Somiedo: de lagos y amores.

León es mucho León. Y en estos días que paso con Esther, los últimos antes de que se mude al otro lado del Océano, me cuesta decidir el dónde de mi escapada montañera. Ideas no faltan: Picos como el Mahón (por descubrir) o el Yordas (que ya subí hace unos años, pero con niebla y frío, lo que me impidió ver las vistas); peñas impresionantes, como las Ubiñas; bosques de hayas; caminos mil… Pero al final me dejo llevar por las ganas de verde y agua y me vengo a Somiedo, a hacer una ruta circular que descargo en el último momento de Wikiloc y que promete ser entretenida ya que recorre los lagos de Saliencia y el Lago del Valle. Unos dieciocho kilómetros y cerca de 900 metros de desnivel. O eso dice la descripción.

Toca madrugar, coger el coche y hacer cerca de hora y media hasta el Alto de la Farrapona donde, a pesar de ser agosto, hay muy poca gente. Apenas dos parejas y una familia. Y yo. Son las diez de la mañana, sopla un viento frío, y no hay cobertura. Hace mucho que no ando y hace mucho que no escribo. ¿Será (es) que las cosas van bien y los días pasan fáciles, felices? Pienso en ello mientras me asomo al mirador que hay a poco de comenzar la pista y cuando me encuentro, poco después, con el primero de los lagos, el lago de la Cueva. Estoy en Asturias pero el paisaje es de alta montaña. Estoy contenta con la elección.

Esther y la montaña llegaron casi juntos a mi vida. La amistad con la primera acaba de cumplir su mayoría de edad y la pasión por la segunda apenas tiene un par de años más. Lo que siento por ambas es, indudablemente, amor, amor del bueno. Son amores diferentes que han crecido, evolucionado y madurado paralelamente mientras que, curiosamente, otro amor, ese al que solemos limitar el uso del término, ha seguido una trayectoria inversa, descendente, triste, decepcionante… ¡Lo que dan de sí veinte años!

El camino más habitual gira a la izquierda, hacia el Lago de Cerveriz, pero yo sigo recto, hacia el Lago del Valle (y el Valle del Lago, bonito juego de palabras). Y es aquí cuando empieza la soledad. Nadie parece seguir esta ruta salvo un grupo a caballo que me sobrepasa mientras atravieso una mullida pradera que, a pesar de sus tonos ocres, todavía mantiene algo de verdor. Tengo que volver en primavera. En esa época debe ser espectacular.

Como el camino, de momento, es fácil, el pensamiento florece. En este verano tan diferente en el que apenas he andado y en el que he visto más las montañas desde abajo que desde dentro, no he podido evitar el que a veces (pocas, aisladas, menos mal) me haya vencido mi propio FOMO, mi sensación de que cada día de verano que pasa sin hacer una ruta es una terrible ocasión perdida. Sin embargo, hoy, gracias a esta comparativa amorosa que me hago, me doy cuenta de lo ilógico que es el contraste entre la naturalidad con la que acepto los cambios para unas cosas mientras pretendo que otras sigan siempre imperturbables. Cómo mientras que la amistad se adapta, fluida, a las circunstancias, variando y fortaleciéndose con cada cambio, me cuesta aceptar que otras circunstancias (físicas, pero no solo) condicionen mi relación con la montaña en lo más mínimo. ¿Por qué tengo ese sentimiento de pérdida, de nostalgia, a medida que cumplo años y las grandes travesías parecen alejarse? ¿Y por qué, sin embargo, veo alejarse a quienes quiero pero la alegría de verles empezar una vida nueva y elegida puede a cualquier resquicio de tristeza?

Pasado el Collado Albos me encamino al Valle del Lago y ahora sí, el camino empieza a ser más estrecho y exige más atención. Así será hasta el final de la ruta. Me encanta este paisaje de verde y roca. Y me encanta esta tranquilidad. A medida que voy descendiendo y empiezo a ver el Lago, la temperatura comienza, poco a poco, a subir, y el cielo, totalmente nublado cuando he comenzado a andar, se va, poco a poco, abriendo. Voy relajada, disfrutando, aunque en algún momento del descenso, y visto que no he traído batería extra, decido dejar de grabar mi propio track e ir comprobando solo de vez en cuando, en el que me he descargado, que sí, que voy bien. Y aún así desciendo demasiado (la atracción del lago, supongo) y me toca remontar. No pasa nada.

Entre lo más bello del día de hoy están los rebecos (o sarrios, o rebecus, que no sé muy bien cómo los llaman por aquí). El primero lo he visto muy cerca del lago de la Cueva; luego veo un grupo de seis o siete repartidos en una ladera justo al lado del camino; y cuando paro para comer, antes de emprender la bajada hacia el Valle del Calabazoso, puedo ver, de lejos un grupo grande, de varias decenas, paciendo tranquilamente.

Siempre me ha intrigado el por qué los descensos se hacen mucho más largos que los ascensos. Pero hoy, especialmente, me parece que bajo mucho más de lo subido. No tengo la sensación, para nada, de haber salvado un desnivel de casi novecientos metros y por eso me asombra verme descender durante tanto rato mientras contemplo, primero, el Lago de Calabazoso y llego, después, por fin, de nuevo el de la Cueva. Ruta completada. Preciosa.

El final luminoso y refrescante llega con el puesto que hay justo al lado de donde he dejado el coche. Pocas cosas son tan gratificantes como una cerveza al final del camino. Bueno, sí, algunas lo son mucho más, como las reuniones de amigas en las que se piden deseos que terminan por cumplirse y el volverse a enamorar. Como siempre, como nunca.

Mientras Esther vuela, Enrique me espera, y la montaña siempre estará ahí para disfrutarla de cualquier manera.

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