Acerca de Elisa Pulla

Pianista, musicóloga, coach y montañera. Sensibilizada (y mucho) con temas mediambientales y energéticos y escritora vocacional en permanente proceso de aprendizaje.

Bordas de Graus-Àreu: Papá, hasta aquí he llegado

Ya, ya sé que no me puedes leer (o quizá sí), porque hace más de treinta años que el cáncer te llevó a la tumba, pero el pasado 17 de julio hubieras cumplido los cien años y estos días he pensado en ti. Es extraño hablarte así, en segunda persona, como iguales, cuando apenas recuerdo haber hablado contigo en vida.

Recuerdo, eso sí, alguno de tus sermones, especialmente el que nos diste una mañana. Tú, que estabas en la cama, convocaste a tus hijos alrededor de ella para explicarnos no ya la importancia de la virginidad femenina (de eso ya se había encargado mamá) sino cómo nosotras, tus hijas, no deberíamos compartir con ninguna amiga cualesquiera desliz que pudiéramos tener, incluso si este era solo de pensamiento. Porque una amiga siempre es una potencial competidora en la batalla más importante que una mujer tiene que librar en la vida: la búsqueda de novio/marido.

Eran otros tiempos y me pregunto cómo habrías encajado las vidas, tan poco normativas, tan alejadas de tus ideales, que hemos tenido casi todos tus hijos. Todos menos, curiosamente, la causante del “sermón”. ¿Te habrías adaptado? ¿Lo habrías entendido? Me gustaría pensar que sí. Es cierto que, seguramente, te habríamos ocultado muchas cosas, pero también me pregunto si me hubiera sentido igual de libre con tu presencia viva como me lo he sentido con ella muerta. Sé que suena duro, pero es así. Alguien que, como tú, contaba, no sé si pensando que era lógico o utilizándolo como hecho aleccionador (pero en cualquier caso como algo normal), el que un grupo de amigos había violado a la novia de uno de ellos ya que, puesto que esta se acostaba con él, bien podía acostarse con todos, no parece que fuera alguien preparado para tener hijas independientes y feministas. Por cierto, entre aquel grupo de amigos estaba, según tu relato, Coll, José Luis Coll. En tiempos del MeToo nunca está de más poner nombre propio a la cultura de la violación.

Y sin embargo eras un hombre sensible al que le gustaba leer, escribir y pintar. Y un hombre que decía valorar, por encima del resto de virtudes, la personalidad (aunque luego, con las mujeres, tus gustos se decantaran por la altura, la belleza o la simpatía). Lo cierto es que me hubiera gustado conocerte más. Incluso me hubiera gustado ayudarte a ser feliz, porque creo que no lo fuiste. Me hubiera gustado enseñarte lo valiosas que éramos y somos tus tres hijas y lo valioso que fue tu hijo, y me hubiera gustado ayudarte a que nos vieras, a que nos aceptaras y nos quisieras tal cual éramos, tal cual somos.

Viviste en primera persona la Guerra Civil, el asesinato de tu padre, la tuberculosis, esa operación que te dejó sin un trozo de pulmón y sin alguna costilla pero que te dio la vida, la posguerra… y no sé si por tu carácter o por todas esas experiencias vividas demasiado joven, nunca te conocí alegre, al menos no en casa, no con tus hijas y tu hijo. Y desde luego no en tus últimos años, cuando ya éramos adolescentes y de lo que tenías ganas es de que nos independizáramos.

Escribo y veo que mi recuerdo de ti es amargo. Mario, tu hijo, siempre hablaba de ti como “el pobre Marcelino” ¿Pobre? ¿Por qué te percibía así? ¿Por tu supuesto (solo supuesto) sometimiento a mamá? ¿Por tu seriedad? ¿Por tu alejamiento de nosotros? ¿Por la rabia que te encendía cada vez que algo perturbaba tu rutina?

Es un recuerdo amargo y ya va siendo hora de hacer algo con él. Cien años son muchos años. No supiste, no pudiste. Fuiste, tú también, una víctima de esa cultura inmensamente machista que te daba un lugar para el que tú tampoco estabas preparado. Te hubiera gustado ser reconocido (más de lo que lo fuiste) pero quizá te faltó algo de esa personalidad que tanto admirabas. Te hubiera gustado que tu familia fuera, por sí misma, la fuente de la felicidad y no supiste ver que la fuente de la felicidad siempre está en uno mismo. Y te hubiera gustado ser libre y vivir de tu pintura, pero no tuviste el valor.

Y en ese ser libre, en el fondo, nos encontramos tú y yo. A mi manera, puede que esté realizando tu sueño. No, tú no eras ni deportista ni atlético, y fue mamá la que nos llevaba, quisiéramos o no, al campo, a andar, a jugar al aire libre. Pero el ansia de libertad la tenías y sé que te habrías admirado de esta forma mía de vivirla. Sí, posiblemente te hubiera costado entender lo que hago y cómo vivo puesto que soy mujer, pero si hubieras podido pasar por encima de ese pequeño detalle, estoy segura de que, entonces sí, te sentirías orgulloso.

Hoy he cumplido catorce días de andadura, de Torla a Áreu, unos 250 kilómetros recorriendo lo más duro y también lo más hermoso del Pirineo. Y curiosamente esta última etapa, en la que me he decidido por el GR11 y no por la Alta Ruta, es la que más dura me ha resultado. El calor, el salir tarde, la falta de estímulos visuales a la altura de los que he tenido estos días… Sí, he comido cerezas directamente de los árboles en Boldís Sobirà. Sí, he visto dos yeguas con sus potros justo antes del tramo final de subida al Coll de Tudela. Sí, he charlado amigablemente con una pareja que hacía la ruta inversa. Sí, he tenido una vista preciosa del Monteixo, de la Pica d’Estats y de la Pica Roja desde el collado. Y sí, he llegado a Àreu con los pies destrozados. Supongo que la paliza de ayer me ha pasado factura pero puesto que ya había decidido concluir aquí por este año, no tiene mayor importancia.

Así que, papá, esta vez va por ti. Y escribiéndote me doy cuenta de que también soy heredera tuya, de que a mí también me gusta escribir y estar sola y que me dejen en paz haciendo mis cosas. Y aunque no pinto, adoro el diseño gráfico y la fotografía. Y no, no tengo una familia porque nunca he tenido claro eso de ser madre y además es que, siendo mujer, me acabo convirtiendo, sin saber cómo, en cuidadora de cada pareja que tengo. Y no es lo que quiero, no al menos a tiempo completo. Tú en tu tiempo y yo en el mío.

Quiero creer que mi libertad puede, aun a título póstumo, liberarte de la represión y los prejuicios con los que te tocó vivir. Y también ayudarte a entender que sí, que la libertad es importante, pero que no lo es todo, que lo importante es el equilibrio y, sobre todo, valorar lo que se tiene. Quizá por eso valoro tanto el irme como el regresar. El cuidar como el ser cuidada. El estar sola y el estar acompañada. El perderme en la montaña y el quedarme en casa, copa de vino en mano, leyendo, escribiendo o tocando el piano.

Va por ti papá.

Isil-Bordas de Graus: de nuevo y por fin, la Cornella y los lagos de la Gallina

De cuando allá por 2009 hice por primera vez este mismo recorrido, recuerdo lo difícil de la subida al Coll de la Cornella y poco más. Es lo que tiene ir en grupo, que se pierde parte de la experiencia estética porque la atención la acaban acaparando otras cosas, como el adaptarse al ritmo, a menudo exigente, del grupo, o la conversación. La segunda vez, ya sola, me equivoqué de collado, subí al de Arnabate, y aunque eso no debería haber sido un gran problema, mi inexperiencia hizo que sí lo fuera y que, a pesar de darme cuenta de la belleza del resto del recorrido, la prisa por recuperar el tiempo perdido no me dejara disfrutarlo como merecía.

Hoy, tercera vez, era mi desquite. Y sí, he subido a la Cornella, siguiendo las indicaciones de dos mujeres estupendas que me he encontrado en el camino y de las que me fío totalmente porque viven por aquí: una en Alos y otra en Ferrera. Y sí, he recordado lo duro de esa subida y lo esquivo del collado, que no llega nunca. Y sí, y a pesar de que la niebla –la gabacha, como la llaman por aquí– ha hecho acto de presencia, he podido volver a contemplar la espectacular sucesión de lagos que son los lagos de la Gallina con su hermosísima piedra veteada por la que se va deslizando el agua en su camino a los hasta siete lagos inferiores. Y también he disfrutado de las muchas ranas que saltan a mi paso, y del laberinto que es el sendero con sus muchos saltos, desniveles, desescaladas, pasillos y escalones.

La sucesión de lagos empieza poco después del Coll de Calberante (2600m) y acaba en el refugio que hay en la base del Montroig (2287m), una especie de nave espacial metálica en cuyo interior hay unas cuantas literas y una radio para avisar de posibles emergencias. He bajado despacio, muy despacio, porque la retina no se conformaba con lo que veía y quería fotografiarlo todo, y porque es un sendero complicado. Complicado de encontrar, de seguir y de andar, porque discurre casi totalmente por piedra, aprovechando sus pendientes, sus recovecos y sus irregularidades. Porque esta piedra no son bloques de granito que quedan tal como caen, como ocurría en días anteriores, sino que es una piedra pulida que adopta la forma de toboganes, colinas y escaleras. Una piedra que podría ser madera. Una piedra hermosísima en sus colores y en sus formas.

Después del Estany Major, los tres siguientes

Pero el día, en su mayoría apacible, termina extraño. Dede el primero de los lagos comienzo a oír ruido. Es como si, al otro lado, hubiera un grupo de gente ¿cantando?¿gritando? Miro, pero no veo nada, y sigo el descenso. Cuando llego al refugio me entero de que sí que eran gritos. De lejos, un chico me hace señas y me pregunta si tengo móvil, que es una emergencia. Me apresuro, llego, constato que no hay cobertura, intento hacer una llamada de emergencia… Nada. Pero ya han avisado por radio y llega un helicóptero. El chico, los chicos (son dos), están muy alterados.

La roca, rosa, veteada cual madera y de formas suaves

Al parecer iban con un grupo de unos treinta chavales y una roca se ha movido y ha caído sobre una chica rompiéndole las piernas. Han bajado a toda prisa, dejándose móviles y cualquier otra cosa, pero temen por su vida. Uno de ellos monta en el helicóptero, el otro se queda y me da un número de móvil, el de la madre del primer chico, para que, si encuentro cobertura en el camino, pueda avisarla y decirle que llame a los monitores del campamento ya que el resto del grupo tampoco puede bajar. Están a unos 2500m de altura y aunque tienen comida y ropa de abrigo no es cuestión de que pasen la noche allí. Esta vez no hay imágenes del helicóptero. La situación es dramática y ni se me ocurre sacar el móvil para tomarlas.

Sigo bajando, ¿dónde está el camino?

A partir de ese momento ya no pienso en descansar sino en seguir lo más rápidamente posible. Sé que tengo mucho rato de camino para conseguir la deseada cobertura y sé que, posiblemente, para cuando la tenga, Pablo, el chico que se montó en el helicóptero, ya habrá podido contactar con todo el mundo. Pero me he comprometido, así que adiós al descanso hasta que, dos horas después, puedo por fin llamar a Laura, la madre de Pablo. Como me imaginaba ya está todo en marcha y la chica, que ya está en el hospital, en Lleida, se salvará. Un alivio. Y como el estrés parece que ha alejado el cansancio, opto por seguir hasta el refugio más cercano, a unos seis kilómetros.

El último de los lagos, el único que se llama de la Gallina. Al otro lado se ve el refugio de Montroig.

Al final he hecho cerca de 27 kilómetros y más de 1700m de desnivel. Una barbaridad. De nuevo casi sin parar. El cuerpo, los pies, empiezan a resentirse. Creo que empieza a ser el momento de parar.

Salardú-Isil: de amigas, mapas, cielos, crestas y pedreras

Hace años, una amiga, un poco fantasiosa ella, me sorprendía a menudo con los relatos de sus encuentros sexuales: todos ellos eran espectaculares pero, además, cada amante eclipsaba, con creces, al anterior. Nunca se lo dije pero lo cierto es que sus historias me hacían sonreír porque ese tipo de relato, fuera del tema que fuera, me parecía totalmente irreal y exagerado… hasta ahora.

Lagos de Bacivèr, con la Maladeta al fondo

¿Cuántas veces he hablado de paisajes espectaculares, mágicos, excepcionales, increíbles, paradisíacos, maravillosos…? Haya dicho lo que haya dicho hasta ahora, el mejor de los días de montaña que jamás he tenido ha sido, sin duda, hoy. Y eso a pesar de haber sido una jornada larguísima, maratoniana, de más de veinticinco kilómetros, de haber subido unos 1700m y haber bajado otros tantos, de haber andado unas doce horas, cinco de ellas sin camino marcado y cuatro de estas últimas por pedreras (o tarteras o morrenas, como queramos llamarlas), imposibles.

Pero el día ha sido increíble. La temperatura magnífica. La soledad casi total. La perspectiva infinita. La Maladeta guardándome las espaldas durante más de la mitad del camino, mientras ascendía, suavemente, viendo la sucesión de prados, ríos y lagos. El crestear a más de 2600m de altura tocando un cielo de un azul tan intenso como el de los lagos en los que se reflejaba. Porque una vez en la cima, en la primera cima, mire a donde mire, solo veo azul, verde y lagos: al suroeste, los de Bacivèr, de donde vengo; al noroeste, los del Clòt der Os; al noreste, los de Marimanha; al sureste los del Rosari y el de Airoto; y muy cerca de la cima más alta, la del Rosari de Bacivèr, el pequeño Estany Gelat. ¿Qué importa si para llegar ahí he tenido que subir por un no-camino casi vertical a través de una pedrera cuyos pocos y esporádicos hitos ayudan más bien poco?

Vista atrás hacia el Coll de Airoto

El día ha comenzado yendo de Salardú a Baguerge, un pueblo diminuto y precioso, con vistas al Aneto y cuyas calles son una auténtica galería de arte floral. Desde allí he felicitado a Ana, una de esas amigas especiales que cumple años en un día especial. Porque hoy es el día del Carmen, patrona de los marineros. Un día que se celebra en muchos pueblos de España con fiestas preciosas que tienen como protagonista el mar. Y es también el día en que cumple años mi querida y casi centenaria tía Carmen. Para mí, desde siempre, un día alegre.

Y hablando de amigas, ayer, cuando todavía no tenía muy claro qué recorrido haría hoy, hablaba con Esther del cómo, conforme recorremos caminos distintos, vamos creando nuestros mapas. Es como si nos derramásemos, nos expandiésemos por el territorio entrando en contacto con él, haciéndolo nuestro y ampliando con ello nuestra experiencia. Casi un piel con piel; o mejor, un piel con tierra, con aire, con olores, con imágenes… Hay una sentencia típica de coaching que dice que el mapa no es el territorio pero lo cierto es que dibujar poco a poco nuestro mapa partiendo del territorio y haciendo que, cada vez más, el uno se parezca al otro, es un placer. ¡Gracias Esther! Definitivamente la ruta es la no recorrida, la que me haga aumentar la precisión de mi mapa.

Del refugio de la Restanca a Salardú: la verdadera historia del helicóptero en el Coll de Caldes

El Coll de.Caldes es uno de esos lugares mágicos del Alto Arán. Está a medio camino entre dos refugios, el de la Restanca y el de Colomers y muy cerquita del Montardo, el 3000 que da sombra a Artíes. Hoy (en realidad ayer, porque escribo esto con un día de retraso) ha llegado a él un poco entre disfrutar del paisaje (esa subida desde la Restanca viendo el Estanh deth Cap deth Port cada vez un poco más abajo, un poco más lejos) y un poco pensando en que los refugios, y sobre todo los desayunos en los refugios, son un retroceso a la infancia: platos y vasos de duralex, café o Cola Cao y galletas María.

Y en esas, llego a Caldes, el punto más alto de hoy. Me fastidia un poco encontrar dos señores instalados en él en animada conversación (la que podrían tener en cualquier bar), cuyas mochilas estropean la vista y están junto a lo que parece una especie de lona blanca. En fin, me alejo de ellos, renuncio al vídeo panorámico sin que salgan sus mochilas o la lona y me siento a disfrutar de la vista y a comer algo. y en esas estoy cuando oigo, por detrás, el ruido de un helicóptero, me vuelvo a mirar y…

… y a partir de ahí me veo metida en una película de James Bond. El helicóptero, del que cuelga una cuerda con un gancho, viene directo hacia mí, tanto que llego a pensar que se me viene encima, aterriza a unos ¿cinco, diez metros? (en cualquier caso bastante menos de los quince metros que se supone hay que guardar, como mínimo, de distancia) aunque bueno, más que aterrizar se queda suspendido casi sin tocar tierra. Instintivamente me agacho y desciendo un poco, me cuesta sacar la cámara (el móvil) porque el aire que produce es bestial. Bajo un poco más, me alejo de la mochila, veo que la bolsa con el ipad y mis gafas sale volando ¡horror! ¡agraciadamente viene justo a mis brazos! Los señores cogen sus mochilas, se montan en el bicho y alguien baja de él para sujetar al gancho lo que, ahora lo veo, era una especia de bolsa, no una lona. ¿Qué contiene? Ni idea. Igual que ha venido se aleja. Se acabó.

Esta maravilla es la vista desde el Port de Caldes.

Y digo yo, que sí, que muy chula la experiencia (entre otras cosas porque no salió volando nada más y porque el ipad y las gafas sobrevivieron sin problemas), pero ¿y ese par de descerebrados habita collados no me pudieron avisar de lo que, literalmente, se me venía encima, para que no me pusiera donde me puse? Lo mismo pensaron que un poquito de adrenalina no me vendría mal. Señores, si me leéis, la próxima vez dejad que decida yo solita si quiero tener ese tipo de experiencia justo en uno de los lugares más apacibles y bellos que una pueda soñar.

Después de eso, todo bien. Colomers y bajada a Salardú. Mucho asfalto al final pero un hotel estupendo donde ceno, duermo y desayuno como una auténtica reina. Hotel Lacreu, apuntado.

Del refugio de Conangles al de la Restanca: si cambiar de opinión es de sabias…

… entonces soy sapientísima. ¿Quién dijo que me iba a saltar el Valle de Arán? ¿Yo? Bueno, pues cambié de opinión. Total, intentar organizarme para que casen los refugios libres cuando los necesito es casi imposible luego… carpe diem. Sigo con la idea original (o casi), organizo tres días y los demás, si los hay, ya se irán viendo.

Iniciando la subida. Al fondo, el embalse de Llauset.

Desde Conangles hay dos recorridos a la Restanca, uno, el GR11, más corto que el otro, el de la ARP (o HRP). El primero, tras la subida de tres horas al Port de Rius, bordea el Lac de Rius y sigue hasta una ascensión final que desemboca en el refugio. El segundo, pasado este primer estanh (lago, para los no aranésparlantes), gira a la derecha, bordea en un sube-baja continuo la exuberancia de agua y piedra que es el Lac de Tòrt de Rius (más que un lago son montones de ellos intercomunicados), después sube a la Collada del Lac de Mar y baja para bordear un nuevo lago gigante, el susodicho Lac de Mar. Otro sube-baja-derecha-izquierda-roca-más roca-torrente-y un poco de hierba para disimular.

Después de bordear todo el Lac de Rius, momento Diosa: ¿recto o giro? Giro.

La idea era hacer el recorrido largo pero… Bien está que ni haga calor ni salga el sol cuando una sube (eso que me ahorro en sudor, aunque no en moco) pero llegar arriba y tener que ponerse el plumas encima del polar, calzarse los guantes para ver si las puntas de los dedos, que se han quedado sin sensibilidad, reaccionan, y aún así seguir con frío… no mola. Cambio de opinión, recorrido corto. Bordeo el lago suspirando por el comienzo de la bajada y justo en el cruce (bajada o recorrido largo) paro un momento y Diosa viene a verme. De repente cambia la temperatura e incluso parece que el sol asoma un poco y levanta la niebla. ¿Seguro Diosa? ¿Eso es lo que quieres? Parece que sí, así que donde dije corto digo largo y donde dije recto digo derecha. Y ese nuevo cambio de opinión me debe convertir en súper sabia… sobre todo porque ¡he acertado!

Estanh dera Colhada.

Calculo que han sido unas tres horas más que si hubiera elegido la opción corta pero han sido tres horas de disfrutar de andar, constantemente, junto a uno y a otro y a otro lago más. Y también tres horas de ginkana constante siguiendo caminos mínimos señalizados con esos montoncitos de piedra que a veces se ven, a veces se intuyen y a veces… no hay manera. Esa es también la diferencia entre moverse por un GR (muy bien señalizado) o salirse de él (depende) ¿Frío? Ninguno. No ha llegado a hacer sol pero sí he visto su pelea por asomar y sus mínimos momentos de victoria.

Lac de Mar desde la collada.

A eso de las cinco, abandono el último lago y veo el refugio desde arriba. Parece desierto. A las seis ducha. A las siete cena. ¿La nueva política de los refugios catalanes? No solo para reservar cobran 15€ no reembolsables sino que no aceptan mi tarjeta de federada (solo aceptan las catalanas y no todas). Y no vamos a hablar de los 3€ de la ducha (¡la más cara de la que he encontrado hasta aquí!).

Lago de montaña+aprovechamiento hidroeléctrico=playa de montaña.

En fin, como en casi todos los refugios, la gente que lo lleva es encantadora y, para variar, mi compañero de cena también lo es: francés, tímido pero amable, hace la ARP sin tienda (se la rompió un vendaval en Gavarnie) y lleva dos días casi sin comer (ha tenido una intoxicación alimentaria). ¿Qué nos mantiene aquí a pesar de los problemas?

Alguna señal de vez en cuando tampoco viene mal.

Viella: frío, niebla, lluvia… y otras botas nuevas

Lo bueno de ir sin expectativas ni obligaciones es que el espacio para la improvisación se ensancha. Lo malo es que el ensanche puede ser tan grande que nos deje varados en la indecisión, o sea, y en mi caso, en Viella.

Llevo cuatro días sin andar. Bueno, miento, hoy he dado un paseo por Gausac y Casau, dos mini pueblos pegados a Viella. ¿A eso se le puede llamar andar? Técnicamente sí pero… no deja de ser un paseo para entretener una mañana de niebla, agua y frío y recrearme en la satisfacción de no estar metida enmedio de esa misma niebla pero a muchos más metros de altura y a mucha más distancia de cualquier lugar donde parar, calentarse y repostar.

Viella: Calle Major

¿Seguir un plan o dejar que este se haga por el camino? Vuelvo al principio. Si lo primero pone un plus de dureza y de inconsciencia en todo lo que se hace (al menos en mi caso ya que el prurito por conseguir lo que me propongo tiende a eclipsar la visión periférica de los problemas que van surgiendo y acabo atajándolos “en línea recta” y cueste lo que cueste); lo segundo me lleva a menudo al sinsentido, a preguntarme qué hago y qué me ha traído hasta aquí (que sí, que todo es muy bonito, pero para llegar a esos momentos de síndrome de Sthendal versión naturaleza, es mucho lo que hay que andar). En definitiva, que llevo días sin saber si seguir o parar y, sea lo que sea lo que decida, sin saber qué paso será el siguiente.

Desde mi habitación en el Riu Nere

La cosa empezó en Conangles, en la boca sur del túnel de Viella, cuando decidí que sin solucionar el tema del dolor de pies que me daban las botas nuevas no me compensaba seguir. Y eso que a pesar de sentir que la bajada desde Cap de Llauset había sido lenta, torpe y dolorosa, los jóvenes que venían, primero delante y luego detrás de mí (de edad los hijos que no he tenido), llegaron en bastantes peores condiciones que yo. La comparación no consuela (aunque el ego suba un poquito) y decido pasar al día siguiente por Viella y volver a empezar con la búsqueda de calzado aunque mi bolsillo ya esté temblando solo de pensarlo.

Detalle de la iglesia de San Martín de Gausac

Y el día en Viella se convierte primero en dos días en Isil ya que Ramon está por aquí y viene a buscarme. Descanso, tranquilidad, buena compañía… un regalo inesperado. Y ayer vuelta aquí y más improvisación. A las ocho de la mañana me dispongo a empezar ruta a la Restanca, el primero de los refugios que me esperan en el Valle de Arán. Dan tormentas por la tarde así que llamo para asegurarme de que me reserven una de las plazas que había visto que quedaban pero… ¡ya no están! ¡Desaparecidas! ¡Volatilizadas! En cinco minutos decido que no, que no tengo ganas de andar preocupada por cuándo va a empezar a tronar y dónde voy a dormir así que me quedo donde estoy un día… que se convierte en dos ya que hoy de nuevo la previsión era de lluvia. Y sí, ayer llovió y hoy también. La niebla no se ha levantado desde que llegué y estoy amortizando el plumas porque ¡hace frío!

Con Ramon, subiendo a Beret, en el mirador, de espaldas a la Maladeta

Y ahora viene mi crisis del sinsentido. Ayer la inercia me llevó a intentar programar, es decir, a reservar noche en todos aquellos lugares por donde pretendo pasar. Y aquí empieza el problema. El sistema de reserva de refugios de Cataluña me obliga a pagar 15€ no reembolsables por noche; es casi imposible encontrar noches consecutivas en refugios “consecutivos” (este año, con las restricciones, los refugios aceptan mucha menos gente); puedo hacerlo sin pasar por refugios pero eso implica cargar mucha más comida (y comer, cenar y desayunar siempre lo mismo y siempre frío); hasta en los campings hay que reservar; algunos lugares son especialmente problemáticos los fines de semana (más complicación); y además no me quiero comprometer más allá de dos días por delante. ¡Qué bonito es improvisar!

Si no se anda, siempre se puede disfrutar del comer bien: en Woolloomooloo.

Prometo que se me pasó por la cabeza coger un autobús a Jaca para recuperar mi coche y dejarme de andanzas por este año, pero al final creo que seguiré. Eso sí, me “salto” el Valle de Arán y su proliferación de lagos paradisíacos (y de gente rondándolos) y me voy directa al siguiente valle, Alt Áneu, el valle de Isil y de la Noguera Pallaresa. Vienen días de buen tiempo y aunque decida dormir en tienda (o tenga que hacerlo por lo que sea) me aseguro el pasar por un refugio y/o un pueblo al menos cada dos días. Parece razonable. Y como veo camino por delante, me vuelvo a animar. Se acabó la improvisación. Mañana más.

Entre Benasque y Viella: Elogio de la prudencia… que no siempre tengo

El banco de la foto invita a la contemplación y no está en ningún museo de arte contemporáneo ni en ningún centro de meditación, sino en el fabuloso refugio de Cap de Llauset, a 2425m de altura, enmedio de la nada… aunque quizá habría que reconsiderar si la nada es este paisaje pétreo de suelo imposible, agujas afiladas y lagos solitarios o es, más bien, en eso en lo que nos sumergimos diariamente.

Eso que brilla abajo a la derecha es el refugio de Cap de Llauset y el lago de al lado, el estany del mismo nombre.

El refugio en cuestión está entre Benasque y Viella, al sureste del Aneto, y llegué a él después de una decisión poco prudente: la de empezar a andar justo desde el hotel, junto al puente de San Jaime, en Benasque, en vez de aprovechar el autobús que me hubiera ahorrado unos 10 km de pista y muchos metros de desnivel ascendente. Machiruladas que tiene una (para que luego me queje), y encima con botas nuevas porque las que traía murieron en las pedreras del macizo de Posets: costuras abiertas, suelas destrozadas… comodísimas sí, pero frágiles.

Después de abandonar la pista, ascenso por el valle. Al fondo, la espaldilla del Aneto.

La cosa es que cuando llega “lo bueno” (el terreno complicado y las pendientes cada vez más verticales) me pilla ya un poco cansada y dándome cuenta de que la suela de estas botas es mucho más dura que la de las que tenía. Y los pies sufren. El consuelo es el paisaje: a la derecha el pico de Vallibierna y a la izquierda la espaldilla del Aneto. Y los preciosos lagos de Vallibierna en los que planeaba pararme largo y tendido. Pero como veo que avanzo muy despacio y las nubes comienzan a crecer, lo dejo para la próxima.

Lagos de Vallibierna.

El collado (de Vallibierna, como no podía ser otro su nombre) es impresionante. Desde él, mirando hacia atrás, a lo lejos se ve el Posets y se atisba el Monte Perdido. Por el otro lado, las montañas del Valle de Arán y la promesa de su verdor y de sus ¿cientos? de lagos. Alrededor, el silencio más absoluto. Sí, es un día gris, pero hay algo magnético en este paisaje, algo telúrico, un campo de energía bestial que anula el pensamiento y solo deja lugar para el más profundo sentimiento de paz.

Ya en el refugio, admirada por lo cuidado del diseño, su integración con el entorno y la sobriedad y eficiencia de los espacios, tengo una nueva tarde-noche de socialización: con la pareja de catalanes con la que comparto habitación, Jordi y Maena, y con Josetxu y otro Jordi, este valenciano, con quienes ceno.

Empieza la bajada de esta mañana.

En los refugios de montaña se habla de montaña. Sí, vale, es una perogrullada, pero reconozco que a veces me gustaría conocer más de quienes tengo al lado y que las conversaciones fueran menos un poner a prueba constantemente los conocimientos adquiridos: picos, rutas, anécdotas, lesiones… Empiezo a diferenciar entre el perfil de los que hacen picos y los que hacemos travesía. Y también el de quienes van en pareja o en grupo y los que caminamos en solitario. Un mundo.

Estagnets de Cap d’Anglos.

Por la noche, el cielo estaba despejado y así ha seguido todo el día de hoy en una bajada hasta la boca sur del túnel de Viella que se me ha hecho bellísima y durísima por igual. Nada nuevo: piedras, lagos y bosque, pero iluminados por un cielo resplandeciente; y una muy larga bajada con botas nuevas que no me deja olvidar, en ningún momento, que tengo pies. La idea era seguir ruta desde aquí pero esta vez sí he decidido ser prudente y parar en un nuevo refugio, el de Conangles, que comparado con el de anoche parece una pensión barata pero… es lo que hay.

El bosque de Salenques, muy cerca ya del final.

Y cambiando de tema, pero recuperando el de la entrada anterior, un día de descanso en Benasque no solo dio para comprar botas e ir a que Laura, de Fisiobenas, me diera una sesión de fisioterapia en el tobillo, sino también para darme un homenaje culinario en un lugar de nombre musical, Bombardino, pero en el que, de nuevo, el tópico me saltó a la yugular. ¿Las puertas del baño? Una “bla” y la otra “bla, bla, bla”. Lo mismo la primera era para necesidades menores y la segunda para mayores pero… me da que no.

De Viadós a Benasque: Empacho de piedra… y machismos

Vale, ya, seguro que estáis pensando “ya le faltaba tiempo a Elisa para que le saliera el feminismo”. Pues sí, pero es que una se pone las gafas violeta y ya no puede mirar de otro color. Pero que nadie se asuste, que empezamos con las piedras.

Desde Viadós, en el Valle de Gistaín, en el municipio de San de Juan de Plan, hasta Benasque, la ruta más habitual es la que rodea por el norte el macizo del Posets y baja a Benasque por el Valle de Estós. Un día, unos veinte kilómetros. Pero como me veo con fuerzas, me animo con lo difícil: dos etapas atravesando el citado macizo, pasando muy cerquita de varios de sus tresmiles y parando en medio en el refugio de Ángel Orus. Un verdadero empacho de piedra, y también de agua.

Ibón de Llardaneta.

El tiempo estos dos días no ha sido tan bueno como hasta ahora. Se mantuvo, eso sí, durante la larga subida al Collado de Eriste (2860m) y durante el principio de la bajada. Pero en cuanto llegué al Ibón de Llardaneta, uno de esos lagos espectaculares a más de 2600m de altura, la cosa empezó a torcerse, es decir, a nublarse, y la temperatura empezó a bajar. Desde el lago al refugio, lo dicho: piedra, piedra y más piedra que hay que esquivar, saltar, trepar y destrepar. Pero la etapa, comparada con estos días atrás, es corta, y tengo tiempo casi de aburrirme porque llego al refugio antes de las cuatro de la tarde.

Camino a la Collada de la Plana.

Y aquí toca el primer inciso de machismo. Es lo que tiene cenar con cuatro señores (nótese que me abstengo del despectivo “señoros”) de entre 40 y 60 que, entre picos y vías ferratas van dejando caer tópicos varios como que los hombres van a la montaña y las mujeres de compras (ellos son más listos porque siempre “ganan” mientras que ellas no siempre encuentran lo que buscan… ¡ah no!, ¡que la tarjeta es la suya –la de ellos–!); o que hay amigos que no les acompañan porque son unos calzonazos. En fin.

¿De verdad creemos que eso de ir más o menos a la montaña es connatural al sexo? ¿Nadie se plantea que todavía hay muchas mujeres que, primero, tienen pocos referentes; segundo, se las premia cuando son buenas y guapas, no cuando son valientes e intrépidas; tercero, escuchan desde su más tierna infancia los muchos peligros que les aguardan en los espacios que escapan a su control; y cuarto, si se les ocurre salir de esos espacios (que no incluyen la montaña, ni acompañada, ni mucho menos sola) tendrán que ser muy fuertes para resistir a la cantidad de agoreros y agoreras que les pronosticarán todo tipo de peligros?

Ibón de les Alforches

Pongo un ejemplo. Cerca ya de Benasque, casi a las cuatro de la tarde, me he cruzado con al menos tres jóvenes solitarios, guapos, atléticos, de unos veintitantos, que subían mochilón a cuestas rumbo, o bien a alguno de los lagos que hay al menos a dos horas de camino, o bien al refugio de donde vengo, a más de cinco horas a buen ritmo. ¿Alguien le habrá dicho a cualquiera de ellos “a dónde vas a estas horas, se te va a hacer de noche”, “cómo vas a acampar solo junto a un lago”, “cómo se te ocurre ir solo”, “y si te agreden o te violan”…? Es decir, ¿alguien les habrá dicho cualquiera de esas cosas que una joven de esa misma edad tendría que escuchar? Apuesto a que no. Y aún así, cada vez me encuentro a más mujeres (solas y acompañadas).

Ibón de l’Aigüeta de Batisielles.

Y vuelvo a las piedras. Porque si el primero de estos dos días fue abundante en pedregales, el segundo lo es aún más. Una inmensa superficie, hasta donde la vista alcanza, en la que solo se distingue un mar de piedra que hay que atravesar. Y una pena inmensa ya que el tiempo está regular (nublado, con algo de niebla y, conforme se asciende, frío y viento) y no permite pararse a descansar junto a ninguno de los lagos junto a los que paso, ni tampoco disfrutar de la cercanía al Posets (no se ve) ni del espectáculo paradisíaco que serían esos mismos lagos con un cielo azul. Así, con frío y cielo gris, el paisaje es duro e inhóspito, y puesto que además la previsión es de lluvia, sigo adelante casi sin parar. Resultado, llego al Puente de San Jaime, y con él al Hostal Parque Natural, justo cuando empiezan a caer las primeras gotas pero eso sí, muuuuy cansada.

Vista mañanera (el día después) desde el hostal.

Y no, no he acabado con el machismo, porque ya descansando, en uno de los grupos que sigo en Facebook en los que se habla, precisamente, de la Transpirenaica, encuentro el testimonio de un señoro (ahora sí, con todas las letras) que lo primero que dice es que hacer la travesía del Pirineo en solitario es una de esas cosas “que hacen los hombres y las mujeres no entienden”. ¡Sin comentarios!

Parzán-Viadós: Andar, meditar, pensar…

Después de escuchar llover durante gran parte de la noche, la verdad es que no pensaba andar hoy. Imaginaba que el día seguiría lluvioso, y una cosa es que te coja la lluvia por el camino y otra muy distinta salir ya lloviendo o sabiendo que va a llover. Con esa perspectiva me he levantado tarde, a las ocho (sí, tarde) pero cuando he salido a desayunar y he visto la previsión para hoy he empezado a cambiar de opinión. Y más cuando he preguntado y el único taxi de Bielsa podía, casi de milagro, acercarme al comienzo de la etapa de hoy, un poco más arriba de Parzán, justo a la hora que lo necestiba. Así que finalmente me he animado y, aunque tarde, me he echado, de nuevo, a andar.

Comienzo de la subida al Collado de Urdiceto.

A menudo andar es meditar. Y entiendo por meditar el poner todos los sentidos en una determinada actividad. Y eso es lo que me ocurrió ayer y lo que me ocurre cada vez que el sendero es exigente por estrecho, por empinado, por pedregoso, por accidentado, por… Por cualquiera de esas cosas que obligan a no pensar sino en el siguiente paso. En qué hueco o piedra o trozo de suelo poner el pie cada paso que se da. Ayer fue un día completo de meditación.

Hoy, sin embargo, el camino de subida es, casi en su totalidad, una pista apta para vehículos, con un firme regular y una pendiente suave y constante. Y aquí sí, cuando no es necesaria una concentración excesiva, es cuando, en vez de meditar, se pone en marcha una especie de “pensamiento automático” y una se encuentra pensando, normalmente, en las cosas que le preocupan.

Al comenzar el ascenso de hoy, he empezado tan solo sintiendo la humedad del bosque y su olor. Y dejando vagar mi vista por la riqueza vegetal del sotobosque: musgo, hiedra, arces, hierbas de todo tipo y miles de flores de una variedad asombrosa. Y eso, no sé por qué, me ha llevado a imaginar que bosque y sotobosque son la metáfora de lo que se dice y lo que se oculta, de lo que se vende como realidad y de la realidad misma. Y a fuerza de llevar la metáfora, conforme subía, a mis avatares vitales, he ido pasando de la curiosidad al cabreo y del cabreo a la tristeza. Y para cuando he llegado al collado de Urdiceto, esta, la tristeza, a la vista del Macizo del Monte Perdido por un lado y del del Posets por el otro, se ha acabado materializado en lágrimas, pocas y sosegadas, pero lágrimas al fin.

Muy cerca ya del Collado de Urdiceto. Al fondo, el macizo del Monte Perdido.

Sé que alguna vez ya he hablado de cómo, cuando ando en montaña, lo que es una maraña de pensamientos se va desenredando poco a poco. Es como si el pensar fuera con el andar y ambos avanzaran conjuntamente, recorriendo, resolviendo y dejando atrás unas cosas para encontrar otras. Hoy, conforme avanzo, es como si fuera tirando de una hebra “maestra” de pensamiento de forma que al final, en el collado, la maraña se ha transformado en un hilo extendido a lo largo de toda la subida. Un hilo que me ha llevado a la tristeza y que decido soltar ahí mismo para poder, en la bajada, dejar de pensar y empezar de nuevo a meditar. Otro tipo de meditación que no tiene nada que ver con la concentración en la pisada sino en el abandonarse a la belleza del paisaje.

Poco después de pasar el collado. Al fondo, el Posets.

El caso es que recordaba esta etapa como árida, poco atractiva, fácil pero pesada y me he encontrado con prados magníficos, unas vistas del Posets espectaculares, un camino agradabilísimo, agua por todas partes y, de nuevo, flores, muchas flores, sobre todo rododendros.

Al final del camino, y antes del refugio, hay un camping, y un poco antes de llegar empiezo a anticipar la cerveza que me tomaré. Lo que no imagino es que será en tan buena compañía: Patas y Marije pareciera que me estuvieran esperando. Han estado por la zona y coincidimos de nuevo. ¡Ni que nos hubiéramos puesto de acuerdo! ¡Qué buena charla y qué buenas cervezas!

Cerca del final, de nuevo el bosque.

Antes de acostarme, última mirada al Posets. Esplendoroso a la luz del anochecer que tiñe de amarillo su cima mientras que el resto, en un día especialmente claro, se recorta con una precisión y un relieve extraordinarios sobre el cielo vespertino. Buenas noches.

Héas-Bielsa: ¡Con una flor en el culo!

Cuando esta primavera, en pleno confinamiento, Ana y yo comenzamos a hacer salidas al monte explorando la provincia de Sevilla, nos empezamos a dar cuenta de que todo salía bien: no nos llovía aunque la previsión fuera terrible, llegábamos a los sitios justo a tiempo para cualquier cosa y siempre encontrábamos aparcamiento sin problemas. Así que, medio en serio medio en broma, empezamos a decir que el Universo conspiraba a nuestro favor o, no tan fino pero más castizo, que teníamos una flor en el culo.

¡Y hoy he vuelto a sentir esa sensación! Porque aunque he dormido regular (pensando en la etapa que me espera, en si me abandonarían las fuerzas a medio camino o en si llovería o no llovería), al menos he dormido en una cama en una habitación para mí sola y he podido desayunar un croissant, pan con mantequilla y mermelada casera, café con leche y yogurt. Un lujo. No en todas partes te ponen el desayuno a las siete de la mañana.

Hoy Diosa  me recuerda que ande despacio, muy despacio, y que no piense en lo que me queda, sino en lo que voy recorriendo. En que si ya he subido cien metros solo tengo que subir otros cien y otros cien y otros cien más hasta llegar a los, aproximadamente, 1700 que subiré hoy en total. En que si llevo recorridos dos kilómetros, bien puedo hacer dos y dos y dos más hasta que complete los entre dieciocho y veinticinco que tendré que hacer hoy dependiendo de si paro antes de acabar o termino la etapa.

Y funciona. Poco a poco asciendo por un larguísimo valle parcialmente cubierto por la niebla con banda sonora de río (río de montaña) y cencerros hasta llegar, ¡descansada!, a la Cabane des Aguilous, el primer hito de hoy. Más de 700 metros por encima del punto de partida. Y sigo subiendo, siguiendo un zigzag amplísimo sobre fragmentos de pizarra que crujen a mi paso, hasta que una plataforma suavemente escalonada me conduce, directa, y casi sin darme cuenta, a la Hourquette de Héas (la “horquilla” de Héas, 2600m, más de mil por encima de donde empecé). Y en el momento de llegar me siento inmensamente feliz porque no creía que pudiera ser tan “fácil” y porque el sitio es mágico, incluso aunque hoy la niebla no me deje ver la perspectiva. 

Horqueta de Héas. Hoy sin apenas vistas.

Y aquí ya empiezo a pensar que tengo una flor en el culo: no estoy especialmente cansada, la temperatura es increíble, no ha llovido ni parece que lo vaya a hacer y ¡no me he encontrado ni un alma en toda la subida (ni un alma humana)! Y además ahora empieza lo divertido: un largo costear por senderos de piedra, con subidas a nuevas horquillas y vuelta a costear entre valle y valle mientras la niebla juega a mostrarlos o esconderlos a su antojo.

El sendero 😀

Estoy impaciente por llegar al Circo de Barroude, porque lo recuerdo como un lugar espectacular, más espectacular todavía de lo que llevo viendo todo el día. Temo que la niebla no me deje disfrutarlo pero… Diosa sigue ahí (la flor también). El velo se va abriendo y cerrando sobre los glaciares (tan cercanos que casi puedo tocarlos); sobre el camino de hierba surcado de las grandes rocas que alguna vez se desprendieron de las cimas; y sobre todo, sobre los lagos, esos lagos de Barroude que duelen de tan bonitos. Como y duermo junto a ellos dejándome inundar de este paisaje helado ¡que disfruto en manga corta! y despierto y me levanto y echo a andar y miro el GPS y… me doblo el pie, ¡MIERDA! Pero… la flor en el culo, al final no es tan grave como parece y un baño helado (de pie), un buen vendaje y un ibuprofeno me ponen de nuevo en marcha.

Aquí, en los lagos de Barroude es donde pensaba dormir si no tenía fuerzas. Pero las tengo, así que sigo. Subo al Puerto de Barrosa (Barroude, Barrosa, es lo mismo, en francés o en español) y no puedo volver a disfrutar del espectáculo porque de nuevo la niebla lo oculta. Una pena. La bajada es eterna pero bajo bien y “aterrizo” en el valle junto al río… Barrosa, no podía llamarse de otra forma. He decidido acampar junto al río (Parzán o Bielsa, los pueblos más cercanos, están demasiado lejos para ir andando después de lo que llevo) y echo a andar junto a él, y me entretengo hablando con un par de franceses que van a la inversa, y mientras hago tiempo… baja una pareja y me decido a abordarla: ¿Vais a Bielsa?¿Tenéis coche?¿Me lleváis? ¡Y me responden a todo que sí!

Y los lagos entre la niebla.

La pareja resultan ser Patas y Marije, vascos, montañeros, ciclistas… amabilísimos. ¡Hasta me ofrecen poder poner mi tienda en su parcela del camping si no encuentro sitio en Bielsa! ¡Agradecidísima! Y más cuando, horas después, y ya durmiendo en el hostal en que me instalado, empieza a llover, y llover, y llover. ¡De la que me he librado!

En el puerto, y a punto de bajar.

La flor en el culo… y las flores en el delicioso tartar de atún que me ponen en La Terrazeta, comida de autor a precio más que razonable con vistas al valle, ¡y eso que me he metido en el primer sitio que he encontrado! 

No una, varias flores en… el tartar. Delicioso.