Soy de esas otras personas que siempre que puede elige andar y quizá por eso me gusta tanto hacer travesías. Ese levantarse y echar a andar desde el mismo punto al que se llegó el día anterior. Esa autosuficiencia. Ese no necesitar un coche para desplazarse. Ese olvidarse de ruedas y motores para poner a trabajar el cuerpo. Y sentirlo. Y dejar que me lleve. Y aunque este verano la travesía me está vedada, hoy recuerdo un poco lo que se siente al levantarse, desayunar, y echar a andar directamente, sin aproximaciones innecesarias, sin que el tener que montar en un vehículo rompa la experiencia de un día perfecto de montaña.
No sé qué hora es, pero el tiempo es magnífico y salgo desde el precioso apartamento que me he alquilado en Benasque aprovechando que por aquí pasa un sendero que comunica con Ancilles y Cerler. Ancilles está a media hora escasa, en llano; Cerler un poco más lejos y bastante más arriba (unos 400m). ¿Por dónde empiezo? Por lo difícil, por el sendero estrecho y empinado que lleva a Cerler: un antiguo camino de herradura que atraviesa el bosque y conserva todavía mucha de su piedra original.





Empiezo sin estar muy convencida, pero conforme subo y veo que el cuerpo y el tobillo responden, me voy animando. Los pinzones no paran de cantar en todo el trayecto. ¿Una señal más de que en este viaje no voy a poder dejar de recordar? Desde que he llegado a Benasque cada imagen, cada pico al que pongo nombre, trae consigo un aluvión de recuerdos: el Salvaguarda, el Gallinero, el Coll de Toro (y su espectacular ibón), el Mulleres, el Hostal Parque Natural, los días de lluvia de mi Transpi, el Aneto visto desde la subida al Puerto de la Picada, las marmotas de los Llanos del Hospital… ¡Y pensaba que haciendo una ruta diferente rompería el hechizo! Pero no, porque ahí están los pinzones, para seguir llevándome al pasado.
Al principio entro en rebeldía. ¿No puede ya mi mente pasar página? ¿No he soltado ya las amarras? ¿No había ya dejado atrás las dudas y el dolor? Sí, sin duda, a todo sí, pero entonces, ¿por qué se obstinan los recuerdos en aferrarse a mí? ¿debo apartarlos a toda costa? ¿o debo acogerlos como la parte de mi vida que son? Conforme asciendo voy soltando ese lastre de frustración que brota todavía a veces y lo sustituyo por el reconocimiento de todo lo aprendido. Y me siento agradecida.

Para cuando llego a Cerler es todavía temprano, me siento ligera de cuerpo y espíritu, y decido alargar la ruta y hacer, desde allí, la circular que comienza por la ermita de San Pedro Mártir y sigue hacia las cascadas de Ardonés, del Clotet y de la Mascarada. Eso añade unos seis kilómetros más a lo ya hecho y hace que el total de la ruta de hoy sea de unos quince kilómetros con unos 800 metros de desnivel. Teniendo en cuenta que sigo en recuperación es una «machada», lo sé (y más teniendo en cuenta que apenas paro lo justo para comer), pero la euforia de sentir que puedo hacerlo es mayor que la vocecita que me dice que lo pagaré mañana.

A cambio, estos últimos kilómetros son una gozada por las vistas increíbles al macizo del Possets y por las cascadas, especialmente por la primera de ellas, la de Ardonés, espectacular, ¡y con ducha obligada en el puente metálico que comunica sus lados! Porque no hay opción: mojarse o retroceder. Es una pena que no haga más calor pero aún así es un momento placentero: agua helada, ruido ensordecedor, un puente mínimo seguido de un corto pasillo sobre piedra húmeda en el que es necesario agarrarse a un cable… Pasada la cascada, en un lugar donde aún puedo admirarla, me paro a comer. Al espectáculo de la violencia visual y sonora con la que el agua se precipita al vacío, se une ahora el olor del tomillo silvestre sobre el que, sin darme cuenta, me he sentado. Una burbuja de paz en medio de la tormenta.

Y ya de vuelta están las flores. Prados floridos. Amarillos, blancos, violetas, rosas silvestres, algún que otro lirio… ¿Cómo no sentirse agradecida? Entre tanto, sigo con mi runrún mental. Hay quien piensa que lo mejor para salir de una relación es acabar odiando a quien se amó. Siempre me ha parecido una idea falsa y triste. Tampoco creo que el objetivo sea salir rápido, sino salir bien, lo mejor posible. Porque una cosa es la rabia, la frustración, la amargura incluso, y otra es no darse cuenta de que cuando se ha querido tanto a alguien es porque había algo que necesitábamos y que esa persona nos daba. ¿Y odiarlo no sería también odiarse a una misma?





Por mi parte, desde siempre he buscado, he necesitado, conocer realidades diferentes, tener experiencias diferentes, acercarme a culturas diferentes… ¿Una forma de huir de mí misma? No necesariamente, pero sí el reflejo de un sentimiento profundo adquirido de niña y solo hecho consciente hace poco gracias a Yaiza, mi psicóloga: lo mío no importa, lo de los demás, lo de cualquier otro, importa más. ¿Triste? Sí. Pero también tiene sus ventajas: ¡he aprendido muchísimo!

Y pensando en ello, hago el repaso de todo lo que me ha aportado el último viaje emocional de mi vida. He practicado un nuevo idioma, he tenido contacto con una vida casi en las antípodas de la mía (en lo personal y en lo profesional), he roto alguna que otra barrera, y he aprendido mucho de montaña, muchísimo: a controlar los tiempos, a observar el terreno, a ver señales, a reconocer picos…
… y a identificar el canto de los pinzones.