Héas-Bielsa: ¡Con una flor en el culo!

Cuando esta primavera, en pleno confinamiento, Ana y yo comenzamos a hacer salidas al monte explorando la provincia de Sevilla, nos empezamos a dar cuenta de que todo salía bien: no nos llovía aunque la previsión fuera terrible, llegábamos a los sitios justo a tiempo para cualquier cosa y siempre encontrábamos aparcamiento sin problemas. Así que, medio en serio medio en broma, empezamos a decir que el Universo conspiraba a nuestro favor o, no tan fino pero más castizo, que teníamos una flor en el culo.

¡Y hoy he vuelto a sentir esa sensación! Porque aunque he dormido regular (pensando en la etapa que me espera, en si me abandonarían las fuerzas a medio camino o en si llovería o no llovería), al menos he dormido en una cama en una habitación para mí sola y he podido desayunar un croissant, pan con mantequilla y mermelada casera, café con leche y yogurt. Un lujo. No en todas partes te ponen el desayuno a las siete de la mañana.

Hoy Diosa  me recuerda que ande despacio, muy despacio, y que no piense en lo que me queda, sino en lo que voy recorriendo. En que si ya he subido cien metros solo tengo que subir otros cien y otros cien y otros cien más hasta llegar a los, aproximadamente, 1700 que subiré hoy en total. En que si llevo recorridos dos kilómetros, bien puedo hacer dos y dos y dos más hasta que complete los entre dieciocho y veinticinco que tendré que hacer hoy dependiendo de si paro antes de acabar o termino la etapa.

Y funciona. Poco a poco asciendo por un larguísimo valle parcialmente cubierto por la niebla con banda sonora de río (río de montaña) y cencerros hasta llegar, ¡descansada!, a la Cabane des Aguilous, el primer hito de hoy. Más de 700 metros por encima del punto de partida. Y sigo subiendo, siguiendo un zigzag amplísimo sobre fragmentos de pizarra que crujen a mi paso, hasta que una plataforma suavemente escalonada me conduce, directa, y casi sin darme cuenta, a la Hourquette de Héas (la “horquilla” de Héas, 2600m, más de mil por encima de donde empecé). Y en el momento de llegar me siento inmensamente feliz porque no creía que pudiera ser tan “fácil” y porque el sitio es mágico, incluso aunque hoy la niebla no me deje ver la perspectiva. 

Horqueta de Héas. Hoy sin apenas vistas.

Y aquí ya empiezo a pensar que tengo una flor en el culo: no estoy especialmente cansada, la temperatura es increíble, no ha llovido ni parece que lo vaya a hacer y ¡no me he encontrado ni un alma en toda la subida (ni un alma humana)! Y además ahora empieza lo divertido: un largo costear por senderos de piedra, con subidas a nuevas horquillas y vuelta a costear entre valle y valle mientras la niebla juega a mostrarlos o esconderlos a su antojo.

El sendero 😀

Estoy impaciente por llegar al Circo de Barroude, porque lo recuerdo como un lugar espectacular, más espectacular todavía de lo que llevo viendo todo el día. Temo que la niebla no me deje disfrutarlo pero… Diosa sigue ahí (la flor también). El velo se va abriendo y cerrando sobre los glaciares (tan cercanos que casi puedo tocarlos); sobre el camino de hierba surcado de las grandes rocas que alguna vez se desprendieron de las cimas; y sobre todo, sobre los lagos, esos lagos de Barroude que duelen de tan bonitos. Como y duermo junto a ellos dejándome inundar de este paisaje helado ¡que disfruto en manga corta! y despierto y me levanto y echo a andar y miro el GPS y… me doblo el pie, ¡MIERDA! Pero… la flor en el culo, al final no es tan grave como parece y un baño helado (de pie), un buen vendaje y un ibuprofeno me ponen de nuevo en marcha.

Aquí, en los lagos de Barroude es donde pensaba dormir si no tenía fuerzas. Pero las tengo, así que sigo. Subo al Puerto de Barrosa (Barroude, Barrosa, es lo mismo, en francés o en español) y no puedo volver a disfrutar del espectáculo porque de nuevo la niebla lo oculta. Una pena. La bajada es eterna pero bajo bien y “aterrizo” en el valle junto al río… Barrosa, no podía llamarse de otra forma. He decidido acampar junto al río (Parzán o Bielsa, los pueblos más cercanos, están demasiado lejos para ir andando después de lo que llevo) y echo a andar junto a él, y me entretengo hablando con un par de franceses que van a la inversa, y mientras hago tiempo… baja una pareja y me decido a abordarla: ¿Vais a Bielsa?¿Tenéis coche?¿Me lleváis? ¡Y me responden a todo que sí!

Y los lagos entre la niebla.

La pareja resultan ser Patas y Marije, vascos, montañeros, ciclistas… amabilísimos. ¡Hasta me ofrecen poder poner mi tienda en su parcela del camping si no encuentro sitio en Bielsa! ¡Agradecidísima! Y más cuando, horas después, y ya durmiendo en el hostal en que me instalado, empieza a llover, y llover, y llover. ¡De la que me he librado!

En el puerto, y a punto de bajar.

La flor en el culo… y las flores en el delicioso tartar de atún que me ponen en La Terrazeta, comida de autor a precio más que razonable con vistas al valle, ¡y eso que me he metido en el primer sitio que he encontrado! 

No una, varias flores en… el tartar. Delicioso.

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