Esther y los bosques del Baztán

Desde que ayer, a eso de las ocho de la mañana, Esther irrumpiera con su alegría desbordante, vía telefónica, mi idílico desayuno en el precioso hotel Irigoienea del no menos precioso pueblo baztanés de Urdax, todo parece recordarme a ella. De hecho, solo rondar por esta comarca bellísima ya hace que su presencia sea inevitable. Esther adoraría estos paisajes y la tranquilidad que se respira pero, por encima todo, fue ella la que me recomendó leer la susodicha Trilogía del Baztán, bajo cuyo efecto (o no) estos pueblos y paisajes parecen encerrar rencores abismales y tragedias silenciadas. Es como si el paisaje nos atrajera para después abducirnos y llevarnos a un terreno de espesa oscuridad que, incluso en estos días cálidos y luminosos, se adivina en los postigos cerrados a cal y canto y en la hosquedad de las gentes. Incluso de aquellas que quieren ser simpáticas. Hasta la simpatía es dura y extraña en esta tierra de lluvia y niebla.

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Fuente en Urdax. A punto de salir.

La metáfora perfecta de lo que es el Baztán, o más bien de lo que a mis ojos profanos le parece el Baztán, la encuentro esta mañana. Saliendo de Arizkun rumbo al valle de Aldudes encuentro un camino flanqueado por cientos de telas de araña multiformes y perfectas. Nidos de araña, que diría Italo Calvino (de nuevo me voy a Esther y a nuestro particular club de lectura). Percibo su brillo, su geometría, su belleza… y su peligro. ¿No es la misma sensación de fascinación y opresión que he sentido estos dos días? No tanto en Urdax, ni siquiera en Amayur (que a pesar del peso de su historia ahora es más un pueblo turístico que otra cosa), y solo un poco en Erratzu (donde encontré una camarera simpática pero inquietante), pero sí en Arizkun, donde he pasado la noche, y donde me he impregnado de austeridad y rudeza. 

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Saliendo de Arizcun.

Allí he encontrado un bar infame donde todo el mundo chilla y no hay prácticamente nada de comer (y lo que hay es un desastre); un alojamiento con suelo y muebles centenarios (que hacen que de miedo hasta moverse), con unas vistas al frontón-cueva, techado y semi-enterrado, que multiplica por mil una tarde completa de gritos de esfuerzo; y con una casera amabilísima que ofrece una cocina sin agua, un menaje sin tenedores, un wifi que va a pedales y un descuento para caminantes de un 5% (exactamente de dos euros). Un pueblo precioso al que no me apetece volver.

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La luz filtrándose a través de los árboles. Komorebi.

Y con todo y con eso, recuerdo a Esther en la belleza, ya que ambas somos religiosas de la misma orden. La recuerdo en la austeridad, porque a pesar de su juventud es capaz de vivir sin acumular todas esas posesiones innecesarias que a los demás acaban por lastrarnos. Y la recuerdo, muy especialmente, en todos esos bosques por los que paso. Por la luz que se filtra en ellos por las mañanas; por la resiliencia que muestran frente a las agresiones y por cómo saben hacerse fuertes en ellas; y también, y muy especialmente, porque cada árbol no es solo lo que vemos, un ente aislado e independiente que vive al margen de su entorno, sino que gracias a sus raíces forma parte de un todo solidario que intercambia alimento e información con los que lo rodean (y esto último lo he aprendido hace muy poco leyendo La inteligencia de los árboles, un libro precioso).

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Troncos que integran otros troncos.

Volviendo a las metáforas, Esther sería un árbol, un bosque entero. La luz que irradia es capaz de traspasar todas las nieblas y alimentar la vida. Su forma de integrar los reveses para convertirlos en aprendizaje es de una resiliencia inteligente de la que pocos pueden presumir. Y su vocación solidaria, construida a partir de sólidas y amorosas raíces familiares, se manifiesta en su forma de cuidar a la gente, a la “suya” y a la ajena. ¿Un bosque de hayas como los de hoy? Eso mejor que lo decida ella.

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Amayur

Por lo demás, si la etapa de ayer fue en su mayoría plácida, destacando en ella la posibilidad (todavía) de ver a lo lejos el mar, así como el disfrute de la subida con sol a Otxondo y la sorpresa por la homogeneidad arquitectónica de los pueblos baztaneses; hoy me quedo con la excelencia de la guía Cicerone de la Alta Ruta Pirenaica. Como ejemplo, una recreación del texto de la etapa de hoy, que más que de una guía parece sacada de una Gyncana, sería algo así: “Sube unos metros a mano derecha por u camino de tierra, luego ignora el sendero que viene por la izquierda y gira hacia el SSE hasta encontrar una valla. Sáltala, atraviesa un pasto y sigue por el bosque hasta la cima rocosa bordeándola por la derecha hasta ver una zona de helechos…”. Muy, muy entretenido hasta llegar a Aldudes y luego a Urepel, en la Aquitania francesa. Pueblos igual de solitarios. Gente igual de simpática pero hosca. Una mujer que busca a su perro y una estatua de un soldado en la puerta de la iglesia.

Buenas noches.

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Iglesia de Arizcun.

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4 pensamientos en “Esther y los bosques del Baztán

  1. Como siempre, un gusto leerte. Impresionante tu precisión a la hora de transmitir tus sensaciones con un lenguaje a caballo entre la poesía y la prosa, en sus justas medidas. Mucho ánimo, querida. Aúpa Elisa!

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