Punta Umbría… y volviendo a caminar

Años de repetir esguinces acaban pasando factura y llevan de cabeza al quirófano. Pero eso fue hace ya dos meses y ahora, poco a poco, comienzo de nuevo a caminar. El tobillo ya está limpio, sin protuberancias óseas indeseadas ni restos de cartílago flotantes que comprometan la articulación. Y el ligamento, por obra y gracia de una de esas prótesis de nueva generación que promete darme la estabilidad en la pisada que no tengo desde adolescente, ha vuelto a nacer. Estabilidad. Palabra mágica. 

Quiero, deseo, anhelo como pocas cosas, el volver a las largas caminatas. Y llegarán, claro que llegarán, pero todavía es pronto y ahora toca alegrarse con cada pequeño paso que se da, con cada territorio al que se vuelve.

Uno de esos territorios es Punta Umbría, con su playa kilométrica, donde me vengo el Domingo de Ramos. Para probarme, para medir sensaciones, para sentir de nuevo la arena hundirse bajo los pies. El día no es bueno y el mar anda revuelto, pero es perfecto para afinar la sensibilidad cromática y disfrutar de la riqueza de los grises: gris verdoso, azulado, blanquecino, amarillento…, cielo que se confunde con el mar y que se confunde con la orilla… Y entre gris y gris me doy cuenta de que en esta playa, la más cercana a casa, está escrita la revuelta historia sentimental de mis últimos veinticinco años (o casi). Se dice pronto. 

En el ya muy lejano 2000, Punta Umbría comenzó siendo Arno y los madrugones en invierno para coger coquinas, los dos pendientes de las mareas, y de esa marea baja que aquí aleja el mar hasta convertir la playa en llanura infinita. Comenzó siendo la incomodidad del viento golpeando la cara y de la arena golpeando las piernas en un entorno semisalvaje, rodeado de pinos, dunas y enebros, y protegido de especulaciones inmobiliarias desmedidas. Comenzó siendo una playa extraña –demasiado abierta y demasiado inhóspita para mis estándares de entonces de lo que debía ser una playa– y acabó siendo lo que es ahora: un paraíso en el que perder la mirada y en el que la brisa, que no el viento, se vuelve un aliciente más. 

Pero en estos años, y desde que Arno se fue –física y metafísicamente–, Punta Umbría también ha sido muchas otras cosas. Fue llorar a Manu, llorarle intensamente en unas navidades que parecían no acabar nunca. Y fue reencontrarla, el verano siguiente, junto a Marcos, y disfrutar con él de largos y perezosos días de playa –y también de alguna noche–. Y por último, Punta Umbría ha sido, durante años, el lugar al que escaparse con Ramon a pasear y a comer lubinas en un chiringuito como los de antes, con los pies hundidos en la arena y sin nada ni nadie entre nosotros y el mar. 

Así que, cuando paseo por aquí, me vienen a la mente flashes y sensaciones de vidas pasadas. Y en este recuento casi involuntario me pregunto si no hubo, en todas ellas, en cada caso, un momento inicial que predijera su final. Un piloto, una alarma, un algo que señalara a tiempo el camino de vuelta.

¿Quizá pudo ser la primera vez en que pensé que el alcohol era un problema y que lo que se decía y lo que se hacía eran cosas distintas? ¿O el momento en que perdoné algo inaceptable sin que mediara una auténtica conversación al respecto? ¿O cuando quien no se comprometía (porque no quería o porque no podía) me pedía exclusividad? ¿O quizá fue ese primer momento en que tuve que defenderme por ser quien era o cómo era? ¿O ese en que me dije por primera vez que no importaba si al otro no le interesaban mis cosas? ¿O incluso ese otro en que aparté de mi cabeza la punzada de dolor producida por alguna mezquina muestra de egoísmo, de falta de la más mínima empatía?

Sí, siempre hay un primer momento, pero solo parecemos darnos cuenta de su importancia mucho después de que pase. Y aún así, equivocarse es también vivir, o incluso es vivir más que si no nos equivocáramos. Caerse más, levantarse más, aprender más.

Ahora, con la tranquilidad de que el pasado no es sino pasado, ando de nuevo por esta playa que es, sobre todo, mía; y siento que romper, por muchas veces que se haga, no es tan malo si es necesario; y escucho al mar, que sabe mucho de eso, de romperse y renovarse; y sé que mi vida, la poca o mucha que me quede por delante, empieza de nuevo aquí, y lo hace al ritmo de mis nuevos pasos.

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