Quasimoda a contra corriente en Iraty

Otra vez condensando dos días de ruta: los que transcurren entre Roncesvalles y el Coll de Bagargi, en Iraty. Dos días de mucho calor y también de mucho cansancio, viendo cómo los 2000 metros del Ori se aproximan hasta tenerlos, esta noche, muy cerca, justo a mi derecha mientras ceno. Pero antes he pasado por el Okabe, esa cima plana, inmensa y pelada con restos primitivos en forma de cromlechs) del que mi amiga Rocío seguro que todavía se acuerda (¡qué envidia de memoria!).

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Cima del Okabe. Al fondo, a la izquierda, y aunque no salen en la foto, están los cromlechs.

El Ori es un pico “jorobado”, como jorobada soy yo con la mochila a cuestas y más jorobada me vuelvo con el cansancio y los dolores varios que le acompañan. Jorobada y con calor y con mucho viento de cara en los collados y muy poca gente andando. Y la poca que hay, jorobados también, van, como el viento, en mi contra (es lo que tiene salir de Roncesvalles y alejarse de Santiago). Hasta los caballos van en contra.

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Collado de Lepoeder. Al fondo, Auritz (Burguete).

Ayer volví a pasar sed. Ni mucho menos tanta como hace cuatro años en Belagua, pero la suficiente para recordar el profundo sentimiento de angustia y desazón, de fragilidad, de desesperación, de aquella vez. El fantasma resucitó y una vez resucitado no para de recordarme que dentro de dos días volveré a estar en lo que recuerdo como un infierno. A pesar de eso, y del respeto inicial que me daba volver a pasar una noche en plan salvaje (acampada libre junto al río en un lugar sin cobertura) ayer dormí mucho y razonablemente bien. Pero el fantasma sigue ahí.

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Desde mi punto de acampada, al norte de la presa de Irabia, sigo mi camino.

Hoy no he pasado sed pero sí calor. El tobillo izquierdo sufre con la lengüeta de la bota. Las plantas de los pies me arden y el hombro izquierdo no se acaba de acostumbrar a la mochila. ¿Será que, independientemente de la joroba, también estoy contrahecha? Y eso por no hablar de la suciedad y el sudor (sucia), de las arrugas que cada vez se marcan más en mi cara (vieja), de lo mal que me queda la gorra y el pelo enrabietado (fea) y de que mi talla no es una 36 (gorda). Vamos, que casi soy como Alma Schindler en el retrato que hizo de ella hace unos días Gonzalo Ugidos en El Mundo, y que se ha difundido bastante por las redes (al menos por las musicales).

Fea y gorda, pero además seductora con malas artes e infiel. ¿Así es como se retrata a quien debió ser una mujer fascinante?¿A quien admiraron y amaron Gustav Klimt, Gustav Mahler, Walter Gropius, Oscar Kokoschka y unos cuantos (y posiblemente unas cuantas) más? Todavía estoy por ver un retrato semejante de algún artista (o no artista) hombre. Porque si la valía de una persona se mide en su belleza (que recordemos que es un parámetro cambiante y subjetivo), por su talla o por su fidelidad, entonces podemos empezar a tachar de la lista a la mayoría de los “grandes” hombres de la historia. ¿Jugamos?

Haciendo un ejercicio de psicología barata, se me ocurren varias excusas para que alguien escriba algo así: la primera, que ha sufrido recientemente un fracaso sentimental y está despechado con todas las mujeres del mundo; la segunda, que le resulta tan atrayente una mujer que fue a contra corriente de lo que la moralidad conservadora prescribe para las mujeres que no puede sino criticarla enconadamente; la tercera, y la más temible de todas, que sigue pensando que, efectivamente, una mujer debe ser un objeto bello y sumiso y ¡ay como se salga de ese papel!

Rocío, mi amiga, que además de una gran memoria posee una personalidad extraordinaria, y es firme y conciliadora, original y sensata, hace muchos años, cuando nadie hablaba de ello, ya sentía los piropos como algo molesto, invasivo, agresivo. En su clarividencia supo ver en ellos la más clara expresión del cómo hacer de alguien un objeto. Si el objeto es feo, ya no sirve.

Mi caminata de estos dos días va por todas las “feministas feas”, las que no queremos depender de la aprobación de ese sexismo trasnochado que nos impide ser, más guapas o menos guapas, nosotras mismas. Y por las mujeres que han ido y van a contra corriente consiguiendo derechos de los que todos y todas disfrutamos. Y por Rocío, por la claridad e independencia de su pensamiento y por su inmensa inteligencia emocional.

Bueno, y por la cantidad de yeguas con sus preciosos potros que me he encontrado en el camino.

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El Ori, a la derecha, desde el Coll de Bagargi.

 

Navegando en la niebla

Andar con niebla es, quizá, el colmo de la soledad. El mundo desaparece alrededor y da lo mismo lo que haya a escasos metros, porque, simplemente, no se ve, no se oye, no se percibe. La experiencia externa se vuelve ciega y sorda y se reduce a la humedad en forma de múltiples y minúsculas gotas; la incertidumbre inevitable depende absolutamente del GPS para ser combatida; y la vivencia, más que nunca, se vuelve interna.

Ayer, entre Urepel y Auritz, viví una de esa etapas en las que prácticamente mi única compañía fue la niebla. Una compañía leal que no me abandonó durante todo el día. Junto a ella, algún que otro artista invitado: ovejas y vacas (lo normal) pero también insectos y rapaces (¿águilas?¿aguiluchos quizá?¡qué pena no saber suficiente de aves!). Estas últimas fueron especialmente impactantes por surgir de un mar de helechos, a pocos metros de mí, y sobrevolarme en vuelo rasante de sonido sobrecogedor.

En cuanto a los insectos… qué decir de ellos… los odio casi tanto como fascinantes le parecen a mi hermana. Ella es capaz de ver en ellos criaturas casi sobrenaturales cuya morfología y poderes merecen mucho más interés del que habitualmente les prestamos. Y no digo que no sea así, pero cuando notas que tu sudor se convierte en un aroma especialmente atractivo para ellos y que tu sangre deviene su alimento favorito…, entonces toda fascinación se vuelve aversión. Al esfuerzo de la subida se añade la necesidad constante de ahuyentar a las diminutas y no tan diminutas bestias (aun cuando en el intento me propine, yo misma, algún que otro bastonazo), y de sofocar picores reales o imaginarios.

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Premio a quien vea las vacas y el indicador (están apenas a cinco metros las unas y a diez el otro)

¿Hacia dónde, o hacia quién, se fue entonces ayer mi vivencia interna? Hacia Ana, esa hermana mía a quien le debo lo que soy mucho más que a nadie de mi familia. Esa hermana rabiosamente protectora, sabia donde las haya, extrovertida y huraña a partes iguales, cultísima a pesar de que nunca terminó el bachillerato, y de una profundidad psicológica que no se sabe muy bien cómo casa con su (casi) obsesión por la juventud y la belleza. Una hermana hecha de contradicciones a la que a veces me pregunto si conozco aunque un hilo invisible haga que pueda sentir lo que ella siente. ¿Acaso conocemos a nuestra familia?¿No está ese conocimiento permeado de interpretaciones ajenas asumidas como propias, prejuicios heredados y experiencias y sentimientos sin procesar en los que no faltan los rencores y las envidias? Todo está ahí. Pero eso no cambia lo esencial: si tuviera que decir quién es la mujer más importante de mi vida, sería, sin duda, ella.

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Árboles “hermanados”

Hoy no he andado, solo he paseado los escasos tres kilómetros y medio que hay desde Auritz hasta Roncesvalles. Aquí dormiré, de nuevo entre la niebla, y me preparo para unos días que me causan, cuando menos, respeto. Serán dos o tres noches en tienda y una en el refugio de Iraty. Los caminos están bien marcados, pero conforme me acerco a Belagua y recuerdo lo mal que lo pasé allí en su día, la tranquilidad da paso a un sentimiento de preocupación que no quiero ver pero que crece silencioso.

 

Esther y los bosques del Baztán

Desde que ayer, a eso de las ocho de la mañana, Esther irrumpiera con su alegría desbordante, vía telefónica, mi idílico desayuno en el precioso hotel Irigoienea del no menos precioso pueblo baztanés de Urdax, todo parece recordarme a ella. De hecho, solo rondar por esta comarca bellísima ya hace que su presencia sea inevitable. Esther adoraría estos paisajes y la tranquilidad que se respira pero, por encima todo, fue ella la que me recomendó leer la susodicha Trilogía del Baztán, bajo cuyo efecto (o no) estos pueblos y paisajes parecen encerrar rencores abismales y tragedias silenciadas. Es como si el paisaje nos atrajera para después abducirnos y llevarnos a un terreno de espesa oscuridad que, incluso en estos días cálidos y luminosos, se adivina en los postigos cerrados a cal y canto y en la hosquedad de las gentes. Incluso de aquellas que quieren ser simpáticas. Hasta la simpatía es dura y extraña en esta tierra de lluvia y niebla.

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Fuente en Urdax. A punto de salir.

La metáfora perfecta de lo que es el Baztán, o más bien de lo que a mis ojos profanos le parece el Baztán, la encuentro esta mañana. Saliendo de Arizkun rumbo al valle de Aldudes encuentro un camino flanqueado por cientos de telas de araña multiformes y perfectas. Nidos de araña, que diría Italo Calvino (de nuevo me voy a Esther y a nuestro particular club de lectura). Percibo su brillo, su geometría, su belleza… y su peligro. ¿No es la misma sensación de fascinación y opresión que he sentido estos dos días? No tanto en Urdax, ni siquiera en Amayur (que a pesar del peso de su historia ahora es más un pueblo turístico que otra cosa), y solo un poco en Erratzu (donde encontré una camarera simpática pero inquietante), pero sí en Arizkun, donde he pasado la noche, y donde me he impregnado de austeridad y rudeza. 

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Saliendo de Arizcun.

Allí he encontrado un bar infame donde todo el mundo chilla y no hay prácticamente nada de comer (y lo que hay es un desastre); un alojamiento con suelo y muebles centenarios (que hacen que de miedo hasta moverse), con unas vistas al frontón-cueva, techado y semi-enterrado, que multiplica por mil una tarde completa de gritos de esfuerzo; y con una casera amabilísima que ofrece una cocina sin agua, un menaje sin tenedores, un wifi que va a pedales y un descuento para caminantes de un 5% (exactamente de dos euros). Un pueblo precioso al que no me apetece volver.

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La luz filtrándose a través de los árboles. Komorebi.

Y con todo y con eso, recuerdo a Esther en la belleza, ya que ambas somos religiosas de la misma orden. La recuerdo en la austeridad, porque a pesar de su juventud es capaz de vivir sin acumular todas esas posesiones innecesarias que a los demás acaban por lastrarnos. Y la recuerdo, muy especialmente, en todos esos bosques por los que paso. Por la luz que se filtra en ellos por las mañanas; por la resiliencia que muestran frente a las agresiones y por cómo saben hacerse fuertes en ellas; y también, y muy especialmente, porque cada árbol no es solo lo que vemos, un ente aislado e independiente que vive al margen de su entorno, sino que gracias a sus raíces forma parte de un todo solidario que intercambia alimento e información con los que lo rodean (y esto último lo he aprendido hace muy poco leyendo La inteligencia de los árboles, un libro precioso).

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Troncos que integran otros troncos.

Volviendo a las metáforas, Esther sería un árbol, un bosque entero. La luz que irradia es capaz de traspasar todas las nieblas y alimentar la vida. Su forma de integrar los reveses para convertirlos en aprendizaje es de una resiliencia inteligente de la que pocos pueden presumir. Y su vocación solidaria, construida a partir de sólidas y amorosas raíces familiares, se manifiesta en su forma de cuidar a la gente, a la “suya” y a la ajena. ¿Un bosque de hayas como los de hoy? Eso mejor que lo decida ella.

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Amayur

Por lo demás, si la etapa de ayer fue en su mayoría plácida, destacando en ella la posibilidad (todavía) de ver a lo lejos el mar, así como el disfrute de la subida con sol a Otxondo y la sorpresa por la homogeneidad arquitectónica de los pueblos baztaneses; hoy me quedo con la excelencia de la guía Cicerone de la Alta Ruta Pirenaica. Como ejemplo, una recreación del texto de la etapa de hoy, que más que de una guía parece sacada de una Gyncana, sería algo así: “Sube unos metros a mano derecha por u camino de tierra, luego ignora el sendero que viene por la izquierda y gira hacia el SSE hasta encontrar una valla. Sáltala, atraviesa un pasto y sigue por el bosque hasta la cima rocosa bordeándola por la derecha hasta ver una zona de helechos…”. Muy, muy entretenido hasta llegar a Aldudes y luego a Urepel, en la Aquitania francesa. Pueblos igual de solitarios. Gente igual de simpática pero hosca. Una mujer que busca a su perro y una estatua de un soldado en la puerta de la iglesia.

Buenas noches.

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Iglesia de Arizcun.

A mis alumnas y a los miedos

Hoy, mientras subía hacia el primer collado, el de Lizaieta, y mientras disfrutaba de la visión de las verdes colinas acariciadas por la niebla, pensaba en el miedo, en los miedos. Vale que todo el mundo tiene miedo, pero si eres mujer tu entorno conspira para que pienses que el miedo es parte de tu genética. ¿Por qué si no la primera pregunta que se hace a una mujer que viaja sola, que anda sola, es si no tiene miedo?

En la tranquilidad de este día nublado cuya temperatura es perfecta para caminar; huyendo de los atajos entre esos bosques de helechos por los que me adentré en 2015 mientras seguía los únicos tracks que tenía; caminando por pistas anchas con abundantes señalizaciones; y asombrándome de las muchas torres de madera que, por lo que leo, sirven para cazar palomas; me pregunto ¿a qué debería tener miedo?¿a que me pase “algo”?¿a perderme?¿a aburrirme?

Empiezo por el último. Como hace unos días comentaba con Mª Jesús, una de esas alumnas que más que alumnas son colegas, siento que vivimos en una sociedad que demoniza la soledad y el aburrimiento. Estar solo parece que es lo peor que nos puede pasar como individuos. Implica un fracaso. Viajar solo se entiende, en general, como forma de conocer gente, no como forma de conocerse a uno mismo, a una misma; y aburrirse se percibe como un pecado capital en un mundo en que diversión es igual a consumo y aturdimiento. Pues bien, y aunque desde aquí reivindico el aburrimiento como forma de autoconocimiento, lo cierto es que no creo haberme aburrido prácticamente nunca en ninguno de los viajes que he hecho sola. Y eso no quiere decir que haya conocido a mucha gente. No. Quiere decir que me he abandonado a mis sentidos y que he disfrutado de ello.

Así que hoy me he permitido mirar atrás numerosas veces y ver cómo las montañas cambian según la luz y la perspectiva. Me he permitido oler la humedad, escuchar la niebla y ensimismarme en esos troncos de árboles centenarios que sobreviven pese a todo, pese a estar carcomidos o dañados, pese a ser presa de los hongos o la hiedra. Me he permitido pararme a mirar a los caballos o a esa ardilla curiosa que me ha salido al paso, y hasta me he permitido tomar un segundo café en el collado de Lizaieta, a poco más de una hora de comenzar a andar. Me pregunto cómo podemos estar acompañados si no somos capaces de soportarnos a nosotros mismos.

¿Miedo a perderme?¿Y por qué debería perderme? No digo que no sea fácil hacerlo pero en la época de los GPSs y de los móviles inteligentes es mucho más difícil que ocurra. Y si a eso le añadimos un poquito de previsión (llevo mapas comida, tienda, ropa de abrigo…) y sentido común (siempre sé, al menos, cómo regresar), entonces el riesgo es tan mínimo que se vuelve casi inexistente. Otra cosa es que me equivoque y tome un camino por otro, y al poco rato me de cuenta de mi error, y deshaga lo andado, y tenga que pararme y comprobar y… Pero en realidad eso casi solo ocurre cuando decido improvisar y cambiar el trazado sobre la marcha. Y aunque reconozco que esas cosas me agobiaron mucho en mi primer recorrido, me he dado cuenta de que son algo absolutamente normal y me pregunto por qué era tan fundamentalista (que diría Ramon) o tan rigurosa (que diría yo) para cabrearme conmigo misma por cada equivocación. ¿Exceso de autoexigencia?¿El siempre (y subrayo “siempre”) nocivo perfeccionismo?

Hoy han sido varias las equivocaciones (si es que al hecho de explorar se le puede llamar equivocarse). He salido sin saber si quería seguir la Alta Ruta más tradicional, la que desde el collado de Nabarlatsa sigue hacia el sur para dirigirse bien a Arizcun, bien a Elizondo; o seguir el trazado más fronterizo, hacia el este, y volver al precioso pueblo de Urdax. La primera opción me llevaba derecha al mundo de la Trilogía del Baztán pero eran veintitrés kilómetros en vez de los dieciocho de la segunda. Mis pies han decidido lo último… y se han equivocado ya que al final han sido casi veinticuatro por el capricho de bordear el Arxuria (758m) por el norte, y no por el sur, y así pasar por las cuevas de Zugarramurdi. Seis kilómetros de más por ver otro trocito de bosque de brujas no merecían la pena y los caminos de Navarra están mucho mejor señalizados que el entorno de la francesa Sare por el que he pasado. Pero me he quitado la espinita.

Y el miedo de todos los miedos: miedo a que me pase algo. A que me caiga, me rompa una pierna, me ataquen animales (humanos o no)… Cuando pienso en romperme un hueso me acuerdo de El paciente inglés (la película) y la chica que muere en el desierto porque su pareja va a buscar ayuda y nunca vuelve (vale sí, tenía la excusa de la guerra, pero eso no le quita poder simbólico a mi asociación). Claro que puedo tener un accidente, pero hay muchas más posibilidades de que lo tenga conduciendo y no por eso dejamos de ir en coche ni de conducir solos/solas por sitios más o menos transitados. Anticipar accidentes es una posibilidad, claro, pero no es la mía. ¿Y que me ataquen?¿De verdad tengo más posibilidades de que me ataquen en la montaña que en mi ciudad? Dicen las estadísticas que la mayoría de los abusos y violaciones se producen en el entorno más cercano a la víctima y yo no soy quien para quitarles la razón; y aunque solo sea por una cuestión numérica (la poca gente con la que me cruzo) es muy poco probable que me asalte nadie en la montaña. ¿Y los animales? Aún menos. Ellos tienen más miedo de nosotros que nosotros de ellos.

Lo más cercano al miedo que he sentido hoy es el momento en el que tres perros me han seguido ladrando furiosos por el mismo camino, entre Zugarramurdi y Urdax, en el que hace cuatro años encontré un tractor cortándome el paso. Tendría miedo al ridículo si la escena hubiera ocurrido en un lugar transitado porque sin duda alguien la habría filmado y en ella se podría ver a una loca sudorosa y despeinada gritando a tres chuchos enanos mientras blandía, amenazadora, sus bastones de senderista. 

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Entorno de las cuevas de Zugarramurdi.

¿Y cómo conecto todo esto con mis ganas de dedicar el blog a las mujeres, a “mis” mujeres? Aparte de lo obvio, de que el miedo se presupone más en el género femenino, llevo años observando que esta emoción básica y castrante afecta en mucha mayor medida a mis alumnas que a mis alumnos. Ellas sufren más el miedo escénico, fruto de una autoexigencia desmedida y de la creencia de que, aunque la perfección no existe, el perfeccionismo es bueno. Tienen más miedo a equivocarse, a no “ser suficientes”, a defraudar a quienes las quieren, a no estar a la altura… Laura, África, Claudia, Alicia…, va por vosotras y por tantas más mujeres valiosas que aprenden, día a día, a dejar atrás sus miedos.

 

De azul y verde

Azul el cielo, a pesar de las salvadoras nubes, y el mar. Azules las flores (vale sí, más bien malvas) y ¡azul eléctrico algunas de las libélulas que rondaban el agua del riachuelo en el que me he lavado los pies! Verde todo lo demás: los helechos, los prados, los acebos, los castaños, la hiedra, el musgo omnipresente… Verde es hasta el color de la sonrisa que me dibuja en la cara el merecido descanso. No podía ser de otro color, se contagia del entorno.

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Playa de Hendaya

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Foto muy mala de dos libélulas en un acebo

Hoy puedo corroborar que: 1) Estoy más en forma que hace cuatro años, pero… 2) Los pies sufren más que entonces. 3) Ya no me gustan los helechos (tengo miedo de los mosquitos que esconden). 4) Adoro la app de Wikiloc para móvil.

Aparte de eso, pensaba en que, si voy a seguir con este blog, no quiero que sea una repetición de lo hecho hasta ahora. En algún momento, me rondó la idea de cambiar el “femenino singular” por un “femenino plural” y, aunque ande en solitario, dedicar cada día a una de esas mujeres que, cercanas o no, conocidas o tampoco, me parecen valiosas, fascinantes, inspiradoras… Mujeres de las que aprendo, a las que admiro o a las que quiero. O todo junto. Y pensándolo bien, me sigue gustando la idea de hacerlo.

Pero como todo en este viaje es un poco improvisado, habrá que esperar a mañana para saberlo porque hoy de quien me he acordado es de tres hombres: mi neurocirujano, mi traumatólogo y mi osteópata. ¡Ya me gustaría que hubieran sido mujeres pero, disculpad la broma, de tan buenos que son casi lo parecen!

El primero de ellos es Manuel Juliá Narváez, que me operó en 2016 de una hernia cervical que no me dejaba vivir. Un hombre extraordinariamente afable y afectuoso que me rajó el cuello de forma impecable y me insertó un trozo de pvc donde antes tenía una vértebra. Desde entonces soy Robocop en versión plástico pero el dolor se esfumó. El segundo, Manel Bacells, traumatólogo y sin embargo amigo que, entre coña y coña, me salvó de una doble operación de pie con tres “pinchacitos” dolorosísimos pero certeros que consiguieron regenerar lo irregenerable. Finalmente, Marcos (¡no sé su apellido!), que tiene rallos x en los ojos, que retuerce cuerpos como nadie y que en solo dos sesiones me ha quitado unos cuantos dolores (también de pies).

No me resisto a terminar con una foto del prado en el que estrené mi tienda (y mi saco, y mi colchoneta y mi…) en aquella primera etapa de mi Transpi primigenia. Ese día el hostal de collado de Lizuniaga estaba cerrado. Hoy está abierto y he optado por cambiar el romanticismo por una ducha, la condena a oler mal por la posibilidad de lavar la ropa, y el maravilloso lecho verde por una cama doble. La verdad es que esto último casi me da pena pero debe ser que con la edad me he vuelto práctica. En cualquier caso, veo el prado desde el balcón de la habitación así que, si esta noche me da un ataque de bucólica nostalgia, solo tengo que pegar un salto para impregnarme, más todavía, si cabe, de verde.

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Prado del collado de Lizuniaga

¿Volver a empezar?

Cuatro años después y de nuevo en la casilla de salida. Mañana vuelvo a empezar. Estoy más nerviosa y más tranquila que entonces. Más tranquila porque sé lo que hay por delante, porque sé que ya lo hice una vez, porque mi cuerpo parece recordar la sensación de la mochila aunque no la haya vuelto a cargar desde entonces, porque estoy más en forma que esa primera vez y porque el reto es menos exigente: como mucho la mitad de la kilometrada de entonces. Más nerviosa porque cada vez confío menos en mis pies, no solo por los más de dos años sin caminar por una condriopatía especialmente latosa, sino porque mis metatarsos ya no son lo que eran y tienen la mala costumbre de “gritar” a partir de determinada distancia recorrida. Vamos, que como entonces, y aunque el objetivo es disfrutar, no sé si aguantaré un día, tres, diez o treinta.

Conforme se acerca el momento todo se va poniendo en su sitio. La mente se va calmando y vuelvo a sentir que no hay nada mejor que se pueda hacer sino caminar. Desde que terminé la ruta en 2015 he querido repetirla. Sí, repetirla, si no exactamente igual, casi. ¿Por qué esta obsesión? En gran parte porque, aunque lo recuerdo como una experiencia excepcional, no hubo casi ningún día en que no anduviera preocupada por mil cosas, o que no me perdiera, o que no tuviera algún dolor, molestia o percance. Y tengo la necesidad de vivirlo de otra forma. De darme la oportunidad de disfrutarlo. De convertirlo en algo cotidiano.

Pero también, y cómo no, y puesto que caminar es también mi particular forma de meditar, quiero ver cómo mis pasos recolocan mis pensamientos. Cómo todas las cosas que me han ocurrido en los últimos tiempos dejan de bullir inconexas y rabiosas para encontrar ese lugar ideal en el que observarlas desde fuera, desapasionadamente, pero siendo capaz de encontrarles el sentido o, simplemente, de interiorizar su aceptación, reconciliarme con ellas, dejar que se posen y poder, entonces, decidir qué hacer con ellas.

Quizá es mucho pedir pero creo en la magia del caminante, del camino. Y de momento, y mientras pienso en las mil y una cosas que implica la preparación de un viaje de este tipo, mi mente está, cada vez, más sosegada.

No sé si esta vez escribiré cada día. No sé ni siquiera qué escribiré. Todo está abierto pero tengo la sensación de que sea lo que sea que pase, me sorprenderá, sin duda, para bien.

¡Y por fin, el libro!

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42 días y un sueño… ¡el libro! (Octaedro, 2016)

Ha costado lo suyo. Al principio, cuando pensé en él, solo era una forma de organizar el material generado después de la travesía y una forma de revivirla de nuevo para poder, también de nuevo, saborearla. Después pensé en hacer un libro digital y solo digital al que poder acudir en los momentos bajos para recordar que una vez hice algo de lo que me siento orgullosa y poder ver de nuevo esas fotos (no muy buenas pero sí muy valiosas para mí) en contexto y releer lo que una vez pensé. Pero al final, y conforme lo digital iba tomando forma, empecé a sentir la necesidad de verlo impreso.

El camino, este también, ha sido más largo de lo previsto. Porque no solo he tenido que robar el tiempo de donde no lo había, sino que me he encontrado con otras, digamos, “complicaciones”, como esos cuatro meses casi inmovilizada pasados a costa de mis hernias. Aun así, y poco ha poco, el libro fue tomando forma hasta que hace un par de meses me encontré con el trabajo hecho y pensando en qué hacer con él.

Y llegó Ramon de nuevo a animarme para editarlo “de verdad”. Y llegaron Juan León y su editorial, Octaedro, dispuestos a hacerlo. Y mi segundo sueño ya es un libro hecho realidad. Y me siento feliz y agradecida a la montaña, a la vida y a todos los que una vez estuvisteis allí y que, aunque no lo sepáis, seguís estando.

Os dejo el enlace de la editorial en el que podéis ver la presentación, el índice, una muestra del resultado y, si os animáis (¿quién sabe?), hasta podéis comprarlo.

http://www.octaedro.com/es/producto:Cos/1/otras-colecciones/horizontes/42-dias-y-un-sueno/1564

¡Va por vosotros!

Entre Benasque y el Valle de Arán. Punto… ¿y final?

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Panorámica de la Maladeta, con el Aneto en primer plano, desde el Tuc de Mulleres.

Hace casi un año que culminé mi travesía y con ella este blog. Pero…. (siempre hay un pero) pese a los 840km recorridos y los más de 40.000m de ascensión acumulada quedó una espinita: el día en que, después de Benasque, quedé encallada en la Artiga de Lin, en el Valle de Arán, sin saber por dónde tirar y tuve que “tirar” de chófer y retomar en la boca sur del túnel de Viella. Veinte kilómetros escasos en los que perdí mi preciada continuidad y una promesa: volver y resarcirme. Cerrar el bucle y romper la maldición que me impedía pasar andando entre estos dos hermosísimos valles del Pirineo central.

 

Y he vuelto. Y ayer y antes de ayer atravesé no una, sino dos veces, la mole montañosa que separa el Valle de Benasque del sur del Valle de Arán en una “mini” travesía circular tan dura como gratificante.

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Enfocando el final del Valle de Benasque y rodeada de marmotas (que no, no salen en la foto). Al fondo, a la izquierda, el Forcanada, y a la derecha, mi destino, el Tuc de Mulleres (3010m).

La primera etapa: destino el refugio de Conangles, muy cerca de la boca del túnel, por el Tuc de Mulleres, ¡mi primer tres mil!. La segunda, vuelta al Valle del Ésera, junto a Benasque, por Vallibierna, siguiendo el GR11. Muchas horas de andar. Muy poca gente en el recorrido. Reencuentro con esos paisajes mágicos dominados por lagos, glaciares y torrentes. Neveros. Rocas por las que trepar y destrepar. Caminos que se pierden en la inmensidad pétrea. Cielos azules. Flores que nacen entre las rocas. Marmotas, muchas marmotas. Prados. Pendientes imposibles. Cansancio. Pies destrozados. Satisfacción inmensa.

 

Mulleres es un pico, es un collado y es una leyenda. Es el paso obligado de la ARP en cualquiera de sus versiones y es, casi con toda seguridad, la etapa más difícil de toda la travesía. Y no precisamente por la larguísima (y bellísima) subida desde el Valle de Benasque, sino por los 1500m de descenso sin tregua por un camino terrorífico (si es que a “eso” se le puede llamar camino) en el que, salvo el alivio visual momentáneo del lago de Mulleres y de las esporádicas y muy caudalosas cascadas que puntúan el descenso, todo es piedra.

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El Collado de Mulleres visto desde el Tuc de Mulleres. Es la arista que queda entre los dos neveros y el camino normal de bajada, el que evito, atraviesa el de la derecha.

Piedra de mal pisar y de mal seguir. Piedra que obliga a la concentración máxima y que hace el descenso extremadamente lento. Piedra fea ¡y eso que yo soy una enamorada de la piedra! Y piedra que, ya al comienzo del descenso, constituye un auténtico desafío al vértigo. Porque tras el collado, apenas una estrecha cornisa, se abre el abismo. Y si no fuera porque hay no uno, sino dos caminos señalizados, nadie diría que es posible descender por allí. Elijo el segundo, el más vertical. Y no por querencia al riesgo (cuando la vida está en juego, no hay espacio para retos tontos) sino porque el primero me conduce a un nevero que se me antoja imposible de cruzar sin crampones. Necesito las manos, los pies, la cabeza…, ¡todo el cuerpo!, para deslizarme, poco a poco, por una estrecha grieta que aterriza en un estrechísimo y resbaladizo camino. A partir de ahí, más camino, varios neveros que atravesar con extremo cuidado, nuevos descensos imposibles y un terreno tortuoso, pedregoso y vertical atravesado por torrentes que, ya hacia el final, se inunda de vegetación.

 

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Lago de Mulleres. Ya he bajado mucho, pero queda mucho más…

Pero ¿Y el momento en el que se llega a los 3010m de altura y se contemplan las montañas de alrededor, Aneto incluido, como si estuvieran al alcance de la mano?¿Y la sensación de sentirse en la cima del mundo?¿Y la panorámica, por un lado de la Maladeta, y por otro de los Besiberris? No hay palabras. Y si las hay, no valen nada.

 

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La tartera de subida al Coll des Estanyets.

Cuando llego a Conangles son casi las ocho de la tarde. Llevo andando desde las ocho y media de la mañana casi sin parar. Es la hora de la cena. A las nueve estoy en la cama y a las seis y media levantada para iniciar la vuelta. Y esta vez no encuentro vistas equiparables a las de Mulleres pero la etapa entera es hermosísima (dura y larga pero hermosísima). Y como es obvio, si llegue hasta aquí descendiendo 1500m, ahora toca ascenderlos de nuevo. Un ascenso en etapas: primero atravesando el bosque del Valle de Salenques hasta llegar a los estanys d’Anglos (donde me baño); luego subiendo al Collet des Estanyets por una ladera rocosa en la que, desde abajo, es imposible atisbar un camino; después descendiendo hasta el Estany del Cap de Llauset donde me sorprende un nuevo y reluciente refugio; y a partir de ahí, siguiendo hacia el punto culminante del día, el Collado de Vallibierna, que se antoja lejanísimo y al que llego tras superar tres sucesivos repechos. Desde allí ya puedo ver los lagos del mismo nombre e intuir el final de la etapa. La bajada, aunque también pedregosa y tortuosa, es mucho más corta y agradable que la de Mulleres.

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Vista de los lagos de Vallibierna desde el Collado de Vallibierna. Ya “solo” queda bajar.

Hoy me duele el cuerpo, me han salido ampollas en los pies (¿por las botas nuevas?¿por haber andado con los pies mojados casi todo el día después de resbalar en un arroyo?), vuelvo a tener alguna que otra magulladura, varias picaduras y unos pocos arañazos. Una línea nítida separa, en mis brazos y en mis piernas, la parte expuesta estos días al sol de la que ha estado tapada. Lo normal. Hoy me siento bien. Hoy tengo la casi total certeza de que, el próximo verano, volveré a cruzar el Pirineo.

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Desde el Tuc de Mulleres. Panorámica mirando al este. A la izquierda, el Collado de Mulleres. Abajo, el lago. Al fondo, muy al fondo, los Besiberris.

 

 

Epílogo. Cap de Creus: ¡Todos mis agradecimientos!

Cap de Creus (1)

Cap de Creus (1)

Sumergida todavía en plena resaca pirenaica y con la maravillosa vista de la costa de Cap de Creus por delante, solo me queda (me sale) el agradecimiento a todos aquellos que con sus comentarios, sus palabras de ánimo, su presencia, su conversación, su compañía, su ser, su estar, su ayudar… han sido copartícipes de este verano que no sé si ha sido el mejor de mi vida pero, desde luego, sí el más especial y el primero dedicado íntegramente a realizar un sueño.

Agradecimiento a mi madre. Por haberme legado el empuje y la energía necesarios para emprender grandes empresas. Por haber pasado, a lo largo de estos días, del horror a lo desconocido a la comprensión del reto, y por saber vencer las barreras informáticas para poder seguirme virtualmente.

Agradecimiento a toda mi familia sevillana. A Rafi, por su apoyo, su escucha, su serenidad y sus siempre acertadas palabras. A mis queridos PHB: Miguel Ángel y su sarcasmo inteligente; Alfonso y su entusiasmo a prueba de todo; Antonio y sus comentarios siempre pensados y siempre ingeniosos; Rocío y su cariño y cercanía (el alma del grupo esté o no presente). Y a todos los allegados que también han ayudado a que mi ánimo no decaiga: Julia y Ángel, Teresa y Marcos, Patricia y Javi…

Cap de Creus (2)

Cap de Creus (2)

Agradecimiento a todas las personas maravillosas que me he ido encontrando por el camino: la pareja que me invitó a café en Egurgui; Verla, compañera de cerveza y cena en Iraty; los alemanes de Larrau, que me dieron fruta y agua; los belgas de Acherito, que me obsequieron con dos litros de agua con limón y me “regalaron” un paseo por el Valle de Echo; Ramón, el ciclista de Guarinza con quien compartí cena y conversación en Candanchú; Amparo, la dueña del maravilloso hotel Edelweis; Natalia y Richie, compañeros de penurias y alegrías; Alicia, americana extrovertida y luchadora de espíritu aventurero; las chicas de Respomuso; los ganaderos de Bujaruelo; Jerry, el amigo inglés reencontrado diferentes días; la familia que me recogió en la bajada a Bordas de Graus y la pareja que me orientó cuando andaba perdida en la subida al Col de la Cornella; Jan, del refugio de Certascán; Josep Maria, que descubrió mi lado vasco; Carme y Nerea, del refugio de Sorteny; Gregory, que bajaba del Carlit cuando yo lo subía y me pidió que me acordara de él cuando llegara a Cap de Creus; el montañero solitario que me indicó ese mismo día el camino, nada evidente, de bajada; el taxista que me cayó del cielo en las cercanías de Eyne; Esther, caminante solitaria como yo; Richard y Marie, mis anfitriones de Coustouges; Sergi y Ana, los jóvenes del refugio de las Salinas; Joan y Pau, que planean hacer la ruta completa el año próximo… y todos aquellos de los que me pueda estar olvidando.

Agradecimiento a mucha otra gente cercana: a mis compañeras Cristina y Auxi; a Diana y Esther, amigas del alma; a Nacho, amigo siempre aunque nos veamos tan poco; a Salva que me advirtió de que mi mochila pesaría más de ocho kilos (como yo pretendía en mi optimismo prepirenaico); a toda la familia de Atlas Natura (Carme, Merçe, Marti, Quique, Txell y tantos otros) y a la de Apeu.cat (entre ellos, Trini, Pauli y Fina, perfecta consejera de restaurantes para celebraciones especiales). Y un más que especial agradecimiento a Ramon, que me proporcionó GPS, mapas, tracks y mucha valiosa información para emprender esta travesía; que ha asumido el papel de soporte permanente telefónico y ocasional sobre el terreno y que me ha recibido a la llegada.

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Finalmente, agradecimiento a Lola Hernando, que no me conoce (ni yo a ella) pero que fue, desde el principio, mi inspiradora principal ya que su propia travesía pirenaica abrió para mí la posibilidad hasta entonces inimaginada de emprender el camino completo y en solitario. Nunca lo habría hecho sin conocer su historia.

Gracias a todos, y a todos los que haya podido olvidar, y ¡hasta la próxima!

Día 42. Coll de Banyuls-Llança: La venganza del gigante.

Amanecer desde el Coll de Banyuls. La foto no hace justicia.

Amanecer desde el Coll de Banyuls. La foto no hace justicia.

El Pirineo se venga de mí por osar atravesarlo. Y lo hace complaciendo todos mis deseos (¿recordáis aquello del “ten cuidado con lo que pidas, no sea que se te conceda”?). ¿Que quería calor? Un sol de justicia. ¿Que no quería zarzas? Nada de zarzas, solo miles de brotes de encinas (con hojas de picos afilados) y aliagas (para que nos entendamos, el arbusto del que debieron hacer la corona de espinas de Cristo), todas ellas en densidad, proximidad y abundancia mucho mayores que las de las zarzas del otro día. ¿Que quería perspectiva? Un camino que recorre las crestas (a pleno sol) de un cerro pelado detrás de otro. ¿Que quería caminos anchos? Kilómetros de interminables pistas resecas (también a pleno sol).

Aliagas (creo)

Aliagas (creo)

Y además, el mar, tan cercano ayer y tan próximo esta noche, se aleja en vez de acercarse y se esconde detrás de las últimas manifestaciones montañosas con las que los Pirineos acaban sumergiéndose en sus aguas. Porque la costa que ayer veía era la francesa y hoy toca dirigirse al sur, a una costa más lejana, que solo permite ser vista a escasa media hora del final. Desesperante. ¿Quién dijo que por ser la última etapa fuera a ser fácil?

A pleno sol.

A pleno sol.

Un día duro que ha comenzado con el ritual, casi religioso esta vez, de preparación de la mochila, poco después de asistir a un salida del sol espectacular: una bola de fuego roja surgiendo del mar que ilumina poco a poco el entorno y que anuncia un día especial. Recoger el saco, la colchoneta (que hoy, justo hoy, se ha pinchado definitivamente), los últimos restos de comida, ordenar la ropa, revisar que esté todo, encender el GPS… Lo dicho, un ceremonial cuarenta y dos veces repetido que hoy realizo con especial consciencia y cuidado.

Por fin, al fondo, Llamça.

Por fin, al fondo, Llança.

Y he llegado. Y me produce escalofríos el pensar que el mar que veo está a 900km de aquel por el que empecé (y después de mucha subida y bajada, y piedra, y caminos de todos los tipos imaginables –y algunos inimaginables–, y paisajes increíbles, y…) Y toca relajarse y celebrarlo y mañana hacer un último esfuerzo, una pequeña propina, para llegar al precioso y salvaje Cap de Creus y sentir, definitivamente, que esta aventura ha acabado como se merece. ¿Continuará?

Por visotros!

Por vosotros!