Reconozco que ayer, cuando el vértigo ante la conciencia repentina de mi falta de planificación para los próximos días me convenció de hacer un nuevo receso, me sentí fatal. ¡Menuda blandengue que para andar cinco días tiene que descansar dos! A este ritmo ¿cuántos días puedo necesitar? Desde luego, más de los que tengo. Pero era necesario. Y además ¿No me había planteado este viaje no como una competición sino como un sueño del que disfrutar tranquila? ¿Qué sentido tiene ir como una loca sin estudiar el terreno ni saber ni a dónde ni cómo se va por mucho GPS que se lleve? ¿Para qué añadir a la dureza del esfuerzo el peso de la incertidumbre?
Me he pasado toda la mañana ordenando mapas (son como treinta en total), viendo las «zonas oscuras», es decir, las que me faltan (que son muy pocas) y, sobre todo, concretando el qué será de mí en los próximos días. Porque, y esto fue la causa de mi pánico de ayer, a partir de mañana y hasta que llegue, en cinco jornadas más —espero—, a la tierra prometida de Aragón, el paso por zonas mínimamente civilizadas se vuelve escaso. Los refugios en esta parte de la ruta son prácticamente inexistentes (y me refiero a refugios guardados) y las posibilidades de recargar toda la parafernalia electrónica que tanto me facilita la vida, más escasas todavía (que nadie se sorprenda de no tener noticias mías en unos días).
No obstante, el plan está hecho. Incluso he podido reservar una habitación individual (¡pedazo de lujazo!) en el albergue que hay en plena Selva de Iraty, en el Coll de Bagargui, donde, si no pasa nada, dormiré dentro de dos noches. Después, otros tres días «tirada» en la montaña en plan semisalvaje y comprobando si mi autonomía energética resiste el tirón hasta llegar a Candanchú. Y ya mismo estoy reservando allí hotel y ducha porque ¡no me quiero ni imaginar cómo oleré para entonces!.
A mediodía, ya con los deberes hechos, me he acercado a Roncesvalles. Un paseíto de nada pasando por un nuevo bosque de brujas, aunque esta vez paralelo a la carretera. No sé por qué pero me imaginaba un pueblo en toda regla, lleno de servicios. Y resulta que no, que es tan sólo un complejo (tirando a pequeño) de albergues, hoteles y restaurantes, surgido alrededor del monasterio. Los servicios (y no sólo mi tan ansiado cajero) están aquí, en Burguete, que es el verdadero pueblo. Un pueblo-calle que vive enteramente, eso sí, de los peregrinos.
Finalmente, una primera vista atrás me da el balance positivo de haber recorrido mis primeros 100km, de haberlo hecho sin (casi) agujetas y sin ampollas (lo que supongo será fruto de mi extraordinaria lentitud) y el haber sobrepasado una primera frontera inconsciente. Y junto a ello, la sonrisa de recordar mis momentos más vergonzantes: yo, la «exquisita», la amante de los gastrobares y el buen vino, ¡disfrutando como una loca de un bocata de chorizo revilla hecho con pan de antesdeayer! No somos nadie.









