Empezar julio es Norte, es montaña, es Pirineo. Aunque ando un poco descolocada porque mi ilusión hubiera sido repetir, diez años después, la travesía completa, y no ha podido ser. La idea era hacerla «de vuelta», es decir, en sentido contrario, de Este a Oeste, del Mediterráneo al Cantábrico, a modo de despedida, de cierre simbólico. Pero no acabo de sentirme ni suficientemente en forma ni con suficientes fuerzas, y el cuerpo no acaba de acompañarme (y vale, sí, esto empieza a ser un clásico, pero qué le vamos a hacer). Así que finalmente el objetivo es, sobre todo, alejarme del calor sevillano sin descartar, ni qué decir tiene, alguna que otra excursión.

Y en esas estoy cuando aterrizo en Espot. ¿Cuantos estanys negres, estanys gelats y estanys perduts o amagats hay en Pirineo Catalán? Por muchos que sean (y lo son) hay algo misterioso en cada uno de estos nombres que invita, siempre, a descubrirlos; y siempre que en los últimos años, y rondando por Espot, he pasado junto a cada una de las pistas por las que se inicia el ascenso al Estany Negre de Peguera, me he quedado con las ganas. Hasta ahora. Ya toca.

Después de barajar las distintas opciones, decido intentar una circular y empiezo a andar desde el parking del Prat de Pierró, donde hay que dejar, sí o sí, el coche. Una posibilidad habría sido coger uno de los taxis que suben a Sant Maurici pero, como casi siempre, prefiero ir andando para disfrutar del camino, del paisaje, del bosque, de las montañas, del suave ascenso por el valle… Y también de la banda sonora del río que lo recorre, el Escrita. Con todo eso, llegar a Sant Maurici se hace corto. Una vez allí toca torcer ligeramente a la izquierda y continuar por el valle de Monestero. Mi deseo es hacer la circular que he visto sobre el mapa y voy con la tranquilidad de saber que todo estará bien señalizado (ventajas de andar en un parque nacional) pero voy sin expectativas. Lo principal, este año, es no pedirle al cuerpo más de lo que pueda dar. No forzarlo.


Y en ese cuidar del cuerpo, este año casi cambio la cita pirenaica por una especie de reseteo corporal. Un intensivo de quince días practicando una de esas técnicas que cuando te las cuentan te suenan a milonga pero que cuando las pruebas –y aunque no podrías decir si es casualidad o hipnosis (porque no acabas de asimilar que sea ciencia)– constatas que funcionan. La técnica en cuestión es el Método Feldenkrais y busca desarrollar la conciencia corporal a base de repeticiones lentas de movimientos mínimos. Una paranoia de lo más efectiva. Pero tampoco pudo ser. El curso se suspendió. ¿El destino, a pesar de todo, no quería que abandonara este año la montaña? Posiblemente.

A lo largo del valle de Monestero, el camino se va volviendo más estrecho y empinado, pero sigue siendo lo suficientemente amable como para poder disfrutarlo. Mientras subo, recorro con la vista las montañas que me rodean: a la izquierda han quedado Els Encantats; a la derecha, Sobremonestero; y al fondo se va intuyendo el Peguera. Y pienso en cómo los años me han cambiado la forma de mirar la montaña. Al principio la atención parecía andar siempre abstraída en las pequeñas cosas que se encontraban a lo largo del camino: las flores, los helechos, el musgo abrigando (y abigarrando) las piedras en esos bosques encantados que son todos los de por aquí… De hecho, las fotos de esos primeros años son una colección de preciosos detalles, casi, casi se diría que forman un catálogo floral. ¿No es eso la mirada dirigiéndose, preferentemente, hacia abajo?

¿En qué momento cambió? ¿En qué momento empecé a mirar hacia arriba y a caminar permanentemente sobrecogida no solo por la belleza de lo pequeño sino por la majestuosidad del entorno? Al pensarlo no puedo evitar asociar este cambio a lo que me ha ocurrido en las pocas clases de Feldenkrais que ha dado hasta ahora. En ellas también se empieza por la atención a lo mínimo, a lo pequeño, a la sensación minúscula, para terminar, paradójica ¿y milagrosamente? con el cuerpo más ligero, la posición más erguida, ¡y la vista más elevada! Empezar mirando adentro para terminar mejorando la visión del afuera. Comenzar por lo pequeño y llegar, naturalmente, a lo grande. Aprender a ver, elevar la mirada, integrar lo pequeño con lo grande, la flor con la montaña, la autoconciencia corporal con el movimiento… Y el cuerpo con esta naturaleza que nunca acaba.

Para llegar al lago Monestero hay que sobrepasar un primer tramo de piedra, una tartera que, aunque es corta y sencilla, ya anticipa lo que se avecina porque, una vez sobrepasado el lago, el valle se acaba y toca subir sus laderas empinadas. Para coger fuerzas, me quedo un rato mirando el agua, hipnotizada por su increíble color turquesa, y vuelvo a plantearme si seguir o dar la vuelta. ¿A quién quiero engañar? ¿Volver?… Para eso siempre estoy a tiempo, ¿no? Así que inicio, ahora sí, el verdadero ascenso, aunque ya lleve hechos unos 600 m de desnivel. Y sigo. Y 300 m más arriba, cuando el camino se bifurca, toca decidir de nuevo. ¿Por qué collado seguir? ¿El de Monestero o el de Peguera? No hay mucha diferencia de altura entre ellos (ambos rondan los 2700 m) pero la bajada es más corta por el primero, así que elijo ese.

Y poco después, cuando la tartera arrecia, recuerdo que no he puesto el GPS y que, por mucho que el camino esté indicado, si tengo que volver, no vendrá mal saber exactamente por dónde hacerlo. Empiezo a grabar aquí. Los últimos metros hasta el collado me recuerdan la subida al Carlit por la cara oeste. Por la verticalidad y por la grava fina de un suelo que se desmorona con cada paso, impidiendo el avance. Son subidas épicas, parecen imposibles, pero se consiguen. Mientras progreso lenta y penosamente, y ya aceptando que el volver por el mismo camino no es una opción, ruego que al otro lado la cosa sea diferente. Y lo es. ¡Gracias Diosa!




El collado, con el Monestero a un lado y el Peguera al otro, ambos a poco más de 100 m de altura sobre lo ya hecho, y por tanto cercanos y accesibles, es impresionante. Pero no me quedo mucho. Hay nubes negras al sureste y no me fío nunca, en montaña, de lo que puedan hacer. Y aun así, la bajada es un placer. El camino es amable y mullido y discurre serpenteando los lagos de Peguera. Indudablemente son hermosos pero… nada que ver con el que es mi destino: el Estany Negre. Rodeado de paredes de roca, sus aguas son oscuras, sí, pero limpias y transparentes… Un espectáculo. Como también lo es la vista, desde arriba y a lo lejos, del Refugi de J. M. Blanc junto a los lagos Trullo y Tort de Peguera. ¿Esto es España o es Suiza?


A partir de aquí ya todo es bajar por la pista por la que, aunque parezca increíble, se accede con Jeep al refugio. El primer tramo se hace pesado por su suelo empedrado. El segundo, por lo largo. Entre ambos, las vistas son impresionantes y paro varias veces para contemplar, a lo lejos, la cadena montañosa que se dibuja al otro lado del valle. Y me veo repasando, como si de una letanía se tratara, los nombres de cada una de sus puntas: desde el Mont-Roig, a la izquierda, a la Pica d’Estats a la derecha. Es así como las he aprendido, a base de escuchar nombrarlas una y otra vez a lo largo de los años, en un proceso plenamente oral que, como tal (y ahora me doy cuenta) viene acompañado de una carga emocional muy diferente a cualquier otra forma de aprendizaje. La oralidad nos vincula a la persona de quien procede el mensaje al tiempo que supone una responsabilidad: la de convertirse, una misma, en la portadora de este ya que, de otra forma, y puesto que las vidas y las memorias son finitas, se extinguiría. Me emociono al pensarlo y eso me hace mirar el horizonte de una forma diferente –desconocida, agradecida– y decido asumir, conscientemente, esa nueva responsabilidad.

Cuando acabo, agotada, no puedo saber cuántos kilómetros he hecho –más de veinte, seguro– pero lo que sí sé es el desnivel de la etapa: 1700 m. Una barbaridad. Contenta.
Hola, me gusta mucho leer tus impresiones sobre la montaña. Comparto la mayoría de ellas. Hace bastantes años hice tu ruta pero en sentido contrario y al llegar al collado y ver aquella bajada de rocas y arena se nos hizo muy largo hasta el Mallafré.
Buenas rutas…
Saludos
Me gustaMe gusta
Hola Sergi! Encantada de saludarte y de saber que te gusta lo que escribo. ¡Las bajadas! ¡Lo mal que puede llegar a pasarse en ellas! Totalmente de acuerdo. Un saludo!
Me gustaMe gusta
¡Que ilusión que este año volvamos a tener senderismo y lectura de la buena!
¡Mucho ánimo y nos vemos a tu vuelta!
Me gustaMe gusta
No sé yo cuánto va a durar este año pero… algo habrá, sí. Deseando veros. 😄
Me gustaMe gusta