Me encanta andar entre piedras y por piedras. Dibujando el camino a cada paso. Jugando a decidir, de entre todas las posibilidades, dónde voy poniendo los pies. Como cuando era pequeña y el entretenimiento consistía en solo pisar un tipo de baldosa, o una de cada dos, o solo el blanco de los pasos de cebra, o en hacer equilibrios sobre un bordillo… Jugar. Eso es a lo que me animan estos caminos de montaña, como el de hoy, en los que casi todo son piedras: más o menos grandes, mejor o peor puestas, escalones enanos o gigantes, largas piedras lisas, pedruscos que ayudan a salvar un torrente…





Jugar, o también, y según se mire, meditar. Porque este juego obliga a la concentración (y más si una anda todavía con precaución postoperatoria). Una meditación que se acentúa en las bajadas y que hoy se prolonga durante casi cinco horas: las que tardo en ir y volver desde la presa de Cavallers, al final del valle de Boí, hasta el refugio Ventosa i Calvell, uno de los nueve refugios del Parque Nacional de Aigüestortes. Unos doce kilómetros y unos 600 metros de desnivel.

Cuando empiezo la ruta no tengo claro hasta dónde llegaré. Voy sin expectativas. A expensas de este cuerpo menopáusico mío que empieza a recordarme que la edad no solo está en la cabeza. Si hace diez años sudaba y resollaba en las subidas pero recuperaba rápidamente y aguantaba lo que me echaran, ahora, que estoy mucho más en forma que entonces (y que sudo y resuello mucho menos), a veces me siento sin fuerza y me cuesta más recuperar. Pero… Pero por encima de todo está siempre el optimismo: seguro que eso se arregla con nutrición. Así que recuerdo el curso de Marta León que me regaló Esther sobre el tema de la alimentación en la menopausia y una entrevista con Carlos Alix en LQTMD que también me llamó la atención. Y me prometo recuperarlos y aplicar todo lo que pueda.




Sin embargo, a pesar de ese «sin expectativas» o quizá precisamente por él, una vez bordeada la presa, cuando comienza el ascenso, ya no puedo parar. Supongo que es, en parte, el efecto de la euforia por el espectacular paisaje de alta montaña que me rodea y en el que domina, por encima del resto, el macizo de los Besiberris (una cresta formada por cuatro tres miles de ascensión complicada, y que, siempre al oeste, van quedando atrás conforme avanzo). Y supongo que también cuenta el que el camino está bien señalizado y su diseño, con un desnivel constante pero controlado que se adapta suavemente a la montaña, lo hace relativamente sencillo.


Sencillo, sí, que no monótono. Porque debido a sus grandes curvas y a los sucesivos repechos y recodos, el trayecto es difícil de intuir desde abajo. Como también es difícil imaginar, hasta que va apareciendo, toda la belleza de los prados, torrentes y cambios de paisaje inesperados que van surgiendo conforme se asciende y que convierten la subida en una maravillosa sorpresa continua. Casi sin darme cuenta, empachada de montaña, llego al Estany Negre y, bordeándolo, al refugio.


La bajada exige más concentración y por tanto más cansancio. Y me devuelve al cuerpo, a la «meditación». Tengo ganas de poder bajar de nuevo corriendo. Ya llegará.