A mis alumnas y a los miedos

Hoy, mientras subía hacia el primer collado, el de Lizaieta, y mientras disfrutaba de la visión de las verdes colinas acariciadas por la niebla, pensaba en el miedo, en los miedos. Vale que todo el mundo tiene miedo, pero si eres mujer tu entorno conspira para que pienses que el miedo es parte de tu genética. ¿Por qué si no la primera pregunta que se hace a una mujer que viaja sola, que anda sola, es si no tiene miedo?

En la tranquilidad de este día nublado cuya temperatura es perfecta para caminar; huyendo de los atajos entre esos bosques de helechos por los que me adentré en 2015 mientras seguía los únicos tracks que tenía; caminando por pistas anchas con abundantes señalizaciones; y asombrándome de las muchas torres de madera que, por lo que leo, sirven para cazar palomas; me pregunto ¿a qué debería tener miedo?¿a que me pase “algo”?¿a perderme?¿a aburrirme?

Empiezo por el último. Como hace unos días comentaba con Mª Jesús, una de esas alumnas que más que alumnas son colegas, siento que vivimos en una sociedad que demoniza la soledad y el aburrimiento. Estar solo parece que es lo peor que nos puede pasar como individuos. Implica un fracaso. Viajar solo se entiende, en general, como forma de conocer gente, no como forma de conocerse a uno mismo, a una misma; y aburrirse se percibe como un pecado capital en un mundo en que diversión es igual a consumo y aturdimiento. Pues bien, y aunque desde aquí reivindico el aburrimiento como forma de autoconocimiento, lo cierto es que no creo haberme aburrido prácticamente nunca en ninguno de los viajes que he hecho sola. Y eso no quiere decir que haya conocido a mucha gente. No. Quiere decir que me he abandonado a mis sentidos y que he disfrutado de ello.

Así que hoy me he permitido mirar atrás numerosas veces y ver cómo las montañas cambian según la luz y la perspectiva. Me he permitido oler la humedad, escuchar la niebla y ensimismarme en esos troncos de árboles centenarios que sobreviven pese a todo, pese a estar carcomidos o dañados, pese a ser presa de los hongos o la hiedra. Me he permitido pararme a mirar a los caballos o a esa ardilla curiosa que me ha salido al paso, y hasta me he permitido tomar un segundo café en el collado de Lizaieta, a poco más de una hora de comenzar a andar. Me pregunto cómo podemos estar acompañados si no somos capaces de soportarnos a nosotros mismos.

¿Miedo a perderme?¿Y por qué debería perderme? No digo que no sea fácil hacerlo pero en la época de los GPSs y de los móviles inteligentes es mucho más difícil que ocurra. Y si a eso le añadimos un poquito de previsión (llevo mapas comida, tienda, ropa de abrigo…) y sentido común (siempre sé, al menos, cómo regresar), entonces el riesgo es tan mínimo que se vuelve casi inexistente. Otra cosa es que me equivoque y tome un camino por otro, y al poco rato me de cuenta de mi error, y deshaga lo andado, y tenga que pararme y comprobar y… Pero en realidad eso casi solo ocurre cuando decido improvisar y cambiar el trazado sobre la marcha. Y aunque reconozco que esas cosas me agobiaron mucho en mi primer recorrido, me he dado cuenta de que son algo absolutamente normal y me pregunto por qué era tan fundamentalista (que diría Ramon) o tan rigurosa (que diría yo) para cabrearme conmigo misma por cada equivocación. ¿Exceso de autoexigencia?¿El siempre (y subrayo “siempre”) nocivo perfeccionismo?

Hoy han sido varias las equivocaciones (si es que al hecho de explorar se le puede llamar equivocarse). He salido sin saber si quería seguir la Alta Ruta más tradicional, la que desde el collado de Nabarlatsa sigue hacia el sur para dirigirse bien a Arizcun, bien a Elizondo; o seguir el trazado más fronterizo, hacia el este, y volver al precioso pueblo de Urdax. La primera opción me llevaba derecha al mundo de la Trilogía del Baztán pero eran veintitrés kilómetros en vez de los dieciocho de la segunda. Mis pies han decidido lo último… y se han equivocado ya que al final han sido casi veinticuatro por el capricho de bordear el Arxuria (758m) por el norte, y no por el sur, y así pasar por las cuevas de Zugarramurdi. Seis kilómetros de más por ver otro trocito de bosque de brujas no merecían la pena y los caminos de Navarra están mucho mejor señalizados que el entorno de la francesa Sare por el que he pasado. Pero me he quitado la espinita.

Y el miedo de todos los miedos: miedo a que me pase algo. A que me caiga, me rompa una pierna, me ataquen animales (humanos o no)… Cuando pienso en romperme un hueso me acuerdo de El paciente inglés (la película) y la chica que muere en el desierto porque su pareja va a buscar ayuda y nunca vuelve (vale sí, tenía la excusa de la guerra, pero eso no le quita poder simbólico a mi asociación). Claro que puedo tener un accidente, pero hay muchas más posibilidades de que lo tenga conduciendo y no por eso dejamos de ir en coche ni de conducir solos/solas por sitios más o menos transitados. Anticipar accidentes es una posibilidad, claro, pero no es la mía. ¿Y que me ataquen?¿De verdad tengo más posibilidades de que me ataquen en la montaña que en mi ciudad? Dicen las estadísticas que la mayoría de los abusos y violaciones se producen en el entorno más cercano a la víctima y yo no soy quien para quitarles la razón; y aunque solo sea por una cuestión numérica (la poca gente con la que me cruzo) es muy poco probable que me asalte nadie en la montaña. ¿Y los animales? Aún menos. Ellos tienen más miedo de nosotros que nosotros de ellos.

Lo más cercano al miedo que he sentido hoy es el momento en el que tres perros me han seguido ladrando furiosos por el mismo camino, entre Zugarramurdi y Urdax, en el que hace cuatro años encontré un tractor cortándome el paso. Tendría miedo al ridículo si la escena hubiera ocurrido en un lugar transitado porque sin duda alguien la habría filmado y en ella se podría ver a una loca sudorosa y despeinada gritando a tres chuchos enanos mientras blandía, amenazadora, sus bastones de senderista. 

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Entorno de las cuevas de Zugarramurdi.

¿Y cómo conecto todo esto con mis ganas de dedicar el blog a las mujeres, a “mis” mujeres? Aparte de lo obvio, de que el miedo se presupone más en el género femenino, llevo años observando que esta emoción básica y castrante afecta en mucha mayor medida a mis alumnas que a mis alumnos. Ellas sufren más el miedo escénico, fruto de una autoexigencia desmedida y de la creencia de que, aunque la perfección no existe, el perfeccionismo es bueno. Tienen más miedo a equivocarse, a no “ser suficientes”, a defraudar a quienes las quieren, a no estar a la altura… Laura, África, Claudia, Alicia…, va por vosotras y por tantas más mujeres valiosas que aprenden, día a día, a dejar atrás sus miedos.

 

8 pensamientos en “A mis alumnas y a los miedos

    • Elisa me he emocionado leyéndolo. Hacía mucho que no sabía de ti!!! Sólo decirte que siempre he sabido lo que me llevaría a una ISLA DESIERTA, es: UN BILLETE DE VUELTA.
      Que lo disfrutes mucho!!!

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    • Me acompañáis incluso antes. Es una de las cosas buenas de estar sola, que también hay tiempo para pensar en la gente a la que se quiere y quererla más y mejor. Besos!

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  1. Una amiga, a la que por cierto regalé tu libro dedicado, se ha propuesto hacer cada día algo que le dé miedo. ¡Y lo está cumpliendo! Todas deberíamos hacerlo. Un beso, Elisa y ¡adelante!

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