Viella: frío, niebla, lluvia… y otras botas nuevas

Lo bueno de ir sin expectativas ni obligaciones es que el espacio para la improvisación se ensancha. Lo malo es que el ensanche puede ser tan grande que nos deje varados en la indecisión, o sea, y en mi caso, en Viella.

Llevo cuatro días sin andar. Bueno, miento, hoy he dado un paseo por Gausac y Casau, dos mini pueblos pegados a Viella. ¿A eso se le puede llamar andar? Técnicamente sí pero… no deja de ser un paseo para entretener una mañana de niebla, agua y frío y recrearme en la satisfacción de no estar metida enmedio de esa misma niebla pero a muchos más metros de altura y a mucha más distancia de cualquier lugar donde parar, calentarse y repostar.

Viella: Calle Major

¿Seguir un plan o dejar que este se haga por el camino? Vuelvo al principio. Si lo primero pone un plus de dureza y de inconsciencia en todo lo que se hace (al menos en mi caso ya que el prurito por conseguir lo que me propongo tiende a eclipsar la visión periférica de los problemas que van surgiendo y acabo atajándolos “en línea recta” y cueste lo que cueste); lo segundo me lleva a menudo al sinsentido, a preguntarme qué hago y qué me ha traído hasta aquí (que sí, que todo es muy bonito, pero para llegar a esos momentos de síndrome de Sthendal versión naturaleza, es mucho lo que hay que andar). En definitiva, que llevo días sin saber si seguir o parar y, sea lo que sea lo que decida, sin saber qué paso será el siguiente.

Desde mi habitación en el Riu Nere

La cosa empezó en Conangles, en la boca sur del túnel de Viella, cuando decidí que sin solucionar el tema del dolor de pies que me daban las botas nuevas no me compensaba seguir. Y eso que a pesar de sentir que la bajada desde Cap de Llauset había sido lenta, torpe y dolorosa, los jóvenes que venían, primero delante y luego detrás de mí (de edad los hijos que no he tenido), llegaron en bastantes peores condiciones que yo. La comparación no consuela (aunque el ego suba un poquito) y decido pasar al día siguiente por Viella y volver a empezar con la búsqueda de calzado aunque mi bolsillo ya esté temblando solo de pensarlo.

Detalle de la iglesia de San Martín de Gausac

Y el día en Viella se convierte primero en dos días en Isil ya que Ramon está por aquí y se viene a buscarme. Descanso, tranquilidad, buena compañía… un regalo inesperado. Y ayer vuelta aquí y más improvisación. A las ocho de la mañana me dispongo a empezar ruta a la Restanca, el primero de los refugios que me esperan en el Valle de Arán. Dan tormentas por la tarde así que llamo para asegurarme de que me reserven una de las plazas que la noche de antes había visto que quedaban pero… ¡ya no están! ¡Desaparecidas! ¡Volatilizadas! En cinco minutos decido que no, que no tengo ganas de andar preocupada por cuándo va a empezar a tronar y dónde voy a dormir así que me quedo donde estoy un día… que se convierte en dos ya que hoy de nuevo la previsión era de lluvia. Y sí, ayer llovió y hoy también. La niebla no se ha levantado desde que llegué y estoy amortizando el plumas porque ¡hace frío!

Con Ramon, subiendo a Beret, en el mirador, de espaldas a la Maladeta

Y ahora viene mi crisis del sinsentido. Ayer la inercia me llevó a intentar programar, es decir, a reservar noche en todos aquellos lugares por donde pretendo pasar. Y aquí empieza el problema. El sistema de reserva de refugios de Cataluña me obliga a pagar 15€ no reembolsables por noche; es casi imposible encontrar noches consecutivas en refugios “consecutivos” (este año, con las restricciones, los refugios aceptan mucha menos gente); puedo hacerlo sin pasar por refugios pero eso implica cargar mucha más comida (y comer, cenar y desayunar siempre lo mismo y siempre frío); hasta en los campings hay que reservar; algunos lugares son especialmente problemáticos los fines de semana (más complicación); y además no me quiero comprometer más allá de dos días por delante. ¡Qué bonito es improvisar!

Si no se anda, siempre se puede disfrutar del comer bien: en Woolloomooloo.

Prometo que se me pasó por la cabeza coger un autobús a Jaca para recuperar mi coche y dejarme de andanzas por este año, pero al final creo que seguiré. Eso sí, me “salto” el Valle de Arán y su proliferación de lagos paradisíacos (y de gente rondándolos) y me voy directa al siguiente valle, Alt Áneu, el valle de Isil y de la Noguera Pallaresa. Vienen días de buen tiempo y aunque decida dormir en tienda (o tenga que hacerlo por lo que sea) me aseguro el pasar por un refugio y/o un pueblo al menos cada dos días. Parece razonable. Y como veo camino por delante, me vuelvo a animar. Se acabó la improvisación. Mañana más.

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