Acerca de Elisa Pulla

Pianista, musicóloga, coach y montañera. Sensibilizada (y mucho) con temas mediambientales y energéticos y escritora vocacional en permanente proceso de aprendizaje.

Día 14. Refugio de Respomuso-Baños de Panticosa: ¡Y YA LLEVO UN TERCIO!

Día 14. Refugio de Respomuso-Baños de Panticosa: ¡Y YA LLEVO UN TERCIO!

Pequeño ibón a la bajada del Cuello del Infierno

Pequeño ibón a la bajada del Cuello del Infierno

Y aún así, me sigo preguntando si podré. ¿Podré con la siguiente pendiente interminable?¿Con la siguiente bajada matapiés?¿Con la siguiente incertidumbre?¿Con el siguiente temporal?¿Con qué me sorprenderá todavía la montaña? Por si acaso, para celebrarlo, hoy he dejado de lado el refugio y me he venido a cenar y a dormir al súper resort que hay al lado. La verdad es que, a pesar del pedazo de baño que me he dado —caliente, en bañera—, de la maravillosa cama —y la intimidad consiguiente—, y la posibilidad de cenar verdura, el sitio me parece un espanto sacado de otra época pero con pretensiones de modernidad. Un sitio rancio con personal rancio (por mucho megaedificio moderno que ocupe) totalmente ajeno al entorno, en el que la conservación es deficiente y ni siquiera el wifi va bien. ¿Dónde está mi amado Edelweis?

Volviendo a transpirenaicas pasadas, uno de mis mejores recuerdos es, precisamente, la bajada a Panticosa desde los ibones azules. Y una de mis peores experiencias de hoy es ver cómo el camino se ha hecho mucho más incómodo de transitar, cómo los pinos torturados que me hechizaron en su momento han desaparecido y cómo mis pies han envejecido y se resisten al machaque de más de 1000m de contínua bajada por lo que parece una pista rellena con piedra suelta. El dolor y el disfrute del paisaje (en este caso de la fuerza del río y de las cataratas y lagunas que va generando a su paso) son, lamentablemente (para mí), incompatibles. Una pequeña decepción.

Bajando a Baños de Panticosa

Bajando a Baños de Panticosa

Pero el día me ha regalado también unas vistas increíbles del circo de Piedrafita, lagos hermosísimos, y el reencontrarme con una de las imágenes que se me quedaron grabadas en su momento: la ascensión al Collado de Tebarray y el paso, muy poco después, por el Cuello del Infierno. Subir a Tebarray significa enfrentarse a un gigante negro al que se asciende por una camino de arenilla también negra con una pendiente de pesadilla. Un entorno volcánico que lleva a un remanso de nieve que se salva trepando durante una distancia considerable (y a una altura no menos considerable) y donde, de nuevo, un paso en falso puede suponer, como poco, un grandísimo disgusto. Me gustan las «grimpadas», que dirían mis amigos catalanes, y la mochila solo supone un considerable aumento del cuidado y la concentación necesarios, es decir, del tiempo invertido en la empresa. Aún así me alegra llevar delante de mí a una pareja de franceses que me iré encontrando a lo largo del día y que me marcan el camino.

Vista desde el Collado de Tebarray. A la izquierda, el camino al Cuello del Infierno

Vista desde el Collado de Tebarray. A la izquierda, el camino al Cuello del Infierno

El dolor de pies perdura. Necesito descansar. Buenas noches a todos.

Día 13. Refugio de Pombie-Refugio de Respomuso: Todo es piedra.

Con Alicia. Esta mañana, en Torrente Broussets

Con Alicia. Esta mañana, en Torrente Broussets

¿Cómo puede ser que no recordara prácticamente nada de todo lo que he atravesado hoy?¿Tan ciega estaba aquel primer día pirenaico para no ver la belleza que supone tal empacho de piedra? ¡Y el cable! Tampoco recordaba que fueran en esta etapa esos largos metros casi en vertical (no aptos para quienes sufren vértigo) en los que un cable de acero sujeto a la roca se convierte en el seguro de vida de quienes no queremos caer al vacío. Confieso que hoy me han impresionado más que la primera vez. De nuevo el peso de la mochila y su efecto sobre el equilibrio me llevan a ser mucho más cauta, aunque al final, con un poco de cuidado, no ha sido para tanto.

Pasage de Orteig: el cable

Pasage de Orteig, entre los lagos de Arrious y Arremoulit: el cable

Gigantes de piedra, lagos guardados por piedras. Piedra gris, piedra roja, piedra con pintas amarillas y verdes. Inmensos bloques de granito apelotonados y paredes de roca rojiza estratificada. Piedra suave y piedra rugosa. Los pequeños montones de piedra que señalan el camino perdidos entre una orgía de piedra multiforme y colorida. Y entre las piedras un refugio, el de Arremoulit, una cabaña en la luna, al borde, cómo no, de un lago, en la que poder comer caliente y tomar café.

Saliendo de los ibones de Arriel

Saliendo de los ibones de Arriel

Y después más piedras subiendo al collado de Arremoulit. Trepar, saltar de roca en roca, ascender sin encontrar ni la más mínima superficie lisa donde poner los pies. Y la tormenta de nuevo amenazando obligando a apresurar el paso y privando del disfrute de la salvaje belleza de granito y agua. Rápido. Roca, truenos y agua. Agua en los lagos y agua cayendo. Y un ruego: ¡que la tormenta no descargue sobre mi cabeza!. Y al principio rabia, miedo e impotencia (¡solo son las dos de la tarde!¡no son horas de tormentas!) y luego, poco a poco, conforme la tormenta parece que no arrecia, la reacción absurda pero consoladora de reirse de ella y de su bravuconería mientras, en lo más profundo de mi alma espero que no sea ella la que decida reirse de mí.

En algún sitio, a la izquierda, el refugio de Respomuso.

En algún sitio, a la izquierda, el refugio de Respomuso.

Al final, al tiempo que mi refugio se acerca, la tormenta se aleja. ¡Es increíble lo mucho que puede correr una cuando las circunstancias se ponen feas, lo poco que pesa la mochila y lo menos que se sienten los pies! Veo el desvío a Sallent del Gállego y me acuerdo de Nacho que hace bien poco ha estado por aquí. ¡Algún día nos tendremos que poner de acuedo para coincidir en estas montañas tan amadas por ambos!

El refugio de Respomuso, con el circo de Piedrafita a su espalda (y, adivinad, sí, un lago delante aunque en realidad en este caso es un embalse) parece un hotel de lujo comparado con los refugios franceses que he dejado atrás. Duchas con agua caliente, espacio en el comedor, un colchón por persona, taquillas para dejar la mochila y personal extraordinariamente simpático. Teniendo en cuenta que ya no para de llover en toda la tarde (y noche) es una vedadera bendición.

Mi charla nocturna de hoy es con cuatro manchegas, casi paisanas: Esther, Marta, Elisa y… (y me falta un nombre). Han venido al festival de Sallent y se han acercado a empaparse de natura. Esther me interroga sobre mi ruta y Marta me da una charla fantástica sobre la pedagogía Waldorf, con la que trabaja. ¡Qué bueno es encontrar gente interesante por el mundo!

Día 12. Candanchú-Refugio de la Pombie: Lagos y neveros bajo el gigante de piedra.

Amaneciendo en Candanchú

Amaneciendo en Candanchú

Día tranquilo, etapa tranquila, buen tiempo… ¡Ni siquiera estoy cansada! Será el baño a la sombra del Midi d’Osseau, será que he empezado más pronto o será que el día de descanso en Candanchú ha hecho su efecto (¡hotel Edelweis, os lo recomiendo encarecidamente!). Por contraste con lo anterior, todo parece tan apacible, tan sencillo, tan normal…. Ningún susto, ninguna mala experiencia, ninguna sorpresa (salvo, claro está, la querencia al campo a través matutino de mis tracks)…

He hecho parte del camino (y he cenado después) junto a Alicia (Alicia sí,  no Alice), una californiana extrovertida y encantadora que habla un perfecto español mejicano. Ha venido a España con su novio y estarán solo dos semanas: una para andar por los Pirineos y otra para hacer parte del Camino de Santiago porque le hace ilusión a su abuela. El caso es que su chico tiene problemas con un pie y ella ha decidido continuar sola y reencontrarlo en Gavarnie. Sorprendente ¿no? Pero reafirma la idea de la intensidad de la experiencia.

En el Coll de Moines. Fototomada por Alicia

En el Coll de Moines. Foto tomada por Alicia

El verme cada vez con más capacidad para subir o bajar con el mochilón me da ánimo. ¡1400m de ascenso hoy! y 700m de descenso y un recorrido de 17km dominado por una sucesión de lagos invitadores al baño con vistas a pequeños neveros que recuerdan que estamos en alta montaña. ¡Y las primeras morrenas! Inmensas rocas desperdigadas a las faldas de las cimas que a veces enmarcan ese lago deseado o a veces, simplemente, se empeñan en obstaculizar el camino y en poner a prueba nuestro equilibrio y resistencia.

Duermo bajo el monstruo pétreo del Midi d’Osseau, en el refugio de Pombie, con lago privado pero sin duchas, ni baños (solo una triste letrina para todos), ni enchufes, ni cerveza fría y ¡con camas corridas! Supongo que tendría que haber montado la tienda. En fin, ya veremos cómo se da la noche y si la cena y el desayuno compensan las incomodidades.

Desde el refugio de Pombie

Desde el refugio de Pombie

Mañana será, sin duda, un día especial. Nueve años después, repito la etapa que supuso mi bautismo pirenaico. Fue un día extraño en el que me sentí novata y fuera de lugar. Añorando a Arno y llorando. Porque así me recuerdo, subiendo y llorando, siguiendo a toda esa gente perfectamente equipada que eran mi grupo (justo al contrario que yo) y preguntándome qué narices hacía yo allí. No podía imaginar cómo la experiencia me iba a cambiar. Repetir la ruta de esos días es ponerme en contacto con quién era y poder valorar cómo soy con casi una década más y muchos kilómetros de montaña ya en mis piernas.

Ójala que el tiempo me respete y me permira disfrutarlo.

Día 11. Guarinza-Candanchú: El cielo ruge en el paraíso de las vacas.

Aguas tuertas

Aguas tuertas

Si ayer, con el Petrechema y Acherito, entré de lleno en los auténticos Pirineos, esos que me cautivaron, en los que a la más desnuda roca le suceden inmensos valles verdes, y en cuyos recodos se esconden lagos increíbles, hoy he disfrutado de la más hermosa etapa jamás soñada.

Subiendo...

Subiendo…

No obstante, el Pirineo se defiende, ruge y espanta. Y así lo ha hecho esta mañana cuando, a eso de las 8.00h, el cielo se ha cerrado en banda y ha descargado su furia sobre todos aquellos que iniciábamos la marcha. Unos hemos tenido más suerte encontrando cobijo justo a tiempo. En mi caso, esperando tranquilamente el paso de la lluvia, los truenos y relámpagos dentro de un refugio (semiabandonado y en muy mal estado, pero refugio al fin). Otros, con menos suerte, tras sufrir el temporal, han decidido abandonar. Lo siento por ellos, porque finalmente ha hecho un día precioso.

Guarinza, en plena tormenta

Guarinza, en plena tormenta

Una hora después

Una hora después

Aguas tuertas es un inmenso, dulce, húmedo y verde valle poblado por las vacas más afortunadas de esta tierra, que culmina en un no menos inmenso y paradisíaco lago, el ibón de Estanés, cuya aparición, enmarcada por dos de los grandes colosos pirenaicos, el Midi d’Ossau (2884m) a la izquierda y el Vignemale (3298m) al frente, deja, literalmente, sin palabras. Allí me hubiera quedado todo el día si no fuera por el temor a nuevos temporales y por las ganas de llegar, ¡por fin! y al final de cuatro largos días, a la civilización y a la promesa de una ducha, una cama y un día de descanso.

Ibón de Estanés, con el Midi d'Ossau y el Vignemale al fondo

Ibón de Estanés, con el Midi d’Ossau y el Vignemale al fondo

Y como casi cada día, hoy también he tenido ese rato de charla y comunicación. Esta vez con Ramón, un ciclista de Donosti que me he encontrado subiendo hacia Aguas tuertas, que se ha ofrecido a hacerme una foto y que luego he reencontrado en Candanchú. Inesperadamente, este viaje solitario se está convirtiendo también en una galería de historias personales a cada cual más profunda y emotiva. ¡Hermoso!

Panorámica de Aguas tuertas

Panorámica de Aguas tuertas

Día 10. Hoya del portillo de Larra-Guarinza: Acherito y los belgas.

Lirios camino del Petrechema

Lirios camino del Petrechema

Son las 7.00h de la tarde y de nuevo metida en la tienda mientras fuera llueve y truena. Pero hoy es diferente. Estoy en un prado junto al río Aragón Subordán (afluente del Aragón), al final del valle de Hecho, al norte de la Selva de Oza. Es un lugar no habitado pero sí transitado y además no tengo el agotamiento físico de ayer. Solo es una tormenta. Y se me había olvidado lo agradable que puede ser la lluvia golpeando por encima de nuestras cabezas. Me recuerda a esa otra tormenta pasada, también en tienda, junto a Nuria en Benasque, y a todo lo que nos reímos ese día. Al final, Alfonso y Miguel Ángel (gracias por vuestros consejos), la elección de una tienda donde pudiera estar sentada ha sido un acierto.

Candanchú todavía está a un día de camino, uno más de lo previsto. Pero era lógico. Y me he empeñado en acortar distancias y ha sido una tontería que he pagado con la jornada de pesadilla de ayer. Y eso que al final la noche fue tranquila y el día ha ido, poco a poco, arreglándose. Desde que inicié la marcha, con la casi incapacidad de tragar la pasta en que se convertían en mi boca las barrritas que me he obligado a comer, hasta llegar aquí con las fuerzas renovadas gracias, en gran parte, al litro de agua con limón que me han ofrecido una pareja de belgas amabilísimos, únicos «habitantes» del precioso paraje de Acherito.

Antes de Acherito, ya camino del collado del Petrechema (o Ansabere, seguimos con la duplicidad de nombres) y sus espectaculares agujas dos «encuentros» especiales. El más importante y deseado, un escuálido arroyo que me permite (eso sí, con mucha paciencia), reponer agua y con ella ánimos para seguir. Y un poco antes, y saliendo por fin del paraje desolador de ayer, lo más curioso: los restos del paso de Françesc (el carismático guía-líder-gurú de Atlas Natura) y los atlasnaturianos en forma de trozos de banderitas de esas naranjas tan características usadas por él para que nadie se pierda. Me pregunto cuántos años llevarán allí porque, que yo sepa, hace tiempo que no organizan este bloque. Me traigo uno como souvenir.

Agujas de Ansabere

Agujas de Ansabere

Los tracks, o mejor, mi manía de ser demasiado obediente para con ellos, todavía me meten en algún problemilla que pone a prueba mi capacidad escaladora con mochila incluída (¡impresionante la inercia que tiene y sus efectos sobre el equilibrio!). Por lo demás, hoy he empezado a reconocer el Pirineo, mi Pirineo, y he podido bañarme en el primero de los lagos que la ruta ofrece: el ibón de Acherito. Un verdadero placer.

Ibón de Acherito

Ibón de Acherito

Y de propina, una visita en furgoneta por el valle de Hecho a cargo de mis ángeles de la guardia de hoy, mis amigos los belgas que, ya al final del camino, y viendo que el tiempo pintaba mal, se han ofrecido a llevarme a un camping cercano. Camping que al final ha resultado existir solo en sus mentes, lo que les ha obligado a traerme de nuevo de vuelta. En el camino, una nueva historia contada en español precario y puntuada por frases en inglés, la de su viaje de tres semanas a España (después de muchos otros anteriores) en el que pasarán por Gredos, Montfragüe, Sevilla y la costa de Huelva.

Día 9. Puerto de la Pista-Portillo de Larra: ¿Dónde están mis fuerzas?

No sé si llamar miedo a lo que he sentido hoy pero sí sé que no recuerdo momentos en mi vida de tan terrible desolación. De verme en la boca del lobo y de saber que nadie va a venir a buscarme. De sentir que el desierto es eterno, que mis fuerzas me han abandonado totalmente, que apenas puedo poner un pie delante de otro, que un mundo de bosque y roca se cierra ante mí y comienza a amenazar tormenta y que ni siquiera puedo comer porque, con la boca tan seca y el poco agua que tengo, el tragar es imposible.

Mi desierto de hoy es un bosque sucio y cerrado, lleno de ramas atravesadas, hojas amontonadas, piedras que se esconden bajo las hojas y miles y miles de moscas que me acompañan constantemente. Y calor sofocante y ni una brizna de aire que lo alivie. Entré aquí a eso de las doce de la mañana y tras más de cinco horas avanzando penosamente, parando cada poco y recriminándome más y más a medida que avanzo (sobre todo porque sé que la noche me pillará lejos de la humanidad) tengo que parar y ni siquiera parece haber dos metros cuadrados lisos y regulares para poder instalar la tienda. Tengo ganas de llorar y lo único que me impide hacerlo es el saber que no valdrá para nada.

Desde que, sobre las once y cerca del refugio de Belagua robé —sí robé— dos litros de agua de una garrafa de cinco en una cabaña (que me perdonen los ganaderos del valle del Roncal) no he vuelto a encontrar agua (como tampoco la había encontrado antes). Ni fuentes, ni arroyos, ni nada de nada. ¿Hubiera sido mejor no encontrarla? Lo mismo, porque así, estando en la carretera como estaba, habría parado a alguien para que me acercara a Isaba, el pueblo más cercano, donde habría podido repostar como es debido e incluso reflexionar antes de meterme en esta pesadilla.

Son las 7.30 de la tarde, estoy metida en la tienda (¡al final encontré un mínimo espacio para ella!) y parece que ha parado de tronar ¡Menos mal! Por primera vez pienso seriamente en que se acabó, que en cuanto llegue a Candanchú o en la primera carretera que vea, mando todo a paseo, busco un bar, me tomo siete aquarius (¡cada vez que pienso en un aquarius me pongo enferma de pura necesidad!) y después otras siete cervezas y me paso el resto del verano leyendo al borde de una piscina.

Lo único que puedo hacer para no pensar es dormir. Dormir once horas hasta que amanezca y después echar de nuevo a andar. Porque cuanto más me aleje de aquí más cerca estará la posibilidad de saciar mi sed. Sólo me queda pensar, en un intento por consolarme, en lo que me reiré cuando lo cuente. ¡Ójala!

Día 8. Coll de Bagardi-Portillo de la pista: In the border

Vista desde mi

Vista desde mi «dormitorio»

¿Por qué no tengo miedo? Hoy es la primera noche que planto la tienda en medio de la montaña, a 1500m de altitud sin nadie a la vista ni tampoco nadie, posiblemente, en kilómetros a la redonda. Sin cobertura, rodeada de un paisaje hermosísimo y con el único ruido de los cencerros que suenan valle abajo. Y no tengo miedo. Al contrario, siento paz.

Ha sido un día muy duro. Caí en la tentación del desayuno caliente y eso retrasó mi salida hasta las 9.00h (tardísimo para lo que me esperaba) pero me dio la oportunidad de seguir charlando con Verla (¡por fin el nombre de la belga!) y con una pareja que también recorren el Pirineo, pero en bici. Él es profe de educación física recién jubilado y ella, también jubilada, era secretaria-contable. Verla es profe de infantil, tiene ¡cuatro hijos! y grandes, y está un poco triste tras su segundo divorcio pero seguro que los días que le quedan de su recorrido por el GR10 le sentarán estupendamente.

Y con el estómago lleno, montaña arriba. Y esta vez me he liado yo sola, porque por no gustarme el trazado inicial del GR12, que es el que debería seguir, ni confiar del todo después de lo de ayer en mi track de hoy, he tomado la vía de enmedio y me ha costado lo mío (además de una caída tonta sin consecuencias) reencontrar el buen camino: una subida eterna a pleno sol esquivando crestas rocosas hasta, casi, la cima del Ory. Me he quedado a 50m pero estaba tan cansada que no he dudado lo más mínimo en esquivarla e iniciar la bajada. Y más sol, y más cansancio y el paraíso en forma de alemanes que, en el puerto de Larrau, me han dado fruta y agua. ¡Prometo no volver a quejarme nunca de las caravanas!

Desayuno en Iraty con Verla y los ciclistas

Desayuno en Iraty con Verla y los ciclistas

A partir del Ory, todo es terreno fronterizo. Y desde el puerto de Larrau, todo son colinas verdes que se suceden y en cuyas cimas están las mugas fronterizas. Ahora mismo creo que voy por la 247. Un paso a la derecha y estoy en España. Uno a la izquierda y estoy en Francia. Un tanto absurdo eso de las fronteras.

Subiendo al Ory, de nuevo me ha invadido el desaliento y he pensado en que es imposible. Son momentos terriblemente duros. Sudando, sedienta, sintiendo las piernas (literalmente) temblar con el esfuerzo. Parece que no acaba nunca. Y eso que era tan solo el inico de una larguísima etapa que, como era de esperar, no he culminado, y por eso estoy aquí, a medio camino. Me consuela el pensar que sí he hecho más de la etapa correspondiente que hace Atlas Natura. Eso es que no estoy tan mal. Y una buena noticia, al final, y puesto que el terreno era mucho más suave, he andado casi deprisa, casi sin sentir la mochila y casi sin dolor de pies. ¿Os habéis dado cuenta de que ya no menciono la rodilla?.

Buenas noches.

Día 7. Egurgui-Coll de Bagargui: Infiel.

image

Desde la Selva de Iraty

¿Y quién no lo sería si, después de poner toda tu confianza en él te encuentras perdida por su culpa durante más de dos horas en una ladera plagada de helechos, rodeada de niebla y sabiendo que no tienes escapatoria y que aún así estás en sus manos? El puñetero GPS, o mejor dicho, el track de hoy (reeconozco que era sospechosamente rectilineo), me ha traicionado. Así que le he devuelto la traición lléndome detrás del primer indicador de GR que he visto. ¡Ahí te quedas! Pero el tiempo y energía perdidos no me los quita nadie. ¡Menos mal que la etapa de hoy era corta!.

Y menos mal también que llevaba café calentito en el cuerpo cortesía de mis vecinos franceses. La pareja con la que ayer me crucé todo el camino y que hoy me han contado que, ahora que están jubilados y con los hijos grandes, cada año hacen unos cuantos días de travesía pirenaica. ¡Y él lleva 18kg de mochila! Camping gas incluído, claro está.

Después del café

Después del café

Anoche, metida en mi tienda y poniéndome toda la ropa del mundo para no pasar frío, pensaba en el lío en el que me he metido y en si realmente me merece la pena. Porque una vez aquí, la fuerza que me llamaba desde hace años a emprender esta empresa se ha diluído en gran parte. Por supuesto que quedan el reto, la belleza, la necesidad de seguir adelante y una misteriosa fuerza que se ha apoderado de mí y que me lleva quiera o no quiera. Pero cuando echo a andar cada mañana, realmente me parece que no hay nada mejor que pudiera estar haciendo y las ganas se renuevan incluso a pesar de las cotidianas nieblas matutinas y la incertidumbre de si acabarán abriendo o no.

Estoy descubriendo que el tema de los GRs es un mundo. Aparte del GR 10 y el GR 11 (que recorren el Pirineo por el lado francés y el español respetivamente) y sus variantes, resulta que ahora se han inventado (al menos en esta zona) el GR 12, que pasa por enmedio de los dos pero que, en según que tramos, es el antiguo GR 11 ya que a este lo han desplazado más al sur. Un lío, sobre todo para aclararse con los mapas.

Al final, ha sido el susodicho GR 12, y luego un poquito de GR 10, los que me han traído hasta aquí, al centro neurálgico de la Selva de Irati, un precioso bosque francés con «cabañas» (chalecitos) realmente bonitas que se alquilan por semanas. Salvo una de ellas, que es un gite d’etape (un refugio a la francesa) en la cual me quedo esta noche por el módico precio de 14 €. La pena es que los caminos que atravesando el bosque traen hasta aquí, son pistas anchas, empinadas y erosionadas, muy pesadas de andar y que invitan poco a recrearse en el paisaje. No se puede tener todo.

image

Y al fondo, el Ory

Hacia el final del camino, me ha adelantado una belga cuyo nombre flamenco se me resiste (y eso que me lo ha repetido tres veces) con quien he compartido cerveza y charla. ¿Por qué somos más las mujeres que andamos solas? Hasta ahora creo que sólo he visto un par de hombres solos (dejando aparte los del Camino de Santiago) por, al menos el doble de mujeres. Lo curioso es que tanto mi amiga de nombre impronunciable de hoy como la francesa que me encontré el primer día parece que anden solas acechando la oportunidad de agregarse a la primera mujer también sola —o sea, yo— que les pase por el lado. Y llamadme antipática, estúpida o lo que queráis pero es que en mi caso ¡la soledad es una elección! y me encanta charlar pero no con cualquiera ni de cualquier cosa y menos si estoy subiendo (o bajando) por un camino que me requiere concentración y esfuerzo. Aún así, esta vez la conversación ha sido muy agradable y la cena posterior, a base de garbure, una sopa de verduras típica de por aquí y de la cual me han puesto ración triple, también.

Mañana de nuevo la incertidumbre. ¿Llegaré a Belagua?¿Me quedaré arrastrando a medio camino?¿Será capaz el GPS de ganarse de nuevo mi confianza? Al menos esto último ¡espero que sí! aunque ya he comprobado que, al menos durante un día más, puedo seguir confiando en el las rallitas blancas y rojas.

Día 6. Burguete-Egurgui: Y al final el sol vence.

image

El sol abriéndose camino entre la niebla y los árboles en la subida, desde Roncesvalles, en sentido contrario al Camino de Santiago, al collado de Lepoeder

.Nueva etapa reina, casi 25km, 900m de subida, otros tantos de bajada, y salvo el dolor final de pies —toco madera—, ¡todo bien! Pero el susto llega al volver a mirar lo que me espera. Porque estoy tardando de media dos horas más de los tiempos que veo en el libro (y en las previsiones de Atlas Natura), lo cual no es problema si se trata de hacer ocho horas en vez de seis o incluso, como hoy, diez en vez de ocho. Pero ¡no me había fijado que por encima de las reinas están las emperatrices! y que pasado mañana me marcan un recorrido ¡¡¡¡¡de diez horas!!!!! que más dos (o tres) serán ¡doce o trece horas andando! Tengo que hacer algo, pero la otra opción son tres noches seguidas de acampada libre y no sé qué es peor. Veremos.

Esta mañana he presenciado el duelo entre el sol y la niebla. Amanecí con cielo azul y ya subiendo al collado de Ibañeta (muy cerquita de Roncesvalles u Orellana) empezaron el frío, el viento y la niebla. ¡Por favor, otra vez no! En todos los años que he rondado por los Pirineos no me he encontrado tanto mal tiempo (por frío o por calor) tan concentrado en tan pocos días. De nuevo subí pensando en andar bien, en apoyar bien, en no te confíes con la rodilla… Y me acordé de Gumer (Gumersinda) que hace años me hizo unas sesiones de corrección postural y me decía que «quitara el freno de mano» porque según ella (y doy fe de que es verdad) hacía que siempre llevara contraida la zona lumbar baja. Y entre niebla y más niebla y ascenso recortando carretera hacia un repetidor obviamente invisible, también me he acordado de un antiguo compañero flautista de quien anduve enamoriscada en su tiempo y con el que algunas noches de verano subíamos a otro repetidor, en este caso el de Cuenca, y allí perdíamos el tiempo pasando frío y contando chistes, vamos, sublimando.

Al final el sol ha ganado la batalla y ha comenzado a filtrarse entre las hojas y a calentar poco a poco y a la altura del siguiente collado, el de Lepoeder (¡impresionante! ¡un collado con wifi libre!), ya sólo se veía cielo azul. La niebla quedaba abajo semiocultando los valles y dejándonos sentir la vida por encima de las nubes.

Y prados, y algún bosque, y vacas, y muchos pensamientos desordenados, y una pareja de franceses maduritos que hacían el mismo recorrido que yo, con los que me cruzado repetidas veces y que esta noche son mis compañeros de «cuarto» frente al fronteizo río Urrio donde ¡me he bañado! a la llegada.

Delante de mí, las faldas del monte Okabe, a estas horas cubriéndose, de nuevo, con jirones de niebla. Hace frío. Mejor me voy a dormir.

Jornada de descanso (y van dos)

image

Bajorrelieve de la Colegiata de Roncesvalles

Reconozco que ayer, cuando el vértigo ante la conciencia repentina de mi falta de planificación para los próximos días me convenció de hacer un nuevo receso, me sentí fatal. ¡Menuda blandengue que para andar cinco días tiene que descansar dos! A este ritmo ¿cuántos días puedo necesitar? Desde luego, más de los que tengo. Pero era necesario. Y además ¿No me había planteado este viaje no como una competición sino como un sueño del que disfrutar tranquila? ¿Qué sentido tiene ir como una loca sin estudiar el terreno ni saber ni a dónde ni cómo se va por mucho GPS que se lleve? ¿Para qué añadir a la dureza del esfuerzo el peso de la incertidumbre?

Me he pasado toda la mañana ordenando mapas (son como treinta en total), viendo las «zonas oscuras», es decir, las que me faltan (que son muy pocas) y, sobre todo, concretando el qué será de mí en los próximos días. Porque, y esto fue la causa de mi pánico de ayer, a partir de mañana y hasta que llegue, en cinco jornadas más —espero—, a la tierra prometida de Aragón, el paso por zonas mínimamente civilizadas se vuelve escaso. Los refugios en esta parte de la ruta son prácticamente inexistentes (y me refiero a refugios guardados) y las posibilidades de recargar toda la parafernalia electrónica que tanto me facilita la vida, más escasas todavía (que nadie se sorprenda de no tener noticias mías en unos días).

No obstante, el plan está hecho. Incluso he podido reservar una habitación individual (¡pedazo de lujazo!) en el albergue que hay en plena Selva de Iraty, en el Coll de Bagargui, donde, si no pasa nada, dormiré dentro de dos noches. Después, otros tres días «tirada» en la montaña en plan semisalvaje y comprobando si mi autonomía energética resiste el tirón hasta llegar a Candanchú. Y ya mismo estoy reservando allí hotel y ducha porque ¡no me quiero ni imaginar cómo oleré para entonces!.

A mediodía, ya con los deberes hechos, me he acercado a Roncesvalles. Un paseíto de nada pasando por un nuevo bosque de brujas, aunque esta vez paralelo a la carretera. No sé por qué pero me imaginaba un pueblo en toda regla, lleno de servicios. Y resulta que no, que es tan sólo un complejo (tirando a pequeño) de albergues, hoteles y restaurantes, surgido alrededor del monasterio. Los servicios (y no sólo mi tan ansiado cajero) están aquí, en Burguete, que es el verdadero pueblo. Un pueblo-calle que vive enteramente, eso sí, de los peregrinos.

Finalmente, una primera vista atrás me da el balance positivo de haber recorrido mis primeros 100km, de haberlo hecho sin (casi) agujetas y sin ampollas (lo que supongo será fruto de mi extraordinaria lentitud) y el haber sobrepasado una primera frontera inconsciente. Y junto a ello, la sonrisa de recordar mis momentos más vergonzantes: yo, la «exquisita», la amante de los gastrobares y el buen vino, ¡disfrutando como una loca de un bocata de chorizo revilla hecho con pan de antesdeayer! No somos nadie.