“La historia no la escriben quienes bajan montañas” o del éxito y el fracaso

Desde que hace unos días interrumpiera, de forma abrupta e indeseada, mi caminata de este año, he estado dando vueltas a la idea del éxito y del fracaso, o más bien al por qué es tan difícil combatir el sentimiento de fracaso que a veces se instala en nosotros contra toda lógica.

Porque desde un punto de vista totalmente lógico, éxito y fracaso, además de ser, sobre todo, algo ligado a lo externo, al cómo sentimos que la sociedad valora nuestros actos, son solo dos caras de una moneda. Sensaciones puntuales ligadas a momentos concretos que se trasmutan la una en la otra y la otra en la una y que dependen de factores tales como cuál sea nuestro estándar, desde qué perspectiva interpretemos los hechos, o del cuándo, dentro del continuo temporal que es nuestra vida, situemos nuestra mirada. En cualquier caso, sensaciones relativas que, entendidas de forma sana, deberían ser pasajeras.

Todo eso pensaba cuando el otro día fui con Ramon a dormir Airoto, un impresionante lago pirenaico de hermosas y profundas aguas en cuyas orillas se acumulan rododendros y bloques de granito. Un lago agreste y salvaje que nada tiene que ver con aquellos otros que, rodeados de prados idílicos, invitan a la acampada y al baño. Un lugar a medio camino entre la Bonaigua y el Alt Àneu cuyo entorno abrupto hizo, en su día, fracasar un proyecto hidroeléctrico. Un lugar salvaje e intacto encerrado entre cuatro picos: Rosari, Marimanya, Bonabé y Cuenca, cuya verticalidad domina el horizonte. Allí, sentados junto a Airoto, bebimos de él y dejamos que sus aguas jugaran, durante horas, con nuestros pensamientos. Éxito o fracaso. Nada más. Nadie más.

Pero ni las aguas, ni los rododendros, ni las rocas de Airoto consiguieron el efecto clarificador que sí consiguió el mensaje que me salió al paso ayer desde una gran valla publicitaria cerca de Baqueira: “la historia no la escriben quienes bajan montañas”. Ahí está: la cultura del éxito condensada en una frase y formulada para que el “fracaso” genere aún más rechazo, para que el impacto psicológico sea claro, punzante, directo a la amígdala. Pero ahí está también toda la debilidad de esta cultura de “macho dominante” en la que vivimos y que obvia que lo importante en la montaña, y me atrevería a decir que también en la vida, es saber bajar. Y saber bajar a tiempo (incluso aunque no se haya alcanzado la cumbre).  Y que la “historia” no deja de ser un “relato” (ahora que tan de moda está el término) que tiende a deformar la realidad y a ocultar miles, millones de contribuciones imprescindibles pero olvidadas, ninguneadas, ¿fracasadas?

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Airoto

Éxito, historia, heteropatriarcado, Lo externo, lo visible, lo que enseñamos en Facebook… Imágenes de felicidad que el pesimismo de Schopenhauer nos ayuda a entender también como crónica de la infelicidad. Todo va de la mano. ¿Somos infelices hasta que conseguimos lo deseado y, poco después después de obtenerlo, volvemos a serlo porque ya no nos satisface lo conseguido? Un poco de eso hay.

Lo cierto es que siento la necesidad de dar la vuelta al modelo y de empezar a escribir y a leer otra historia. La de quienes bajan las montañas, la de quienes más allá de llegar o no a la cima disfrutan con cada paso del recorrido, la de quienes alimentan su alma de momentos (y no de adrenalina), la de quienes no hipotecan su vida por sus objetivos sino que diseñan objetivos que les permiten disfrutar intensamente de su vida. Y ahí estamos. 

Airoto fue una central fallida pero es un lugar maravilloso. No todas las cimas se alcanzan pero lo que dan las montañas es mucho más que “éxitos” puntuales. Y el próximo año tendré un trabajo que no he elegido pero del que espero saber disfrutar al menos tanto como del que he tenido los últimos años.

Y puesto que no soy la única para la que este año lo laboral ha dado un giro insospechado, en este post no puedo dejar de pensar en todas mis compañeras (y también mis compañeros) que están en las mismas circunstancias. Ni éxito, ni fracaso: vida.

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2 pensamientos en ““La historia no la escriben quienes bajan montañas” o del éxito y el fracaso

  1. Bueno, Elisa, yo no sé si esa dichosa frase publicitaria que te encontraste refleja o no la cultura de macho dominante. Sí sé que es estúpida: si la historia la escriben los que se quedan para siempre arriba de las montañas, se acabó la historia: ¡no tendrán a quien contársela!
    Que te vaya muy bien en tu nuevo trabajo, sea el que sea.

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