Pianista, musicóloga, coach y montañera. Sensibilizada (y mucho) con temas mediambientales y energéticos y escritora vocacional en permanente proceso de aprendizaje.
Últimamente me estoy volviendo experta en segundas, terceras o cuartas veces. ¿Me voy haciendo mayor? ¿me acomodo? ¿me hago previsible? Puede. Pero lo cierto es que tengo menos ganas de descubrir y más de disfrutar de lo ya conocido, de lo ya querido, de lo que forma ya parte de mi vida. Porque al final, con los años, una va aprendiendo, experimentando, descartando… y se queda con aquellas cosas que le merecen la pena y a las que le apetece volver una y otra y otra vez.
En el camino desde el Pla de Beret hacia los lagos de Baciver
Desde que descubrí el Tuc de Marimanha y sus vistas espectaculares, desde que caminé por la carena que lleva, comenzando en él, hasta el Coll de Airoto, y mientras contemplaba incrédula la cantidad y la belleza de los valles y lagos que se desplegaban ante mi vista… Desde ese mismo momento, ya tenía ganas de volver aquí.
El primero de los lagos de Baciver
Y he vuelto. Y el día ha sido incluso más bonito que aquel que recuerdo, porque el cielo ha estado igual de azul pero no ha hecho viento. Porque he podido poner nombre a todo lo que veía y no solo alucinar con el espectáculo. Porque en vez de darme la paliza de empezar andando desde Salardú y bajar, por Airoto, hasta Isil; he empezado en Beret y, una vez visto lo que quería ver, y una vez que me he empapado de verde, de azul y de roca, he vuelto por el mismo camino.
Bueno, no exactamente por el mismo camino. Porque ya de vuelta, arriba, instalada cual pájaro en una de las rocas del pico, casi fusionada con él, descansaba una figura, la misma que hacía rato veía trepar alegremente por las aristas de la carena. Saludo, hablamos, le pregunto… ¿Es posible seguir hacia ese otro lado? Sí, no hay problema, puedes carenar o pasar por un camino lateral. ¿Hasta el Coll del Rosari? Sí, claro. Decido entonces bajar por allí aunque eso hace algo más largo el regreso. ¿He dicho que me encanta encontrar mujeres que van solas por la montaña? ¿Que me encanta hablar con ellas? ¿Que me encanta que me indiquen el camino? Cada día somos más.
En este afán mío por repetir, no siempre las cosas salen bien. Pero cuando volver a un sitio no es imaginar que todo será igual sino confiar en que lo ya aprendido nos dará seguridad para tomar mejores decisiones y limpiará de miedos innecesarios la experiencia… entonces es posible abrirse a sensaciones nuevas y dejar espacio para disfrutar de la improvisación.
Y entonces, solo entonces, la repetición no será tal, sino que se convertirá en un descubrimiento más.
Ya casi agosto y ansia por andar. Ansia de verdes, de lagos y de rocas. Pero también ansia de soledad y de descanso. Ansia de paz. ¿Se puede conjugar todo esto en pleno verano?
Con todas las prevenciones del mundo cojo el coche y me voy para Aragón. Y como no acabo de tener claro qué quiero, si lo que me apetece es subir al Aspe; o hacer el trocito del GR11 que lleva, por Canal Roya, hasta los ibones de Anayet; o subir al ibón de Ip, al abrigo del Collarada…; me instalo unos días en un pueblito al suroeste de Jaca, Santa Cruz de la Serós, para ver si me va viniendo la inspiración.
Por segunda vez este verano la elección es fortuita peo también por segunda vez la cosa sale bien, muy bien. Santa Cruz de la Serós es un precioso pueblo-decorado construido en torno a una igualmente preciosa iglesia románica que, originalmente, fue parte de un monasterio femenino. De hecho ese «serós» viene de «serores», que en aragonés significa «sores» o «hermanas», y me parece una maravillosa coincidencia el que, justo ahora que de forma casi orgánica y espontánea me veo formar parte de un grupo de amigas-hermanas que me nutre cuerpo y alma, acabe dando con un pueblo cuyo nombre siento que las homenajea. Pocas calles, casas cuidadas, chimeneas “espantabrujas” que recuerdan a las de la Alpujarra granadina… Un sitio precioso para disfrutar sin hacer nada… o para andar y disfrutar.
Porque también por aquí hay montones de senderos (variante del Camino de Santiago incluida). Porque como esto forma parte del Paisaje Protegido de San Juan de la Peña y Monte Oroel, el entorno está cuidado y bien señalizado. Y porque su altura y su situación privilegiada hacen de este lugar el perfecto mirador de los Pirineos donde contemplar una buena parte de ellos: desde Navarra hasta Ordesa.
Tres días, tres rutas. La primera, la más obvia, la subida a los dos monasterios de San Juan de la Peña: el antiguo –medieval, de tamaño más que discreto y encajado en la roca–, y el moderno –más arriba, imponente, y situado en una preciosa pradera desde la que parten varios caminos cortos que llevan a otros tantos miradores–. Unos 400m de desnivel y unos 7km de recorrido. Un paseo mañanero en el que me doy permiso para la desobediencia: la chica que me vende las entradas al recinto parece empeñada en que haga un tramo en autobús y así me «reserve» para luego. También me indica dónde debo ir para tener la mejor vista, cómo debo mirar según qué cuadro, y casi se molesta porque prefiero hacer una foto al plano plastificado del monasterio antes que llevármelo de paseo. La escucho, asiento, agradezco… y luego me acuerdo de José Luis Sampedro. Y al igual que él pensaba que el que «nos enseñen» o «nos curen» es como la antesala del que «nos vivan», yo decido que no quiero que «me visiten» el monumento y opto por hacer caso omiso de tan bienintencionadas indicaciones.
La segunda de las rutas me lleva desde otro pueblo cercano, Santa Cilia, hasta la ermita de la Virgen de la Peña, no sin antes haber sido sorprendida por el concierto matutino al aire libre de un cuarteto de saxofones. Empiezo a andar tarde por la larga pista que conduce hacia ella y hace calor. Pero como no me encuentro a nadie en el camino me voy animando a seguir hasta que la pista se convierte en un estrecho sendero que me lleva derecha a la imponente pared vertical en cuyo centro está la susodicha ermita. El pequeño habitáculo construido para albergar la talla que representa a la virgen –cuya leyenda es idéntica a la de otras muchas (y tan absurda como la de todas ellas)– está cerrado, pero ver desde aquí el vuelo de los buitres leonados es, sin duda, la mejor de las recompensas. En total he hecho unos 500m de desnivel y recorrido unos 10km.
Y por fin, el tercer día, el Oroel, esa montaña con forma de proa saliente de buque sumergido que domina Jaca desde la altura y apunta directamente a los Pirineos. Madrugo para subir tranquila y esta vez sí hago caso de lo que me dicen: el camarero-ex guía de montaña del bar de Santa Cruz me aconseja hacer una circular subiendo por donde no va casi nadie, la llamada Senda de los Lobos, y bajando por donde sube todo el mundo. Son unos 700m de desnivel y unos 12km en total. Tras algo más de una hora de camino estrecho, empinado, mullido y zigzagueante por un bosque cerrado pero amable, los árboles se acaban, la pendiente se allana y aparece, como de la nada, una preciosa pradera. Desde allí solo queda caminar por la «grupa» de esta montaña jorobada hasta llegar a su punto más alto y dejarse sobrecoger por las vistas. Es la hora en la que empieza a llegar gente. Es la hora de la retirada. Bajo deprisa, sin parar de saludar a quienes suben, que son muchos y no todos educados, y termino de decidirme: me quedo con estos tres días de mirar los toros (los Pirineos) desde la barrera. Ya será otro el momento de volver a torearlos… si es que se dejan.
Sentir el imán del Pirineo aragonés, ir hacia él y, en el último momento, decidir no encarar ninguna de sus cimas… Aprovechar para conocer un entorno que se vuelca hacia ellas al tiempo que se repliega en torno a sí mismo… Contemplar desde fuera, saborear los recuerdos e imaginar nuevas rutas… ¿No son todas ellas formas diferentes pero igualmente gozosas de disfrutar de esas montañas?
Este año las vacaciones me han pillado con el pie cambiado. Con el final de mi segunda Transpi, ese grandísimo objetivo que es el germen de este blog y en torno al cual han girado casi todos los veranos de los últimos años, me siento ya en paz con el reto. Pero claro, sin él queda el vacío, un vacío inquietante, casi angustioso, que se traduce en un desasosiego difícil de superar. Y no, no es que me hayan faltado planes a modo de piruetas y dobles saltos mortales que buscaban salvarlo de la mejor manera posible: Córcega (el GR20), el norte de Francia (un viaje al pasado), incluso Suecia (nuevas travesías, nuevas fronteras), eran mis destinos imaginados… pero… Pero al final, y conforme se ha ido acercando el momento de iniciarlos, esos planes se han ido revelando como lo que eran, formas de llenar un vacío, globos que se deshinchan con el paso del tiempo, especulaciones bonitas pero no lo suficientemente motivadoras. Quedan para otra ocasión, o quizás para nunca, quién sabe. ¿Y entonces? ¿La opción? ¿Quedarme en casa?
Primera luna llena de julio desde la terraza de casa
No diré que no se me ha pasado por la cabeza. De hecho, el final de junio y los primeros días de julio he descubierto que tampoco se está tan mal en casa de una descansando. ¡Incluso se está muy bien! Días de pereza y de aire acondicionado en los que disfrutar de este espacio que tanto me gusta ir creando. Y días en los que irme haciendo a la idea de que el curso próximo todo vuelve a cambiar, que volveré a trabajar donde ya no creía que lo haría y que para ello tendré que despedirme de un centro que empezó siendo una condena pero que ha acabado convirtiéndose en el mejor de los lugares donde he trabajado nunca, y de compañeras (y algún compañero) que ya son parte de mi familia. Nunca me ha gustado la salsa agridulce.
Con todo ello sé que me espera un verano diferente. Tengo ganas de tranquilidad, de comodidad, de sentirme como en casa pero… Pero también de tener campo, monte o naturaleza de cualquier tipo por donde pasear (o probarme de nuevo en caminatas extenuantes) a una temperatura decente (al menos inferior a los 45º con que el verano ha irrumpido aquí, en Sevilla). ¿Y entonces?
Puesta de sol sobre el Ebro desde Más de l’Illa
Entonces hago la maleta y comienzo el viaje. Y el camino, como siempre, y como no podía ser de otra forma siendo verano, me conduce al norte, esta vez pasando por Gandía para ver a la familia. Una vez allí, y ya que me debato entre ceder a la inercia que me lleva de cabeza a mi querido Isil, en el Alt Áneu, o darle vueltas a otros posibles destinos; entre el decidir conscientemente o dejar que la vida decida por mí; programo una parada en el camino para dar tiempo a que mi indecisión se decida. ¿Dónde? Donde Booking me da la mejor opción. ¿Ganador? Mas de l’Illa. Una preciosa casa rural en medio de una finca de frutales al borde mismo del Ebro. Y ahora sí, empiezan las vacaciones y empieza esta entrada.
Puente en Móra d’Ebre
¿Cuánta España desconocemos? ¿Cuántos caminos existen que quedan fuera de nuestro «radar»? ¿Cuánta belleza sencilla, cercana, amable, nos queda por descubrir? Llegar a mi destino, a escasos kilómetros de Móra d’Ebre, justo a tiempo de ver la puesta de sol y sentirme, desde el primer momento, como en casa, como en la casa que me gustaría tener, ya es un comienzo estupendo. Alargar inmediatamente la visita unos días más siguiendo solo mi intuición es una señal. Encontrarme con un entorno lleno de belleza natural y no menos lleno de historia de batallas recientes (por mucho que haya quienes quieran borrar esa memoria) es impactante.
El río como el centro en torno al cual transcurre la vida. El río como frontera natural, como trinchera. El río que debe ser y es protegido. El río que me recuerda a que yo también me crié en una ciudad junto a un río, a un río vivo, real, y no a ese sucedáneo, por muy grande que sea, que es la lengua del Guadalquivir que divide Sevilla. El Ebro, aquí, me recuerda al Júcar a su paso por Cuenca; sus orillas me llevan a la infancia: a juegos, baños, aventuras, paseos…; y esa ruralidad que parece ajena al paso del tiempo resuena en mi memoria. De nuevo, a casa.
Todavía no me creo que mi coche no cayera al agua en el paso de barca de Miravet.
Retrocedo a un mundo en que los ríos se atraviesan en barca, y encuentro el único paso que queda en el Ebro que funciona solo por acción mecánica, la del barquero, que solo ayudado por la corriente, por los gruesos cables que van de orilla a orilla, por un timón y mucha pericia, consigue hacer cruzar a personas y vehículos. Y subo, una vez cruzado el Ebro, al castillo de Miravet y empiezo a ver trocitos del trazado del GR99, un sendero que en este momento todavía no lo sé, pero del que poco después me entero que es el ˝camino natural del Ebro» o “camino de sirga”, es decir, el que va desde el mismísimo nacimiento del río a su desembocadura, más de 1200 km después. ¿Un posible nuevo reto para mi? ¡Me encanta la idea! Aunque quizá tenga que esperar a que me jubile para poder hacerlo con tiempo y con «buen tiempo» (que no en verano).
Pero el GR99 no es el único que atraviesa la zona. También está el GR7, el más antiguo de los senderos de gran recorrido señalizados en España, que va nada menos que desde Andorra hasta Tarifa, y que pasa muy cerquita de aquí. De hecho, la única mini ruta que hago estos días es una pequeña parte de él, la que va desde Tivissa a la ermita de Sant Blai. Es un recorrido corto y sencillo que hago sin encontrarme a nadie en el camino. La sensación, en un día de calor y con el monte seco, es que el fin del mundo ha llegado y ha arrasado con cualquier forma de vida humana. ¿Más GRs por aquí? Sí, hay más, unos cuantos más, pero me quedo con GR171, variante del susodicho GR7 que atraviesa la comarca de la Terra Alta y da incluso nombre a un vino de esa denominación de origen. ¡Ya tengo información más que de sobra para escapadas varias!
Como en casa, pero mejor.
Y con todo este oxígeno recibido, me encamino, ahora sí, a Isil, sin saber muy bien si me quedaré o no, si alargaré o encogeré los días allí, sin saber nada pero aceptando lo evidente: que este es un verano de transición.
Hace unos días comenzaron, de nuevo, los incendios: Italia, Grecia… y Sicilia, también Sicilia. El fuego, su capacidad de destrucción, la impotencia terrible que conlleva, siempre me encoge el corazón, arrugándolo hasta convertirlo en una nuez ennegrecida, pero estos días, además, hace que resuene en mí el post no escrito de la pasada semana santa (lo siento, me resisto a escribirla con mayúscula, supongo que es lo que tiene el ateísmo). Nunca es tarde, ahí va.
Costa de los Cíclopes
Sí, esta última semana santa viajé a Sicilia. Era un viaje largo tiempo pendiente que se materializó al fin por el empujón (¿o más bien por la patada en el culo?) que Esther tuvo a bien darme en forma de regalo de billete de avión (¡tantas cosas que agradecerle!) después de haberme oído hablar mil veces de esta isla que se me antojaba mágica y de la que todo el mundo contaba maravillas. Y fui, y volví, y unos meses después se que las llamas han borrado parte de lo que vi convirtiendo ese viaje en una suerte de punto de no retorno y haciendo que la memoria se vuelva, si es posible, aún más importante de lo que habitualmente es.
Este fuego de ahora contrasta con el frío de entonces. Cosas de un clima al que hemos vuelto loco y que hace que en Sevilla se achicharraran en abril al tiempo que yo no me separaba del plumas en mi escapada siciliana. De hecho fue allí donde vi por última vez la nieve, en el Etna. Y no fue poca. La noche anterior a mi intento de ascenso cayó tanta que me obligó a elegir entre andar sumergiéndome hasta las rodillas en ella o caminar tras las quitanieves. No llegué arriba, pero la experiencia fue increíble e incluyó el inaugurar, ese día, el telecabina.
Leo que el fuego se ha aproximado a Catania y Taormina y siento un ataque agudo de nostalgia. Nostalgia de esta última, de su entorno de exuberantes colinas floridas que miran al mar, de mansiones, de glicinias, y sobre todo, del maravilloso teatro que la corona. Me rindo ante él y ante esos griegos que eligieron el mejor de los lugares posibles para situarlo. Y nostalgia de Catania, que visité sin muchas expectativas pero en la que me topé con la Via dei Cruciferi, y ahí, y aún sin ser el Barroco mi estilo favorito, tuve que tragarme todos mis prejuicios y dejarme apabullar por la monumentalidad de una calle imposible de puro grandiosa. Y subir a sus tejados, y disfrutar de las vistas, y dejarme llevar por ellas. Y también nostalgia de esa costa tan próxima a Catania, la de los Cíclopes, y ese Ulises tan presente recordándome a cada paso que un viaje no es sino la metáfora de una vida entera.
No sé, no quiero saberlo, si el fuego de este verano ha asolado también el sureste de la isla. Ojalá que no. porque de allí son mis recuerdos más preciados: Scili, la costa entre Pozzalo y Porto Palo, y Ragusa Ibla, una ciudad mitad medieval mitad barroca, mitad piedra y mitad naturaleza. Paseo por ella a primera hora de la mañana y descubro una urbe preciosa pero fantasma (cosas, creo, del turismo mal gestionado), un decorado perfecto a medio camino entre mi Cuenca natal y mi Sevilla de adopción. Una preciosidad. Sicilia, aquí, huele a Montalbano y Pirandello.
Pero al margen de la nostalgia que ahora siento, lo que más me ha quedado de ese viaje es la constatación de lo absurdos que pueden llegar a ser los prejuicios. Sicilia te los quita todos de golpe, buenos o malos, o mueres en el intento. Porque no puedes enfadarte ni sobresaltarte cada vez que un coche te pasa rozando cuando te adelanta o se te cuela en una rotonda de la peor manera posible (morirías de un infarto en menos de 48 horas). Ni puedes juzgar esta isla solo por la cantidad de bolsas de basura tiradas en las cunetas. Ni puedes enfadarte por cada concentración de hombres (solo hombres) a las puertas de un café. Ni creer que las calles estrechas no tienen salida. Ni esperar hacer 100 Km en menos de dos horas. Al contrario. Aprendes a vivir con ello y a dejar que pese más el sentir que cada rincón de esta isla es pura mitología, que la gente es amable, que la tranquilidad es posible, y que el mar y el arte lo inundan todo a pesar del estado ruinoso de muchas ciudades y de los muchos y exagerados contrastes.
Al final no pasa nada, solo te acoplas, te transformas, te equivocas, decides que sea la intuición la que te guíe…, viajas.
Vivir la montaña en función del verano y de la posibilidad que este me ofrece de instalarme, con más o menos desplazamientos, en los Pirineos, se ha convertido en una especie de rutina gozosa que mantengo desde hace años. Y pasar el resto del año sin acordarme de que también tengo montañas cerca, viviendo de espaldas a toda la riqueza natural de esta Andalucía a la que me vine a vivir hace ya tanto tiempo que a veces me siento más de aquí que de ningún otro sitio, también parece haberse convertido en una especie de rutina solo interrumpida por ocasionales ascensos al Mulhacén y al Torrecilla junto con alguna que otra escapada a la Sierra de Grazalema.
Pero hace tan solo unos meses tropecé con este pico de nombre absolutamente carente de atractivo pero que, de alguna forma, llamó mi atención. ¿Porque no había oído su nombre antes? ¿Porque estaba en una zona, la Subbética, de la que prácticamente no conozco nada? Por lo que sea. Pero en cuanto lo vi me puse fecha para subirlo y hoy, viernes, he reservado una habitación en Iznájar, solicitado el permiso obligatorio para hacer el sendero, me he puesto las botas, he cargado los trastos y me he plantado en Las Lagunillas para iniciar la subida a la Tiñosa.
El día está despejado. La temperatura es fantástica. La soledad, casi absoluta (solo encuentro otras dos personas en todo el día). Las expectativas van a estar más que cumplidas. Pero el ánimo anda regular, buscando su sitio, recomponiéndose, obligándose (obligándome) a caminar en una nueva y desconocida dirección en la que el horizonte todavía está por configurarse.
Sin embargo, andar siempre reconforta. Y empezar después de haber inundado el espíritu de los miles (¿millones?) de olivos que tapizan el sinfín de suaves colinas que llevan hasta aquí supone un plus de paz. Conducir despacio por estrechas carreteras solitarias es un viaje a otro tiempo, a una época en la que los kilómetros no se quemaban, se mascaban. Y hoy esos kilómetros saben a aceite.
Echo a andar. La tierra es oscura y está humeda. El barro se agarra a mis botas conforme atravieso el último olivar y me sumerjo por un valle idílico siguiendo el murmullo de un arrollo que crece conforme me adentro en él. Barro, agua, un rebaño que protege a sus muy jóvenes corderos. Y una fuente. Y un antiguo cortijo en ruinas. Y una suave subida hasta el collado. Y allí, un letrero que advierte de que lo que viene es alta montaña. ¿Alta montaña aquí? Vale que el ascenso son unos 750m (hasta los cerca de 1600 de la cima), algo que en esta latitud es más que respetable pero… ¿es necesaria tanta precaución? ¿Realmente la subida se ajustará a ese “difícil” con el que la califican todos los tracks que he visto?
Sí y no. Entiendo que no es fácil. Que la pendiente inicial es muy pronunciada. Que hay algún que otro paso donde las manos son, si no necesarias, al menos útiles. Que quizá no está recomendado para quien tenga vértigo. Que hay que ser un poco cabra… Pero quizá por eso para mí es entretenido, y lo disfruto a pesar de que el ayuno de montaña del invierno hace que no esté tan en forma como me gustaría. Pero fácil o difícil, lo que sí tiene la Tiñosa son unas vistas espectaculares. Trescientos sesenta grados de olivar infinito, inabarcable, solo interrumpido, al sur, por el embalse de Iznájar y la imponente e inconfundible Sierra Nevada (que en esta época hace honor a su nombre manchando de blanco el horizonte). ¿Y esto está a poco más de dos horas de casa?
He subido sola y arriba tampoco hay nadie. Y la soledad, como siempre, me habla de mí. Hoy solo me trae vacío, pena y rabia. Nada es inmutable. Pero cuando los cambios no son deseados, cuando una se siente traicionada, cuando hay que enfrentarse a que, durante años, nuestra percepción ha sido errónea y nuestras certezas equivocadas, cuando la necesidad de ser comprendida, de sentir que quien nos quiere nos escucha y nos entiende, debe sucumbir a la realidad de que los idiomas son tan diferentes que la comunicación es imposible…, lo que queda es alejarse escuchando la tristeza y animarla a que, a pesar de sí misma, deje un poco de hueco a esta belleza que tengo delante. Y ver cómo se empapa de ella. Y saber que incluso, aunque no lo veamos, el camino está ahí, esperándonos. Y asumir que aunque una parte nuestra se resista a seguirlo y solo quiera volver atrás, la única opción es avanzar, con pena, con nostalgia, sí, pero avanzar.
Y avanzando llego a Iznájar, un pueblo precioso al pie de un embalse del que emerge el otro Iznájar, el original, al que se comieron las aguas. Pasear por sus empinadísimas calles llenas de macetas azules, dormir en Villa Moana, en el corazón del pueblo y permitir que el paisaje tiña de azul y verde el gris de los pensamientos es hoy, sin duda, un alivio para el alma.
Alejarme del bullicio de la Navidad con todas sus expectativas familiares, de diversión y de consumo, para asomarme al entorno mágico de Rodalquilar empieza a ser una costumbre. Una tradición como otra cualquiera, pero inmensamente mas gratificante que cualquier otra. Un rencontrarse para renovarse. Un veraneo en pleno invierno en el que vuelvo a andar por caminos desérticos, trepo por lomas que conducen a vistas prodigiosas y busco calas que me inundan de luz, de sol, de mar. Un adentrarme en el silencio y, en él, conseguir escucharme. Una oportunidad de sentir cómo el alma se ensancha.
Pero no, no es el paisaje, ni el mar, ni la inmensa variedad de rocas volcánicas que se despliegan ante los ojos lo que más agradezco estos días. Ni es tampoco lo que más disfruto esta temperatura primaveral que permite bañarse en pleno invierno. Lo que más agradezco, mientras ando esquivando matas de salvia, esparto y romero florecido, es la libertad que siento y que sé que valoro infinitamente más por el hecho de que, al ser mujer, no me ha sido dada.
Me refiero a la libertad de andar sola sin miedo a lo que pueda pasar. Sin miedo a que cada hombre que me cruzo pueda ser un posible agresor (sexual o no). Sin más miedo a que me pase algo del que pudiera tener un hombre. Sin más limitaciones que las que me pone el cuerpo y confiando en mí misma y en mis capacidades. Me refiero también a la libertad de mostrarme tal cual soy. De vestirme pensando solo en la comodidad o de bañarme desnuda sin pensar en quién pueda estar mirando. De olvidarme de la mirada ajena, incluso de la propia, que demasiado a menudo acaba siendo una forma de autorevisión previa al mostrarse a los otros. Y me refiero a la libertad de dejar de luchar para que los demás me validen y validen mis acciones. Dejar de sentir que tengo que esforzarme para que me quieran, que tengo que estar siempre disponible, siempre atenta, siempre sonriente, siempre entregada. Dejar de pensar que la felicidad siempre es el otro para saber que está en mí misma, en todas esas cosas que me hacen feliz y en todas esas personas con las que la comunicación y el amor fluyen, generosos, de lado a lado. Siempre en equilibrio, siempre en paz, siempre creciendo en profundidad.
¿Son cosas simples? ¿Sencillas? Tal vez. Y seguramente habrá muchos hombres que tampoco sientan conquistadas esas libertades. Pero sé que el miedo a ir sola, la necesidad de dedicar gran cantidad de tiempo y recursos a la apariencia, y el cifrar la felicidad propia en encontrar esa pareja de ensueño en la que inmolarnos consciente o inconscientemente, son condicionantes que nosotras recibimos en una medida inmensamente mayor que ellos. ¿Lo bueno? Que el tener que enfrentarse a tanto obstáculo da la oportunidad de crecer y aprender por el camino. Y estoy agradecida por ello.
Pero aún así, quiero pensar que las niñas de ahora no tendrán que enfrentarse a lo mismo, que tendrán progenitores que las animen a conocerse, a explorarse, a quererse, y a desactivar todos los mensajes sexistas que les dicen que ser una niña es diferente a ser un niño. Que sus sueños, sus intereses y sus expectativas deben ser distintos. Que su cuerpo es, sobre todo, el objeto de deseo de las miradas ajenas. Y que deben tener miedo a salir solas porque siempre, siempre, hay agresores, hombres, sueltos.
Con la mirada perdida entre el cielo, el mar, y esas dunas fosilizadas, ocres y caprichosas, que dan forma a las calas cercanas a El Playazo, agradezco esta libertad trabajosamente conquistada, sí, pero libertad al fin.
Últimos treinta y cinco kilómetros (en dos etapas muy desiguales) y un final de ruta de los que no se olvidan. Por duro, por bello y por obligarme a ir haciendo planes sobre la marcha. La larga subida al Neulós, el punto culminante de las Alberas (1256m de altura a unos veinte kilómetros del mar), me pilla con una medio pájara que demanda líquido de forma constante, lo que hace que agote todas mis reservas antes de llegar a la cima y que vaya haciéndome a la idea de que no puedo seguir adelante.
De La Junquera a la ermita de Santa Lucía.
Pero como siempre, la montaña sorprende. Ya arriba y resignada a cambiar de rumbo y dirigirme al Coll d’Ullat me ofrezco a hacer una foto a una chica que acaba de llegar. Ella también me hace la foto. Me pregunta donde voy, le cuento mi cambio de planes porque no sé si encontraré alguna fuente más adelante y… ¡me da un litro entero de agua! A pesar de que no es ni mucho menos la primera vez que me pasan estas cosas, no dejan de sorprenderme y de parecerme auténticas piruetas del destino. No hay palabras para mi gratitud pero sí para mi cambio de humor, ¡incluso de estado físico! Lo peor está hecho, y aunque no llegue al refugio del Coll de Banyuls para dormir allí siempre puedo poner la tienda en alguno de los collados que hay en el camino sabiendo que la sed ya no será un problema.
Primer collado del día. El Neulós todavía queda muy lejos (es la montaña que se ve al fondo) y el final del día mucho más.
Y lo que son las cosas, poco después, cuando ya no la necesito, aparece una fuente, la fuente de la Tanyareda, que sí, que estaba en el mapa, pero que ya sé yo que no siempre me puedo fiar de las fuentes de los mapas. Vuelvo a agradecer a mi querida donante su generosidad y sigo. Y durante los más de diez kilómetros que me quedan voy pensando en dónde poner la tienda, pero, a lo tonto a lo tonto, bosque aquí, collado allá, sigo andando y llego hasta donde empieza la bajada al Coll de Banyuls y me digo que por qué no, y me tiro de cabeza hacia abajo hasta completar lo previsto inicialmente. Eso sí, llego a las ocho de la tarde y aunque no me hace demasiada ilusión dormir en un refugio no guardado con otras cuatro personas que ya están allí… estoy demasiado cansada para montar la tienda. Total, es solo una última noche.
En la cima del Neulós. Foto hecha por mi «donante» de agua.
Por la mañana, directa a Banyuls. Nada de volver a atravesar el paraje desértico de las Alberas bajo el sol de agosto que sería lo que tendría que hacer si quisiera llegar a Llançà. Quiero tocar cuanto antes el mar y disfrutar de un día de descanso, así que madrugo, mucho, y a las 9.30 ya estoy tomando mi petit (grand) dejeuner pegada al Mediterráneo.
¿Qué me queda después de estos días, o mejor, después de estos años (son ya dieciséis los veranos que llevo enganchada a esta ruta)? No miento si digo que, aunque sea yo quien la ha caminado, es la ruta la que me ha hecho a mí. Mil cursos y libros de crecimiento personal no me habrían dado tanto.
Banyuls-sur-Mer. Por fin, el mar.
Lo primero, ha supuesto encontrar y vivir lo que es una auténtica pasión, algo que no es nada fácil, y menos para las personas que, como yo, tendemos a adaptarnos a casi cualquier cosa. Te adaptas y te sientes razonablemente feliz en casi cualquier circunstancia, pero sin pasión siempre hay un vacío, una insatisfacción, una necesidad constante de búsqueda. Una pasión, al andar lo he descubierto, es aquello que nos absorbe y nos completa a la vez. Y que nos trasforma. Seguramente, sin este transpirineandar, estos años también me habrían cambiado pero… no tanto ni de la misma forma. Y no lo cambio por nada.
Cena de lujo en Banyuls
También siento que he ganado libertad. Porque el andar sola me ha abierto las puertas a hacer otras muchas cosas sola y a cambiar definitivamente la forma en la que habito el espacio público en soledad. A no temer preguntas como «¿estás sola?», «¿no esperas a nadie?» o «¿mesa para cuántos?» y a responderlas con la boca llena: «sí», «no», «para una, para mí». He dejado de querer invisibilizar mi soledad para pasar a disfrutarla sin reparos. A ocupar sin complejos la mejor mesa, a decir lo que pienso, a pedir lo que quiero, a decidir si ser simpática o antipática, si hablo o si callo. Y todo esto, que en general no es fácil, para una mujer lo es mucho menos. ¿Que también influye la edad? ¡Claro! Pero una parte importante es, sin duda, de esta ruta.
Y la libertad y la naturalidad (o un cierto «salvajismo») se dan la mano. Hay un anuncio de cerveza en la que un joven emprende una especie de viaje de autoconocimiento en bici que resume casi a la perfección lo que es una aventura de estas características e ilustra también esa sensación de semisalvajismo. Cansancio extremo; paisajes increíbles; encuentro con animales salvajes; lluvia y mal tiempo; comer cualquier cosa y de cualquier manera; correr desnudo… y llegar a bañarse en el mar. Desde el primer día en que lo vi pensé en por qué no han hecho el mismo anuncio con una chica. ¿Qué tal verlo imaginando que la protagonista fuera una mujer? Salvando las distancias, podría ser yo misma. De hecho, hasta los escenarios donde se ha rodado el anuncio son, en su mayoría, los mismos por los que he pasado esta última semana: de la Alta Garrotxa al Mediterráneo. En su caso, Cap de Creus; en el mío, un poco más al norte, Banyuls.
Finalmente, la borrachera de sensaciones, de aprendizajes, de reflexiones aún por digerir. La sensación de que, ahora sí, estoy en paz con estas montañas que ya ha atravesado prácticamente tres veces, dos en soledad. Agradecida a mi cuerpo por resistir, por mostrarse poderoso. Y por fin, mirando lo hecho sin nostalgia, sin sentir la necesidad de volver atrás, sino sabiendo que ya es parte de mí. Y feliz de esta sensación que es mezcla de familiaridad y plenitud.
Son días de muchos cambios y muy rápidos. La noche en Coustouges fue mejor de lo previsto (cosas del buen dormir que tiene una, sobre todo si el cansancio acompaña) pero por la mañana seguía lloviendo, así que pasé al Plan B: autobús a Maçanet para hoy seguir desde aquí. Ha sido pasar de la “indigencia” de una gite municipal al lujo de La Quadra (un hotel rural con mucho buen hacer y montones de cariño). Y también la ocasión de conversar con el conductor del autobús (del que soy la única pasajera), un señor la mar de amable, cazador, defensor de los toros, y comprador de bulos varios antianimalistas y antiecologistas. Como no es la primera vez que me encuentro algo así en los últimos meses, y como tengo un día entero libre, me ha dado por investigar.
Coustouges. Sigue lloviendo.
Mi conductor afirma cosas tales como que ya no se pueden limpiar los montes (por eso los incendios); como que ahora tienen más derechos los animales que las personas (pone el ejemplo de la eutanasia ¿?); o como que es tan respetable quien defiende la tauromaquia como quien no lo hace. Y yo veo su amabilidad y le escucho. ¿Qué razones puede tener para creer esas cosas? Antes me informo.
El camino de subida de Maçanet a las Salinas.
Primero, sí, hay limitaciones en los montes, y ni se pueden cortar especies protegidas, ni quemar rastrojos sin autorización, ni limpiar en determinadas épocas (cuando especies animales sensibles están criando). Es decir, se puede cortar y recoger lo no protegido (siempre que no sea de propiedad ajena y para explotación propia); la autorización para las quemas es un trámite necesario (parece que más de la mitad de los incendios se ocasionan precisamente por quemas incontroladas); y hay muchas épocas del año en las que sí se pueden limpiar los bosques (y eso ya va en la gestión de los propietarios, sean públicos o privados). Segundo, la eutanasia no es igual al sacrificio. No, no se pueden sacrificar animales de compañía (como son los perros), es decir, no puedes matar a tu mascota cuando quieras sino que la decisión la tomas con la veterinaria (ya son más mujeres que hombres las profesionales de este sector) y tiene que ver con que tu animal tenga alguna enfermedad incurable y esté sufriendo. Y tercero, sí, si desaparece la tauromaquia, lo normal es que los toros de lidia se extingan. No sé si es una pena o no, pero tengo claro que convertir la muerte y/o el sufrimiento de un animal en espectáculo dice muy poco de la humanidad de los humanos. ¡Para ser un día de descanso, no está mal!
Alcornoque, ya muy cerca de La Jonquera, en un bosque inmerso en plenas tareas de limpieza.
Y ya hoy, con los deberes hechos, echo a andar hacia La Jonquera. Y los bosques ya no son de hayas, sino de alcornoques, encinas y pinos (¡y en más de uno están en plena tarea de limpieza!). Y el terreno que piso –pistas secas, polvorientas y medio abandonadas– está salpicado de grandes piedras calizas de formas caprichosas y redondeadas. Y solo me encuentro a algún que otro caminante del GR11… pero es como si me rodearan multitudes. El espíritu de miles de republicanos de izquierdas sigue estando en estos collados por los que tuvieron que abandonar su país. Hay placas y monumentos por todas partes, incluso un museo de la memoria en La Jonquera. Pero de todos los monumentos, el que más me sigue emocionando es el de La Vajol, inspirado en la foto con que se abre esta entrada (el enlace es al blog de Francisco Javier Solé Ribas, donde cuenta la historia del mismo y de otros de la zona y se pueden ver fotos).
Placa en el Coll de Lli. Una de tantas que conmemoran el exilio de los republicanos.
Ver, sentir estos caminos, y hacerlo sabiendo que el fascismo avanza de nuevo y que lo hace también de la mano de personas amables en las que, sin embargo, el discurso del miedo cala gracias, en parte, a los bulos, me desanima profundamente. Y el desánimo sigue cuando llego a La Jonquera, uno de esos pueblos catalanes en los que parece haber ya más árabes que autóctonos y me doy cuenta de lo difícil que puede ser la integración en estas circunstancias (y, de nuevo, lo fácil que es cargar contra el extraño).
Cerca del Coll de Lli, una vista del mar.
Y aún así, y pese a crecer a la espalda el monstruo comercial que se extiende paralelo a la autopista, La Jonquera es un pueblo en el que la gente es amabilísima y en el que duermo en una pensión de las de antes, regentada por una señora de no menos de ochenta años que apunta mi nombre y DNI con un lápiz mínimo en un “excel” analógico. Contrastes.
El Muga, la Muga, es un río que nace entre la francesa Vallespir y l’Alt Empurdà y durante sus primeros kilómetros él mismo es la frontera, quizá de ahí su nombre. En su origen es una grieta roja, una cicatriz gigante de tierra arcillosa que se abre entre bosques en una zona en la que transitar fuera de pistas es imposible y en la que la mayoría de los caminos que señala el mapa se han perdido. Hace siete años, cuando pasé sola por allí, me perdí ya en Sierra Lobera, el bosque que lo bordea en su margen francés, y acabé, yo también, herida por las muchas zarzas de la zona intentando encontrar caminos imposibles.
Vista desde el mirador de la Muga
Hoy, cuando he empezado a andar, tenía miedo. Miedo de volver a perderme, de volver a arañarme, de no saber… Y miedo de saber que no hay nadie a quien preguntar. Es lo que tiene elegir variantes solitarias. Las únicas personas que he visto hoy son mis compañeros de desayuno; algún que otro vecino madrugador en el precioso pueblo de Lamanère; un señor nonagenario que más bien parecía una estatua en otro precioso e hiperdiminuto pueblo, Vilaroja, ya cerca del final; y una señora que ha parado su coche para preguntarme a dónde iba y darme ánimos a un kilómetro ya de mi destino. En medio, veintitantos kilómetros de bosques solitarios con la sola, pero importante distorsión, la del Muga.
Puente de entrada a Lamanère
Volviendo a él, al Muga, a la Muga, y a mis miedos, hoy he intentado exorcizarlos diciéndome a mí misma que llevo mi track de hace años (aunque casi mejor no seguirlo teniendo en cuenta lo duro que fue); un mapa actualizado de la zona que, esta vez sí, no como entonces, es el que usa mi gps; y otro track más que me ha bajado de Wikiloc, el único que he encontrado que coincide con lo que quiero hacer (los tracks por aquí son absolutamente escasos, lo que da idea de lo poco transitado que es esto). No es gran cosa, y más teniendo en cuenta que el autor de este último recomienda evitar la zona por difícil de andar y mal señalizada, pero… es lo que hay. Aún así, me prometo a mí misma no volver a meterme por ningún camino no señalizado… ¡y casi lo incumplo!
Bosques de tierra roja
Me ha salvado el tomármelo con calma, pararme a pensar, pedir ayuda telefónica (a Ramon, sabiendo que pondría la sensatez que a veces yo no tengo) y convencerme a mí misma, una vez explorados todos los caminos que están en el mapa pero no están en el terreno, que la mejor opción era seguir por el único camino señalizado, aun cuando este me llevara a otro destino. Impotente por segunda vez. Resignada.
Pero… a veces el mejor camino no es el más recto, y en el laberinto de pistas no transitadas pero sí muy bien trazadas que bordean por el norte la famosa Sierra Lobera (¿habría lobos allí?) empiezo a intuir una posibilidad y… me arriesgo y… ¡lo consigo! Eso sí, no sin el riesgo añadido de atravesar dos propiedades privadas. En la primera me meto pensando que es un atajo al pueblo de Vilaroja y me instalo un rato en su fuente al más puro estilo excursionista (largo baño de pies en el pilón), ¡menos mal que no hay ni un alma a la vista!; en la segunda… me meto, a pesar de los letreros disuasorios, para ahorrarme recorrido y la atravieso pensando en qué decir si alguien me para (nadie lo hace, ¡menos mal!, mi experiencia es que los franceses no se andan con chiquitas en estos casos).
El resultado es un día largo, pleno de bosques de hayas (y miles de moscas y mosquitas) en el que el cansancio me hace coger la primera opción para dormir que encuentro, que resulta ser la gite municipal en la que ya estuve pero en la que, esta vez, vive la camarera del bar de abajo y se ha instalado también un jubilado bastante obeso y muy, muy plasta, que se obstina en “explicarme cosas” (igualito que en el libro de Rebecca Solnit). Dormimos los tres en la única habitación de la gite que es, también, cocina y comedor y no puedo evitar sentirme indigente.
A ver, ¿por qué si tengo un track que dice que la distancia de hoy son veintiséis kilómetros y pico yo me obstino en creer que son poco más de veinte? ¿Por qué escucho a mis compañeros de cena hablar de lo dura que será su ruta de mañana y minimizo la mía cuando en realidad es bastante más larga que la suya (eso sí, menos conocida y parece que menos impresionante)? ¿Por qué las personas, algunas personas, tendemos a menudo a pensar que lo que hacen los otros es más valioso/difícil/duro/[póngase lo que se quiera] que lo nuestro?
Vista atrás en el camino hacia el Roc Colom
Es obvio que hoy no andaba sobrada de autoestima pero sí de inconsciencia ya que, por lo que sea (¿por ese subestimar lo propio?) pensaba que la etapa no era ni larga ni dura. Y bueno, según se mire. Si lo mido por pendiente ascendente, no, no ha sido gran cosa (solo unos 700m); ahora, si lo mido por el descenso (1700m) o le pregunto a mis pies, entonces ya la cosa cambia.
El Costabona desde el Roc Colom
Y por supuesto, está el tema psicológico. Si por lo que sea (por la dejadez de no haberme estudiado suficientemente bien la etapa y recurrir solo a la memoria como fuente de información), una piensa que el último collado de la etapa está dos horas antes de lo que realmente está, esas dos horas se hacen interminables y lo que viene después más interminable todavía. Cosas de la mente.
De frente, toda la carena descendente hacia el Coll d’Ares
Dicho esto, puede parecer que el día ha sido un desastre pero…, ¡para nada! Hoy sí puedo decir que esa sensación de falta de energía que tuve en las etapas que hice al comienzo del verano ha desaparecido y que andar vuelve a ser un placer (al menos los veinte primeros kilómetros). Que moverse por la inmensa llanura que se extiende por encima de Vallter, hasta llegar al Roc Colom, en un día despejado, es sentir cómo el corazón se expande. Que mirar hacia atrás y ver, ahora ya muy lejano, el Coll de la Marrana, el último que descendí ayer, resulta, cuando menos, impresionante. Que poner nombre a las montañas que se dibujan en torno a una es inmensamente satisfactorio. Y que empezar a descender sabiendo que me despido de los dosmiles es reconfortarse sabiendo que lo extraordinario existe mientras se retorna, poco a poco, a lo ordinario (o quizá no tanto).
Entre las nubes, el Canigó.
Y luego está la carena. Ese larguísimo trayecto fronterizo descendente dominado a la izquierda por el Canigó, cuya cumbre, cómo no, está semioculta entre las nubes a pesar del precioso día. La carena y la soledad. Porque en el momento que abandono el camino que baja desde el Costabona no me encuentro a nadie hasta llegar, ¿cuatro horas después? al Coll d’Ares. (¡Miento! ¡Veo a un ciclista y muchas vacas!).
Nôtre dame du Coral
Y tras el collado, de nuevo, una hora y media más en solitario hasta esa pequeña hermita-albergue en medio del bosque que es Nôtre dame du Coral. ¿Está abierta? Nadie lo diría, pero sí. Solo cinco personas cenamos y pernoctamos aquí hoy, y como nadie habla español, practico mi francés. ¡Nada fácil disertar sobre la fauna salvaje en España en un idioma que tengo tan oxidado!
¿Creer o no creer (en mí misma)? La cosa va a ratos. En fin, lo normal.