Días de cielo, flores, agua y roca en el Pallars Sobirá

Instalada un año más en Isil, no acabo de encontrar, en este año atípico, la fuerza o el momento de agarrar definitivamente la mochila y echarme a andar. La sensación de excepcionalidad, el aprecio renovado de las pequeñas cosas, un curso especialmente estresante y diferente –aunque muy gratificante–, la necesidad de descansar, de no hacer nada… Pasan los días y me pregunto si mi cerebro también se ha ido de vacaciones y si la amenaza de un nuevo confinamiento no estará actuando como una especie de veneno paralizante.

Y aún así, y en este extraño estado de stand by, las pequeñas salidas diarias están ahí y recuerdan que el paraíso sigue existiendo y que está al alcance de la mano. Y si la semana pasada volvimos –con un más que interesante grupo esencialmente femenino, variopinto y disfrutón– a la Gola y a los preciosos estanys de Ventolau, al espectacular Port de Ratera, o al idílico Pla de la Font; ayer y hoy Ramon y yo hemos vuelto al cielo: ayer recorriendo la carena de Campirme y hoy subiendo al Bony de la Mina.

En el camino desde Son hacia el Pla de la Font. De izquierda a derecha: una servidora, Cristina, Nuria, Ramon, Clara, Fina, Mercé, Mireia, Judith y Mª Gracia.

Más allá de los prados exuberantes repletos de flores y de los bosques pletóricos de abetos descomunales, ambos puntos son excepcionales por sus vistas. Skylines que quitan el hipo. Desde Campirme se ve gran parte del Pirineo aragonés, del andorrano y del catalán. Desde el Bony de la Mina (la mina de Bonavé) se dominan todas las cimas existentes entre la Bonaigua y Bonavé, además de todos los collados que comunican este último valle con Francia, y algún que otro pico emblemático.

Vértice geodésico de Campirme. Al fondo, los Besiberris, la Maladeta, el Posets…

Para subir a Campirme tomamos la pequeña carretera que sale de Esterri d’Àneu hacia Unarre; luego, poco después de Burgo, seguimos una pista infernal que ascienda a través del bosque hasta abrirse a una hermosa zona de pastos donde los rebaños son de caballos y donde la belleza de los potros hipnotiza. Dejamos el coche en el collado y comenzamos a andar. Son kilómetros de carena pelada con vistas a ambos lados. A la izquierda, la Maladeta, culminada por el Aneto. A la derecha, la Pica de Estats y el Monteixo. Al frente, el Montroig y el Ventolau. Y entre todos ellos, cimas y cumbres y valles hasta donde la vista se pierde. A muchos les ponemos nombre. A otros muchos no.

A punto de iniciar la subida a Campirme

El Bony de la Mina ha sido la propina de hoy. Un día pensado para ser tranquilo. Para transitar por uno de los valles que se abren a la izquierda de Bonavé, el valle de la Tuca Blanca, accesible gracias a un mínimo sendero que utilizan los ganaderos de la zona. Un valle precioso. Pero el destino, o la curiosidad, han querido que acabemos siguiendo un nuevo sendero, plagado de cadáveres arbóreos, que comunica ese valle con otro, con otros ya conocidos, y que nos ha dejado tan cerca de la cima de la montaña de la mina que ha sido imposible no subirla. Eso sí, campo a través. Arriba, 360 grados de belleza y dos ciervos a los que hemos interrumpido su descanso.

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