¡Y por fin, el libro!

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42 días y un sueño… ¡el libro! (Octaedro, 2016)

Ha costado lo suyo. Al principio, cuando pensé en él, solo era una forma de organizar el material generado después de la travesía y una forma de revivirla de nuevo para poder, también de nuevo, saborearla. Después pensé en hacer un libro digital y solo digital al que poder acudir en los momentos bajos para recordar que una vez hice algo de lo que me siento orgullosa y poder ver de nuevo esas fotos (no muy buenas pero sí muy valiosas para mí) en contexto y releer lo que una vez pensé. Pero al final, y conforme lo digital iba tomando forma, empecé a sentir la necesidad de verlo impreso.

El camino, este también, ha sido más largo de lo previsto. Porque no solo he tenido que robar el tiempo de donde no lo había, sino que me he encontrado con otras, digamos, “complicaciones”, como esos cuatro meses casi inmovilizada pasados a costa de mis hernias. Aun así, y poco ha poco, el libro fue tomando forma hasta que hace un par de meses me encontré con el trabajo hecho y pensando en qué hacer con él.

Y llegó Ramon de nuevo a animarme para editarlo “de verdad”. Y llegaron Juan León y su editorial, Octaedro, dispuestos a hacerlo. Y mi segundo sueño ya es un libro hecho realidad. Y me siento feliz y agradecida a la montaña, a la vida y a todos los que una vez estuvisteis allí y que, aunque no lo sepáis, seguís estando.

Os dejo el enlace de la editorial en el que podéis ver la presentación, el índice, una muestra del resultado y, si os animáis (¿quién sabe?), hasta podéis comprarlo.

http://www.octaedro.com/es/producto:Cos/1/otras-colecciones/horizontes/42-dias-y-un-sueno/1564

¡Va por vosotros!

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Entre Benasque y el Valle de Arán. Punto… ¿y final?

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Panorámica de la Maladeta, con el Aneto en primer plano, desde el Tuc de Mulleres.

Hace casi un año que culminé mi travesía y con ella este blog. Pero…. (siempre hay un pero) pese a los 840km recorridos y los más de 40.000m de ascensión acumulada quedó una espinita: el día en que, después de Benasque, quedé encallada en la Artiga de Lin, en el Valle de Arán, sin saber por dónde tirar y tuve que “tirar” de chófer y retomar en la boca sur del túnel de Viella. Veinte kilómetros escasos en los que perdí mi preciada continuidad y una promesa: volver y resarcirme. Cerrar el bucle y romper la maldición que me impedía pasar andando entre estos dos hermosísimos valles del Pirineo central.

 

Y he vuelto. Y ayer y antes de ayer atravesé no una, sino dos veces, la mole montañosa que separa el Valle de Benasque del sur del Valle de Arán en una “mini” travesía circular tan dura como gratificante.

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Enfocando el final del Valle de Benasque y rodeada de marmotas (que no, no salen en la foto). Al fondo, a la izquierda, el Forcanada, y a la derecha, mi destino, el Tuc de Mulleres (3010m).

La primera etapa: destino el refugio de Conangles, muy cerca de la boca del túnel, por el Tuc de Mulleres, ¡mi primer tres mil!. La segunda, vuelta al Valle del Ésera, junto a Benasque, por Vallibierna, siguiendo el GR11. Muchas horas de andar. Muy poca gente en el recorrido. Reencuentro con esos paisajes mágicos dominados por lagos, glaciares y torrentes. Neveros. Rocas por las que trepar y destrepar. Caminos que se pierden en la inmensidad pétrea. Cielos azules. Flores que nacen entre las rocas. Marmotas, muchas marmotas. Prados. Pendientes imposibles. Cansancio. Pies destrozados. Satisfacción inmensa.

 

Mulleres es un pico, es un collado y es una leyenda. Es el paso obligado de la ARP en cualquiera de sus versiones y es, casi con toda seguridad, la etapa más difícil de toda la travesía. Y no precisamente por la larguísima (y bellísima) subida desde el Valle de Benasque, sino por los 1500m de descenso sin tregua por un camino terrorífico (si es que a “eso” se le puede llamar camino) en el que, salvo el alivio visual momentáneo del lago de Mulleres y de las esporádicas y muy caudalosas cascadas que puntúan el descenso, todo es piedra.

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El Collado de Mulleres visto desde el Tuc de Mulleres. Es la arista que queda entre los dos neveros y el camino normal de bajada, el que evito, atraviesa el de la derecha.

Piedra de mal pisar y de mal seguir. Piedra que obliga a la concentración máxima y que hace el descenso extremadamente lento. Piedra fea ¡y eso que yo soy una enamorada de la piedra! Y piedra que, ya al comienzo del descenso, constituye un auténtico desafío al vértigo. Porque tras el collado, apenas una estrecha cornisa, se abre el abismo. Y si no fuera porque hay no uno, sino dos caminos señalizados, nadie diría que es posible descender por allí. Elijo el segundo, el más vertical. Y no por querencia al riesgo (cuando la vida está en juego, no hay espacio para retos tontos) sino porque el primero me conduce a un nevero que se me antoja imposible de cruzar sin crampones. Necesito las manos, los pies, la cabeza…, ¡todo el cuerpo!, para deslizarme, poco a poco, por una estrecha grieta que aterriza en un estrechísimo y resbaladizo camino. A partir de ahí, más camino, varios neveros que atravesar con extremo cuidado, nuevos descensos imposibles y un terreno tortuoso, pedregoso y vertical atravesado por torrentes que, ya hacia el final, se inunda de vegetación.

 

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Lago de Mulleres. Ya he bajado mucho, pero queda mucho más…

Pero ¿Y el momento en el que se llega a los 3010m de altura y se contemplan las montañas de alrededor, Aneto incluido, como si estuvieran al alcance de la mano?¿Y la sensación de sentirse en la cima del mundo?¿Y la panorámica, por un lado de la Maladeta, y por otro de los Besiberris? No hay palabras. Y si las hay, no valen nada.

 

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La tartera de subida al Coll des Estanyets.

Cuando llego a Conangles son casi las ocho de la tarde. Llevo andando desde las ocho y media de la mañana casi sin parar. Es la hora de la cena. A las nueve estoy en la cama y a las seis y media levantada para iniciar la vuelta. Y esta vez no encuentro vistas equiparables a las de Mulleres pero la etapa entera es hermosísima (dura y larga pero hermosísima). Y como es obvio, si llegue hasta aquí descendiendo 1500m, ahora toca ascenderlos de nuevo. Un ascenso en etapas: primero atravesando el bosque del Valle de Salenques hasta llegar a los estanys d’Anglos (donde me baño); luego subiendo al Collet des Estanyets por una ladera rocosa en la que, desde abajo, es imposible atisbar un camino; después descendiendo hasta el Estany del Cap de Llauset donde me sorprende un nuevo y reluciente refugio; y a partir de ahí, siguiendo hacia el punto culminante del día, el Collado de Vallibierna, que se antoja lejanísimo y al que llego tras superar tres sucesivos repechos. Desde allí ya puedo ver los lagos del mismo nombre e intuir el final de la etapa. La bajada, aunque también pedregosa y tortuosa, es mucho más corta y agradable que la de Mulleres.

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Vista de los lagos de Vallibierna desde el Collado de Vallibierna. Ya “solo” queda bajar.

Hoy me duele el cuerpo, me han salido ampollas en los pies (¿por las botas nuevas?¿por haber andado con los pies mojados casi todo el día después de resbalar en un arroyo?), vuelvo a tener alguna que otra magulladura, varias picaduras y unos pocos arañazos. Una línea nítida separa, en mis brazos y en mis piernas, la parte expuesta estos días al sol de la que ha estado tapada. Lo normal. Hoy me siento bien. Hoy tengo la casi total certeza de que, el próximo verano, volveré a cruzar el Pirineo.

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Desde el Tuc de Mulleres. Panorámica mirando al este. A la izquierda, el Collado de Mulleres. Abajo, el lago. Al fondo, muy al fondo, los Besiberris.

 

 

Epílogo. Cap de Creus: ¡Todos mis agradecimientos!

Cap de Creus (1)

Cap de Creus (1)

Sumergida todavía en plena resaca pirenaica y con la maravillosa vista de la costa de Cap de Creus por delante, solo me queda (me sale) el agradecimiento a todos aquellos que con sus comentarios, sus palabras de ánimo, su presencia, su conversación, su compañía, su ser, su estar, su ayudar… han sido copartícipes de este verano que no sé si ha sido el mejor de mi vida pero, desde luego, sí el más especial y el primero dedicado íntegramente a realizar un sueño.

Agradecimiento a mi madre. Por haberme legado el empuje y la energía necesarios para emprender grandes empresas. Por haber pasado, a lo largo de estos días, del horror a lo desconocido a la comprensión del reto, y por saber vencer las barreras informáticas para poder seguirme virtualmente.

Agradecimiento a toda mi familia sevillana. A Rafi, por su apoyo, su escucha, su serenidad y sus siempre acertadas palabras. A mis queridos PHB: Miguel Ángel y su sarcasmo inteligente; Alfonso y su entusiasmo a prueba de todo; Antonio y sus comentarios siempre pensados y siempre ingeniosos; Rocío y su cariño y cercanía (el alma del grupo esté o no presente). Y a todos los allegados que también han ayudado a que mi ánimo no decaiga: Julia y Ángel, Teresa y Marcos, Patricia y Javi…

Cap de Creus (2)

Cap de Creus (2)

Agradecimiento a todas las personas maravillosas que me he ido encontrando por el camino: la pareja que me invitó a café en Egurgui; Verla, compañera de cerveza y cena en Iraty; los alemanes de Larrau, que me dieron fruta y agua; los belgas de Acherito, que me obsequieron con dos litros de agua con limón y me “regalaron” un paseo por el Valle de Echo; Ramón, el ciclista de Guarinza con quien compartí cena y conversación en Candanchú; Amparo, la dueña del maravilloso hotel Edelweis; Natalia y Richie, compañeros de penurias y alegrías; Alicia, americana extrovertida y luchadora de espíritu aventurero; las chicas de Respomuso; los ganaderos de Bujaruelo; Jerry, el amigo inglés reencontrado diferentes días; la familia que me recogió en la bajada a Bordas de Graus y la pareja que me orientó cuando andaba perdida en la subida al Col de la Cornella; Jan, del refugio de Certascán; Josep Maria, que descubrió mi lado vasco; Carme y Nerea, del refugio de Sorteny; Gregory, que bajaba del Carlit cuando yo lo subía y me pidió que me acordara de él cuando llegara a Cap de Creus; el montañero solitario que me indicó ese mismo día el camino, nada evidente, de bajada; el taxista que me cayó del cielo en las cercanías de Eyne; Esther, caminante solitaria como yo; Richard y Marie, mis anfitriones de Coustouges; Sergi y Ana, los jóvenes del refugio de las Salinas; Joan y Pau, que planean hacer la ruta completa el año próximo… y todos aquellos de los que me pueda estar olvidando.

Agradecimiento a mucha otra gente cercana: a mis compañeras Cristina y Auxi; a Diana y Esther, amigas del alma; a Nacho, amigo siempre aunque nos veamos tan poco; a Salva que me advirtió de que mi mochila pesaría más de ocho kilos (como yo pretendía en mi optimismo prepirenaico); a toda la familia de Atlas Natura (Carme, Merçe, Marti, Quique, Txell y tantos otros) y a la de Apeu.cat (entre ellos, Trini, Pauli y Fina, perfecta consejera de restaurantes para celebraciones especiales). Y un más que especial agradecimiento a Ramon, que me proporcionó GPS, mapas, tracks y mucha valiosa información para emprender esta travesía; que ha asumido el papel de soporte permanente telefónico y ocasional sobre el terreno y que me ha recibido a la llegada.

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Finalmente, agradecimiento a Lola Hernando, que no me conoce (ni yo a ella) pero que fue, desde el principio, mi inspiradora principal ya que su propia travesía pirenaica abrió para mí la posibilidad hasta entonces inimaginada de emprender el camino completo y en solitario. Nunca lo habría hecho sin conocer su historia.

Gracias a todos, y a todos los que haya podido olvidar, y ¡hasta la próxima!

Día 42. Coll de Banyuls-Llança: La venganza del gigante.

Amanecer desde el Coll de Banyuls. La foto no hace justicia.

Amanecer desde el Coll de Banyuls. La foto no hace justicia.

El Pirineo se venga de mí por osar atravesarlo. Y lo hace complaciendo todos mis deseos (¿recordáis aquello del “ten cuidado con lo que pidas, no sea que se te conceda”?). ¿Que quería calor? Un sol de justicia. ¿Que no quería zarzas? Nada de zarzas, solo miles de brotes de encinas (con hojas de picos afilados) y aliagas (para que nos entendamos, el arbusto del que debieron hacer la corona de espinas de Cristo), todas ellas en densidad, proximidad y abundancia mucho mayores que las de las zarzas del otro día. ¿Que quería perspectiva? Un camino que recorre las crestas (a pleno sol) de un cerro pelado detrás de otro. ¿Que quería caminos anchos? Kilómetros de interminables pistas resecas (también a pleno sol).

Aliagas (creo)

Aliagas (creo)

Y además, el mar, tan cercano ayer y tan próximo esta noche, se aleja en vez de acercarse y se esconde detrás de las últimas manifestaciones montañosas con las que los Pirineos acaban sumergiéndose en sus aguas. Porque la costa que ayer veía era la francesa y hoy toca dirigirse al sur, a una costa más lejana, que solo permite ser vista a escasa media hora del final. Desesperante. ¿Quién dijo que por ser la última etapa fuera a ser fácil?

A pleno sol.

A pleno sol.

Un día duro que ha comenzado con el ritual, casi religioso esta vez, de preparación de la mochila, poco después de asistir a un salida del sol espectacular: una bola de fuego roja surgiendo del mar que ilumina poco a poco el entorno y que anuncia un día especial. Recoger el saco, la colchoneta (que hoy, justo hoy, se ha pinchado definitivamente), los últimos restos de comida, ordenar la ropa, revisar que esté todo, encender el GPS… Lo dicho, un ceremonial cuarenta y dos veces repetido que hoy realizo con especial consciencia y cuidado.

Por fin, al fondo, Llamça.

Por fin, al fondo, Llança.

Y he llegado. Y me produce escalofríos el pensar que el mar que veo está a 900km de aquel por el que empecé (y después de mucha subida y bajada, y piedra, y caminos de todos los tipos imaginables –y algunos inimaginables–, y paisajes increíbles, y…) Y toca relajarse y celebrarlo y mañana hacer un último esfuerzo, una pequeña propina, para llegar al precioso y salvaje Cap de Creus y sentir, definitivamente, que esta aventura ha acabado como se merece. ¿Continuará?

Por visotros!

Por vosotros!

Día 41. La Jonquera-Coll de Banyuls: Jornada de reflexión con Neulós y Tramontana.

Panorámica desde el Coll de Pal.

Panorámica desde el Coll de Pal.

Penúltimo día. Último ascenso importante (el Neulós, 1256m muy, muy cerca del mar, casi lo toco). El Mediterráneo que me recibe con su “levante”, la Tramontana, una fresca brisa que alivia el calor del camino pero que muestra su furia en picos y collados. Un día de cielo límpio como pocos he tenido en estos dos meses. Serenidad que va inundándome conforme voy dejando abajo el ruido de los camiones que pasan por la autopista y conforme me adentro en ese auténtico muestrario de bosque mediterráneo que me lleva, poco a poco, durante cinco horas, a la cima del Neulós.

Hacia el Neulós

Hacia el Neulós

Paso por una zona arrasada por el fuego en la que los esqueletos de árboles que fueron aparecen ya semiocultos por la nueva vegetación. Y piso un suelo de piedra que quizá alguna vez fue la piel de un animal prehistórico. Y paso por un bosque de robles, por uno de hayas y por uno de pinos. Los árboles más cercanos a la cima: encinas. Casi parece diseñado adrede. Sólo falta un bosque de avellanos y ya tendría el resumen de todos los bosques que he visto estos días. Mientras tanto, y mientras avanzo por collados abiertos al mar, pienso.

El suelo que piso.

El suelo que piso.

Pienso en lo lejos que queda aquel seis de julio, cuando salí de Hendaya; en la cantidad de cosas que han pasado desde entonces; en toda la gente que he conocido; y en lo mucho que he aprendido. Cosas tontas como que nunca más compraré unas botas cuya puntera sea “un pelín” estrecha (¡he tardado 41 días en darme cuenta que el dolor, a veces desesperante, de los dedos de mis pies es por eso!), que las toallitas húmedas y el aquarius son imprescindibles, o que el frío o la lluvia se pasan.

Hayedo en las cercanías del Neulós.

Hayedo en las cercanías del Neulós.

Pero sobre todo he aprendido a pedir y a aceptar ayuda y a que la cosas que una hace no tienen menos valor porque haya alguien que nos eche una mano de vez en cuando. He aprendido que hay gente maravillosamente generosa y espero que se me haya pegado un poquito de todos ellos. He aprendido que se puede vivir con mucho menos: mucha menos ropa, muchas menos comodidades, muchas menos autoexigencias…

Hoy, mi última noche, duermo en un refugio no guardado junto a Joan y Pau, padre e hijo, con los que me he ido cruzando durante el día y con los que he andado los kilómetros finales. Era la única opción nocturna que no había experimentado y, mira por donde, el viento (la Tramontana) me ha persuadido de que mejor duermo dentro. Última noche, última experiencia. Mañana Llançá y a celebrarlo pero… no me resisto ac olvidarme de Cap Creus: pasado mañana más.

Día 40. Las Salinas-La Jonquera: Los caminos del exilio.

Al fondo, el Mediterráneo. Camino al Coll de Lli.

Al fondo, el Mediterráneo. Camino al Coll de Lli.

Los tres collados por los que he pasado hoy, el Coll de Lli, el Coll de Manrella y el Coll del Portell guardan una historia trágica: la de los muchísimos republicanos que abandonaron su pais al final de la Guerra Civil. Entre ellos, el Presidente de la República, Manuel Azaña; el Primer Ministro, Juan Negrín; el Presidente del Gobierno Catalán, Lluis Companys; y el del Gobierno Vasco, José Antonio de Aguire.

Monumento al exilio en el Coll de Manrella

Monumento al exilio en el Coll de Manrella

Pueblos como La Jonquera, con su Museo del Exilio; o La Vajol, donde un emotivo monumento reproduce una escena real: un padre con su hija, a la que le falta una pierna, camino de Francia; mantienen vivo el recuerdo de la odisea. Fue en este último monumento donde hace un par de años homenajeamos a Pedro, un andaluz de Jaen, republicano y residente en Cataluña, inmejorable compañero de travesías y excelente persona, de quien guardo gratísimos recuerdos. ¡Va por ti, Pedro!

Coll del Portell.

Coll del Portell.

Y si ayer ví, entreví, imaginé, el mar, hoy lo he visto sin duda ninguna nada más salir del bosque de Las Salinas. El mar. El Mediterráneo. La tierra prometida. No sé muy bien cómo he llegado hasta aquí pero aquí estoy. Con las mismas preguntas e incertidumbres con las que salí pero con una perspectiva diferente de las cosas. Es emocionante. Mucho.

Día 39. Coustouges-Las Salinas: ¡Veo el mar!

Aunque parezca increíble, al fondo está el mar.

Aunque parezca increíble, al fondo está el mar.

Después de la locura de caminos de ayer, se agradece la anchura de la mayoría de los de hoy. ¡Y la perspectiva!¡Ya se adivina el mar! Aún así el tiempo se empeña en estropearse y, aunque no ha llovido, a eso de los dos de la tarde, el cielo se ha teñido de gris y el viento se ha desatado. Y ambos han estropeado ligeramente mi subida al Roc de Frausa (la penúltima de las ascensiones de esta travesía) y han destruido la posibilidad de disfrutar de ese camino “entretenido” (otro eufemismo del libro de Desnivel) y del paisaje.

Me sigue llamando la atención la casi absoluta soledad en la que transcurren estos días. Salvo las zonas en las que mi camino se cruza con el GR10, prácticamente no veo a nadie. Transito por pistas semiabandonadas en las que apenas ocasionalmente encuentro rastros de una vida anterior. Como en el Pla de la Folguerola: restos de un chiringuito y de columpios, y una balsa medio vacía que enseña parte de su cubierta de plástico y que es en todo similar a aquella, a muchos kilómetros de distancia, en la que Arno encontró (o buscó, nunca lo sabré) su fin. Imágenes oscuras que no quiero negarme porque, a pesar de su dramatismo y de haber ocurrido años después de nuestra separación, forman parte de mí. Y quiero que sea así.

Más de veinte metros cúbicos de roca (la de arriba) aprentemente sujeta por "palillos" y debajo de la cual tengo que pasar en el Roc de la Campana

Más de veinte metros cúbicos de roca (la de arriba), aparentemente sujeta por “palillos” y debajo de la cual tengo que pasar, en el Roc de la Campana

A las cinco, en las Salinas, un antiguo convento reconvertido en alojamiento rústico (que no rural) y luego en restaurante (hoy cerrado por fiesta local). A las seis, la tienda montada. A las siete, Sergi y Ana me invitan a un vino en el refugio (no guardado, ocho metros cuadrados con chimenea y literas metálicas para quien lo necesite). A las ocho, en la cama. Hace frío. Toca dormir y volver a recordar esta mañana en Coustouges cuando, al devolver la llave, ¡he sido saludada por el alcalde!. Para él soy la “randoneusse qu’a arrivé tard”. Para mí son el pueblo más acogedor que he encontrado.

Día 38. Coll d’Ares-Coustouges: La alternativa complicada.

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Así califica (eufemísticamente) el libro sobre la ARP que edita Desnivel a la opción de ruta que he elegido para ayer, hoy y mañana. En vez de continuar por la más concurrida, la que va más al norte y lleva a Amelie les Bains, atravieso la Alta Garrotxa.

¡Zarzas!

¡Zarzas!

La cuestión es: ¿qué significa “complicada”? Porque una puede imaginar que se trata de un trazado de orientación difícil, de caminos incómodos, con pasos aéreos o especialmente duros, o que se trata de un recorrido inusualmente largo. Y sí, las etapas son largas, y los caminos estrechos y mal indicados y organizados en una red compleja de difícil orientación (entre otras cosas porque la vegetación es espesa y apenas hay momentos de perspectiva). El caso es que, haciendo honor a su nombre, “garrotxa”, que según la wikipedia significa “tierra áspera, rota y de mal pisar”, la vegetación se come, literalmente, los caminos. Helechos, escobas y ¡zarzas! ¡miles de zarzas rastreras que me han dejado las piernas como un mapa mundi! Y mucho, mucho tiempo perdido enmedio de caminos imposibles dándole vueltas a si seguir o volver. Si pensaba llegar a Coustouges a las 17.00h, como mucho a las 18.00h, he llegado a las 20.30h. ¡Tardísimo para Francia! Me temía lo peor.

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Et voilá! Lo peor ha llegado. La gîte d’etape municipal en la que reservé plaza ayer, cerrada a cal y canto. Junto a ella, unos vecinos tomando ceveza. Les pregunto. Me preguntan. Me dan una cerveza. Y uno de ellos, empleado del ayuntamiento, se pone en marcha para hacerse con la llave del susodicho gîte. Mientras tanto, otro me invita a cenar en su casa. Su mujer ha guisado “pelotas de jabalí con trompetas de la muerte” y les ha fallado un invitado. La noche promete. En diez minutos todo arreglado: cama, ducha, comida… ¡Increíble! En la gîte estoy sola y las pelotas resultan ser una especie de albóndigas de carne (de jabalí, cazado por Richard, mi anfitrión policía) y las trompetas de la muerte no son sino setas (abundantísimas en los bosques estos días). Me siento increíblemente agradecida. Y además, tanto Richard como Marie, su mujer, hablan español porque sus padres son españoles, y hacen gala de una naturalidad y un sentido del humor difíciles de encontrar entre los franceses.

El walkman de las montañas.

El walkman de las montañas.

Alternativa complicada, sí, y también extremadamente solitaria, pero me queda una sabor excelente de boca y muchas ganas de volver a este pueblo tan increíblemente acogedor.

Día 37. Vallter 2000-Col d’Ares: Veintisiete kilómetros y catorce collados para decir adiós a la alta montaña.

Comino al Roca Colom

Comino al Roca Colom

Por sorpresa y sin avisar. Así ha sido como han desaparecido las altas cumbres de mi camino. Hoy he pasado la última de las cimas importantes, el Roca Colom (2507m); el último de los collados de más de dos mil metros de altura, el Col de Pal (2319m); y he dejado al norte el Canigó (2784m), montaña inspiradora de músicos y poetas y la cima más emblemática de Cataluña.

Col de Pal (2319m), el último de los grandes collados.

Col de Pal (2319m), el último de los grandes collados.

Y he pasado de días construidos en torno a un único collado (o col, coll, collada, cuello, horqueta, forqueta, puerto o portella) situado a mil metros o más por encima del inicio y fin de la etapa; al día de hoy en el que no solo es evidente la pérdida de altura sino también el cambio de terreno: colinas suaves con desniveles mucho menos acusados y un camino que sigue la línea fronteriza y que se desliza, de forma natural, entre collado y collado por pastos y bosques.

Vacas vigilantes en Vallespir.

Vacas vigilantes en Vallespir.

Termino la etapa con una última incursión en Francia que empieza doblemente mal: Por una parte, el track me lleva junto a una casa donde soy informada de que me encuentro en una propiedad privada, de que el paso está prohibido y de que debo dar la vuelta, retroceder hasta el collado más cercano, subir por el bosque hasta lo alto de la colina y volver a bajar para dar la vuelta a dicha propiedad. ¡Y eso cuando estoy a pocos metros de la bifurcación que me conduce directa a la gîte de esta noche!

A la derecha, el Costabona (2465m) y al fondo, el Canigó.

A la derecha, el Costabona (2465m) y al fondo, el Canigó.

Por otra parte, ¡la gîte!, Notre Dame du Coral, un lugar encantador enmedio del bosque en el que había estado con Atlas Natura hace años y que tiene (tenía) un significado especial para mí. Pues bien ¡horror!, ha cambiado de dueño y ahora es un digno representante de los sitios a evitar: ¡sábanas negras y húmedas en un cuarto destartalado en un edificio frío y desangelado cuyos únicos habitantes son los “artistas de Lamanere” que exponen en él! Única solución posible: la huida.

Con Esther, otra transpirenaica, en el Col de Pal.

Con Esther, otra transpirenaica, en el Col de Pal.

Mañana, y puesto que la previsión es de tormentas, y puesto que mis pies piden una tregua, y puesto que quiero revisar la ruta de mis últimos cinco días y paladear la sensación agridulce de que esto se acaba, un último y definitivo día de desc

Día 36. Santuario de Nuria-Vallter 2000: Fauna nuriense y pirenaica.

Uno de tantos puentes rotos. Este, camino de Noucreus.

Uno de tantos puentes rotos. Este, camino de Noucreus.

Tantos días andando dan para mucho. Entre otras cosas, dan para observar a quienes se cruzan en el camino y, como no puedo evitar ser racional ni aún aquí, también dan para clasificarlos. Casuales, esforzados, emuladores (con mayor o menor fortuna) de Kilian Jornet, modernos, gallitos… Cuanto más inaccesibles son los caminos, más uniforme es la gente (y también más solitaria y educada): montañeros, generalmente bien equipados pero sin estridencias (salvo los ingleses) que andan a buen ritmo, sonríen, ceden el paso y se prestan a breves charlas normalmente de carácter informativo.

Pero conforme uno se acerca a los núcleos más transitados, aparecen los corredores —o supuestos corredores— de montaña (con sus calcetines subidos hasta las rodillas, sus mochilas-chaleco con camelbag y sus Salomon de trail); los modernos (también con Salomon de trail pero vestidos de negro ajustadito de arriba a abajo); los previsores (con el mapa en una funda transparente y colgado del cuello); las parejas en las que la chica resopla unos metros por detrás del chico intentando (sin éxito) seguir su ritmo; los que andan con su perro; las parejas de hombres (casi nunca de mujeres)…

Camino del Col de la Marrana.

Camino del Col de la Marrana.

En Nuria, además, se crean microuniversos favorecidos por los alojamientos disponibles: el hotel, el albergue y la zona de acampada. En el hotel se alojan quienes van a la montaña pero no pisan la montaña: familias con niños cuya diversión es, fundamentalmente, introducirse en la zona de juegos (casi la misma que puede haber en un parque) o montar al niño en pony. En el albergue, a muchos metros por arriba, están los grupos de jóvenes y los montañeros. Y la zona de acampada da acogida a un variopinto grupo de especímenes diversas: genuinos andadores, despistados que han llegado casi por casualidad o aquellos que se instalan (a pesar de estar prohibido el hacer más de dos noches) para unas vacaciones.

Anoche me tocó dormir en esta última y allí apareció el último de los especímenes: el casado solitario metomentodo que juega a maestro de ceremonias. Vamos, un pesado en toda regla que, de forma inicialmente simpática, aglutinó en torno a él a cuatro personas más (entre ellas, yo, ¡se sentaron en mi mesa!). A sus nada despreciables sesenta años, dirigió la conversación hacia ¡los horóscopos! (¡Horror!¿Todavía con esas?) y a meterse descaradamente en la vida personal del sector femenino del grupo. Menos mal que resultó ser tacaño y, para zafarme de él (de ellos) solo tuve que irme a cenar al restaurante del hotel. ¡Pero costó!

La marmota.

La marmota.

Y por la mañana, rumbo adelante por estas montañas “de vacas” (de suaves curvas y uniformemente tapizadas de verde) que han sustituído, ya desde Andorra, a la proliferación de lagos del Val d’Aran y del Pallars Sobira los cuales, a su vez, sustituyeron a los roquedales aragoneses. En el camino puedo observar, una vez más, la multiplicidad y anarquía de las señalizaciones de los caminos: rayas rojas y blancas, rayas amarillas, o azules, o ¡rosas!, puntos rojos, puntos blancos, hitos… ¿Qué seguir?

Marcas en el camino ¿para ayudar o despistar?

Marcas en el camino ¿para ayudar o despistar?

En el camino, solitario hasta Noucreus (nueve cruces, las que adornan el collado), encuentro otro tipo de fauna: la primera marmota que se deja fotografiar y tres rebecos. ¡Un gusto!