Historias del Cabo: de Alegría a Ulli Butz

El día que nació Alegría, el 12 de julio de 1997, fue mi primera vez en Cabo de Gata. Llegué en coche desde Málaga con una pareja de amigos que en esa época de mi vida lo eran todo, pero cuya amistad se truncó inexorablemente poco después. Dormimos en un hotel en medio de la nada, junto a la playa, y solo recuerdo el viento y la sensación que me quedó de que este era un lugar inhóspito. Aun así, compré un montón de postales en blanco y negro de plantas solitarias, extrañas, retorcidas… bellísimas, que todavía conservo.

La segunda vez, fue diez años después, con Diana, la madre de Alegría. Juntas compartimos viaje iniciático en un mes de agosto de mar bravo en el que celebramos nuestra vuelta a la soltería. De su mano, entre anécdotas, confidencias, comidas y risas, muchas risas, conocí los senderos y los paisajes que ahora recorro cada año. Y aquí empezó el cosquilleo que luego se convertiría, en las navidades del año del Covid –por obra y gracia de las restricciones a la movilidad, y también por lo que ya se anunciaba como comienzo de un nuevo desamor– en rendición total por la magia de este lugar.

Cabo de Gata son playas. Es paisaje volcánico y desértico. Son calas y senderos y colinas y viento y polvo y formas caprichosas. Es la cerámica de Níjar. Son ruinas. Son restos de madera o plástico que aparecen en las calas, todas diferentes: de arena clara u oscura; de piedras grandes o pequeñas, lisas, rasposas, imposibles… Y son ropas y zapatos sueltos entre los matorrales. Pero también son gatos y pueblos con idiosincrasias propias: San José, el más grande y variado pero aun así rural. Las Negras, más «hippioso», más alternativo. Aguamarga, a veces un pueblo fantasma y a veces atestado de ruido. Y Rodalquilar, el pueblo más guiri del Parque cuyo slogan, pintado en las ruinas de las casas de los antiguos mineros, «enjoy the silence», invita a la introspección.

Aquí, a un par de kilómetros del mar, en la falda del Cerro del Cinto, todas las casas son blancas, bajas, cúbicas… ninguna concesión a lo ornamental en la arquitectura salvo los lienzos que reproducen fotografías y cuadros de artistas locales pegados a las fachadas. Salvo las flores de pita secas y teñidas de tonos azules. Salvo las buganvillas… y los girasoles de Ulli Butz.

Una de las tiendas de Rodalquilar, con los inevitables girasoles de Ulli Butz

En la calle principal de Rodalquilar hay dos tiendas, una frente a la otra, ambas regentadas por extranjeros y ambas exquisitas. La dueña de una tiene un perro. El dueño de la otra tiene dos gatos, dos de tantos de los que se mueven por aquí. En Rodalquilar vive la familia de Verónica, mi casera, hija de madre brasileña y padre rodalquilareño y casada con un alemán. Su hijo lleva el Samambar, en la plaza del pueblo. Y en Rodalquilar vi por primera vez las indalinas y los girasoles de hierro de Ulli Butz. La indalina la encontré en los apartamentos de Verónica. Ella me dijo donde comprarla y desde entonces está junto a mi cama. Los girasoles… A poco que una pasea por estos pueblos repara en ellos. Altos, esbeltos, adosados siempre a muros blancos. A veces aparecen cuando se dobla una esquina. A veces, junto a una puerta. A veces, simplemente, están ahí. Lo que no imaginaba era hasta qué punto estaban relacionados la una y los otros.

Mi indalina, en su rinconcito, junto a una de las muchas fotos de árboles retorcidos que tengo del Parque y el un precioso grabado regalo de mi último cumpleaños.

Hace dos años conocí al escultor, el artesano alemán que se instaló por aquí y comenzó a hacer obras con materiales reciclados. Fue él quien me contó que el cuerpo triangular de la indalina procede de los restos de metal sobrantes de los girasoles. Un sobrante cuya forma también le inspiró para crear los arbolitos de navidad con los que he regado las casas de mis amigas. Este año ya no hay indalinas a la venta. El no verlas me hizo sospechar. Ulli enfermó el año pasado y ya no puede seguir fabricándolas. Ya no habrá tampoco girasoles nuevos en nuevas fachadas. Y ya no habrá más árboles de navidad que regalar. Aun así, la huella del escultor ya es indeleble y sus piezas icónicas. Sus girasoles, esos que permanecen en cada rincón de cada pueblo del Parque, seguirán hablando de él, y su indalina seguirá guardando mis sueños.

Alegría hoy es una joven extraordinaria de 27 años y su madre y yo seguimos conservando la amistad y el amor por estas tierras.

Cambia el año, cambia la luna, cambia el viento…

Seguimos con las tradiciones pero no, porque este año el baño inagural no lo he hecho el 1 de enero sino el 2. Y no lo he hecho en el Playazo sino en los Escullos. Pequeñas diferencias sin importancia porque lo importante, como siempre, es la sensación. De libertad, de limpieza, de plenitud, de agradecimiento, de esperanza…

El día uno, ayer, me levanté temprano. Quería ver, una vez más, amanecer. Subí de nuevo a la Torre de los Lobos y me senté mirando al mar. Había nubes en el horizonte. Hacía frío. Hacía viento. Metí las manos en los bolsillos del plumas, me subí la capucha y esperé, sentada, el milagro del día a pesar de saber que no sería el mejor de los amaneceres. Lo que no esperaba es tener interrupciones pero estas son las sorpresas de la vida. Una cosa son las expectativas y otra la realidad. ¿Hola? Una voz me sacó del ensimismamiento y ya no paró hasta que el día quedó, definitivamente, inaugurado. Lo bueno es que ni siquiera me molestó, solo me produjo curiosidad.

La voz era la de Javier, cacereño, profe de educación física y hablador, muy hablador. ¿Se puede conocer la vida de alguien en 15 minutos? No sé. Pero sé que la madre de Javier murió el año pasado, que él quiere que sus cenizas las tiren justo aquí cuando muera, que lleva 27 años con su mujer y que es padrastro y abuelastro de una niña que ha criado como a su hija. ¡Disfrutemos el momento!, decía mientras me pedía que le hiciera una foto y me contaba sus cosas. Curiosa forma de disfrutar el momento, pensaba yo. Un año nuevo, desde luego, diferente. El resto del día fue poco memorable. Mal tiempo, mucho viento, pocas ganas de hacer nada, paseo al Playazo por si acaso, vuelta y… ¡la luna!

El Playazo en la tarde de Año Nuevo

A punto de entrar en la Posidonia la veo. Apenas una estrechísima línea curva encima de la montaña. Preciosa, increíble, mágica. Una luna que sé que significa cambios. A mejor. Y hoy, día 2 de enero el tiempo es fantástico, estreno la manga corta e inauguro formalmente el año paseando las playas entre la Isleta del Moro y los Escullos, por un sendero que todavía no había hecho, hasta encontrar el sitio perfecto para zambullirme. El viento ha parado y lo poco que sopla ya no viene del Norte sino del Sur. ¿Gente? En las playas, muy poca. Bañándose, apenas tres personas, yo incluida. El mar sigue algo movido y el agua está fría. Da lo mismo. El nuevo año lo merece.