Bordas de Graus-Àreu: Papá, hasta aquí he llegado

Ya, ya sé que no me puedes leer (o quizá sí), porque hace más de treinta años que el cáncer te llevó a la tumba, pero el pasado 17 de julio hubieras cumplido los cien años y estos días he pensado en ti. Es extraño hablarte así, en segunda persona, como iguales, cuando apenas recuerdo haber hablado contigo en vida.

Recuerdo, eso sí, alguno de tus sermones, especialmente el que nos diste una mañana. Tú, que estabas en la cama, convocaste a tus hijos alrededor de ella para explicarnos no ya la importancia de la virginidad femenina (de eso ya se había encargado mamá) sino cómo nosotras, tus hijas, no deberíamos compartir con ninguna amiga cualesquiera desliz que pudiéramos tener, incluso si este era solo de pensamiento. Porque una amiga siempre es una potencial competidora en la batalla más importante que una mujer tiene que librar en la vida: la búsqueda de novio/marido.

Eran otros tiempos y me pregunto cómo habrías encajado las vidas, tan poco normativas, tan alejadas de tus ideales, que hemos tenido casi todos tus hijos. Todos menos, curiosamente, la causante del “sermón”. ¿Te habrías adaptado? ¿Lo habrías entendido? Me gustaría pensar que sí. Es cierto que, seguramente, te habríamos ocultado muchas cosas, pero también me pregunto si me hubiera sentido igual de libre con tu presencia viva como me lo he sentido con ella muerta. Sé que suena duro, pero es así. Alguien que, como tú, contaba, no sé si pensando que era lógico o utilizándolo como hecho aleccionador (pero en cualquier caso como algo normal), el que un grupo de amigos había violado a la novia de uno de ellos ya que, puesto que esta se acostaba con él, bien podía acostarse con todos, no parece que fuera alguien preparado para tener hijas independientes y feministas. Por cierto, entre aquel grupo de amigos estaba, según tu relato, Coll, José Luis Coll. En tiempos del MeToo nunca está de más poner nombre propio a la cultura de la violación.

Y sin embargo eras un hombre sensible al que le gustaba leer, escribir y pintar. Y un hombre que decía valorar, por encima del resto de virtudes, la personalidad (aunque luego, con las mujeres, tus gustos se decantaran por la altura, la belleza o la simpatía). Lo cierto es que me hubiera gustado conocerte más. Incluso me hubiera gustado ayudarte a ser feliz, porque creo que no lo fuiste. Me hubiera gustado enseñarte lo valiosas que éramos y somos tus tres hijas y lo valioso que fue tu hijo, y me hubiera gustado ayudarte a que nos vieras, a que nos aceptaras y nos quisieras tal cual éramos, tal cual somos.

Viviste en primera persona la Guerra Civil, el asesinato de tu padre, la tuberculosis, esa operación que te dejó sin un trozo de pulmón y sin alguna costilla pero que te dio la vida, la posguerra… y no sé si por tu carácter o por todas esas experiencias vividas demasiado joven, nunca te conocí alegre, al menos no en casa, no con tus hijas y tu hijo. Y desde luego no en tus últimos años, cuando ya éramos adolescentes y de lo que tenías ganas es de que nos independizáramos.

Escribo y veo que mi recuerdo de ti es amargo. Mario, tu hijo, siempre hablaba de ti como “el pobre Marcelino” ¿Pobre? ¿Por qué te percibía así? ¿Por tu supuesto (solo supuesto) sometimiento a mamá? ¿Por tu seriedad? ¿Por tu alejamiento de nosotros? ¿Por la rabia que te encendía cada vez que algo perturbaba tu rutina?

Es un recuerdo amargo y ya va siendo hora de hacer algo con él. Cien años son muchos años. No supiste, no pudiste. Fuiste, tú también, una víctima de esa cultura inmensamente machista que te daba un lugar para el que tú tampoco estabas preparado. Te hubiera gustado ser reconocido (más de lo que lo fuiste) pero quizá te faltó algo de esa personalidad que tanto admirabas. Te hubiera gustado que tu familia fuera, por sí misma, la fuente de la felicidad y no supiste ver que la fuente de la felicidad siempre está en uno mismo. Y te hubiera gustado ser libre y vivir de tu pintura, pero no tuviste el valor.

Y en ese ser libre, en el fondo, nos encontramos tú y yo. A mi manera, puede que esté realizando tu sueño. No, tú no eras ni deportista ni atlético, y fue mamá la que nos llevaba, quisiéramos o no, al campo, a andar, a jugar al aire libre. Pero el ansia de libertad la tenías y sé que te habrías admirado de esta forma mía de vivirla. Sí, posiblemente te hubiera costado entender lo que hago y cómo vivo puesto que soy mujer, pero si hubieras podido pasar por encima de ese pequeño detalle, estoy segura de que, entonces sí, te sentirías orgulloso.

Hoy he cumplido catorce días de andadura, de Torla a Áreu, unos 250 kilómetros recorriendo lo más duro y también lo más hermoso del Pirineo. Y curiosamente esta última etapa, en la que me he decidido por el GR11 y no por la Alta Ruta, es la que más dura me ha resultado. El calor, el salir tarde, la falta de estímulos visuales a la altura de los que he tenido estos días… Sí, he comido cerezas directamente de los árboles en Boldís Sobirà. Sí, he visto dos yeguas con sus potros justo antes del tramo final de subida al Coll de Tudela. Sí, he charlado amigablemente con una pareja que hacía la ruta inversa. Sí, he tenido una vista preciosa del Monteixo, de la Pica d’Estats y de la Pica Roja desde el collado. Y sí, he llegado a Àreu con los pies destrozados. Supongo que la paliza de ayer me ha pasado factura pero puesto que ya había decidido concluir aquí por este año, no tiene mayor importancia.

Así que, papá, esta vez va por ti. Y escribiéndote me doy cuenta de que también soy heredera tuya, de que a mí también me gusta escribir y estar sola y que me dejen en paz haciendo mis cosas. Y aunque no pinto, adoro el diseño gráfico y la fotografía. Y no, no tengo una familia porque nunca he tenido claro eso de ser madre y además es que, siendo mujer, me acabo convirtiendo, sin saber cómo, en cuidadora de cada pareja que tengo. Y no es lo que quiero, no al menos a tiempo completo. Tú en tu tiempo y yo en el mío.

Quiero creer que mi libertad puede, aun a título póstumo, liberarte de la represión y los prejuicios con los que te tocó vivir. Y también ayudarte a entender que sí, que la libertad es importante, pero que no lo es todo, que lo importante es el equilibrio y, sobre todo, valorar lo que se tiene. Quizá por eso valoro tanto el irme como el regresar. El cuidar como el ser cuidada. El estar sola y el estar acompañada. El perderme en la montaña y el quedarme en casa, copa de vino en mano, leyendo, escribiendo o tocando el piano.

Va por ti papá.

4 pensamientos en “Bordas de Graus-Àreu: Papá, hasta aquí he llegado

  1. Tu padre y el mio, nacieron en un paraje montañoso en la serrezuela de Valsalobre y recorrían en yegua o andando los alrededores hasta llegar al cercano y más conocido por Solan de Cabras, de allí bajaban a la capital a estudiar, sin excepción mujeres y hombres, por ser familia amante de la cultura y del esfuerzo. Creo que se sentiría feliz y orgulloso de que su hija pequeña fuera la gran mujer que es.

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    • Les tocó vivir vidas muy duras, a todos los hermanos, y es verdad que ese interés por la cultura lo tenían todos (al menos en lo que yo recuerdo). Recuerdo mucho lo cariñoso y simpático que era tu padre y recuerdo encuentros familiares en los que se sentía la unión entre hermanos. Hace ya mucho pero es bonito de recordar. ¡Un fuerte abrazo!

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