Acerca de Elisa Pulla

Pianista, musicóloga, coach y montañera. Sensibilizada (y mucho) con temas mediambientales y energéticos y escritora vocacional en permanente proceso de aprendizaje.

Parzán-Viadós: Andar, meditar, pensar…

Después de escuchar llover durante gran parte de la noche, la verdad es que no pensaba andar hoy. Imaginaba que el día seguiría lluvioso, y una cosa es que te coja la lluvia por el camino y otra muy distinta salir ya lloviendo o sabiendo que va a llover. Con esa perspectiva me he levantado tarde, a las ocho (sí, tarde) pero cuando he salido a desayunar y he visto la previsión para hoy he empezado a cambiar de opinión. Y más cuando he preguntado y el único taxi de Bielsa podía, casi de milagro, acercarme al comienzo de la etapa de hoy, un poco más arriba de Parzán, justo a la hora que lo necestiba. Así que finalmente me he animado y, aunque tarde, me he echado, de nuevo, a andar.

Comienzo de la subida al Collado de Urdiceto.

A menudo andar es meditar. Y entiendo por meditar el poner todos los sentidos en una determinada actividad. Y eso es lo que me ocurrió ayer y lo que me ocurre cada vez que el sendero es exigente por estrecho, por empinado, por pedregoso, por accidentado, por… Por cualquiera de esas cosas que obligan a no pensar sino en el siguiente paso. En qué hueco o piedra o trozo de suelo poner el pie cada paso que se da. Ayer fue un día completo de meditación.

Hoy, sin embargo, el camino de subida es, casi en su totalidad, una pista apta para vehículos, con un firme regular y una pendiente suave y constante. Y aquí sí, cuando no es necesaria una concentración excesiva, es cuando, en vez de meditar, se pone en marcha una especie de “pensamiento automático” y una se encuentra pensando, normalmente, en las cosas que le preocupan.

Al comenzar el ascenso de hoy, he empezado tan solo sintiendo la humedad del bosque y su olor. Y dejando vagar mi vista por la riqueza vegetal del sotobosque: musgo, hiedra, arces, hierbas de todo tipo y miles de flores de una variedad asombrosa. Y eso, no sé por qué, me ha llevado a imaginar que bosque y sotobosque son la metáfora de lo que se dice y lo que se oculta, de lo que se vende como realidad y de la realidad misma. Y a fuerza de llevar la metáfora, conforme subía, a mis avatares vitales, he ido pasando de la curiosidad al cabreo y del cabreo a la tristeza. Y para cuando he llegado al collado de Urdiceto, esta, la tristeza, a la vista del Macizo del Monte Perdido por un lado y del del Posets por el otro, se ha acabado materializado en lágrimas, pocas y sosegadas, pero lágrimas al fin.

Muy cerca ya del Collado de Urdiceto. Al fondo, el macizo del Monte Perdido.

Sé que alguna vez ya he hablado de cómo, cuando ando en montaña, lo que es una maraña de pensamientos se va desenredando poco a poco. Es como si el pensar fuera con el andar y ambos avanzaran conjuntamente, recorriendo, resolviendo y dejando atrás unas cosas para encontrar otras. Hoy, conforme avanzo, es como si fuera tirando de una hebra “maestra” de pensamiento de forma que al final, en el collado, la maraña se ha transformado en un hilo extendido a lo largo de toda la subida. Un hilo que me ha llevado a la tristeza y que decido soltar ahí mismo para poder, en la bajada, dejar de pensar y empezar de nuevo a meditar. Otro tipo de meditación que no tiene nada que ver con la concentración en la pisada sino en el abandonarse a la belleza del paisaje.

Poco después de pasar el collado. Al fondo, el Posets.

El caso es que recordaba esta etapa como árida, poco atractiva, fácil pero pesada y me he encontrado con prados magníficos, unas vistas del Posets espectaculares, un camino agradabilísimo, agua por todas partes y, de nuevo, flores, muchas flores, sobre todo rododendros.

Al final del camino, y antes del refugio, hay un camping, y un poco antes de llegar empiezo a anticipar la cerveza que me tomaré. Lo que no imagino es que será en tan buena compañía: Patas y Marije pareciera que me estuvieran esperando. Han estado por la zona y coincidimos de nuevo. ¡Ni que nos hubiéramos puesto de acuerdo! ¡Qué buena charla y qué buenas cervezas!

Cerca del final, de nuevo el bosque.

Antes de acostarme, última mirada al Posets. Esplendoroso a la luz del anochecer que tiñe de amarillo su cima mientras que el resto, en un día especialmente claro, se recorta con una precisión y un relieve extraordinarios sobre el cielo vespertino. Buenas noches.

Héas-Bielsa: ¡Con una flor en el culo!

Cuando esta primavera, en pleno confinamiento, Ana y yo comenzamos a hacer salidas al monte explorando la provincia de Sevilla, nos empezamos a dar cuenta de que todo salía bien: no nos llovía aunque la previsión fuera terrible, llegábamos a los sitios justo a tiempo para cualquier cosa y siempre encontrábamos aparcamiento sin problemas. Así que, medio en serio medio en broma, empezamos a decir que el Universo conspiraba a nuestro favor o, no tan fino pero más castizo, que teníamos una flor en el culo.

¡Y hoy he vuelto a sentir esa sensación! Porque aunque he dormido regular (pensando en la etapa que me espera, en si me abandonarían las fuerzas a medio camino o en si llovería o no llovería), al menos he dormido en una cama en una habitación para mí sola y he podido desayunar un croissant, pan con mantequilla y mermelada casera, café con leche y yogurt. Un lujo. No en todas partes te ponen el desayuno a las siete de la mañana.

Hoy Diosa  me recuerda que ande despacio, muy despacio, y que no piense en lo que me queda, sino en lo que voy recorriendo. En que si ya he subido cien metros solo tengo que subir otros cien y otros cien y otros cien más hasta llegar a los, aproximadamente, 1700 que subiré hoy en total. En que si llevo recorridos dos kilómetros, bien puedo hacer dos y dos y dos más hasta que complete los entre dieciocho y veinticinco que tendré que hacer hoy dependiendo de si paro antes de acabar o termino la etapa.

Y funciona. Poco a poco asciendo por un larguísimo valle parcialmente cubierto por la niebla con banda sonora de río (río de montaña) y cencerros hasta llegar, ¡descansada!, a la Cabane des Aguilous, el primer hito de hoy. Más de 700 metros por encima del punto de partida. Y sigo subiendo, siguiendo un zigzag amplísimo sobre fragmentos de pizarra que crujen a mi paso, hasta que una plataforma suavemente escalonada me conduce, directa, y casi sin darme cuenta, a la Hourquette de Héas (la “horquilla” de Héas, 2600m, más de mil por encima de donde empecé). Y en el momento de llegar me siento inmensamente feliz porque no creía que pudiera ser tan “fácil” y porque el sitio es mágico, incluso aunque hoy la niebla no me deje ver la perspectiva. 

Horqueta de Héas. Hoy sin apenas vistas.

Y aquí ya empiezo a pensar que tengo una flor en el culo: no estoy especialmente cansada, la temperatura es increíble, no ha llovido ni parece que lo vaya a hacer y ¡no me he encontrado ni un alma en toda la subida (ni un alma humana)! Y además ahora empieza lo divertido: un largo costear por senderos de piedra, con subidas a nuevas horquillas y vuelta a costear entre valle y valle mientras la niebla juega a mostrarlos o esconderlos a su antojo.

El sendero 😀

Estoy impaciente por llegar al Circo de Barroude, porque lo recuerdo como un lugar espectacular, más espectacular todavía de lo que llevo viendo todo el día. Temo que la niebla no me deje disfrutarlo pero… Diosa sigue ahí (la flor también). El velo se va abriendo y cerrando sobre los glaciares (tan cercanos que casi puedo tocarlos); sobre el camino de hierba surcado de las grandes rocas que alguna vez se desprendieron de las cimas; y sobre todo, sobre los lagos, esos lagos de Barroude que duelen de tan bonitos. Como y duermo junto a ellos dejándome inundar de este paisaje helado ¡que disfruto en manga corta! y despierto y me levanto y echo a andar y miro el GPS y… me doblo el pie, ¡MIERDA! Pero… la flor en el culo, al final no es tan grave como parece y un baño helado (de pie), un buen vendaje y un ibuprofeno me ponen de nuevo en marcha.

Aquí, en los lagos de Barroude es donde pensaba dormir si no tenía fuerzas. Pero las tengo, así que sigo. Subo al Puerto de Barrosa (Barroude, Barrosa, es lo mismo, en francés o en español) y no puedo volver a disfrutar del espectáculo porque de nuevo la niebla lo oculta. Una pena. La bajada es eterna pero bajo bien y “aterrizo” en el valle junto al río… Barrosa, no podía llamarse de otra forma. He decidido acampar junto al río (Parzán o Bielsa, los pueblos más cercanos, están demasiado lejos para ir andando después de lo que llevo) y echo a andar junto a él, y me entretengo hablando con un par de franceses que van a la inversa, y mientras hago tiempo… baja una pareja y me decido a abordarla: ¿Vais a Bielsa?¿Tenéis coche?¿Me lleváis? ¡Y me responden a todo que sí!

Y los lagos entre la niebla.

La pareja resultan ser Patas y Marije, vascos, montañeros, ciclistas… amabilísimos. ¡Hasta me ofrecen poder poner mi tienda en su parcela del camping si no encuentro sitio en Bielsa! ¡Agradecidísima! Y más cuando, horas después, y ya durmiendo en el hostal en que me instalado, empieza a llover, y llover, y llover. ¡De la que me he librado!

En el puerto, y a punto de bajar.

La flor en el culo… y las flores en el delicioso tartar de atún que me ponen en La Terrazeta, comida de autor a precio más que razonable con vistas al valle, ¡y eso que me he metido en el primer sitio que he encontrado! 

No una, varias flores en… el tartar. Delicioso.

De Gavarnie a Hèas. Gracias Diosa.

Hoy ha sido un día difícil. La mochila ha incrementado su peso con la compra de esta mañana (tres días de autosuficiencia por si acaso) y desde muy pronto las piernas han empezado a doler y  las fuerzas a escasear. El fantasma de la pájara me ha estado sobrevolando todo el día y lo único que me la salvado ha sido ella, la Diosa, mi Diosa. 

Vista de la Brecha de Roland desde las cercanías del Refugio de Espuguettes

Vale, que sí, que soy atea convencida, pero… Pero cuando me enfrento a una etapa de 20 kilómetros; muchos, muchos metros de desnivel; y las fuerzas fallan casi desde el principio; solo me queda recurrir a ella, a Diosa. Subo y la imagino sonriente, amable, amorosa, insuflándome fuerzas y arrastrando de mí a través de una cuerda invisible pero eficaz. Dándome ánimos. Quitándome miedos. Mi Diosa. 

Subida a la Forqueta de Allans

Ha estado conmigo subiendo al refugio de Espuguettes, con su magnífica ubicación mirando, desde el noreste, al circo de Gavarnie. Ha estado conmigo en el ascenso a la Forqueta de Allans, que a pesar de ser una subida amable, hoy se ha hecho muy dura. Y ha estado conmigo al final de la etapa, en el breve ascenso junto al Lac des Gloriettes, en los kilómetros costeando a partir de él, y en la abrupta bajada hasta Hèas, el punto de llegada, un minúsculo municipio a los pies del Circo de Troumouse, formado por apenas una iglesia y un Auberge-Camping, La Munia, donde, ¡gracias Diosa!, hoy sí había una habitación libre. 

Al fondo, el circo de Troumouse

Muy, muy cansada. Muy, muy, indecisa. Sin cobertura y sin wifi, lo último que sé es que mañana daban lluvia (poca, pero lluvia). Y mañana son no 20, sino 25 kilómetros, y más desnivel que hoy. No me veo capaz pero tampoco me veo quedándome aquí otro día. ¿Plan B? Si el cuerpo no responde puedo acampar antes de llegar, en el Circo de Barroude o en el valle de Barrosa. Y si llueve, me mojo. Total, solo es agua. 

Una de tantas marmotas

Por cierto, hoy también ha sido el día de la marmota 😊

1 de julio: Gavarnie. Hoy cumplo 15 años.

Quince años desde la primera vez que vine aquí y descubrí que el paraíso no es una playa en el Caribe (que también, pero al final aburre) sino que el paraíso es un circo, “el circo”: Gavarnie. Y al tiempo que descubrí Gavarnie (y de paso entendí de golpe lo que era un circo), aquí, en la cúspide seccionada del circo por antonomasia, en la Brecha de Roland, tuve mi particular bautismo-epifanía. Quince años ya ¡Tan joven y tan vieja! Un bautismo de montaña y un bautismo de vida después de una dolorosa ruptura. Un bautismo de felicidad y plenitud. Así que regresar una y otra y otra vez es la mejor forma de celebrar mi cumpleaños.

Pero confieso que llevo días preocupada por mi decisión de este año de empezar a andar justo por aquí. Me preocupaba que hubiera nieve, que no se pudiera pasar, que me estuviera haciendo la valiente empezando por una etapa tan dura después de tantos meses sin hacer montaña… me preocupaba ¡y mucho!

Y no andaba desencaminada, al menos respecto a la nieve. ¿Podría haberla evitado? Sí, claro, renunciando a aproximarme a la Brecha y bajando directa a Gavarnie después de llegar al Puerto de Bujaruelo. Pero no he renunciado. Me he animado al ver que había gente relativamente poco equipada que bajaba, que la nieve estaba blanda y surcada de caminos bien marcados y que, aunque había gente, en realidad era muy poca (sobre todo si lo comparo con la desagradable experiencia del año pasado cuando renuncié a la deseada aproximación y a continuar ruta, precisamente, por la gente). 

Pero preocupaciones aparte, hoy ha sido un día de esos que, por un lado, te reconcilian con la montaña y, por otro, te cabrean infinitamente. Reconciliación porque he empezado subiendo al Puerto de Bujaruelo, casi cuatro horas en las que solo he visto un caminante y media docena de marmotas silenciosas y asustadizas. Y he podido llegar, atravesando neveros y torrentes, pero sin demasiados sobresaltos, al refugio de Serradets, a los pies de la Brecha, y disfrutar de una vista espectacular del circo. He bajado sin problemas, casi corriendo por las morrenas y he empezado a pisar hierba sin saber a dónde mirar, ¿la alfombra de lírios silvestres? ¿las múltiples perspectivas del circo? ¿las marmotas que van saliendo al paso? ¿Y la mochila? Casi que ha pesado poco. Aunque he de reconocer que, como su peso es inversamente proporcional al estrés, y hoy, especialmente hacia la mitad de la etapa, en ese subir y bajar del refugio, el estrés ha sido mucho, pues como que ha sido llevadera. ¡Impresionada conmigo misma estoy!

Y cabreo porque al final, cuando ya estaba relajada y llegando a mi destino, el pueblo de Gavarnie, a alguien se le ha ocurrido la feliz idea de marcar una ruta que añade una hora entera dando vueltas por el bosque cercano. Y lo que tienen la relajación y la obediencia: ni me molesto en mirar el GPS sino que la sigo, obediente y de paso añado un montón de cansancio a lo tonto.

Al final he llegado reventada a un camping semi desierto en el que me han puesto pegas para pernoctar porque tienen “muchas reservas” y donde me cobran una clara a 6€. Gavarnie, 1 de julio, es un pueblo triste con un entorno de ensueño donde solo encuentro un sitio para cenar algo. La verdad es que prefiero esto y no el parque temático en que se convierte en agosto.

Torla-San Nicolás de Bujaruelo: Despertando los sentidos

Estos días atrás, como siempre que preparo mochila y travesía solitaria, he estado nerviosa. Ya empiezo a acostumbrarme a esa mezcla de atracción y miedo, de querer volver y dudar de todo. De qué meter y no en la mochila, de si repetir recorrido o innovar, de dónde dejo el coche y cómo me acerco al punto inicial… Y por supuesto, de mí misma, del tiempo, de los pies, de si habrá o no nieve… Una pura duda.

Pero a pesar de eso, de una en una llegan las decisiones: el coche se queda en Jaca, desde allí en autobús (dos autobuses) a Torla. Y de Torla al camping de San Nicolás de Bujaruelo a pie, y así de paso hago una especie de “etapa aperitivo”. Al final han sido unos doce kilómetros y más desnivel del que pensaba (unos 800m de subida y 600 de bajada). Y ha sido preciosa. Más de lo que pensaba. 

¿Ha sido por contemplar desde el inicio la espectacular mole de piedra que bordea el Valle de Ordesa en su vertiente sur? ¿Por volver a caminar en solitario? ¿Por intuir que esta vez he elegido bien los días (menos gente y previsión de  buen tiempo)? ¿Por tanta belleza que esconde el mundo? Sí, también por eso. Pero ha sido preciosa, sobre todo, por la emoción y también por el despertar de los sentidos después de tanto tiempo viviendo a ritmo de Covid.

Desde que he cogido el segundo bus del día, en Sabiñánigo, me ha empezado a doler el estómago de pura emoción, de pura felicidad. Y tanta dicha me ha cogido por sorpresa. Supongo que ayuda que la aproximación al paraíso sea lenta y también que este año haya habido tantos meses en los que parecía imposible una “trasgresión” semejante (¡cruzar ¿cinco? comunidades autónomas y ni se sabe cuántas provincias!). ¿Pero no será también que el cuerpo entra en resonancia con aquello que reconoce casi como una parte de sí mismo? ¿Que la energía que emana de estos valles de piedras majestuosas y ríos salvajes es un campo magnético que impacta en cualquier organismo? 

También habrá influido el sentir que hay cosas difíciles que se han hecho bien, que nada está dicho.Y recibir alguna que otra buena noticia para el curso próximo justo antes de echar a andar. Saber que hoy sí siento que he sabido bajar esa montaña que era para mí el cambio no deseado de centro de trabajo y que, no sé cómo, lo que parecía un fracaso se ha convertido en el mayor de los éxitos: un incorporar a gente maravillosa a mi vida y un ver nacer muchas y nuevas ilusiones en lo laboral.

El día no podía empezar mejor y el tiempo acompañaba. Unas tres horas de marcha remontando  el río Ara, recorriendo sus gargantas (la de los Navarros y la de Bujaruelo) y escuchando su estruendo de río furioso que salta y golpea (y modela) las muchas piedras que encuentra en su tortuoso camino. ¡Como para que no se despierte el oído! Y con él la vista, claro está, que contempla tanto verde escondido en los bosques de las orillas (verde musgo, verde helecho, verde avellano, verde abeto, verde…) Y entre verde y verde, más verde: el turquesa del agua en los remansos del río. ¿A qué huele? A libertad. Una libertad que también tiene tacto porque las mejillas pueden volver a sentir el aire y el sol y recuperan su capacidad expresiva. ¿A qué sabe? Al maravilloso desayuno que esta mañana me han servido Belén y Víctor en el Puravida Pirineos (definitivamente, mi hotel favorito de Jaca) y a la cena que tomaré dentro de un rato en este camping que se abre al borde de Francia y en el que siempre se come mejor que bien.

Mañana vuelvo a subir el puerto de Bujaruelo y a intentar acercarme a la Brecha de Roland para después bajar a Gavarnie. El año pasado lo intenté en agosto y tuve que volver porque no me veía capaz de enfrentar algo tan especial para mí rodeada de gente gritando, corriendo, adelantando sin la más mínima precaución en pasos complicados… No pude. Volví. Espero que este año sea diferente, y aunque tengo la sensación de que después del Covid la montaña nunca será tan solitaria como antes, espero poder disfrutarla y andar todos los días que el cuerpo y el tiempo me permitan. ¿Uno, dos, siete, tres semanas? Se verá.

Bienvenidos al reino de la incertidumbre.

Con permiso del Covid: Sierra norte de Sevilla

Cuando salir parece un milagro, cuando cada día te preguntas cuál es perímetro que podrás recorrer sin infringir la ley, cuando acumulas fines de semana en los que coger el coche y escaparte a alguna parte (a andar, a comer, a ver a alguien, a perderte…) está absolutamente descartado, cuando parece que ya no es posible hacer otros planes que ir de casa al trabajo y del trabajo a casa… el que te digan que ya puedes salir de tu municipio y moverte por toda la provincia es más que un milagro. Es florecer. Es volver a la vida.

Mimosa en flor en las cercanías de Cazalla de la Sierra

¿No os pasa que de tan fácil que ha sido viajar lejos en los últimos años se os ha olvidado que no solo son viajes aquellos que nos llevan a 1000, a 2000, o a 10000 kilómetros de distancia, sino que viajar también es habitar y explorar espacios cercanos? Recuperar el placer de un sábado en la sierra y sorprenderse de lo bonito que está el campo y de lo cerca que lo teníamos aunque no pudiéramos salir a verlo y aunque cuando hemos podido hacerlo nunca ha sido el primero de nuestros planes. En el fondo es casi un regreso a la infancia, cuando los viajes eran cercanos y cuando un día en el monte era toda una aventura.

Y con esta sensación de libertad parcialmente recuperada y con estas ganas de viajar no ya a los confines de la tierra pero sí a los de la provincia, ayer, sábado, Ana y yo cogimos el coche y nos plantamos en Cazalla de la Sierra dispuestas a hacer el Sendero de las laderas: algo más de ocho kilómetros de camino entre alcornoques y alguna que otra mimosa florecida.

Alcornoques en el Sendero de las laderas de Cazalla de la Sierra

Hay días de andar deprisa y días de tomárselo con calma. Y este sendero invita a la calma. Invita a abrazar esos troncos parcialmente desnudos. Invita a la charla. Invita a dejar que los ojos vaguen por el horizonte de dehesas y colinas. Invita a sentarse junto al río, el Huéznar, a cruzar sus puentes y a escuchar sus aguas. E invita a dejarse inundar por la tranquilidad que da el rodearse de árboles centenarios.

Comienzo de la subida, ya de regreso.

Y mientras tanto, horas de charla tan fluida como el río. Tan trasparente como sus aguas. Tan cercana como esta sierra olvidada que está tan solo a poco más de una hora de nuestras casas. Comprobar que la amistad florece en tiempos de Covid y que la belleza cercana no tiene nada que envidiar a la lejana. Y por la tarde, la pequeña maravilla de las cascadas del Huéznar.

Cascada del Huéznar.

Entre las muchas cosas que están cambiando en estos tiempos, no puedo evitar pensar que el obligarnos a volver la vista a lo cotidiano, a lo más próximo, a lo privado, así como el cambio en nuestra forma de relacionarnos (e incluso el con quién nos relacionamos), supone un punto de inflexión insospechado que tiene una parte indudablemente positiva. Creíamos (creía) que todo lo excepcional estaba fuera; que todo lo por descubrir pertenecía a otros países, a otras culturas, a otros mundos; que la felicidad nos esperaba siempre lejos. Creíamos (creía) en el crecimiento perpetuo, en la expansión a toda costa, en progresar constantemente…

Quizá vaya siendo hora de parar. De dejar de vivir sorteando obstáculos y, por qué no, de empezar a hacerlo permitiéndonos ver (y escuchar) el fluir de la corriente.

Trans…CabodeGatandando

¿Es invierno? No, no puede ser. ¿Heladas en el norte? Mentira ¿Nieve en algún lugar del mundo? Imposible. Esto es Cabo de Gata, el extremo sureste de la Península, y estos días de finales de diciembre, en los que por obra y gracia de la pandemia mi estar sola transciende el andar y se extiende al pasar las fiestas en solitario, hace un sol cegador, un mar infinito y una temperatura primaveral. El tiempo perfecto para entretenerse recorriendo los múltiples pliegues de este desierto que abraza el mar.

Los Frailes desde la Isleta del Moro.

Sí, ya sé que estar sol@ tiene muy mala prensa ¡y más en estas fechas!. Ya sé el miedo, el rechazo y la compasión que despierta. Ya sé que lo normal es pensar “pobre” y, bienintencionadamente, ofrecer compañía. Pero aunque esta en concreto no es una de esas ocasiones de soledad elegida, sino en gran parte sobrevenida, lo cierto es que una vez aceptada, y una vez roto el tabú que supone proclamar al viento que entre las muchas compañías posibles la propia no es, ni mucho menos, la menos apetecible, se abre ante mí la posibilidad de elegir (y disfrutar) unas auténticas vacaciones de cuerpo y de espíritu.

Puesta de sol desde la torre de los Lobos. Al fondo, los Frailes.

Vacaciones que se convierten en una improvisación constante. Que empiezan siendo tres días, que pasan a ser cinco y que ya van por ocho. Días de dejarme llevar por caminos que no sé muy bien a dónde conducen y que me hacen terminar, casi siempre, buscando campo a través el punto de partida. Días que empiezan por caminatas entre los restos mineros de Rodalquilar, o por la visita al Playazo o a la cala del Carnaje, o mejor aún, por la subida furiosa –no sea que el sol se me adelante– a una torre, la de los Lobos, cuya vista nunca defrauda y desde la que en estos días solo escucho dos respiraciones, la mía y la del mar.

Amanecer desde la torre de los Lobos (o faro de la Polacra).

Y un día, la asignatura pendiente: subir al Cerro del Fraile. Algo menos de quinientos metros de altura justo al lado del mar. ¿Parece fácil, no? Pues no lo es, sobre todo porque el ascenso es, prácticamente todo el tiempo, campo a través. Campo a través con mucha pendiente, por un terreno de arena y piedras a menudo inestable, sorteando palmitos, espartales y arbustos varios, y utilizando manos y pies para trepar hasta la cumbre. Entretenido pero no exento de peligro y a veces un poco desesperante porque, a pesar de seguir uno de los tracks posibles encontrados en wikiloc, el por dónde pasar no siempre es obvio.

Mirando al sur desde el cerro del Fraile.

Desde arriba, como era de esperar, la vista es fantástica. Al sur se ve San José, la playa y el morro de los Genoveses y se intuye el faro de Cabo de Gata. Hacia el norte, los Escullos, la Isleta del Moro, las Negras, Aguamarga, la Mesa de Roldán… Al oeste, hacia abajo, un mar de invernaderos, y hacia arriba, la blancura de Sierra Nevada. Al este, el mar infinito. Hace algo de viento pero el día es espectacular. Ni una nube. El mundo es del color del paraíso: azul.

El Fraile Chico, al que toca subir después del “grande” y, abajo, la playa de los Escullos.

Isil-Rosari-Airoto-Isil: La ruta de los tres lagos

Cada comienzo de verano el mismo runrún. ¿Estaré lo suficientemente en forma como para pasar horas andando cuesta arriba y, lo que es peor, cuesta abajo? ¿Cuál es el estado de mis rodillas, de mis tobillos, de mis metatarsos…? ¿Cuántos años más podré pedirle a mi cuerpo que me transporte a estos lugares bellísimos a los que solo se accede tras varias horas a pie (o en helicóptero, o quizás en mula)?

Es por ello que días como el de hoy son, si cabe, más gratificantes todavía. 18 kilómetros. Cerca de1300 metros de desnivel de subida y otros tantos de bajada. Casi seis horas andando. No es ni mucho menos la etapa más dura que haya hecho nunca pero… como primera prueba de este 2020 está más que bien. Día de sol espléndido, el móvil funcionando como GPS y yo dejando atrás los antiguos miedos que me asaltaban cada vez que me alejaba unos metros de la ruta. Parece que el sentido de la orientación, añadido al sentido común y a las posibilidades del campo a través funcionan también (al menos esta vez) en montaña.

Estany del Rosari d’Àrreu.

Hoy he encontrado caminos delgados, casi anoréxicos, que ascienden entre ortigas, se adentran en interminables bosques de avellanos y acaban perdiéndose entre una vegetación que este año, después de lluvias y encierros, es especialmente exuberante, y que las incontables flores tiñen de amarillo (o de azul o de blanco o de violeta). Helechos que mojan las piernas y escobas que las limpian. Pastos y lagos. Y cumbres que parecen al alcance de la mano, y tras ellas nuevas cadenas montañosas cuya altura se adivina solo por la cantidad de nieve que todavía albergan. Un universo paralelo. Una sensación que solo se me ocurre comparar con hacer submarinismo, pero sin escafandra.

Y en este universo los caminos a veces son ríos y los ríos se escurren entre piedras. Y las piedras, progresiva y casi imperceptiblemente, van aumentando su tamaño mientras se asciende y terminan convirtiéndose en bloques gigantescos que esconden restos de nieve en sus rincones y que coexisten con esporádicos pinos, vivos o muertos.

Y de nuevo la soledad. Las únicas señales humanas que encuentro hoy son dos tiendas de campaña instaladas junto al refugio de Airoto (restringido este año por la COVID) y una pareja a la que veo de lejos y que, por el tamaño de sus mochilas y su dirección, sin duda sigue la Alta Ruta Pirenaica. Por lo demás, nadie que perturbe la tranquilidad, la perfección de un hermosísimo día de cielo azul en el que paso junto a tres preciosos lagos muy diferentes entre ellos.

Estany del Rosari d’Àrreu. Al fondo, a la derecha, el collado que lleva al Rosari Superior.

El primero de estos lagos, el estany del Rosari de Àrreu, a dos horas de camino desde Isil, y al que se llega después de haber pasado por el fantasmal pueblo abandonado que le da nombre, es un lago aparentemente poco profundo, de fondo pedregoso, rodeado de pinos que ascienden por laderas empinadas y en cuyo extremo superior se dibujan dos collados que conducen, a su vez, a sendos lagos: el de la izquierda lleva a Garrabea; el de la derecha, al estany superior del Rosari. Y es a este último al que me dirijo con ayuda de la ruta que me he bajado de Wikiloc y de las señales (pocas) que voy encontrando en el no-camino.

Es la tercera vez que paso por este segundo lago de hoy, el superior del Rosari. ¡Y parece que a la tercera va la vencida! De la primera vez solo recuerdo lo gélido de sus aguas y cómo mi cuerpo, sudoroso y agotado después del ascenso, las recibió cual maná caído del cielo. Nada más. La segunda vez fue en un día gris y frío, y también llegué a él casi agotada después de moverme durante un par de horas entre rocas y rododendros (o nerets, en catalán). Hoy por fin he podido disfrutar de su belleza, que en gran parte tiene que ver con sus entornos abiertos y limpios y con que es un lago que se siente cerca del cielo. El estany superior del Rosari, rodeado entera y únicamente por un manto de suave y verde hierba que se extiende a lo largo de una superficie sorprendentemente amplia y que solo se trasforma en gris cuando asciende hacia los picos cercanos (el Tuc del Rosari y el Gran Tuc de Marimanya), resulta, a la luz de hoy, absolutamente idílico.

Estany superior del Rosari desde el camino que lleva a Airoto.

El tercer lago, Airoto, son, en realidad, dos lagos hermanados, uno mucho mayor que el otro, ambos de difícil acceso por estar rodeados de grandes moles pétreas. Es mi cuarta vez en Airoto (aquí la crónica de la segunda y de la tercera vez) y quizá por eso hoy paso más deprisa y reparo menos en sus encantos, concentrada como estoy, una vez más, en lo que significa andar sola.

Abajo, el más pequeño de los lagos de Airoto. Enfrente, el Pic de Quenca (o Cuenca).

Andar sola es, al contrario de lo que pueda pensarse, todo menos aburrirse. Hay momentos de máxima concentración, de incertidumbre, de expectación, de introspección… Y también otros del más puro síndrome de Sthendal (bueno, de una especie de síndrome de Sthendal «natural»). Ocurre que, cuando los caminos son exigentes y obligan a mirar continuamente dónde se ponen los pies, la sensación es, simplemente, de meditación, ya que el cerebro se vacía y se pierde la noción del tiempo. Y ocurre que, cuando el camino no es tan exigente, la cadencia del movimiento continuado tiene un «efecto almohada», clarificador de pensamientos. Así, de forma espontánea, andar revela malestares ocultos y da oxígeno a las madejas enmarañadas que pueblan la mente permitiendo que se vuelvan esponjosas y fáciles (o más fáciles) de desenredar.

Bajando a Isil desde Airoto.

Hoy, y aunque me hubiera gustado más sentir el segundo de los efectos, ha sido un día de andar-meditar. Un día de mucha concentración y poca incertidumbre. De esfuerzo sostenido pero sin llegar, en ningún momento, al agotamiento. Un día de perfecto equilibrio entre belleza y bienestar. Prueba superada.

Días de cielo, flores, agua y roca en el Pallars Sobirá

Instalada un año más en Isil, no acabo de encontrar, en este año atípico, la fuerza o el momento de agarrar definitivamente la mochila y echarme a andar. La sensación de excepcionalidad, el aprecio renovado de las pequeñas cosas, un curso especialmente estresante y diferente –aunque muy gratificante–, la necesidad de descansar, de no hacer nada… Pasan los días y me pregunto si mi cerebro también se ha ido de vacaciones y si la amenaza de un nuevo confinamiento no estará actuando como una especie de veneno paralizante.

Y aún así, y en este extraño estado de stand by, las pequeñas salidas diarias están ahí y recuerdan que el paraíso sigue existiendo y que está al alcance de la mano. Y si la semana pasada volvimos –con un más que interesante grupo esencialmente femenino, variopinto y disfrutón– a la Gola y a los preciosos estanys de Ventolau, al espectacular Port de Ratera, o al idílico Pla de la Font; ayer y hoy Ramon y yo hemos vuelto al cielo: ayer recorriendo la carena de Campirme y hoy subiendo al Bony de la Mina.

En el camino desde Son hacia el Pla de la Font. De izquierda a derecha: una servidora, Cristina, Nuria, Ramon, Clara, Fina, Mercé, Mireia, Judith y Mª Gracia.

Más allá de los prados exuberantes repletos de flores y de los bosques pletóricos de abetos descomunales, ambos puntos son excepcionales por sus vistas. Skylines que quitan el hipo. Desde Campirme se ve gran parte del Pirineo aragonés, del andorrano y del catalán. Desde el Bony de la Mina (la mina de Bonavé) se dominan todas las cimas existentes entre la Bonaigua y Bonavé, además de todos los collados que comunican este último valle con Francia, y algún que otro pico emblemático.

Vértice geodésico de Campirme. Al fondo, los Besiberris, la Maladeta, el Posets…

Para subir a Campirme tomamos la pequeña carretera que sale de Esterri d’Àneu hacia Unarre; luego, poco después de Burgo, seguimos una pista infernal que ascienda a través del bosque hasta abrirse a una hermosa zona de pastos donde los rebaños son de caballos y donde la belleza de los potros hipnotiza. Dejamos el coche en el collado y comenzamos a andar. Son kilómetros de carena pelada con vistas a ambos lados. A la izquierda, la Maladeta, culminada por el Aneto. A la derecha, la Pica de Estats y el Monteixo. Al frente, el Montroig y el Ventolau. Y entre todos ellos, cimas y cumbres y valles hasta donde la vista se pierde. A muchos les ponemos nombre. A otros muchos no.

A punto de iniciar la subida a Campirme

El Bony de la Mina ha sido la propina de hoy. Un día pensado para ser tranquilo. Para transitar por uno de los valles que se abren a la izquierda de Bonavé, el valle de la Tuca Blanca, accesible gracias a un mínimo sendero que utilizan los ganaderos de la zona. Un valle precioso. Pero el destino, o la curiosidad, han querido que acabemos siguiendo un nuevo sendero, plagado de cadáveres arbóreos, que comunica ese valle con otro, con otros ya conocidos, y que nos ha dejado tan cerca de la cima de la montaña de la mina que ha sido imposible no subirla. Eso sí, campo a través. Arriba, 360 grados de belleza y dos ciervos a los que hemos interrumpido su descanso.

El primer collado del día o el reto del aislamiento en tiempos de pandemia

La soledad en montaña es una cosa. La soledad aislada en casa, otra muy diferente. Y estos días echo de menos esa primera soledad a la que adoro al tiempo que me pesa la segunda. Echo de menos esos pulsos conmigo misma en los que el esfuerzo es también físico y no solo mental y en los que lo voluntario de la elección multiplica la resistencia. Mientras tanto, aquí y ahora, la situación se me vuelve más  y más incómoda.

Sé que estos días hay quien convive con su enemigo y sé que hay quien tiene que compartir un espacio mínimo y no puede ver el cielo salvo cuando sale a comprar. Sé que hay gente que se está jugando la salud y la vida en esta crisis, que hay quien se quedará sin trabajo una vez más y gente que, teniendo que trabajar, afronta cada día con el miedo renovado del si esta vez la enfermedad se abrirá paso en su cuerpo o no. Gente que no lo contará y gente que, cuando lo cuente, se verá tan desbordada por emoción que no podrá evitar las lágrimas.

Y aunque frente a todo ello me siento una privilegiada, la tristeza está ahí. La tristeza de tener que vivir en una burbuja durante ¿cuánto tiempo? Nadie lo sabe. La tristeza de no poder sentir la cercanía de los amigos ni los abrazos de mi pareja porque, aunque ni él ni yo estamos enfermos, ambos vivimos solos y separados por mil kilómetros de distancia que ahora parecen ser cien mil. ¿Cuándo elegimos estar así? Lo que la cotidianidad laboral justifica deviene absurdo cuando esta se trastoca y muestra que quedan por delante meses de buscar la plenitud dentro de cuatro paredes. Huir de una misma no es una opción, caer en el desánimo tampoco.

Así que echo mano de lo que más me alimenta y busco fuerza en esos largos días de travesía en los que el camino es infinito pero en los que no por ello dejamos de emprenderlo. Los primeros kilómetros siempre son placenteros. Amaneceres avanzando descansada antes de que la pendiente haga mella en nuestras piernas y nuestra respiración y en los que el día que nace se contempla con la inquietud por lo que vendrá pero con los sentidos recreándose en cada sensación, en cada imagen, en cada olor.

No sé si la comparación es muy afortunada pero siento que estos primeros días de cuarentena han sido como esos primeros kilómetros. Inquietos sí, pero con las fuerzas intactas y con la motivación de descubrir las posibilidades que nos otorga esta nueva situación insospechada. Días de emoción y descubrimiento. Y tras ellos, ahora empieza la verdadera prueba, la ascensión al primero de los collados del día. Y no sé por qué, cuando pienso en ese primer obstáculo no pienso en uno cualquiera, pienso en el Coll de la Cornella.

La Cornella es un collado pedregoso desde donde casi se toca el Montroig y es el primer paso para atravesar hacia Noarre desde la Val d’Âneu en una de las etapas más duras de la Transpirenaica. Aunque no es el punto más elevado del día sí es el más difícil ya que para llegar al mismo hay que ascender más de mil metros –tartera monumental incluida– desde el tranquilo, profundo y estrecho valle por el que discurre la Noguera Pallaresa. Una vez allí se puede no ya ver pero sí intuir el final de la etapa.

Quiero pensar que estos próximos días de encierro, que coincidirán con lo más álgido de la pandemia, no son sino la ascensión a un difícil collado que nos dejará exhaustos pero con una primera sensación de felicidad, de logro, de orgullo. Quiero pensar que la tristeza de hoy es el esfuerzo del ascenso, la incertidumbre de si el camino elegido es el bueno, el nerviosismo de quien no sabe si las fuerzas le van a acompañar. Y quiero pensar también que pasado ese primer collado volveré a disfrutar del camino aun cuando quede todavía mucho por recorrer.

Si la Cornella se puede subir, también de esta se saldrá.