Día cero: doce kilos de mochila

A punto de coger el bus a Irún

Juro que no sé cómo ha podido pasar, que todo lo he pensado para que pesara lo menos posible, que he hecho una revisión de mochila a lo peli Alma salvaje en la que han caído la cámara de fotos (lo último que hubiera querido sacrificar), el impermeable gordo, un par de forros polares, la mitad de las camisetas, las sandalias, parte de la ropa interior, la mitad del jabón y del champú, la crema de los pies, los pantalones cortos de «no andar»…. Vamos, que me dejo la mitad de lo previsto y aún así son doce kilazos, tres más de lo que recomiendan los foros como lo razonable en estos casos (sí, los leo).

¿Que qué llevo? Veamos: además de la propia mochila (1,5kg), la tienda, el saco y la colchoneta hinchable (si hago caso a las web serían en total otros tres kilos); el bikini y la toalla (decathlon tamaño medio); tres camisetas de manga corta, una de tirantes y dos de manga larga (¡soy friolera!); dos pantalones para andar (corto y largo) y uno más para las noches; plumas e impermeable (ambos ultraligeros); frontal, GPS, ipad, móvil, cargadores y baterías externas o de repuesto; cosas de aseo (cepillo de dientes, crema, jabón y champú) y botiquín (tiritas, compeed, blastoestimulina, ibuprofeno, fisiocream, venda elástica, esparadrapo, pinzas y tijeras pequeñas); ropa interior y, finalmente, cuchillo y cantimplora.

Nerviosa porque no sé cómo andaré con todo eso a mi espalda (y eso que la mochila es estupenda y lo carga todo sobre las caderas). Nerviosa porque estoy llegando a Irún y, después de esta noche, no sé cuando volveré a pillar una cama, nerviosa porque es la primera vez que estaremos yo y el GPS (y los miles de mapas que llevo cargados en la ipad —¡gracias Ramon!—) solos en la montaña y porque llevo tanto tiempo queriendo hacer esto que ahora, a punto de comenzar, parece irreal.

¿Llegaré a Itaca? ¿Encontraré sirenas? ¿Conseguiré no aburrir a mis hasta ahora pocos pero sin duda valiosísimos y queridísimos seguidores (y a partir de ahora, sí, prometo contestar a todos y cada uno de vuestros comentarios)? ¿Tendré que seguir soltando lastre? ¿Cuántos días llegará a tene este blog?…

Mañana más.

El reto de la ARP 

Hace nueve años descubrí, a la fuerza, la magia del viajar sola. Y de paso me enamoré del Pirineo. Una locura fortuita, una intuición, una búsqueda inconsciente que me llevó a embarcarme en una travesía de siete días con Atlas Natura, una empresa totalmente desconocida con gente igualmente desconocida y a mil kilómetros de Sevilla, mi ciudad de adopción. La experiencia me marcó por su belleza, su intensidad, su dureza y, sobre todo, por su poder de hacerme sentir plena. Pero además, conocí a gente maravillosa y recorrí paisajes que me parecieron de otra dimensión, de otro planeta. Siempre en pos de los pies de un compañero o tras la senda de banderillas naranjas con las que el guía, Françesc, una fuerza de la naturaleza, señalaba el camino.

El camino. Solo el camino. Sin pensar en cuánto queda ni a dónde se va, solo caminar y avanzar. Y dormir y andar de nuevo. Y enmedio, el espectáculo de la naturaleza, de subidas interminables y bajadas más interminables todavía. Y la charla con todos esos desconocidos que, desde entonces, se convirtieron en entrañables amigos. 

Poco después aprendí que la ruta en la que me había embarcado era parte de la Alta Ruta Pirenaica, la travesía más dura de los Pirineos, la que discurre por la linea divisoria entre las aguas que se dirigen a Francia y aquellas que riegan España. Aproximadamente 900 kilómeros con unos 45.000 metros de desnivel acumulado que se hacen en unos 42 días. Y me juré que volvería verano tras verano hasta completarla.

Desde entonces han sido nueve años volviendo siempre a revivir experiencias y ocho de ellos con una idea creciendo en mi mente: Si andar siete días en grupo cada verano atravesando cachitos de cielo resulta tan increiblemente enriquecedor ¿qué no será abarcar el cielo entero? Recorrer todo el Pirineo, de costa a costa, pero eso sí, y a pesar del desconcierto que suele provocar la idea entre amigos y conocidos, en solitario. Porque es sola la única forma posible de andar con todos los sentidos puestos en el camino. La única forma de conseguir que la magia de la montaña atraviese mi piel y se filtre por todos mis órganos e inunde todas mis fibras. Y me llene el corazón y lo ensanche y lo engrandezca. Y me haga total y plenamente consciente de mi misma, de mis poderes y limitaciones, de mis miserias y mis grandezas.

Sé que es un reto difícil que hará surgir todos mis miedos y fantasmas, que habrá problemas  y días en los que desee tirar la toalla. Pero solo me da miedo el no conseguirlo, el que mi cuerpo se rebele y me diga basta, el que me lesione o me accidente, o el que la montaña se vuelva rabiosa y descargue tormentas y mal tiempo contra mí.   Y aún así, el reto está aquí y por fin, después de años de espera, la cuenta atrás ha comenzado. Un par de días más y me encontraré en Hendaya llena de dudas y esperanzas a punto de comenzar.

Sea como sea nunca nadie podrá decir que no lo he intentado.