1 de julio: Gavarnie. Hoy cumplo 15 años.

Quince años desde la primera vez que vine aquí y descubrí que el paraíso no es una playa en el Caribe (que también, pero al final aburre) sino que el paraíso es un circo, “el circo”: Gavarnie. Y al tiempo que descubrí Gavarnie (y de paso entendí de golpe lo que era un circo), aquí, en la cúspide seccionada del circo por antonomasia, en la Brecha de Roland, tuve mi particular bautismo-epifanía. Quince años ya ¡Tan joven y tan vieja! Un bautismo de montaña y un bautismo de vida después de una dolorosa ruptura. Un bautismo de felicidad y plenitud. Así que regresar una y otra y otra vez es la mejor forma de celebrar mi cumpleaños.

Pero confieso que llevo días preocupada por mi decisión de este año de empezar a andar justo por aquí. Me preocupaba que hubiera nieve, que no se pudiera pasar, que me estuviera haciendo la valiente empezando por una etapa tan dura después de tantos meses sin hacer montaña… me preocupaba ¡y mucho!

Y no andaba desencaminada, al menos respecto a la nieve. ¿Podría haberla evitado? Sí, claro, renunciando a aproximarme a la Brecha y bajando directa a Gavarnie después de llegar al Puerto de Bujaruelo. Pero no he renunciado. Me he animado al ver que había gente relativamente poco equipada que bajaba, que la nieve estaba blanda y surcada de caminos bien marcados y que, aunque había gente, en realidad era muy poca (sobre todo si lo comparo con la desagradable experiencia del año pasado cuando renuncié a la deseada aproximación y a continuar ruta, precisamente, por la gente). 

Pero preocupaciones aparte, hoy ha sido un día de esos que, por un lado, te reconcilian con la montaña y, por otro, te cabrean infinitamente. Reconciliación porque he empezado subiendo al Puerto de Bujaruelo, casi cuatro horas en las que solo he visto un caminante y media docena de marmotas silenciosas y asustadizas. Y he podido llegar, atravesando neveros y torrentes, pero sin demasiados sobresaltos, al refugio de Serradets, a los pies de la Brecha, y disfrutar de una vista espectacular del circo. He bajado sin problemas, casi corriendo por las morrenas y he empezado a pisar hierba sin saber a dónde mirar, ¿la alfombra de lírios silvestres? ¿las múltiples perspectivas del circo? ¿las marmotas que van saliendo al paso? ¿Y la mochila? Casi que ha pesado poco. Aunque he de reconocer que, como su peso es inversamente proporcional al estrés, y hoy, especialmente hacia la mitad de la etapa, en ese subir y bajar del refugio, el estrés ha sido mucho, pues como que ha sido llevadera. ¡Impresionada conmigo misma estoy!

Y cabreo porque al final, cuando ya estaba relajada y llegando a mi destino, el pueblo de Gavarnie, a alguien se le ha ocurrido la feliz idea de marcar una ruta que añade una hora entera dando vueltas por el bosque cercano. Y lo que tienen la relajación y la obediencia: ni me molesto en mirar el GPS sino que la sigo, obediente y de paso añado un montón de cansancio a lo tonto.

Al final he llegado reventada a un camping semi desierto en el que me han puesto pegas para pernoctar porque tienen “muchas reservas” y donde me cobran una clara a 6€. Gavarnie, 1 de julio, es un pueblo triste con un entorno de ensueño donde solo encuentro un sitio para cenar algo. La verdad es que prefiero esto y no el parque temático en que se convierte en agosto.

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