Es así como se conoce también al Val d’Eyne, diez hermosos kilómetros que conducen directamente al collado del mismo nombre. Una pena que sea agosto, y no mayo, porque parece ser que hay más de 500 especies de plantas en el valle, muchas de ellas endémicas, y en esta época no se aprecian como se merece. Al menos, por lo que sé, mis amigos de apeu.cat (Trini, Fina, Clara, Ramon, Pauli….) pudieron disfrutarlo en todo su esplendor hace un par de meses. A ellos debo también mi alojamiento de la noche pasada. Esta vez, en vez de cutre-kisch, bio-chic (¡a veces no sé si hago un blog de montañera o de alojamientos pirenaicos!).
Estos últimos días me está pasando algo curioso. Si al principio de mi viaje, cuando mencionaba mis intenciones, la gente me animaba y me decía aquello de ¡qué valiente!, pero todo quedaba en la posibilidad, ahora las reacciones van de la franca admiración a la estupefacción. Hay quien me felicita y hay quien se queda con cara de no entender. Las preguntas, siempre son las mismas: ¿sola?¿dónde duermes?¿llevas tienda?¿cuántos días?¿no te aburres? (esto último no lo preguntan pero se adivina que lo piensan)… El caso es que, sin quererlo, acabo convirtiéndome en el centro de las conversaciones (y aquí me sale mi lado tímido y empiezo a pensar que mejor callarme, pero no). Realmente, incluso a mí me impresiona el pensar que vengo andando desde Hendaya pero sé que la única valentía que he tenido es hacer lo que quería (desde hace años) hacer. ¿Quieres hacerlo?¡Hazlo!
Y tras atravesar el Col d’Eyne (en el que me he quedado un rato viendo cómo la niebla subía hasta que el frío me ha convencido de seguir), directa al Val de Nuria, donde se encuentra el santuario y, junto a él, otro de esos macrohoteles con situación privilegiada que trasmutan el entorno en un ruidoso parque de atracciones. Una pena.




































