Ando, ando, ando, y encuentro el silencio (en Nochebuena, también).

Cada año, desde hace cinco, repito ritual navideño. Llegar a mediodía, comer en la Plaza del Tenis, saludar a Verónica, soltar los bártulos donde sea que esta vez haya decidido alojarme y, a eso de las cinco, comenzar el ascenso a la Punta de la Polacra para poder ver, desde allí, la puesta de sol. Dependiendo de cómo se haya dado el día hago parte en coche o lo hago todo andando, pero siempre me sorprende lo mismo: el silencio. El paisaje semidesértico que me rodea parece tragarse cualquier intento de perturbación sonora por muy leve que esta sea. No hay nadie, no hay viento, ningún pueblo ni casa suficientemente cerca. El mar tampoco se escucha ya que, de momento, queda al otro lado de la loma.

Esperando la comida en el Lebeche.

Este año el romero no está en flor y eso hace que me fije más en las matas de esparto, los palmitos, el tomillo… y toda la variedad de verdes casi indistinguibles que me rodea. La ginestera sí conserva, al menos, parte de su amarillo y entre las jaras, asoma alguna flor solitaria. Pero por encima de ello, de nuevo, el silencio. Paradójicamente, el oído se impone a la vista. 

Jara

Cuando fuera no se oye nada, el pensamiento se escucha mejor. Últimamente anda un poco ofuscado. El pasado ya no duele. Las dudas se desvanecieron. Los anzuelos se ven desde lejos y me sorprendo interactuando con una tranquilidad que antes era impensable en según qué contextos. ¿Será por eso?¿Porque ya no hay nada que superar, ni necesidad de luchar, ni de comprender, ni de curar?¿Será porque parece que todo está bien y empieza a haber sitio para la ilusión, por lo que esta se obstina en esconderse? Será. Y en este, el que es, posiblemente, el mejor momento de mi vida, me enfrento de nuevo a mi mente y a la nueva baza que ha decidido jugar: incordiar con el futuro y pintarlo de negro.

Antes de Navidad, el último día de clase de Coaching, estuvimos hablando de comunicación, de asertividad y de la importancia de expresar nuestras querencias y nuestros deseos. Si yo no decido lo que quiero, no lo expreso y no hago por conseguirlo, alguien o algo decidirá por mí. Siento que es eso lo que ha ocurrido con mi idea del futuro. De alguna forma, he dejado que mi imaginario se construyera no ya en torno a alguien (que también) y al futuro que ese alguien había construido para sí mismo y en cual yo creía que tenía cabida; sino en torno a la idea inconscientemente asumida pero tranquilizadora de un futuro con alguien y para alguien. 

El “con” es social; ya que la sociedad sigue transmitiendo que la única felicidad es la pareja. El “para” es género; porque parte imprescindible del software que se me instaló al nacer mujer fue que mi vida estaba al servicio de otro o, como diría Rousseau, que su sentido sería agradar a un hombre. ¿Es Rousseau entonces quien ha decidido mi construcción de futuro? Mucho me temo que, al menos en parte, sí (y no solo de futuro).

Un cuervo me sobrevuela. El batir de sus alas produce uno de los dos únicos sonidos que escucharé en todo el camino. Sé que toca una nueva toma de conciencia. ¿Por qué no empezar dándole una patada a Rousseau y recordándome a mí misma que la felicidad no es una fórmula sino que se construye día a día? El presente no puede ser más gozoso. ¿No es entonces un absurdo irracional pensar en que el futuro no pueda a serlo? Lo es.

El otro único sonido que se escucha, llegada ya a una cierta altura, es el mar.

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