Entre Benasque y el Valle de Arán. Punto… ¿y final?

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Panorámica de la Maladeta, con el Aneto en primer plano, desde el Tuc de Mulleres.

Hace casi un año que culminé mi travesía y con ella este blog. Pero…. (siempre hay un pero) pese a los 840km recorridos y los más de 40.000m de ascensión acumulada quedó una espinita: el día en que, después de Benasque, quedé encallada en la Artiga de Lin, en el Valle de Arán, sin saber por dónde tirar y tuve que “tirar” de chófer y retomar en la boca sur del túnel de Viella. Veinte kilómetros escasos en los que perdí mi preciada continuidad y una promesa: volver y resarcirme. Cerrar el bucle y romper la maldición que me impedía pasar andando entre estos dos hermosísimos valles del Pirineo central.

 

Y he vuelto. Y ayer y antes de ayer atravesé no una, sino dos veces, la mole montañosa que separa el Valle de Benasque del sur del Valle de Arán en una “mini” travesía circular tan dura como gratificante.

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Enfocando el final del Valle de Benasque y rodeada de marmotas (que no, no salen en la foto). Al fondo, a la izquierda, el Forcanada, y a la derecha, mi destino, el Tuc de Mulleres (3010m).

La primera etapa: destino el refugio de Conangles, muy cerca de la boca del túnel, por el Tuc de Mulleres, ¡mi primer tres mil!. La segunda, vuelta al Valle del Ésera, junto a Benasque, por Vallibierna, siguiendo el GR11. Muchas horas de andar. Muy poca gente en el recorrido. Reencuentro con esos paisajes mágicos dominados por lagos, glaciares y torrentes. Neveros. Rocas por las que trepar y destrepar. Caminos que se pierden en la inmensidad pétrea. Cielos azules. Flores que nacen entre las rocas. Marmotas, muchas marmotas. Prados. Pendientes imposibles. Cansancio. Pies destrozados. Satisfacción inmensa.

 

Mulleres es un pico, es un collado y es una leyenda. Es el paso obligado de la ARP en cualquiera de sus versiones y es, casi con toda seguridad, la etapa más difícil de toda la travesía. Y no precisamente por la larguísima (y bellísima) subida desde el Valle de Benasque, sino por los 1500m de descenso sin tregua por un camino terrorífico (si es que a “eso” se le puede llamar camino) en el que, salvo el alivio visual momentáneo del lago de Mulleres y de las esporádicas y muy caudalosas cascadas que puntúan el descenso, todo es piedra.

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El Collado de Mulleres visto desde el Tuc de Mulleres. Es la arista que queda entre los dos neveros y el camino normal de bajada, el que evito, atraviesa el de la derecha.

Piedra de mal pisar y de mal seguir. Piedra que obliga a la concentración máxima y que hace el descenso extremadamente lento. Piedra fea ¡y eso que yo soy una enamorada de la piedra! Y piedra que, ya al comienzo del descenso, constituye un auténtico desafío al vértigo. Porque tras el collado, apenas una estrecha cornisa, se abre el abismo. Y si no fuera porque hay no uno, sino dos caminos señalizados, nadie diría que es posible descender por allí. Elijo el segundo, el más vertical. Y no por querencia al riesgo (cuando la vida está en juego, no hay espacio para retos tontos) sino porque el primero me conduce a un nevero que se me antoja imposible de cruzar sin crampones. Necesito las manos, los pies, la cabeza…, ¡todo el cuerpo!, para deslizarme, poco a poco, por una estrecha grieta que aterriza en un estrechísimo y resbaladizo camino. A partir de ahí, más camino, varios neveros que atravesar con extremo cuidado, nuevos descensos imposibles y un terreno tortuoso, pedregoso y vertical atravesado por torrentes que, ya hacia el final, se inunda de vegetación.

 

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Lago de Mulleres. Ya he bajado mucho, pero queda mucho más…

Pero ¿Y el momento en el que se llega a los 3010m de altura y se contemplan las montañas de alrededor, Aneto incluido, como si estuvieran al alcance de la mano?¿Y la sensación de sentirse en la cima del mundo?¿Y la panorámica, por un lado de la Maladeta, y por otro de los Besiberris? No hay palabras. Y si las hay, no valen nada.

 

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La tartera de subida al Coll des Estanyets.

Cuando llego a Conangles son casi las ocho de la tarde. Llevo andando desde las ocho y media de la mañana casi sin parar. Es la hora de la cena. A las nueve estoy en la cama y a las seis y media levantada para iniciar la vuelta. Y esta vez no encuentro vistas equiparables a las de Mulleres pero la etapa entera es hermosísima (dura y larga pero hermosísima). Y como es obvio, si llegue hasta aquí descendiendo 1500m, ahora toca ascenderlos de nuevo. Un ascenso en etapas: primero atravesando el bosque del Valle de Salenques hasta llegar a los estanys d’Anglos (donde me baño); luego subiendo al Collet des Estanyets por una ladera rocosa en la que, desde abajo, es imposible atisbar un camino; después descendiendo hasta el Estany del Cap de Llauset donde me sorprende un nuevo y reluciente refugio; y a partir de ahí, siguiendo hacia el punto culminante del día, el Collado de Vallibierna, que se antoja lejanísimo y al que llego tras superar tres sucesivos repechos. Desde allí ya puedo ver los lagos del mismo nombre e intuir el final de la etapa. La bajada, aunque también pedregosa y tortuosa, es mucho más corta y agradable que la de Mulleres.

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Vista de los lagos de Vallibierna desde el Collado de Vallibierna. Ya “solo” queda bajar.

Hoy me duele el cuerpo, me han salido ampollas en los pies (¿por las botas nuevas?¿por haber andado con los pies mojados casi todo el día después de resbalar en un arroyo?), vuelvo a tener alguna que otra magulladura, varias picaduras y unos pocos arañazos. Una línea nítida separa, en mis brazos y en mis piernas, la parte expuesta estos días al sol de la que ha estado tapada. Lo normal. Hoy me siento bien. Hoy tengo la casi total certeza de que, el próximo verano, volveré a cruzar el Pirineo.

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Desde el Tuc de Mulleres. Panorámica mirando al este. A la izquierda, el Collado de Mulleres. Abajo, el lago. Al fondo, muy al fondo, los Besiberris.

 

 

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