Acerca de Elisa Pulla

Pianista, musicóloga, coach y montañera. Sensibilizada (y mucho) con temas mediambientales y energéticos y escritora vocacional en permanente proceso de aprendizaje.

De Gavarnie a Hèas. Gracias Diosa.

Hoy ha sido un día difícil. La mochila ha incrementado su peso con la compra de esta mañana (tres días de autosuficiencia por si acaso) y desde muy pronto las piernas han empezado a doler y  las fuerzas a escasear. El fantasma de la pájara me ha estado sobrevolando todo el día y lo único que me la salvado ha sido ella, la Diosa, mi Diosa. 

Vista de la Brecha de Roland desde las cercanías del Refugio de Espuguettes

Vale, que sí, que soy atea convencida, pero… Pero cuando me enfrento a una etapa de 20 kilómetros; muchos, muchos metros de desnivel; y las fuerzas fallan casi desde el principio; solo me queda recurrir a ella, a Diosa. Subo y la imagino sonriente, amable, amorosa, insuflándome fuerzas y arrastrando de mí a través de una cuerda invisible pero eficaz. Dándome ánimos. Quitándome miedos. Mi Diosa. 

Subida a la Forqueta de Allans

Ha estado conmigo subiendo al refugio de Espuguettes, con su magnífica ubicación mirando, desde el noreste, al circo de Gavarnie. Ha estado conmigo en el ascenso a la Forqueta de Allans, que a pesar de ser una subida amable, hoy se ha hecho muy dura. Y ha estado conmigo al final de la etapa, en el breve ascenso junto al Lac des Gloriettes, en los kilómetros costeando a partir de él, y en la abrupta bajada hasta Hèas, el punto de llegada, un minúsculo municipio a los pies del Circo de Troumouse, formado por apenas una iglesia y un Auberge-Camping, La Munia, donde, ¡gracias Diosa!, hoy sí había una habitación libre. 

Al fondo, el circo de Troumouse

Muy, muy cansada. Muy, muy, indecisa. Sin cobertura y sin wifi, lo último que sé es que mañana daban lluvia (poca, pero lluvia). Y mañana son no 20, sino 25 kilómetros, y más desnivel que hoy. No me veo capaz pero tampoco me veo quedándome aquí otro día. ¿Plan B? Si el cuerpo no responde puedo acampar antes de llegar, en el Circo de Barroude o en el valle de Barrosa. Y si llueve, me mojo. Total, solo es agua. 

Una de tantas marmotas

Por cierto, hoy también ha sido el día de la marmota 😊

1 de julio: Gavarnie. Hoy cumplo 15 años.

Quince años desde la primera vez que vine aquí y descubrí que el paraíso no es una playa en el Caribe (que también, pero al final aburre) sino que el paraíso es un circo, “el circo”: Gavarnie. Y al tiempo que descubrí Gavarnie (y de paso entendí de golpe lo que era un circo), aquí, en la cúspide seccionada del circo por antonomasia, en la Brecha de Roland, tuve mi particular bautismo-epifanía. Quince años ya ¡Tan joven y tan vieja! Un bautismo de montaña y un bautismo de vida después de una dolorosa ruptura. Un bautismo de felicidad y plenitud. Así que regresar una y otra y otra vez es la mejor forma de celebrar mi cumpleaños.

Pero confieso que llevo días preocupada por mi decisión de este año de empezar a andar justo por aquí. Me preocupaba que hubiera nieve, que no se pudiera pasar, que me estuviera haciendo la valiente empezando por una etapa tan dura después de tantos meses sin hacer montaña… me preocupaba ¡y mucho!

Y no andaba desencaminada, al menos respecto a la nieve. ¿Podría haberla evitado? Sí, claro, renunciando a aproximarme a la Brecha y bajando directa a Gavarnie después de llegar al Puerto de Bujaruelo. Pero no he renunciado. Me he animado al ver que había gente relativamente poco equipada que bajaba, que la nieve estaba blanda y surcada de caminos bien marcados y que, aunque había gente, en realidad era muy poca (sobre todo si lo comparo con la desagradable experiencia del año pasado cuando renuncié a la deseada aproximación y a continuar ruta, precisamente, por la gente). 

Pero preocupaciones aparte, hoy ha sido un día de esos que, por un lado, te reconcilian con la montaña y, por otro, te cabrean infinitamente. Reconciliación porque he empezado subiendo al Puerto de Bujaruelo, casi cuatro horas en las que solo he visto un caminante y media docena de marmotas silenciosas y asustadizas. Y he podido llegar, atravesando neveros y torrentes, pero sin demasiados sobresaltos, al refugio de Serradets, a los pies de la Brecha, y disfrutar de una vista espectacular del circo. He bajado sin problemas, casi corriendo por las morrenas y he empezado a pisar hierba sin saber a dónde mirar, ¿la alfombra de lírios silvestres? ¿las múltiples perspectivas del circo? ¿las marmotas que van saliendo al paso? ¿Y la mochila? Casi que ha pesado poco. Aunque he de reconocer que, como su peso es inversamente proporcional al estrés, y hoy, especialmente hacia la mitad de la etapa, en ese subir y bajar del refugio, el estrés ha sido mucho, pues como que ha sido llevadera. ¡Impresionada conmigo misma estoy!

Y cabreo porque al final, cuando ya estaba relajada y llegando a mi destino, el pueblo de Gavarnie, a alguien se le ha ocurrido la feliz idea de marcar una ruta que añade una hora entera dando vueltas por el bosque cercano. Y lo que tienen la relajación y la obediencia: ni me molesto en mirar el GPS sino que la sigo, obediente y de paso añado un montón de cansancio a lo tonto.

Al final he llegado reventada a un camping semi desierto en el que me han puesto pegas para pernoctar porque tienen “muchas reservas” y donde me cobran una clara a 6€. Gavarnie, 1 de julio, es un pueblo triste con un entorno de ensueño donde solo encuentro un sitio para cenar algo. La verdad es que prefiero esto y no el parque temático en que se convierte en agosto.

Torla-San Nicolás de Bujaruelo: Despertando los sentidos

Estos días atrás, como siempre que preparo mochila y travesía solitaria, he estado nerviosa. Ya empiezo a acostumbrarme a esa mezcla de atracción y miedo, de querer volver y dudar de todo. De qué meter y no en la mochila, de si repetir recorrido o innovar, de dónde dejo el coche y cómo me acerco al punto inicial… Y por supuesto, de mí misma, del tiempo, de los pies, de si habrá o no nieve… Una pura duda.

Pero a pesar de eso, de una en una llegan las decisiones: el coche se queda en Jaca, desde allí en autobús (dos autobuses) a Torla. Y de Torla al camping de San Nicolás de Bujaruelo a pie, y así de paso hago una especie de “etapa aperitivo”. Al final han sido unos doce kilómetros y más desnivel del que pensaba (unos 800m de subida y 600 de bajada). Y ha sido preciosa. Más de lo que pensaba. 

¿Ha sido por contemplar desde el inicio la espectacular mole de piedra que bordea el Valle de Ordesa en su vertiente sur? ¿Por volver a caminar en solitario? ¿Por intuir que esta vez he elegido bien los días (menos gente y previsión de  buen tiempo)? ¿Por tanta belleza que esconde el mundo? Sí, también por eso. Pero ha sido preciosa, sobre todo, por la emoción y también por el despertar de los sentidos después de tanto tiempo viviendo a ritmo de Covid.

Desde que he cogido el segundo bus del día, en Sabiñánigo, me ha empezado a doler el estómago de pura emoción, de pura felicidad. Y tanta dicha me ha cogido por sorpresa. Supongo que ayuda que la aproximación al paraíso sea lenta y también que este año haya habido tantos meses en los que parecía imposible una “trasgresión” semejante (¡cruzar ¿cinco? comunidades autónomas y ni se sabe cuántas provincias!). ¿Pero no será también que el cuerpo entra en resonancia con aquello que reconoce casi como una parte de sí mismo? ¿Que la energía que emana de estos valles de piedras majestuosas y ríos salvajes es un campo magnético que impacta en cualquier organismo? 

También habrá influido el sentir que hay cosas difíciles que se han hecho bien, que nada está dicho.Y recibir alguna que otra buena noticia para el curso próximo justo antes de echar a andar. Saber que hoy sí siento que he sabido bajar esa montaña que era para mí el cambio no deseado de centro de trabajo y que, no sé cómo, lo que parecía un fracaso se ha convertido en el mayor de los éxitos: un incorporar a gente maravillosa a mi vida y un ver nacer muchas y nuevas ilusiones en lo laboral.

El día no podía empezar mejor y el tiempo acompañaba. Unas tres horas de marcha remontando  el río Ara, recorriendo sus gargantas (la de los Navarros y la de Bujaruelo) y escuchando su estruendo de río furioso que salta y golpea (y modela) las muchas piedras que encuentra en su tortuoso camino. ¡Como para que no se despierte el oído! Y con él la vista, claro está, que contempla tanto verde escondido en los bosques de las orillas (verde musgo, verde helecho, verde avellano, verde abeto, verde…) Y entre verde y verde, más verde: el turquesa del agua en los remansos del río. ¿A qué huele? A libertad. Una libertad que también tiene tacto porque las mejillas pueden volver a sentir el aire y el sol y recuperan su capacidad expresiva. ¿A qué sabe? Al maravilloso desayuno que esta mañana me han servido Belén y Víctor en el Puravida Pirineos (definitivamente, mi hotel favorito de Jaca) y a la cena que tomaré dentro de un rato en este camping que se abre al borde de Francia y en el que siempre se come mejor que bien.

Mañana vuelvo a subir el puerto de Bujaruelo y a intentar acercarme a la Brecha de Roland para después bajar a Gavarnie. El año pasado lo intenté en agosto y tuve que volver porque no me veía capaz de enfrentar algo tan especial para mí rodeada de gente gritando, corriendo, adelantando sin la más mínima precaución en pasos complicados… No pude. Volví. Espero que este año sea diferente, y aunque tengo la sensación de que después del Covid la montaña nunca será tan solitaria como antes, espero poder disfrutarla y andar todos los días que el cuerpo y el tiempo me permitan. ¿Uno, dos, siete, tres semanas? Se verá.

Bienvenidos al reino de la incertidumbre.

Con permiso del Covid: Sierra norte de Sevilla

Cuando salir parece un milagro, cuando cada día te preguntas cuál es perímetro que podrás recorrer sin infringir la ley, cuando acumulas fines de semana en los que coger el coche y escaparte a alguna parte (a andar, a comer, a ver a alguien, a perderte…) está absolutamente descartado, cuando parece que ya no es posible hacer otros planes que ir de casa al trabajo y del trabajo a casa… el que te digan que ya puedes salir de tu municipio y moverte por toda la provincia es más que un milagro. Es florecer. Es volver a la vida.

Mimosa en flor en las cercanías de Cazalla de la Sierra

¿No os pasa que de tan fácil que ha sido viajar lejos en los últimos años se os ha olvidado que no solo son viajes aquellos que nos llevan a 1000, a 2000, o a 10000 kilómetros de distancia, sino que viajar también es habitar y explorar espacios cercanos? Recuperar el placer de un sábado en la sierra y sorprenderse de lo bonito que está el campo y de lo cerca que lo teníamos aunque no pudiéramos salir a verlo y aunque cuando hemos podido hacerlo nunca ha sido el primero de nuestros planes. En el fondo es casi un regreso a la infancia, cuando los viajes eran cercanos y cuando un día en el monte era toda una aventura.

Y con esta sensación de libertad parcialmente recuperada y con estas ganas de viajar no ya a los confines de la tierra pero sí a los de la provincia, ayer, sábado, Ana y yo cogimos el coche y nos plantamos en Cazalla de la Sierra dispuestas a hacer el Sendero de las laderas: algo más de ocho kilómetros de camino entre alcornoques y alguna que otra mimosa florecida.

Alcornoques en el Sendero de las laderas de Cazalla de la Sierra

Hay días de andar deprisa y días de tomárselo con calma. Y este sendero invita a la calma. Invita a abrazar esos troncos parcialmente desnudos. Invita a la charla. Invita a dejar que los ojos vaguen por el horizonte de dehesas y colinas. Invita a sentarse junto al río, el Huéznar, a cruzar sus puentes y a escuchar sus aguas. E invita a dejarse inundar por la tranquilidad que da el rodearse de árboles centenarios.

Comienzo de la subida, ya de regreso.

Y mientras tanto, horas de charla tan fluida como el río. Tan trasparente como sus aguas. Tan cercana como esta sierra olvidada que está tan solo a poco más de una hora de nuestras casas. Comprobar que la amistad florece en tiempos de Covid y que la belleza cercana no tiene nada que envidiar a la lejana. Y por la tarde, la pequeña maravilla de las cascadas del Huéznar.

Cascada del Huéznar.

Entre las muchas cosas que están cambiando en estos tiempos, no puedo evitar pensar que el obligarnos a volver la vista a lo cotidiano, a lo más próximo, a lo privado, así como el cambio en nuestra forma de relacionarnos (e incluso el con quién nos relacionamos), supone un punto de inflexión insospechado que tiene una parte indudablemente positiva. Creíamos (creía) que todo lo excepcional estaba fuera; que todo lo por descubrir pertenecía a otros países, a otras culturas, a otros mundos; que la felicidad nos esperaba siempre lejos. Creíamos (creía) en el crecimiento perpetuo, en la expansión a toda costa, en progresar constantemente…

Quizá vaya siendo hora de parar. De dejar de vivir sorteando obstáculos y, por qué no, de empezar a hacerlo permitiéndonos ver (y escuchar) el fluir de la corriente.

Trans…CabodeGatandando

¿Es invierno? No, no puede ser. ¿Heladas en el norte? Mentira ¿Nieve en algún lugar del mundo? Imposible. Esto es Cabo de Gata, el extremo sureste de la Península, y estos días de finales de diciembre, en los que por obra y gracia de la pandemia mi estar sola transciende el andar y se extiende al pasar las fiestas en solitario, hace un sol cegador, un mar infinito y una temperatura primaveral. El tiempo perfecto para entretenerse recorriendo los múltiples pliegues de este desierto que abraza el mar.

Los Frailes desde la Isleta del Moro.

Sí, ya sé que estar sol@ tiene muy mala prensa ¡y más en estas fechas!. Ya sé el miedo, el rechazo y la compasión que despierta. Ya sé que lo normal es pensar “pobre” y, bienintencionadamente, ofrecer compañía. Pero aunque esta en concreto no es una de esas ocasiones de soledad elegida, sino en gran parte sobrevenida, lo cierto es que una vez aceptada, y una vez roto el tabú que supone proclamar al viento que entre las muchas compañías posibles la propia no es, ni mucho menos, la menos apetecible, se abre ante mí la posibilidad de elegir (y disfrutar) unas auténticas vacaciones de cuerpo y de espíritu.

Puesta de sol desde la torre de los Lobos. Al fondo, los Frailes.

Vacaciones que se convierten en una improvisación constante. Que empiezan siendo tres días, que pasan a ser cinco y que ya van por ocho. Días de dejarme llevar por caminos que no sé muy bien a dónde conducen y que me hacen terminar, casi siempre, buscando campo a través el punto de partida. Días que empiezan por caminatas entre los restos mineros de Rodalquilar, o por la visita al Playazo o a la cala del Carnaje, o mejor aún, por la subida furiosa –no sea que el sol se me adelante– a una torre, la de los Lobos, cuya vista nunca defrauda y desde la que en estos días solo escucho dos respiraciones, la mía y la del mar.

Amanecer desde la torre de los Lobos (o faro de la Polacra).

Y un día, la asignatura pendiente: subir al Cerro del Fraile. Algo menos de quinientos metros de altura justo al lado del mar. ¿Parece fácil, no? Pues no lo es, sobre todo porque el ascenso es, prácticamente todo el tiempo, campo a través. Campo a través con mucha pendiente, por un terreno de arena y piedras a menudo inestable, sorteando palmitos, espartales y arbustos varios, y utilizando manos y pies para trepar hasta la cumbre. Entretenido pero no exento de peligro y a veces un poco desesperante porque, a pesar de seguir uno de los tracks posibles encontrados en wikiloc, el por dónde pasar no siempre es obvio.

Mirando al sur desde el cerro del Fraile.

Desde arriba, como era de esperar, la vista es fantástica. Al sur se ve San José, la playa y el morro de los Genoveses y se intuye el faro de Cabo de Gata. Hacia el norte, los Escullos, la Isleta del Moro, las Negras, Aguamarga, la Mesa de Roldán… Al oeste, hacia abajo, un mar de invernaderos, y hacia arriba, la blancura de Sierra Nevada. Al este, el mar infinito. Hace algo de viento pero el día es espectacular. Ni una nube. El mundo es del color del paraíso: azul.

El Fraile Chico, al que toca subir después del “grande” y, abajo, la playa de los Escullos.

Isil-Rosari-Airoto-Isil: La ruta de los tres lagos

Cada comienzo de verano el mismo runrún. ¿Estaré lo suficientemente en forma como para pasar horas andando cuesta arriba y, lo que es peor, cuesta abajo? ¿Cuál es el estado de mis rodillas, de mis tobillos, de mis metatarsos…? ¿Cuántos años más podré pedirle a mi cuerpo que me transporte a estos lugares bellísimos a los que solo se accede tras varias horas a pie (o en helicóptero, o quizás en mula)?

Es por ello que días como el de hoy son, si cabe, más gratificantes todavía. 18 kilómetros. Cerca de1300 metros de desnivel de subida y otros tantos de bajada. Casi seis horas andando. No es ni mucho menos la etapa más dura que haya hecho nunca pero… como primera prueba de este 2020 está más que bien. Día de sol espléndido, el móvil funcionando como GPS y yo dejando atrás los antiguos miedos que me asaltaban cada vez que me alejaba unos metros de la ruta. Parece que el sentido de la orientación, añadido al sentido común y a las posibilidades del campo a través funcionan también (al menos esta vez) en montaña.

Estany del Rosari d’Àrreu.

Hoy he encontrado caminos delgados, casi anoréxicos, que ascienden entre ortigas, se adentran en interminables bosques de avellanos y acaban perdiéndose entre una vegetación que este año, después de lluvias y encierros, es especialmente exuberante, y que las incontables flores tiñen de amarillo (o de azul o de blanco o de violeta). Helechos que mojan las piernas y escobas que las limpian. Pastos y lagos. Y cumbres que parecen al alcance de la mano, y tras ellas nuevas cadenas montañosas cuya altura se adivina solo por la cantidad de nieve que todavía albergan. Un universo paralelo. Una sensación que solo se me ocurre comparar con hacer submarinismo, pero sin escafandra.

Y en este universo los caminos a veces son ríos y los ríos se escurren entre piedras. Y las piedras, progresiva y casi imperceptiblemente, van aumentando su tamaño mientras se asciende y terminan convirtiéndose en bloques gigantescos que esconden restos de nieve en sus rincones y que coexisten con esporádicos pinos, vivos o muertos.

Y de nuevo la soledad. Las únicas señales humanas que encuentro hoy son dos tiendas de campaña instaladas junto al refugio de Airoto (restringido este año por la COVID) y una pareja a la que veo de lejos y que, por el tamaño de sus mochilas y su dirección, sin duda sigue la Alta Ruta Pirenaica. Por lo demás, nadie que perturbe la tranquilidad, la perfección de un hermosísimo día de cielo azul en el que paso junto a tres preciosos lagos muy diferentes entre ellos.

Estany del Rosari d’Àrreu. Al fondo, a la derecha, el collado que lleva al Rosari Superior.

El primero de estos lagos, el estany del Rosari de Àrreu, a dos horas de camino desde Isil, y al que se llega después de haber pasado por el fantasmal pueblo abandonado que le da nombre, es un lago aparentemente poco profundo, de fondo pedregoso, rodeado de pinos que ascienden por laderas empinadas y en cuyo extremo superior se dibujan dos collados que conducen, a su vez, a sendos lagos: el de la izquierda lleva a Garrabea; el de la derecha, al estany superior del Rosari. Y es a este último al que me dirijo con ayuda de la ruta que me he bajado de Wikiloc y de las señales (pocas) que voy encontrando en el no-camino.

Es la tercera vez que paso por este segundo lago de hoy, el superior del Rosari. ¡Y parece que a la tercera va la vencida! De la primera vez solo recuerdo lo gélido de sus aguas y cómo mi cuerpo, sudoroso y agotado después del ascenso, las recibió cual maná caído del cielo. Nada más. La segunda vez fue en un día gris y frío, y también llegué a él casi agotada después de moverme durante un par de horas entre rocas y rododendros (o nerets, en catalán). Hoy por fin he podido disfrutar de su belleza, que en gran parte tiene que ver con sus entornos abiertos y limpios y con que es un lago que se siente cerca del cielo. El estany superior del Rosari, rodeado entera y únicamente por un manto de suave y verde hierba que se extiende a lo largo de una superficie sorprendentemente amplia y que solo se trasforma en gris cuando asciende hacia los picos cercanos (el Tuc del Rosari y el Gran Tuc de Marimanya), resulta, a la luz de hoy, absolutamente idílico.

Estany superior del Rosari desde el camino que lleva a Airoto.

El tercer lago, Airoto, son, en realidad, dos lagos hermanados, uno mucho mayor que el otro, ambos de difícil acceso por estar rodeados de grandes moles pétreas. Es mi cuarta vez en Airoto (aquí la crónica de la segunda y de la tercera vez) y quizá por eso hoy paso más deprisa y reparo menos en sus encantos, concentrada como estoy, una vez más, en lo que significa andar sola.

Abajo, el más pequeño de los lagos de Airoto. Enfrente, el Pic de Quenca (o Cuenca).

Andar sola es, al contrario de lo que pueda pensarse, todo menos aburrirse. Hay momentos de máxima concentración, de incertidumbre, de expectación, de introspección… Y también otros del más puro síndrome de Sthendal (bueno, de una especie de síndrome de Sthendal «natural»). Ocurre que, cuando los caminos son exigentes y obligan a mirar continuamente dónde se ponen los pies, la sensación es, simplemente, de meditación, ya que el cerebro se vacía y se pierde la noción del tiempo. Y ocurre que, cuando el camino no es tan exigente, la cadencia del movimiento continuado tiene un «efecto almohada», clarificador de pensamientos. Así, de forma espontánea, andar revela malestares ocultos y da oxígeno a las madejas enmarañadas que pueblan la mente permitiendo que se vuelvan esponjosas y fáciles (o más fáciles) de desenredar.

Bajando a Isil desde Airoto.

Hoy, y aunque me hubiera gustado más sentir el segundo de los efectos, ha sido un día de andar-meditar. Un día de mucha concentración y poca incertidumbre. De esfuerzo sostenido pero sin llegar, en ningún momento, al agotamiento. Un día de perfecto equilibrio entre belleza y bienestar. Prueba superada.

Días de cielo, flores, agua y roca en el Pallars Sobirá

Instalada un año más en Isil, no acabo de encontrar, en este año atípico, la fuerza o el momento de agarrar definitivamente la mochila y echarme a andar. La sensación de excepcionalidad, el aprecio renovado de las pequeñas cosas, un curso especialmente estresante y diferente –aunque muy gratificante–, la necesidad de descansar, de no hacer nada… Pasan los días y me pregunto si mi cerebro también se ha ido de vacaciones y si la amenaza de un nuevo confinamiento no estará actuando como una especie de veneno paralizante.

Y aún así, y en este extraño estado de stand by, las pequeñas salidas diarias están ahí y recuerdan que el paraíso sigue existiendo y que está al alcance de la mano. Y si la semana pasada volvimos –con un más que interesante grupo esencialmente femenino, variopinto y disfrutón– a la Gola y a los preciosos estanys de Ventolau, al espectacular Port de Ratera, o al idílico Pla de la Font; ayer y hoy Ramon y yo hemos vuelto al cielo: ayer recorriendo la carena de Campirme y hoy subiendo al Bony de la Mina.

En el camino desde Son hacia el Pla de la Font. De izquierda a derecha: una servidora, Cristina, Nuria, Ramon, Clara, Fina, Mercé, Mireia, Judith y Mª Gracia.

Más allá de los prados exuberantes repletos de flores y de los bosques pletóricos de abetos descomunales, ambos puntos son excepcionales por sus vistas. Skylines que quitan el hipo. Desde Campirme se ve gran parte del Pirineo aragonés, del andorrano y del catalán. Desde el Bony de la Mina (la mina de Bonavé) se dominan todas las cimas existentes entre la Bonaigua y Bonavé, además de todos los collados que comunican este último valle con Francia, y algún que otro pico emblemático.

Vértice geodésico de Campirme. Al fondo, los Besiberris, la Maladeta, el Posets…

Para subir a Campirme tomamos la pequeña carretera que sale de Esterri d’Àneu hacia Unarre; luego, poco después de Burgo, seguimos una pista infernal que ascienda a través del bosque hasta abrirse a una hermosa zona de pastos donde los rebaños son de caballos y donde la belleza de los potros hipnotiza. Dejamos el coche en el collado y comenzamos a andar. Son kilómetros de carena pelada con vistas a ambos lados. A la izquierda, la Maladeta, culminada por el Aneto. A la derecha, la Pica de Estats y el Monteixo. Al frente, el Montroig y el Ventolau. Y entre todos ellos, cimas y cumbres y valles hasta donde la vista se pierde. A muchos les ponemos nombre. A otros muchos no.

A punto de iniciar la subida a Campirme

El Bony de la Mina ha sido la propina de hoy. Un día pensado para ser tranquilo. Para transitar por uno de los valles que se abren a la izquierda de Bonavé, el valle de la Tuca Blanca, accesible gracias a un mínimo sendero que utilizan los ganaderos de la zona. Un valle precioso. Pero el destino, o la curiosidad, han querido que acabemos siguiendo un nuevo sendero, plagado de cadáveres arbóreos, que comunica ese valle con otro, con otros ya conocidos, y que nos ha dejado tan cerca de la cima de la montaña de la mina que ha sido imposible no subirla. Eso sí, campo a través. Arriba, 360 grados de belleza y dos ciervos a los que hemos interrumpido su descanso.

El primer collado del día o el reto del aislamiento en tiempos de pandemia

La soledad en montaña es una cosa. La soledad aislada en casa, otra muy diferente. Y estos días echo de menos esa primera soledad a la que adoro al tiempo que me pesa la segunda. Echo de menos esos pulsos conmigo misma en los que el esfuerzo es también físico y no solo mental y en los que lo voluntario de la elección multiplica la resistencia. Mientras tanto, aquí y ahora, la situación se me vuelve más  y más incómoda.

Sé que estos días hay quien convive con su enemigo y sé que hay quien tiene que compartir un espacio mínimo y no puede ver el cielo salvo cuando sale a comprar. Sé que hay gente que se está jugando la salud y la vida en esta crisis, que hay quien se quedará sin trabajo una vez más y gente que, teniendo que trabajar, afronta cada día con el miedo renovado del si esta vez la enfermedad se abrirá paso en su cuerpo o no. Gente que no lo contará y gente que, cuando lo cuente, se verá tan desbordada por emoción que no podrá evitar las lágrimas.

Y aunque frente a todo ello me siento una privilegiada, la tristeza está ahí. La tristeza de tener que vivir en una burbuja durante ¿cuánto tiempo? Nadie lo sabe. La tristeza de no poder sentir la cercanía de los amigos ni los abrazos de mi pareja porque, aunque ni él ni yo estamos enfermos, ambos vivimos solos y separados por mil kilómetros de distancia que ahora parecen ser cien mil. ¿Cuándo elegimos estar así? Lo que la cotidianidad laboral justifica deviene absurdo cuando esta se trastoca y muestra que quedan por delante meses de buscar la plenitud dentro de cuatro paredes. Huir de una misma no es una opción, caer en el desánimo tampoco.

Así que echo mano de lo que más me alimenta y busco fuerza en esos largos días de travesía en los que el camino es infinito pero en los que no por ello dejamos de emprenderlo. Los primeros kilómetros siempre son placenteros. Amaneceres avanzando descansada antes de que la pendiente haga mella en nuestras piernas y nuestra respiración y en los que el día que nace se contempla con la inquietud por lo que vendrá pero con los sentidos recreándose en cada sensación, en cada imagen, en cada olor.

No sé si la comparación es muy afortunada pero siento que estos primeros días de cuarentena han sido como esos primeros kilómetros. Inquietos sí, pero con las fuerzas intactas y con la motivación de descubrir las posibilidades que nos otorga esta nueva situación insospechada. Días de emoción y descubrimiento. Y tras ellos, ahora empieza la verdadera prueba, la ascensión al primero de los collados del día. Y no sé por qué, cuando pienso en ese primer obstáculo no pienso en uno cualquiera, pienso en el Coll de la Cornella.

La Cornella es un collado pedregoso desde donde casi se toca el Montroig y es el primer paso para atravesar hacia Noarre desde la Val d’Âneu en una de las etapas más duras de la Transpirenaica. Aunque no es el punto más elevado del día sí es el más difícil ya que para llegar al mismo hay que ascender más de mil metros –tartera monumental incluida– desde el tranquilo, profundo y estrecho valle por el que discurre la Noguera Pallaresa. Una vez allí se puede no ya ver pero sí intuir el final de la etapa.

Quiero pensar que estos próximos días de encierro, que coincidirán con lo más álgido de la pandemia, no son sino la ascensión a un difícil collado que nos dejará exhaustos pero con una primera sensación de felicidad, de logro, de orgullo. Quiero pensar que la tristeza de hoy es el esfuerzo del ascenso, la incertidumbre de si el camino elegido es el bueno, el nerviosismo de quien no sabe si las fuerzas le van a acompañar. Y quiero pensar también que pasado ese primer collado volveré a disfrutar del camino aun cuando quede todavía mucho por recorrer.

Si la Cornella se puede subir, también de esta se saldrá.

 

Y el Balaitús, el Vignemale, y toda la Tierra, bailarán sobre nuestras tumbas

Acabar donde se comenzó. Cerrar un círculo. Volver, siempre volver, al punto de partida. A esos paisajes rocosos, escarpados, abruptos y horadados de lagos, que se esconden a varias horas a pie y a muchos metros por encima de Formigal, Sallent de Gállego o Baños de Panticosa. ¡Y volver pudiendo pisar cada piedra del camino sin sentir punzadas de dolor! Volver con unos pies que ya pensaba que nunca serían los míos. Sin condriopatías ni metatarsalgias. Y volver a bajar casi corriendo, incluso con mochilón, sin preocuparme nada más que del sentirme libre, viva, llena de energía, renacida. Esa es la increíble sensación con la que he terminado estos días. ¿Igual que renazco yo puede renacer el planeta?

FA7B249E-4E1A-40AB-A05E-CD316E65119F

Pinos recortados sobre uno de los lagos de Arriel

Mis dos últimas etapas de este verano han sido muy especiales. Sobre todo la del domingo, cuya larga bajada hasta Baños de Panticosa fue espectacular. ¿Sabéis lo que es disfrutar de cada piedra del camino, de cada lago, de cada cascada, de la ligereza de cada movimiento?¿Y lo que es volver a contemplar ese lago, el de Tebarrai, tras llegar, trepando, al collado del mismo nombre? Y eso que no es un gran lago, ya que su tamaño es discreto, pero su situación inaccesible –al fondo de una hondonada de escarpadas laderas negras– y sus aguas –extraordinariamente quietas y de un llamativo azul turquesa– hacen de él uno de los lagos más especiales de todos cuantos conozco. Precioso, llamativo, aislado, magnético, imposible. ¿Como imposible es parar el cambio climático?

A674992A-CDB7-4318-B61B-6F439F17CC1F

Lago de Tebarrai y, al fondo, los picos del Infierno

Estos dos días han sido más de veinte los lagos por los que he pasado (ibones, que estamos en Aragón). Partiendo, el sábado, del ibón de Pombie, a los pies del Midi d’Ossau; he bordeado los muy visitados ibones de Arrious; los múltiples y traslúcidos ibones que se dibujan entre la piedra casi blanca del paraje de Arremoulit; los impactantes ibones de Arriel, represados y al abrigo de unos cuantos tresmiles (el Balaitus entre ellos); el gigantesco embalse de Respomuso; el ibón de Llena Cantal que, vigilado por su pico homónimo (y por el Piedrafita y el Tebarrai), invita a acomodarse en el verde de sus orillas y reponer fuerzas para ascender al collado que lleva al ya mencionado ibón de Tebarrai; y finalmente, y tras traspasar el cuello del Infierno y ver, ya no tan lejos, un nuevo tres mil, el Vignemale, he pasado también por los deliciosos ibones azules y por el embalse de Bachimaña desde el que se precipita, en saltos y cascadas, el río que baja a Baños de Panticosa y junto al cual transcurre el camino. Agua, piedra, azul y verde deslumbrantes en cantidades ingentes en un espectáculo que la naturaleza solo muestra a partir de los dos mil o dos mil quinientos metros y que no tiene mejor forma de verse que a pie. ¿Será el ser humano capaz de destrozar también semejante belleza?

109BFF2E-A848-447B-8E6F-37B3EB3875CB

Lago de Llena Cantal. La montaña es el Tebarrai.

Y entre la admiración y la duda me pregunto si hay razones para el optimismo. Supermercados donde hay más plástico que comida. Hombres que evitan usar bolsas reutilizables porque temen ser tachados de homosexuales. Millones de personas comprando ropa-basura (y todo tipo de objetos-basura). Miles de millones de coches arrojando su veneno a la atmósfera y miles de millones de usuarios que siguen pensando que no pueden hacer nada y pagan su electricidad a grandes empresas que, como Endesa, mantienen centrales térmicas y nucleares cuando ya hay montones de pequeñas comercializadoras que solo producen energía solar o eólica.  Hombres y mujeres que dejan morir a otros hombres y mujeres solo porque no han tenido la suerte de nacer en el primer mundo. Telediarios que apenas mencionan el cambio climático entre el fútbol y las huelgas veraniegas. Incendios. Gente, mucha gente, que aumenta cada año su gasto en aire acondicionado y que admite el cambio pero actúa como si no pasara nada, como si no se nos fuera la vida en ello. Casi ocho mil millones de personas en el mundo.

6DAD3DD9-C307-4505-9A0A-172314CCE706

El mayor de los lagos de Arremoulit

Y en medio de todo esto, jóvenes como la ya famosa Greta Thunberg que sí parecen ser conscientes de que su único futuro pasa por conseguir que se tomen, ya, medidas urgentes. Que hacen del activismo su vida porque saben que sin activismo no habrá vida. Que exigen responsabilidad a quienes deberían ser responsables y que han conseguido sacar los colores a algunos y generar un movimiento que, al menos a mí, me da un poco de esperanza en la humanidad.

217FED0D-1123-4CAA-84C4-DA8BFC2BBA54

Uno de los lagos de Arriel

Porque por lo demás, mi optimismo se centra no precisamente en los humanos, que hemos demostrado sobradamente nuestra efectividad a la hora de suprimir especies y que ya hemos comenzado a fraguar nuestra propia extinción; sino en la Tierra. En este planeta que verá a la especie humana extinguirse como ya vio en el pasado extinguirse a otras especies. En la Tierra, que volverá a ser verde gracias al mismo CO2 que matará al hombre; en la que el Balaitus, el Piedrafita o el Vignemale seguirán reinando sin hombres ni mujeres; y en la que nuestros ocho, nueve o diez mil millones de cadáveres alimentarán nuevas formas de vida. Una Tierra en la que el ibón de Tebarrai mantendrá su bellísima e inaccesible apariencia durante miles y miles de años más aunque ya ningún humano podrá contemplarlo.

5969B424-09BF-4F61-860C-FEF1AE7A46BC

Cuello del Infierno. Al fondo, el Vignemale.

¿Lo bello? ¿O lo sublime? El Midi d’Ossau y el cuerpo femenino

El Midi d’Ossau no es bello. Ninguna montaña lo es. Al menos no lo es si nos olvidamos de lo que actualmente entendemos por belleza y que no deja de ser algo subjetivo y tremendamente vago que abarca todo aquello capaz de producirnos una emoción estética positiva. Nuestros antepasados racionalistas lo tenían bastante más claro: las montañas no son bellas porque no cumplen ninguna de las condiciones objetivas de la belleza. Edmund Burke, uno de los autores de referencia al respecto, decía que lo bello era lo pequeño, frágil, suave, de líneas ligeramente onduladas y de color claro. Una flor sería bella. Pero las montañas son justo lo contrario: son descomunales, trasmiten una sensación de fuerza insuperable, sus líneas tienden a ser angulosas y su color vivo, intenso, oscuro. Es por ello que no serían bellas. ¿Y entonces? Entonces son, también según el pensamiento imperante en gran parte del siglo XVIII y todo el XIX, nada menos que sublimes.

EC8DCA72-3987-46E1-ACBF-80A7E4366B7F

El Midi d’Ossau desde el col de Moines. Quedan unos diez kilómetros para llegar.

Sublime no es, por tanto, lo extraordinariamente bello, sino su antítesis. Aquello que es sublime excede nuestro control, nos sobrepasa y, hasta cierto punto, nos domina. Por eso, cuando hace tiempo una amiga, tras ascender a la cumbre más alta de los Pirineos, me dijo aquello de “cayó el Aneto” no pude sino reír. ¿Un gigante dominado, “domesticado”? Ni en sueños. Las montañas, la alta montaña, tienen a veces (no siempre) la generosidad de permitirnos ascenderlas. Y para ello contamos con otro aliado sublime: nuestro cuerpo, que bien entrenado, también, a veces, y solo a veces, nos lleva  por ellas como si fuera lo más fácil y natural del mundo. 

7B50E485-13E3-44F0-9B26-A254D95173C8

Ibón de Escalar. Antesala al col de Moines

El pasado viernes, moviéndome de Candanchú hacia el Midi d’Ossau –una etapa tipo “M” (600m para arriba, 500 para abajo, 600 para arriba, 200 para abajo)–, pensaba en cómo, cada vez más, en montaña, mi emoción va expandiéndose desde el reino de lo bello para transitar, también, el de lo sublime. Si antes mis ojos se iban, casi constantemente, a los lirios, azafranes, margaritas, siemprevivas y todas esas flores casi siempre minúsculas que brotan, se diría que milagrosamente, de entre las piedras; ahora mi vista, que quizá fruto de la presbicia tiende a dirigirse más hacia arriba, queda atrapada por todas esas siluetas imponentes, soberbias, ¡magníficas!, que dominan el horizonte y que se acercan, alejan y trasforman a lo largo del día. El viernes, el inconfundible Midi d’Ossau, con sus 2884m, no cambió significativamente a lo largo de la etapa, pero pasó de ser, desde la lejanía, una montaña característica, a mostrarse, ya de cerca, como una cima aparentemente inexpugnable a pesar de estar surcada por múltiples vías de escalada.

06B539D2-B031-486F-B715-44C2BC1D1EC2

La foto engaña. No son diez metros de “piedrecitas” sino unos 200m (de altura) de pedregal: la morrena del Peyreget.

Y el viernes, desde el comienzo del día, mi cuerpo se reveló sublime. Quizá no ya “grande” (con mi altura es difícil, aunque el tamaño siempre es relativo) pero sí fuerte, resistente, poderoso y capaz de adaptarse con naturalidad a las aristas del camino. Sublime en su capacidad de trasladarnos –a mí y a la mochila–, por pendientes inauditas, por caminos pedregosos y descensos vetiginosos. Y sublime en la larga subida (que culmina con una fantástica morrena) al punto culminante del día: el col de Peyreget, a 2270m, a “solo” 600 del Midi d’Ossau, y desde donde se atisban nuevas cumbres. Y en esa clara percepción de lo sublime corporal, lo bello, ese “bello” que identifica lo femenino con lo frágil, lo suave o lo pequeño, pero también ese otro que busca, siempre infructuosamente, ajustarse a un prototipo, se vuelve absurdo. Esa belleza, dieciochesca o no, que esclaviza sobre todo a las mujeres y las lleva (nos lleva) a una búsqueda incansable e imposible de la “perfección”, pierde todo su poder y se revela como lo que es: el invento infame y castrante de una sociedad enferma que ha perdido la capacidad de valorar lo fundamental de esa máquina prodigiosamente eficiente a la que llamamos “cuerpo”.

3CD81544-1296-43A8-B3AE-222D99F6F959

Col de Peyreget

¿Qué mujer no ha sentido alguna vez que algo de su cuerpo, o su cuerpo entero, no era bello, adecuado, socialmente aceptado?¿Qué mujer no ha sentido la necesidad de ponerse tacones para elevar su estatura, o de no ponérselos nunca por sentirse demasiado alta?¿Qué mujer no siente o ha sentido alguna vez que le sobran quilos, o que le faltan, o que debe ponerse prótesis en forma de relleno en el sujetador para parecer más sexy?¿Qué mujer no siente que hay alguna parte de su cuerpo que es mejor ocultar? En mi caso, esa parte del cuerpo negada y aborrecida fueron mis piernas, esas piernas sublimes que ahora me llevan por las montañas, que mi madre calificaba de “patorras” y que se convirtieron, durante años, en el centro de todos mis complejos.

32123DF3-997F-4E52-B4FF-BE59FE38828A

Otro ibón. Este en el descenso entre el col de Peyreget y el efugio de Pombie. El Midi d’Ossau ahora queda a mi izquierda.

Nunca podremos alcanzar la belleza entendida como canon porque esta es, por definición, inalcanzable, y si concebimos la belleza como fragilidad esto solo nos lleva, como a las flores, a una muerte prematura. Pero la naturaleza nos ha dotado de un cuerpo siempre sublime Y puestos a cambiar algo, ¿por qué no pedir algo realmente interesante como una cola de sirena? Creo que, si pudiera elegir, pediría unas alas de golondrina para poder volar a velocidades vertiginosas y desplazarme, cada año, a miles de kilómetros contemplando, desde arriba, las montañas.