Hace unos días comenzaron, de nuevo, los incendios: Italia, Grecia… y Sicilia, también Sicilia. El fuego, su capacidad de destrucción, la impotencia terrible que conlleva, siempre me encoge el corazón, arrugándolo hasta convertirlo en una nuez ennegrecida, pero estos días, además, hace que resuene en mí el post no escrito de la pasada semana santa (lo siento, me resisto a escribirla con mayúscula, supongo que es lo que tiene el ateísmo). Nunca es tarde, ahí va.




Sí, esta última semana santa viajé a Sicilia. Era un viaje largo tiempo pendiente que se materializó al fin por el empujón (¿o más bien por la patada en el culo?) que Esther tuvo a bien darme en forma de regalo de billete de avión (¡tantas cosas que agradecerle!) después de haberme oído hablar mil veces de esta isla que se me antojaba mágica y de la que todo el mundo contaba maravillas. Y fui, y volví, y unos meses después se que las llamas han borrado parte de lo que vi convirtiendo ese viaje en una suerte de punto de no retorno y haciendo que la memoria se vuelva, si es posible, aún más importante de lo que habitualmente es.



Este fuego de ahora contrasta con el frío de entonces. Cosas de un clima al que hemos vuelto loco y que hace que en Sevilla se achicharraran en abril al tiempo que yo no me separaba del plumas en mi escapada siciliana. De hecho fue allí donde vi por última vez la nieve, en el Etna. Y no fue poca. La noche anterior a mi intento de ascenso cayó tanta que me obligó a elegir entre andar sumergiéndome hasta las rodillas en ella o caminar tras las quitanieves. No llegué arriba, pero la experiencia fue increíble e incluyó el inaugurar, ese día, el telecabina.



Leo que el fuego se ha aproximado a Catania y Taormina y siento un ataque agudo de nostalgia. Nostalgia de esta última, de su entorno de exuberantes colinas floridas que miran al mar, de mansiones, de glicinias, y sobre todo, del maravilloso teatro que la corona. Me rindo ante él y ante esos griegos que eligieron el mejor de los lugares posibles para situarlo. Y nostalgia de Catania, que visité sin muchas expectativas pero en la que me topé con la Via dei Cruciferi, y ahí, y aún sin ser el Barroco mi estilo favorito, tuve que tragarme todos mis prejuicios y dejarme apabullar por la monumentalidad de una calle imposible de puro grandiosa. Y subir a sus tejados, y disfrutar de las vistas, y dejarme llevar por ellas. Y también nostalgia de esa costa tan próxima a Catania, la de los Cíclopes, y ese Ulises tan presente recordándome a cada paso que un viaje no es sino la metáfora de una vida entera.





No sé, no quiero saberlo, si el fuego de este verano ha asolado también el sureste de la isla. Ojalá que no. porque de allí son mis recuerdos más preciados: Scili, la costa entre Pozzalo y Porto Palo, y Ragusa Ibla, una ciudad mitad medieval mitad barroca, mitad piedra y mitad naturaleza. Paseo por ella a primera hora de la mañana y descubro una urbe preciosa pero fantasma (cosas, creo, del turismo mal gestionado), un decorado perfecto a medio camino entre mi Cuenca natal y mi Sevilla de adopción. Una preciosidad. Sicilia, aquí, huele a Montalbano y Pirandello.



Pero al margen de la nostalgia que ahora siento, lo que más me ha quedado de ese viaje es la constatación de lo absurdos que pueden llegar a ser los prejuicios. Sicilia te los quita todos de golpe, buenos o malos, o mueres en el intento. Porque no puedes enfadarte ni sobresaltarte cada vez que un coche te pasa rozando cuando te adelanta o se te cuela en una rotonda de la peor manera posible (morirías de un infarto en menos de 48 horas). Ni puedes juzgar esta isla solo por la cantidad de bolsas de basura tiradas en las cunetas. Ni puedes enfadarte por cada concentración de hombres (solo hombres) a las puertas de un café. Ni creer que las calles estrechas no tienen salida. Ni esperar hacer 100 Km en menos de dos horas. Al contrario. Aprendes a vivir con ello y a dejar que pese más el sentir que cada rincón de esta isla es pura mitología, que la gente es amable, que la tranquilidad es posible, y que el mar y el arte lo inundan todo a pesar del estado ruinoso de muchas ciudades y de los muchos y exagerados contrastes.



Al final no pasa nada, solo te acoplas, te transformas, te equivocas, decides que sea la intuición la que te guíe…, viajas.
