió durante años en el conservatorio de Cuenca. Tenemos la suerte de disfrutar de ese tipo de amistad entre personas muy diferentes que se quieren y se admiran sin juzgarse, que se adaptan sin problemas a lo que sea y que, por muchos años que pasen, siempre parece que fue ayer la última vez que hablaron.

Pero más que en recuerdos, el día se me va en incertidumbres. Al final ando mucho y paro, rendida, ante la última cuesta arriba que me separa de mi destino. Allí monto la tienda. Allí me pregunto por qué no tengo hambre y por qué, por mucho líquido que beba quiero más. Me pregunto por qué mi boca está pastosa y las piernas me pesan y me duelen incluso más cuando estoy parada que cuando me muevo. Me pregunto por qué bajo tan bien y por qué subo tan mal (cuando los primeros días no tenía ningún problema). Me pregunto por qué no soy capaz de andar más de una hora seguida (y a veces ni eso).

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Algún punto entre el portillo de Sotalepoa y el de Belai, cerquita de donde duermo esta noche.

Y empiezo a ver peligrar mi empresa de llegar en dos días a Candanchú. Porque con tanta incertidumbre y tanto cansancio, no solo me parece una locura adentrarme mañana en una nueva etapa de calor y de sequía sino que, además, siento que no estoy disfrutando como debiera, como querría. Y eso sí es imperdonable. 

Toca dormir y mañana veremos.

Quasimoda a contra corriente en Iraty

Otra vez condensando dos días de ruta: los que transcurren entre Roncesvalles y el Coll de Bagargi, en Iraty. Dos días de mucho calor y también de mucho cansancio, viendo cómo los 2000 metros del Ori se aproximan hasta tenerlos, esta noche, muy cerca, justo a mi derecha mientras ceno. Pero antes he pasado por el Okabe, esa cima plana, inmensa y pelada con restos primitivos en forma de cromlechs) del que mi amiga Rocío seguro que todavía se acuerda (¡qué envidia de memoria!).

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Cima del Okabe. Al fondo, a la izquierda, y aunque no salen en la foto, están los cromlechs.

El Ori es un pico “jorobado”, como jorobada soy yo con la mochila a cuestas y más jorobada me vuelvo con el cansancio y los dolores varios que le acompañan. Jorobada y con calor y con mucho viento de cara en los collados y muy poca gente andando. Y la poca que hay, jorobados también, van, como el viento, en mi contra (es lo que tiene salir de Roncesvalles y alejarse de Santiago). Hasta los caballos van en contra.

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Collado de Lepoeder. Al fondo, Auritz (Burguete).

Ayer volví a pasar sed. Ni mucho menos tanta como hace cuatro años en Belagua, pero la suficiente para recordar el profundo sentimiento de angustia y desazón, de fragilidad, de desesperación, de aquella vez. El fantasma resucitó y una vez resucitado no para de recordarme que dentro de dos días volveré a estar en lo que recuerdo como un infierno. A pesar de eso, y del respeto inicial que me daba volver a pasar una noche en plan salvaje (acampada libre junto al río en un lugar sin cobertura) ayer dormí mucho y razonablemente bien. Pero el fantasma sigue ahí.

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Desde mi punto de acampada, al norte de la presa de Irabia, sigo mi camino.

Hoy no he pasado sed pero sí calor. El tobillo izquierdo sufre con la lengüeta de la bota. Las plantas de los pies me arden y el hombro izquierdo no se acaba de acostumbrar a la mochila. ¿Será que, independientemente de la joroba, también estoy contrahecha? Y eso por no hablar de la suciedad y el sudor (sucia), de las arrugas que cada vez se marcan más en mi cara (vieja), de lo mal que me queda la gorra y el pelo enrabietado (fea) y de que mi talla no es una 36 (gorda). Vamos, que casi soy como Alma Schindler en el retrato que hizo de ella hace unos días Gonzalo Ugidos en El Mundo, y que se ha difundido bastante por las redes (al menos por las musicales).

Fea y gorda, pero además seductora con malas artes e infiel. ¿Así es como se retrata a quien debió ser una mujer fascinante?¿A quien admiraron y amaron Gustav Klimt, Gustav Mahler, Walter Gropius, Oscar Kokoschka y unos cuantos (y posiblemente unas cuantas) más? Todavía estoy por ver un retrato semejante de algún artista (o no artista) hombre. Porque si la valía de una persona se mide en su belleza (que recordemos que es un parámetro cambiante y subjetivo), por su talla o por su fidelidad, entonces podemos empezar a tachar de la lista a la mayoría de los “grandes” hombres de la historia. ¿Jugamos?

Haciendo un ejercicio de psicología barata, se me ocurren varias excusas para que alguien escriba algo así: la primera, que ha sufrido recientemente un fracaso sentimental y está despechado con todas las mujeres del mundo; la segunda, que le resulta tan atrayente una mujer que fue a contra corriente de lo que la moralidad conservadora prescribe para las mujeres que no puede sino criticarla enconadamente; la tercera, y la más temible de todas, que sigue pensando que, efectivamente, una mujer debe ser un objeto bello y sumiso y ¡ay como se salga de ese papel!

Rocío, mi amiga, que además de una gran memoria posee una personalidad extraordinaria, y es firme y conciliadora, original y sensata, hace muchos años, cuando nadie hablaba de ello, ya sentía los piropos como algo molesto, invasivo, agresivo. En su clarividencia supo ver en ellos la más clara expresión del cómo hacer de alguien un objeto. Si el objeto es feo, ya no sirve.

Mi caminata de estos dos días va por todas las “feministas feas”, las que no queremos depender de la aprobación de ese sexismo trasnochado que nos impide ser, más guapas o menos guapas, nosotras mismas. Y por las mujeres que han ido y van a contra corriente consiguiendo derechos de los que todos y todas disfrutamos. Y por Rocío, por la claridad e independencia de su pensamiento y por su inmensa inteligencia emocional.

Bueno, y por la cantidad de yeguas con sus preciosos potros que me he encontrado en el camino.

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El Ori, a la derecha, desde el Coll de Bagargi.

 

Navegando en la niebla

Andar con niebla es, quizá, el colmo de la soledad. El mundo desaparece alrededor y da lo mismo lo que haya a escasos metros, porque, simplemente, no se ve, no se oye, no se percibe. La experiencia externa se vuelve ciega y sorda y se reduce a la humedad en forma de múltiples y minúsculas gotas; la incertidumbre inevitable depende absolutamente del GPS para ser combatida; y la vivencia, más que nunca, se vuelve interna.

Ayer, entre Urepel y Auritz, viví una de esa etapas en las que prácticamente mi única compañía fue la niebla. Una compañía leal que no me abandonó durante todo el día. Junto a ella, algún que otro artista invitado: ovejas y vacas (lo normal) pero también insectos y rapaces (¿águilas?¿aguiluchos quizá?¡qué pena no saber suficiente de aves!). Estas últimas fueron especialmente impactantes por surgir de un mar de helechos, a pocos metros de mí, y sobrevolarme en vuelo rasante de sonido sobrecogedor.

En cuanto a los insectos… qué decir de ellos… los odio casi tanto como fascinantes le parecen a mi hermana. Ella es capaz de ver en ellos criaturas casi sobrenaturales cuya morfología y poderes merecen mucho más interés del que habitualmente les prestamos. Y no digo que no sea así, pero cuando notas que tu sudor se convierte en un aroma especialmente atractivo para ellos y que tu sangre deviene su alimento favorito…, entonces toda fascinación se vuelve aversión. Al esfuerzo de la subida se añade la necesidad constante de ahuyentar a las diminutas y no tan diminutas bestias (aun cuando en el intento me propine, yo misma, algún que otro bastonazo), y de sofocar picores reales o imaginarios.

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Premio a quien vea las vacas y el indicador (están apenas a cinco metros las unas y a diez el otro)

¿Hacia dónde, o hacia quién, se fue entonces ayer mi vivencia interna? Hacia Ana, esa hermana mía a quien le debo lo que soy mucho más que a nadie de mi familia. Esa hermana rabiosamente protectora, sabia donde las haya, extrovertida y huraña a partes iguales, cultísima a pesar de que nunca terminó el bachillerato, y de una profundidad psicológica que no se sabe muy bien cómo casa con su (casi) obsesión por la juventud y la belleza. Una hermana hecha de contradicciones a la que a veces me pregunto si conozco aunque un hilo invisible haga que pueda sentir lo que ella siente. ¿Acaso conocemos a nuestra familia?¿No está ese conocimiento permeado de interpretaciones ajenas asumidas como propias, prejuicios heredados y experiencias y sentimientos sin procesar en los que no faltan los rencores y las envidias? Todo está ahí. Pero eso no cambia lo esencial: si tuviera que decir quién es la mujer más importante de mi vida, sería, sin duda, ella.

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Árboles “hermanados”

Hoy no he andado, solo he paseado los escasos tres kilómetros y medio que hay desde Auritz hasta Roncesvalles. Aquí dormiré, de nuevo entre la niebla, y me preparo para unos días que me causan, cuando menos, respeto. Serán dos o tres noches en tienda y una en el refugio de Iraty. Los caminos están bien marcados, pero conforme me acerco a Belagua y recuerdo lo mal que lo pasé allí en su día, la tranquilidad da paso a un sentimiento de preocupación que no quiero ver pero que crece silencioso.

 

Esther y los bosques del Baztán

Desde que ayer, a eso de las ocho de la mañana, Esther irrumpiera con su alegría desbordante, vía telefónica, mi idílico desayuno en el precioso hotel Irigoienea del no menos precioso pueblo baztanés de Urdax, todo parece recordarme a ella. De hecho, solo rondar por esta comarca bellísima ya hace que su presencia sea inevitable. Esther adoraría estos paisajes y la tranquilidad que se respira pero, por encima todo, fue ella la que me recomendó leer la susodicha Trilogía del Baztán, bajo cuyo efecto (o no) estos pueblos y paisajes parecen encerrar rencores abismales y tragedias silenciadas. Es como si el paisaje nos atrajera para después abducirnos y llevarnos a un terreno de espesa oscuridad que, incluso en estos días cálidos y luminosos, se adivina en los postigos cerrados a cal y canto y en la hosquedad de las gentes. Incluso de aquellas que quieren ser simpáticas. Hasta la simpatía es dura y extraña en esta tierra de lluvia y niebla.

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Fuente en Urdax. A punto de salir.

La metáfora perfecta de lo que es el Baztán, o más bien de lo que a mis ojos profanos le parece el Baztán, la encuentro esta mañana. Saliendo de Arizkun rumbo al valle de Aldudes encuentro un camino flanqueado por cientos de telas de araña multiformes y perfectas. Nidos de araña, que diría Italo Calvino (de nuevo me voy a Esther y a nuestro particular club de lectura). Percibo su brillo, su geometría, su belleza… y su peligro. ¿No es la misma sensación de fascinación y opresión que he sentido estos dos días? No tanto en Urdax, ni siquiera en Amayur (que a pesar del peso de su historia ahora es más un pueblo turístico que otra cosa), y solo un poco en Erratzu (donde encontré una camarera simpática pero inquietante), pero sí en Arizkun, donde he pasado la noche, y donde me he impregnado de austeridad y rudeza. 

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Saliendo de Arizcun.

Allí he encontrado un bar infame donde todo el mundo chilla y no hay prácticamente nada de comer (y lo que hay es un desastre); un alojamiento con suelo y muebles centenarios (que hacen que de miedo hasta moverse), con unas vistas al frontón-cueva, techado y semi-enterrado, que multiplica por mil una tarde completa de gritos de esfuerzo; y con una casera amabilísima que ofrece una cocina sin agua, un menaje sin tenedores, un wifi que va a pedales y un descuento para caminantes de un 5% (exactamente de dos euros). Un pueblo precioso al que no me apetece volver.

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La luz filtrándose a través de los árboles. Komorebi.

Y con todo y con eso, recuerdo a Esther en la belleza, ya que ambas somos religiosas de la misma orden. La recuerdo en la austeridad, porque a pesar de su juventud es capaz de vivir sin acumular todas esas posesiones innecesarias que a los demás acaban por lastrarnos. Y la recuerdo, muy especialmente, en todos esos bosques por los que paso. Por la luz que se filtra en ellos por las mañanas; por la resiliencia que muestran frente a las agresiones y por cómo saben hacerse fuertes en ellas; y también, y muy especialmente, porque cada árbol no es solo lo que vemos, un ente aislado e independiente que vive al margen de su entorno, sino que gracias a sus raíces forma parte de un todo solidario que intercambia alimento e información con los que lo rodean (y esto último lo he aprendido hace muy poco leyendo La inteligencia de los árboles, un libro precioso).

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Troncos que integran otros troncos.

Volviendo a las metáforas, Esther sería un árbol, un bosque entero. La luz que irradia es capaz de traspasar todas las nieblas y alimentar la vida. Su forma de integrar los reveses para convertirlos en aprendizaje es de una resiliencia inteligente de la que pocos pueden presumir. Y su vocación solidaria, construida a partir de sólidas y amorosas raíces familiares, se manifiesta en su forma de cuidar a la gente, a la “suya” y a la ajena. ¿Un bosque de hayas como los de hoy? Eso mejor que lo decida ella.

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Amayur

Por lo demás, si la etapa de ayer fue en su mayoría plácida, destacando en ella la posibilidad (todavía) de ver a lo lejos el mar, así como el disfrute de la subida con sol a Otxondo y la sorpresa por la homogeneidad arquitectónica de los pueblos baztaneses; hoy me quedo con la excelencia de la guía Cicerone de la Alta Ruta Pirenaica. Como ejemplo, una recreación del texto de la etapa de hoy, que más que de una guía parece sacada de una Gyncana, sería algo así: “Sube unos metros a mano derecha por u camino de tierra, luego ignora el sendero que viene por la izquierda y gira hacia el SSE hasta encontrar una valla. Sáltala, atraviesa un pasto y sigue por el bosque hasta la cima rocosa bordeándola por la derecha hasta ver una zona de helechos…”. Muy, muy entretenido hasta llegar a Aldudes y luego a Urepel, en la Aquitania francesa. Pueblos igual de solitarios. Gente igual de simpática pero hosca. Una mujer que busca a su perro y una estatua de un soldado en la puerta de la iglesia.

Buenas noches.

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Iglesia de Arizcun.

A mis alumnas y a los miedos

Hoy, mientras subía hacia el primer collado, el de Lizaieta, y mientras disfrutaba de la visión de las verdes colinas acariciadas por la niebla, pensaba en el miedo, en los miedos. Vale que todo el mundo tiene miedo, pero si eres mujer tu entorno conspira para que pienses que el miedo es parte de tu genética. ¿Por qué si no la primera pregunta que se hace a una mujer que viaja sola, que anda sola, es si no tiene miedo?

En la tranquilidad de este día nublado cuya temperatura es perfecta para caminar; huyendo de los atajos entre esos bosques de helechos por los que me adentré en 2015 mientras seguía los únicos tracks que tenía; caminando por pistas anchas con abundantes señalizaciones; y asombrándome de las muchas torres de madera que, por lo que leo, sirven para cazar palomas; me pregunto ¿a qué debería tener miedo?¿a que me pase “algo”?¿a perderme?¿a aburrirme?

Empiezo por el último. Como hace unos días comentaba con Mª Jesús, una de esas alumnas que más que alumnas son colegas, siento que vivimos en una sociedad que demoniza la soledad y el aburrimiento. Estar solo parece que es lo peor que nos puede pasar como individuos. Implica un fracaso. Viajar solo se entiende, en general, como forma de conocer gente, no como forma de conocerse a uno mismo, a una misma; y aburrirse se percibe como un pecado capital en un mundo en que diversión es igual a consumo y aturdimiento. Pues bien, y aunque desde aquí reivindico el aburrimiento como forma de autoconocimiento, lo cierto es que no creo haberme aburrido prácticamente nunca en ninguno de los viajes que he hecho sola. Y eso no quiere decir que haya conocido a mucha gente. No. Quiere decir que me he abandonado a mis sentidos y que he disfrutado de ello.

Así que hoy me he permitido mirar atrás numerosas veces y ver cómo las montañas cambian según la luz y la perspectiva. Me he permitido oler la humedad, escuchar la niebla y ensimismarme en esos troncos de árboles centenarios que sobreviven pese a todo, pese a estar carcomidos o dañados, pese a ser presa de los hongos o la hiedra. Me he permitido pararme a mirar a los caballos o a esa ardilla curiosa que me ha salido al paso, y hasta me he permitido tomar un segundo café en el collado de Lizaieta, a poco más de una hora de comenzar a andar. Me pregunto cómo podemos estar acompañados si no somos capaces de soportarnos a nosotros mismos.

¿Miedo a perderme?¿Y por qué debería perderme? No digo que no sea fácil hacerlo pero en la época de los GPSs y de los móviles inteligentes es mucho más difícil que ocurra. Y si a eso le añadimos un poquito de previsión (llevo mapas comida, tienda, ropa de abrigo…) y sentido común (siempre sé, al menos, cómo regresar), entonces el riesgo es tan mínimo que se vuelve casi inexistente. Otra cosa es que me equivoque y tome un camino por otro, y al poco rato me de cuenta de mi error, y deshaga lo andado, y tenga que pararme y comprobar y… Pero en realidad eso casi solo ocurre cuando decido improvisar y cambiar el trazado sobre la marcha. Y aunque reconozco que esas cosas me agobiaron mucho en mi primer recorrido, me he dado cuenta de que son algo absolutamente normal y me pregunto por qué era tan fundamentalista (que diría Ramon) o tan rigurosa (que diría yo) para cabrearme conmigo misma por cada equivocación. ¿Exceso de autoexigencia?¿El siempre (y subrayo “siempre”) nocivo perfeccionismo?

Hoy han sido varias las equivocaciones (si es que al hecho de explorar se le puede llamar equivocarse). He salido sin saber si quería seguir la Alta Ruta más tradicional, la que desde el collado de Nabarlatsa sigue hacia el sur para dirigirse bien a Arizcun, bien a Elizondo; o seguir el trazado más fronterizo, hacia el este, y volver al precioso pueblo de Urdax. La primera opción me llevaba derecha al mundo de la Trilogía del Baztán pero eran veintitrés kilómetros en vez de los dieciocho de la segunda. Mis pies han decidido lo último… y se han equivocado ya que al final han sido casi veinticuatro por el capricho de bordear el Arxuria (758m) por el norte, y no por el sur, y así pasar por las cuevas de Zugarramurdi. Seis kilómetros de más por ver otro trocito de bosque de brujas no merecían la pena y los caminos de Navarra están mucho mejor señalizados que el entorno de la francesa Sare por el que he pasado. Pero me he quitado la espinita.

Y el miedo de todos los miedos: miedo a que me pase algo. A que me caiga, me rompa una pierna, me ataquen animales (humanos o no)… Cuando pienso en romperme un hueso me acuerdo de El paciente inglés (la película) y la chica que muere en el desierto porque su pareja va a buscar ayuda y nunca vuelve (vale sí, tenía la excusa de la guerra, pero eso no le quita poder simbólico a mi asociación). Claro que puedo tener un accidente, pero hay muchas más posibilidades de que lo tenga conduciendo y no por eso dejamos de ir en coche ni de conducir solos/solas por sitios más o menos transitados. Anticipar accidentes es una posibilidad, claro, pero no es la mía. ¿Y que me ataquen?¿De verdad tengo más posibilidades de que me ataquen en la montaña que en mi ciudad? Dicen las estadísticas que la mayoría de los abusos y violaciones se producen en el entorno más cercano a la víctima y yo no soy quien para quitarles la razón; y aunque solo sea por una cuestión numérica (la poca gente con la que me cruzo) es muy poco probable que me asalte nadie en la montaña. ¿Y los animales? Aún menos. Ellos tienen más miedo de nosotros que nosotros de ellos.

Lo más cercano al miedo que he sentido hoy es el momento en el que tres perros me han seguido ladrando furiosos por el mismo camino, entre Zugarramurdi y Urdax, en el que hace cuatro años encontré un tractor cortándome el paso. Tendría miedo al ridículo si la escena hubiera ocurrido en un lugar transitado porque sin duda alguien la habría filmado y en ella se podría ver a una loca sudorosa y despeinada gritando a tres chuchos enanos mientras blandía, amenazadora, sus bastones de senderista. 

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Entorno de las cuevas de Zugarramurdi.

¿Y cómo conecto todo esto con mis ganas de dedicar el blog a las mujeres, a “mis” mujeres? Aparte de lo obvio, de que el miedo se presupone más en el género femenino, llevo años observando que esta emoción básica y castrante afecta en mucha mayor medida a mis alumnas que a mis alumnos. Ellas sufren más el miedo escénico, fruto de una autoexigencia desmedida y de la creencia de que, aunque la perfección no existe, el perfeccionismo es bueno. Tienen más miedo a equivocarse, a no “ser suficientes”, a defraudar a quienes las quieren, a no estar a la altura… Laura, África, Claudia, Alicia…, va por vosotras y por tantas más mujeres valiosas que aprenden, día a día, a dejar atrás sus miedos.

 

De azul y verde

Azul el cielo, a pesar de las salvadoras nubes, y el mar. Azules las flores (vale sí, más bien malvas) y ¡azul eléctrico algunas de las libélulas que rondaban el agua del riachuelo en el que me he lavado los pies! Verde todo lo demás: los helechos, los prados, los acebos, los castaños, la hiedra, el musgo omnipresente… Verde es hasta el color de la sonrisa que me dibuja en la cara el merecido descanso. No podía ser de otro color, se contagia del entorno.

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Playa de Hendaya

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Foto muy mala de dos libélulas en un acebo

Hoy puedo corroborar que: 1) Estoy más en forma que hace cuatro años, pero… 2) Los pies sufren más que entonces. 3) Ya no me gustan los helechos (tengo miedo de los mosquitos que esconden). 4) Adoro la app de Wikiloc para móvil.

Aparte de eso, pensaba en que, si voy a seguir con este blog, no quiero que sea una repetición de lo hecho hasta ahora. En algún momento, me rondó la idea de cambiar el “femenino singular” por un “femenino plural” y, aunque ande en solitario, dedicar cada día a una de esas mujeres que, cercanas o no, conocidas o tampoco, me parecen valiosas, fascinantes, inspiradoras… Mujeres de las que aprendo, a las que admiro o a las que quiero. O todo junto. Y pensándolo bien, me sigue gustando la idea de hacerlo.

Pero como todo en este viaje es un poco improvisado, habrá que esperar a mañana para saberlo porque hoy de quien me he acordado es de tres hombres: mi neurocirujano, mi traumatólogo y mi osteópata. ¡Ya me gustaría que hubieran sido mujeres pero, disculpad la broma, de tan buenos que son casi lo parecen!

El primero de ellos es Manuel Juliá Narváez, que me operó en 2016 de una hernia cervical que no me dejaba vivir. Un hombre extraordinariamente afable y afectuoso que me rajó el cuello de forma impecable y me insertó un trozo de pvc donde antes tenía una vértebra. Desde entonces soy Robocop en versión plástico pero el dolor se esfumó. El segundo, Manel Bacells, traumatólogo y sin embargo amigo que, entre coña y coña, me salvó de una doble operación de pie con tres “pinchacitos” dolorosísimos pero certeros que consiguieron regenerar lo irregenerable. Finalmente, Marcos (¡no sé su apellido!), que tiene rallos x en los ojos, que retuerce cuerpos como nadie y que en solo dos sesiones me ha quitado unos cuantos dolores (también de pies).

No me resisto a terminar con una foto del prado en el que estrené mi tienda (y mi saco, y mi colchoneta y mi…) en aquella primera etapa de mi Transpi primigenia. Ese día el hostal de collado de Lizuniaga estaba cerrado. Hoy está abierto y he optado por cambiar el romanticismo por una ducha, la condena a oler mal por la posibilidad de lavar la ropa, y el maravilloso lecho verde por una cama doble. La verdad es que esto último casi me da pena pero debe ser que con la edad me he vuelto práctica. En cualquier caso, veo el prado desde el balcón de la habitación así que, si esta noche me da un ataque de bucólica nostalgia, solo tengo que pegar un salto para impregnarme, más todavía, si cabe, de verde.

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Prado del collado de Lizuniaga

¿Volver a empezar?

Cuatro años después y de nuevo en la casilla de salida. Mañana vuelvo a empezar. Estoy más nerviosa y más tranquila que entonces. Más tranquila porque sé lo que hay por delante, porque sé que ya lo hice una vez, porque mi cuerpo parece recordar la sensación de la mochila aunque no la haya vuelto a cargar desde entonces, porque estoy más en forma que esa primera vez y porque el reto es menos exigente: como mucho la mitad de la kilometrada de entonces. Más nerviosa porque cada vez confío menos en mis pies, no solo por los más de dos años sin caminar por una condriopatía especialmente latosa, sino porque mis metatarsos ya no son lo que eran y tienen la mala costumbre de “gritar” a partir de determinada distancia recorrida. Vamos, que como entonces, y aunque el objetivo es disfrutar, no sé si aguantaré un día, tres, diez o treinta.

Conforme se acerca el momento todo se va poniendo en su sitio. La mente se va calmando y vuelvo a sentir que no hay nada mejor que se pueda hacer sino caminar. Desde que terminé la ruta en 2015 he querido repetirla. Sí, repetirla, si no exactamente igual, casi. ¿Por qué esta obsesión? En gran parte porque, aunque lo recuerdo como una experiencia excepcional, no hubo casi ningún día en que no anduviera preocupada por mil cosas, o que no me perdiera, o que no tuviera algún dolor, molestia o percance. Y tengo la necesidad de vivirlo de otra forma. De darme la oportunidad de disfrutarlo. De convertirlo en algo cotidiano.

Pero también, y cómo no, y puesto que caminar es también mi particular forma de meditar, quiero ver cómo mis pasos recolocan mis pensamientos. Cómo todas las cosas que me han ocurrido en los últimos tiempos dejan de bullir inconexas y rabiosas para encontrar ese lugar ideal en el que observarlas desde fuera, desapasionadamente, pero siendo capaz de encontrarles el sentido o, simplemente, de interiorizar su aceptación, reconciliarme con ellas, dejar que se posen y poder, entonces, decidir qué hacer con ellas.

Quizá es mucho pedir pero creo en la magia del caminante, del camino. Y de momento, y mientras pienso en las mil y una cosas que implica la preparación de un viaje de este tipo, mi mente está, cada vez, más sosegada.

No sé si esta vez escribiré cada día. No sé ni siquiera qué escribiré. Todo está abierto pero tengo la sensación de que sea lo que sea que pase, me sorprenderá, sin duda, para bien.