¿Lo bello? ¿O lo sublime? El Midi d’Ossau y el cuerpo femenino

El Midi d’Ossau no es bello. Ninguna montaña lo es. Al menos no lo es si nos olvidamos de lo que actualmente entendemos por belleza y que no deja de ser algo subjetivo y tremendamente vago que abarca todo aquello capaz de producirnos una emoción estética positiva. Nuestros antepasados racionalistas lo tenían bastante más claro: las montañas no son bellas porque no cumplen ninguna de las condiciones objetivas de la belleza. Edmund Burke, uno de los autores de referencia al respecto, decía que lo bello era lo pequeño, frágil, suave, de líneas ligeramente onduladas y de color claro. Una flor sería bella. Pero las montañas son justo lo contrario: son descomunales, trasmiten una sensación de fuerza insuperable, sus líneas tienden a ser angulosas y su color vivo, intenso, oscuro. Es por ello que no serían bellas. ¿Y entonces? Entonces son, también según el pensamiento imperante en gran parte del siglo XVIII y todo el XIX, nada menos que sublimes.

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El Midi d’Ossau desde el col de Moines. Quedan unos diez kilómetros para llegar.

Sublime no es, por tanto, lo extraordinariamente bello, sino su antítesis. Aquello que es sublime excede nuestro control, nos sobrepasa y, hasta cierto punto, nos domina. Por eso, cuando hace tiempo una amiga, tras ascender a la cumbre más alta de los Pirineos, me dijo aquello de “cayó el Aneto” no pude sino reír. ¿Un gigante dominado, “domesticado”? Ni en sueños. Las montañas, la alta montaña, tienen a veces (no siempre) la generosidad de permitirnos ascenderlas. Y para ello contamos con otro aliado sublime: nuestro cuerpo, que bien entrenado, también, a veces, y solo a veces, nos lleva  por ellas como si fuera lo más fácil y natural del mundo. 

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Ibón de Escalar. Antesala al col de Moines

El pasado viernes, moviéndome de Candanchú hacia el Midi d’Ossau –una etapa tipo “M” (600m para arriba, 500 para abajo, 600 para arriba, 200 para abajo)–, pensaba en cómo, cada vez más, en montaña, mi emoción va expandiéndose desde el reino de lo bello para transitar, también, el de lo sublime. Si antes mis ojos se iban, casi constantemente, a los lirios, azafranes, margaritas, siemprevivas y todas esas flores casi siempre minúsculas que brotan, se diría que milagrosamente, de entre las piedras; ahora mi vista, que quizá fruto de la presbicia tiende a dirigirse más hacia arriba, queda atrapada por todas esas siluetas imponentes, soberbias, ¡magníficas!, que dominan el horizonte y que se acercan, alejan y trasforman a lo largo del día. El viernes, el inconfundible Midi d’Ossau, con sus 2884m, no cambió significativamente a lo largo de la etapa, pero pasó de ser, desde la lejanía, una montaña característica, a mostrarse, ya de cerca, como una cima aparentemente inexpugnable a pesar de estar surcada por múltiples vías de escalada.

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La foto engaña. No son diez metros de “piedrecitas” sino unos 200m (de altura) de pedregal: la morrena del Peyreget.

Y el viernes, desde el comienzo del día, mi cuerpo se reveló sublime. Quizá no ya “grande” (con mi altura es difícil, aunque el tamaño siempre es relativo) pero sí fuerte, resistente, poderoso y capaz de adaptarse con naturalidad a las aristas del camino. Sublime en su capacidad de trasladarnos –a mí y a la mochila–, por pendientes inauditas, por caminos pedregosos y descensos vetiginosos. Y sublime en la larga subida (que culmina con una fantástica morrena) al punto culminante del día: el col de Peyreget, a 2270m, a “solo” 600 del Midi d’Ossau, y desde donde se atisban nuevas cumbres. Y en esa clara percepción de lo sublime corporal, lo bello, ese “bello” que identifica lo femenino con lo frágil, lo suave o lo pequeño, pero también ese otro que busca, siempre infructuosamente, ajustarse a un prototipo, se vuelve absurdo. Esa belleza, dieciochesca o no, que esclaviza sobre todo a las mujeres y las lleva (nos lleva) a una búsqueda incansable e imposible de la “perfección”, pierde todo su poder y se revela como lo que es: el invento infame y castrante de una sociedad enferma que ha perdido la capacidad de valorar lo fundamental de esa máquina prodigiosamente eficiente a la que llamamos “cuerpo”.

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Col de Peyreget

¿Qué mujer no ha sentido alguna vez que algo de su cuerpo, o su cuerpo entero, no era bello, adecuado, socialmente aceptado?¿Qué mujer no ha sentido la necesidad de ponerse tacones para elevar su estatura, o de no ponérselos nunca por sentirse demasiado alta?¿Qué mujer no siente o ha sentido alguna vez que le sobran quilos, o que le faltan, o que debe ponerse prótesis en forma de relleno en el sujetador para parecer más sexy?¿Qué mujer no siente que hay alguna parte de su cuerpo que es mejor ocultar? En mi caso, esa parte del cuerpo negada y aborrecida fueron mis piernas, esas piernas sublimes que ahora me llevan por las montañas, que mi madre calificaba de “patorras” y que se convirtieron, durante años, en el centro de todos mis complejos.

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Otro ibón. Este en el descenso entre el col de Peyreget y el efugio de Pombie. El Midi d’Ossau ahora queda a mi izquierda.

Nunca podremos alcanzar la belleza entendida como canon porque esta es, por definición, inalcanzable, y si concebimos la belleza como fragilidad esto solo nos lleva, como a las flores, a una muerte prematura. Pero la naturaleza nos ha dotado de un cuerpo siempre sublime Y puestos a cambiar algo, ¿por qué no pedir algo realmente interesante como una cola de sirena? Creo que, si pudiera elegir, pediría unas alas de golondrina para poder volar a velocidades vertiginosas y desplazarme, cada año, a miles de kilómetros contemplando, desde arriba, las montañas. 

 

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