Día 14. Refugio de Respomuso-Baños de Panticosa: ¡Y YA LLEVO UN TERCIO!
Y aún así, me sigo preguntando si podré. ¿Podré con la siguiente pendiente interminable?¿Con la siguiente bajada matapiés?¿Con la siguiente incertidumbre?¿Con el siguiente temporal?¿Con qué me sorprenderá todavía la montaña? Por si acaso, para celebrarlo, hoy he dejado de lado el refugio y me he venido a cenar y a dormir al súper resort que hay al lado. La verdad es que, a pesar del pedazo de baño que me he dado —caliente, en bañera—, de la maravillosa cama —y la intimidad consiguiente—, y la posibilidad de cenar verdura, el sitio me parece un espanto sacado de otra época pero con pretensiones de modernidad. Un sitio rancio con personal rancio (por mucho megaedificio moderno que ocupe) totalmente ajeno al entorno, en el que la conservación es deficiente y ni siquiera el wifi va bien. ¿Dónde está mi amado Edelweis?
Volviendo a transpirenaicas pasadas, uno de mis mejores recuerdos es, precisamente, la bajada a Panticosa desde los ibones azules. Y una de mis peores experiencias de hoy es ver cómo el camino se ha hecho mucho más incómodo de transitar, cómo los pinos torturados que me hechizaron en su momento han desaparecido y cómo mis pies han envejecido y se resisten al machaque de más de 1000m de contínua bajada por lo que parece una pista rellena con piedra suelta. El dolor y el disfrute del paisaje (en este caso de la fuerza del río y de las cataratas y lagunas que va generando a su paso) son, lamentablemente (para mí), incompatibles. Una pequeña decepción.
Pero el día me ha regalado también unas vistas increíbles del circo de Piedrafita, lagos hermosísimos, y el reencontrarme con una de las imágenes que se me quedaron grabadas en su momento: la ascensión al Collado de Tebarray y el paso, muy poco después, por el Cuello del Infierno. Subir a Tebarray significa enfrentarse a un gigante negro al que se asciende por una camino de arenilla también negra con una pendiente de pesadilla. Un entorno volcánico que lleva a un remanso de nieve que se salva trepando durante una distancia considerable (y a una altura no menos considerable) y donde, de nuevo, un paso en falso puede suponer, como poco, un grandísimo disgusto. Me gustan las «grimpadas», que dirían mis amigos catalanes, y la mochila solo supone un considerable aumento del cuidado y la concentación necesarios, es decir, del tiempo invertido en la empresa. Aún así me alegra llevar delante de mí a una pareja de franceses que me iré encontrando a lo largo del día y que me marcan el camino.
El dolor de pies perdura. Necesito descansar. Buenas noches a todos.

























