Acerca de Elisa Pulla

Pianista, musicóloga, coach y montañera. Sensibilizada (y mucho) con temas mediambientales y energéticos y escritora vocacional en permanente proceso de aprendizaje.

Y fui feliz y comí… ¿perdiz?: Planell d’Aigüestortes, Estany Llong, Estany Redó y Portarró d’Espot.

Como si fuera el final de un cuento, pero en singular, así acaban estos días de julio en el Pirineo. Porque a pesar de ellos (de los cuentos), pero también del cine, de las series, de las familias, de los amigos, de toda una sociedad cuyo referente último de felicidad es la pareja; incluso a pesar, a veces, de mí misma; sí, hay felicidad en estar sola.

Para mi último día me he reservado el subir al Planell d’Aigüestortes en taxi desde Boí para desde allí acercarme al Estany Llong y al Estany Redó y luego subir al Portarró d’Espot. Desde su mirador se puede contemplar la vertiente más oriental del parque: el Estany de Sant Maurici. No soy consciente de los kilómetros ni del desnivel que hago hasta que más tarde lo miro: ¡Unos veinte kilómetros y unos 800 metros de desnivel! ¿Después del desánimo de estos meses, ya puedo afirmar que me recupero? ¡Me veo llevándole flores a mi traumatólogo! ¡Bien!

Planell de Aigüestortes.

El camino hasta llegar al Estany Llong es idílico además de sencillo. Un paseo súper agradable por un pista ancha que corre paralela al rio Sant Nicolau. Es la perfecta imagen de montaña, la de los cuentos (los cuentos de nuevo): el río, el verde, las flores, las montañas… y todo ello sin apenas desnivel, lo cual, a estas alturas (a 2000 metros de altura) es más que raro. Es un paraíso que culmina en la gran masa de agua que es el Estany Llong y en la ancha llanura verde que lo rodea, donde, cómo no, pacen apaciblemente un buen puñado de vacas.

Estany Llong.

Siguiendo, ahora ya sí, por un sendero (y siguiendo corriente arriba el recorrido de las aguas), está el Estany Redó (el lago redondo, para que nos entendamos), más discreto, más elevado, más escondido, y rodeado de paredes grises tiznadas de negro. Es aquí donde paro a comer, mirando las «manadas» de peces diminutos (¿esto se llama también cardumen?). Me llama la atención cómo su movimiento apacible se vuelve a veces espasmódico, como si todo el grupo hubiera recibido alguna suerte de descarga eléctrica, o como si respondiera, rapidísima y coordinadamente, a las instrucciones de una directora de orquesta invisible.

No, tampoco hay referentes de mujeres que dirijan orquestas. Y no hay película que empiece con una mujer viajando sola y que no acabe con esa misma mujer emparejada. Vale, sí, hay alguna excepción. En Un amor, la peli de Isabel Coixet basada en el libro de Sara Mesa, la protagonista, después de tener una tórrida historia con un paisano, acaba sola…, pero emocionalmente destrozada. No sé qué es peor. Agraciadamente, la realidad de viajar sola es otra. Sobre todo si una no va buscando hacer amig@s. Sobre todo si una tiene una edad.

La realidad de viajar sola es que una empieza haciendo muchos planes para cada día y luego, a medida que pierde el miedo a la soledad y que deja de imaginarse desde fuera para sentirse desde dentro, empieza a permitirse caer en la improvisación, incluso en el aburrimiento. Y diría que, al igual que el objetivo de hacer yoga no es mantener posturas difíciles sino poder estar sentada cómodamente en el suelo con las piernas cruzadas, conseguir, estando sola, llegar a un estado que podría definir como de «cómodo aburrimiento» (ese en que, sin hacer nada, ningún pensamiento negativo viene a machacarnos), es la prueba de que aquí, en la soledad, y contra el pronóstico general, la felicidad es posible.

Marmitas de gigante del río Sant Nicolau.

Volviendo al Planell de Aigüestortes, ayer también estuve aquí. Pero no subí en taxi, vine andando desde el parking. Son unos seis kilómetros y unos 450m de desnivel por un sendero precioso que comienza entre fresas, atravesando un bosque, y finalmente se abre al llegar al estany de la Llebreta. Después, sigue río arriba y culmina, poco antes del llano, en un encadenamiento de pequeñas cascadas con profundas pozas redondas en su base: una formación geológica que recibe el sugerente nombre de «marmitas de gigante». Me viene Jorge Manrique a la cabeza. Si un río es una vida, cada «marmita» podría ser una relación. Un aparente remanso en el que una queda «circulando» durante un tiempo hasta que la fuerza de las aguas, de la vida, de la voluntad, del frío gélido del fondo, la impulsan a la siguiente cascada, a la siguiente marmita. A veces pasamos la vida así. A veces el río se vuelve apacible. A veces hacemos algo que lo vuelve apacible.

La subida al Portarró d’Espot no se me hace especialmente dura. Lo más bonito es ir viendo cómo cambia la vista del lago, de los lagos, conforme subo. Es un puerto amplio y hay que acercarse al mirador (otros quince minutos andando) para poder asomarse al otro lado. Me gusta verlo porque, al contrario que esta parte del Parque, aquello sí lo conozco: Sant Maurici, el Port de Amitges… Y ver ya también desde aquí montañas más lejanas, las de la frontera andorrana, con la Pica d’Estats a la cabeza.

He sido muy feliz estos días. Quizá porque me he querido mucho. Y esto, que resulta aparentemente tan abstracto y tan presuntuoso, es, en realidad, tal y como yo lo veo, sencillo y necesario. Es hacer con una misma lo que se haría con alguien a quien se quisiera. Cuando pregunto en mis clases de Coaching, el alumnado lo tiene claro. ¿Qué haces por las personas a las que quieres? Escucharlas, hacerles regalos, apoyarlas, animarlas, tratarlas bien… Estos días he escuchado mis necesidades (de andar, de parar, de relajarme, de pensar, de escribir, de leer…); me he hecho regalos (un par de comidas en restaurantes estupendos); me he animado y apoyado (hablándome como hablaría a la mejor de mis amigas); me he tratado bien…

Flores en el Planell d’Aigüestortes.

Y termino comiendo –pero no perdices, sino cordero ecológico– en una terraza con vistas a la preciosa iglesia de Sant Clement de Tahüll, uno de esos lugares mágicos que puebla mi retina desde que viera por primera vez su imagen en mi libro de Historia de octavo de EGB. Durante toda la semana que he pasado aquí, no ha habido tarde que no me haya quedado contemplándola, boquiabierta, fascinada; ni vez que haya pasado a su lado sin que haya podido evitar fotografiarla.

Sant Clement de Tahüll.

Montaña, arte, soledad, paz. Unas vacaciones excepcionales.

De la presa de Cavallers al refugio Ventosa i Calvell: hoy toca piedra.

Me encanta andar entre piedras y por piedras. Dibujando el camino a cada paso. Jugando a decidir, de entre todas las posibilidades, dónde voy poniendo los pies. Como cuando era pequeña y el entretenimiento consistía en solo pisar un tipo de baldosa, o una de cada dos, o solo el blanco de los pasos de cebra, o en hacer equilibrios sobre un bordillo… Jugar. Eso es a lo que me animan estos caminos de montaña, como el de hoy, en los que casi todo son piedras: más o menos grandes, mejor o peor puestas, escalones enanos o gigantes, largas piedras lisas, pedruscos que ayudan a salvar un torrente…


Jugar, o también, y según se mire, meditar. Porque este juego obliga a la concentración (y más si una anda todavía con precaución postoperatoria). Una meditación que se acentúa en las bajadas y que hoy se prolonga durante casi cinco horas: las que tardo en ir y volver desde la presa de Cavallers, al final del valle de Boí, hasta el refugio Ventosa i Calvell, uno de los nueve refugios del Parque Nacional de Aigüestortes. Unos doce kilómetros y unos 600 metros de desnivel.

El muro de la presa de Cavallers visto desde el parking.

Cuando empiezo la ruta no tengo claro hasta dónde llegaré. Voy sin expectativas. A expensas de este cuerpo menopáusico mío que empieza a recordarme que la edad no solo está en la cabeza. Si hace diez años sudaba y resollaba en las subidas pero recuperaba rápidamente y aguantaba lo que me echaran, ahora, que estoy mucho más en forma que entonces (y que sudo y resuello mucho menos), a veces me siento sin fuerza y me cuesta más recuperar. Pero… Pero por encima de todo está siempre el optimismo: seguro que eso se arregla con nutrición. Así que recuerdo el curso de Marta León que me regaló Esther sobre el tema de la alimentación en la menopausia y una entrevista con Carlos Alix en LQTMD que también me llamó la atención. Y me prometo recuperarlos y aplicar todo lo que pueda.

Sin embargo, a pesar de ese «sin expectativas» o quizá precisamente por él, una vez bordeada la presa, cuando comienza el ascenso, ya no puedo parar. Supongo que es, en parte, el efecto de la euforia por el espectacular paisaje de alta montaña que me rodea y en el que domina, por encima del resto, el macizo de los Besiberris (una cresta formada por cuatro tres miles de ascensión complicada, y que, siempre al oeste, van quedando atrás conforme avanzo). Y supongo que también cuenta el que el camino está bien señalizado y su diseño, con un desnivel constante pero controlado que se adapta suavemente a la montaña, lo hace relativamente sencillo.

Sencillo, sí, que no monótono. Porque debido a sus grandes curvas y a los sucesivos repechos y recodos, el trayecto es difícil de intuir desde abajo. Como también es difícil imaginar, hasta que va apareciendo, toda la belleza de los prados, torrentes y cambios de paisaje inesperados que van surgiendo conforme se asciende y que convierten la subida en una maravillosa sorpresa continua. Casi sin darme cuenta, empachada de montaña, llego al Estany Negre y, bordeándolo, al refugio.

La bajada exige más concentración y por tanto más cansancio. Y me devuelve al cuerpo, a la «meditación». Tengo ganas de poder bajar de nuevo corriendo. Ya llegará.

Sustos, tempestades, y después, la calma: El Ibón de Gorgutes.

Último día rondando Benasque y la búsqueda de ruta (que no sea muy larga, que no tenga mucho desnivel, que sea bonita, que no sea repetir…) me lleva a este ibón de nombre no muy atractivo, pero ibón al fin, y cuyo camino empieza justo donde termina la A-139. Me fascinan esas carreteras que, llegado un momento, simplemente se cortan, mueren. Y hay muchas así por los valles pirenaicos. Son vías interrumpidas abruptamente por la montaña. Proyectos transfronterizos que nunca existieron o que quedaron olvidados sin más. ¿Hubo aquí un proyecto de seguirla? No lo sé. Pero una vez que termina, solo hay que continuar por el sendero que se abre justo frente a ella durante unos tres y pico kilómetros y salvar un desnivel de unos 600 metros para llegar al puerto de la Glera. Et voila, Francia.

Al fondo, el puerto de la Glera, y en el camino, el primero de los neveros.

El ibón queda muy cerca del puerto. A solo unos quince minutos y a unos 50 metros por debajo de él, pero elijo no seguir. No quiero forzar. Además, el tiempo, que cuando he salido era estupendo, ahora se está estropeando, y hay al menos dos neveros que atravesar hasta llegar al final. Me basta y me sobra con el lago, gracias. ¿Prudencia? ¿Comodidad? ¿O solo es que ya he cumplido sobradamente mis expectativas de hoy? Un poco de todo. Pero para ser sincera creo que es un ataque de híperprudencia sobrevenida después del incidente de ayer.

Ibón de Gorgutes.

Tiendo a asumir que no soy especialmente prudente aunque la experiencia y los amigos me dicen que no es así y aunque la prudencia, supongo, es también un tanto subjetiva. Pensándolo, supongo que depende del autoconocimiento, de la confianza en una misma, de la motivación, y también de si voy sola o acompañada. Pero ayer me di cuenta de que también depende del nivel de estrés con el que se toman las decisiones. El estrés, a mí, lejos de paralizarme, me hace seguir hacia adelante. Y sé que no hago locuras, que difícilmente pierdo el control, y que la responsabilidad me puede por encima de (casi) cualquier otra cosa, pero ayer debí parar antes.

La previsión era de lluvia. Mucha. Y como no era día de andar hice un plan alternativo: visita a pueblos y homenaje gastronómico en forma de menú degustación en Villanova, en Casa Arcas. Maravilloso, precioso, riquísimo (vale, sí, para quienes comemos poco, pero igualmente maravilloso, precioso y riquísimo). Ya por la tarde, relajada, tranquila, contenta, me aventuré por la pista que va de Chía a Plan. Y ahí empecé a enredarme. Cuando llevaba varios kilómetros y la pista empezó a estropearse no supe parar. Mi optimismo me decía que era mejor seguir. Y seguí. Y aguanté el estrés de conducir durante muchos kilómetros por terreno húmedo y un poco demasiado irregular pensando, a cada rato, que quizá sería mejor volver, pero dejándome llevar por un razonamiento que me decía que lo que quedaba no podía ser peor que lo hecho. Y llegué a Plan. Y respiré. Ahora solo quedaba volver por carretera. Un camino bastante más largo, pero carretera al fin. ¿Se acabó? Eso pensaba.

Segunda parte. Al poco de pasar Aínsa, miré el río y me impresionó. Era un torrente crecido y desbocado de color marrón rojizo. ¡Lo que ha debido llover!, me dije. Y casi antes de darme tiempo a pensarlo, la lluvia empezó a arreciar y me metí de cabeza en la boca del lobo. Un lobo hecho de agua. Una cortina espesa y violenta que convirtió el conducir en un tenso, tensísimo, navegar, durante un tiempo indefinido en el que no hubo sitio en mi cabeza salvo para capear el temporal. Más estrés. Y así llegué a Campó. Civilización y algo menos de lluvia. Un cierto alivio. Debí parar allí. Descansar. Informarme de cómo estaba el resto del camino… Pero no lo hice. No caí en que la cosa, lluvia aparte, podía empeorar. La inercia, el estrés, el cansancio, el qué sé yo…, me hicieron seguir. Y pasé al siguiente nivel: el congosto de Ventamillo.

El congosto de Ventamillo es el estrecho cañón de paredes verticales, de más de 300 metros de altura, que se extiende a lo largo de diez kilómetros y que da acceso al valle de Benasque. Conforme me adentraba en él, la lluvia empezó a bajar, pero como resultado del temporal, el asfalto, en algunos tramos, era un amasijo de tierra y piedras (pequeñas sí, pero piedras). Con el miedo ya metido en el cuerpo, sin saber qué iba a encontrar más adelante, la parte irracional de mi cerebro tomó el control y me hizo seguir. En realidad me daba tanto miedo parar como continuar así que supongo que tampoco estuvo tan mal. De hecho, casi me sale bien. Pero no. Ya cerquita del final, tras el último tramo arrasado, mi viejo Seat Ibiza no pudo más y empezó a quejarse. En pocos segundos el ruido y el traqueteo no me dejaron opción. La rueda delantera derecha había reventado. Parada forzosa y casi un alivio al ver que solo había sido eso. Ya está. Se acabó.

Y curiosamente, sí, ahora sí, lo peor había pasado. Mientras llamaba al seguro, paró de llover, aparecieron de la nada dos coches de la guardia civil, la grúa tardó apenas media hora y la rueda de repuesto hizo su misión. En menos de una hora pude seguir y todo quedó en un susto, en un mal sueño.

Y por ese «mal sueño» llevo todo el día con las alertas puestas. Atenta, primero, a cualquier ruido extraño que haga el coche (y claro, cuánta más atención pongo, más me parece sentir y oír cosas raras). Y atenta también, cuando empiezo a andar, a que no veo a nadie más en el camino y a que, al contrario que otras veces, no he avisado a nadie de mi ruta de hoy y estoy sin cobertura. Y aunque pronto empiezo a ver gente, tomo conciencia de que, de cara a próximas salidas, especialmente si vuelvo a la travesía, tendré que tomar medidas.

El torrente que viene del lago y uno de sus puentes.

Por cierto, la ruta de hoy, aunque corta, es bonita y variada, con bosque, con prados, con torrente, con puentes que parece que se van a caer en cualquier momento, con una vista diferente de los Llanos del Hospital, y con la recompensa final del lago, que es más grande de lo que me esperaba. A pesar de que hoy la luz (está nublado) no ayuda, y el día es desapacible y no invita a quedarse, es un final fantástico a estos días aragoneses.

Y en el camino, orquídeas.

De relaciones, embudos y montañas: El Forau de Aigualluts.

En mi segunda excursión por Benasque me rindo a lo tópico: el Forau de Aigualluts. Un paseo a ese lugar a los pies del Aneto donde el torrente salvaje que emerge de él se remansa de repente y es engullido por un sistema karstico que actúa a la manera de sumidero, de embudo gigante. ¿Es lo mismo que pasa en muchas relaciones? ¿Vigor inicial, alegría, euforia, promesas de felicidad que acaban sumergidas, succionadas, antes o después, por una realidad prosaica y obstinada? Sí, estoy en pleno modo de reflexión relacional, lo sé, qué le voy a hacer.

Mirada hacia atrás en el camino a Aigualluts.

La ruta, desde el parking de Llanos del Hospital, es sencilla pero preciosa. Unos trece kilómetros (ida y vuelta) y menos de 400 metros de desnivel. La mitad se puede hacer en autobús pero eso priva también de la mitad de la belleza, de la mitad del disfrute de esas montañas que rondan o superan los 3000 metros y que enmarcan, por el norte, por el sur, por el este y por el oeste, la amplia cabecera del valle del Ésera, donde el verde, las vacas y por supuesto, y otra vez, las flores, convierten la ruta en una auténtica delicia. Especialmente en un día tan limpio como hoy.

Y hablando de relaciones… En mi vida he conocido a gente que establece historias especiales con animales e incluso con cosas. Están aquellos que dicen que los perros son mejores que las personas y quienes sienten a su moto, o incluso a su bici, como si fueran sus novias (no, no conozco mujeres con motos o bicis que usurpen el papel de personas). En mi caso, mi relación especial es, sin duda, con la montaña. Un perro es un ser incondicional que, hagas lo que hagas con él, siempre te querrá. Una moto, una bici, son cosas que lo más que piden es mantenimiento y accesorios (novia incluida, para algunos, en el caso de las motos). Su capacidad de dar satisfacción es limitada y, muchas veces, está condicionada por un grupo (el de amigos con el que se disfruta). La montaña, al contrario, no solo está viva, sino que exige conocimiento y respeto, se disfruta preferentemente en solitario (o así es como yo lo veo) y es un tú a tú en la que ella también impone sus normas.

Mi relación con la montaña se basa en el respeto mútuo. Si yo no puedo andar mucho, como ahora, ella me permite disfrutarla facilitándome rutas sencillas, incluso lugares desde donde contemplarla sin andar. Pero si mi cuerpo lo permite, ella me desafía y me va mostrando sus secretos. Si yo no la respeto, pongo en peligro mi vida; pero si me intereso por ella y me esfuerzo en conocerla, el premio es inconmensurable en felicidad y belleza. Y es verdad que, hasta cierto punto, esta es una relación aparentemente desigual porque ella tiene una fuerza que yo no poseo. Pero al final, su fuerza se equilibra con mi prudencia (ya, vale, no es la mejor de mis virtudes, pero…), su belleza se encuentra con mis ojos, y su fiereza no oculta maldad. La mía tampoco.

Hoy ando despacio, muy despacio. Paro a tomar café en el Hospital de Benasque que, como todos los «hospitales» fronterizos, fue antes posada de viajeros. Ahora es un hotel ubicado en un entorno magnífico. Mientras ando, voy dejando atrás los desvíos: a la izquierda, el del Portillón de Benasque y la subida al Puerto de la Picada; a la derecha, el primero de los caminos a la Renclusa, el refugio que sirve de campo base para la ascensión al Aneto. A mitad de camino, otra parada, en la Besurta, donde llega el bus, con chiringuito incluido.

Esta época y este año son magníficos para ver ríos, cascadas, torrentes… Para dejarse envolver por la magia del agua. Y en este caso, también por la magia de su desaparición. Cuando llego al final de la ruta, me siento un rato a contemplar ese pequeño lago de agua turquesa y aparentemente estancada que es el Forau de Aigualluts. Da un poco de vértigo. La curiosidad quiere encontrar el lugar por donde siguen las aguas, pero es el propio suelo el que las absorbe y las lleva a otra parte, a otro valle, el de l’Artiga de Lin, donde pasan a alimentar un río francés, el Joèu. Parece que el agua, como la vida, también da muchas y sorprendentes vueltas. Un poco más adelante están la cascada y los llanos. Y al levantar la mirada, la silueta del Aneto se dibuja, soberbia, sobre el valle. Todavía conserva mucha nieve y eso lo hace aún más imponente y hermoso.

Diría que en mi próxima vida quiero ser montaña. Pero como no creo en vidas futuras, mi deseo tendrá que ser, entonces, parecerme, ya en esta vida, a una montaña. Tener la fuerza, la paz, la belleza y la estabilidad que ella tiene. Mostrarme amable desde lejos, sí, pero solo permitir que se acerque quien esté dispuesto a escucharme, a conocerme, a respetarme. A subir a mis picos y bajar a mis valles. A hacer el esfuerzo de adentrarse en mis secretos y permanecer en mis tormentas.

Y así, sin presiones, sin condiciones, sin egoísmos ni ambigüedades, moldeando mis caminos al tiempo que se trasforma el caminante, disfrutar del siempre fructífero diálogo que se da entre quienes están dispuestos no solo a hablar sino también a escuchar, y poder sentir, por fin, el equilibrio entre lo que doy y lo que recibo.

Entre Benasque y Cerler: pinzones, cascadas y agradeceres.

Soy de esas otras personas que siempre que puede elige andar y quizá por eso me gusta tanto hacer travesías. Ese levantarse y echar a andar desde el mismo punto al que se llegó el día anterior. Esa autosuficiencia. Ese no necesitar un coche para desplazarse. Ese olvidarse de ruedas y motores para poner a trabajar el cuerpo. Y sentirlo. Y dejar que me lleve. Y aunque este verano la travesía me está vedada, hoy recuerdo un poco lo que se siente al levantarse, desayunar, y echar a andar directamente, sin aproximaciones innecesarias, sin que el tener que montar en un vehículo rompa la experiencia de un día perfecto de montaña.

No sé qué hora es, pero el tiempo es magnífico y salgo desde el precioso apartamento que me he alquilado en Benasque aprovechando que por aquí pasa un sendero que comunica con Ancilles y Cerler. Ancilles está a media hora escasa, en llano; Cerler un poco más lejos y bastante más arriba (unos 400m). ¿Por dónde empiezo? Por lo difícil, por el sendero estrecho y empinado que lleva a Cerler: un antiguo camino de herradura que atraviesa el bosque y conserva todavía mucha de su piedra original.

Empiezo sin estar muy convencida, pero conforme subo y veo que el cuerpo y el tobillo responden, me voy animando. Los pinzones no paran de cantar en todo el trayecto. ¿Una señal más de que en este viaje no voy a poder dejar de recordar? Desde que he llegado a Benasque cada imagen, cada pico al que pongo nombre, trae consigo un aluvión de recuerdos: el Salvaguarda, el Gallinero, el Coll de Toro (y su espectacular ibón), el Mulleres, el Hostal Parque Natural, los días de lluvia de mi Transpi, el Aneto visto desde la subida al Puerto de la Picada, las marmotas de los Llanos del Hospital… ¡Y pensaba que haciendo una ruta diferente rompería el hechizo! Pero no, porque ahí están los pinzones, para seguir llevándome al pasado.

Al principio entro en rebeldía. ¿No puede ya mi mente pasar página? ¿No he soltado ya las amarras? ¿No había ya dejado atrás las dudas y el dolor? Sí, sin duda, a todo sí, pero entonces, ¿por qué se obstinan los recuerdos en aferrarse a mí? ¿debo apartarlos a toda costa? ¿o debo acogerlos como la parte de mi vida que son? Conforme asciendo voy soltando ese lastre de frustración que brota todavía a veces y lo sustituyo por el reconocimiento de todo lo aprendido. Y me siento agradecida.

Al fondo, el Possets.

Para cuando llego a Cerler es todavía temprano, me siento ligera de cuerpo y espíritu, y decido alargar la ruta y hacer, desde allí, la circular que comienza por la ermita de San Pedro Mártir y sigue hacia las cascadas de Ardonés, del Clotet y de la Mascarada. Eso añade unos seis kilómetros más a lo ya hecho y hace que el total de la ruta de hoy sea de unos quince kilómetros con unos 800 metros de desnivel. Teniendo en cuenta que sigo en recuperación es una «machada», lo sé (y más teniendo en cuenta que apenas paro lo justo para comer), pero la euforia de sentir que puedo hacerlo es mayor que la vocecita que me dice que lo pagaré mañana.

Cascada de Ardonés.

A cambio, estos últimos kilómetros son una gozada por las vistas increíbles al macizo del Possets y por las cascadas, especialmente por la primera de ellas, la de Ardonés, espectacular, ¡y con ducha obligada en el puente metálico que comunica sus lados! Porque no hay opción: mojarse o retroceder. Es una pena que no haga más calor pero aún así es un momento placentero: agua helada, ruido ensordecedor, un puente mínimo seguido de un corto pasillo sobre piedra húmeda en el que es necesario agarrarse a un cable… Pasada la cascada, en un lugar donde aún puedo admirarla, me paro a comer. Al espectáculo de la violencia visual y sonora con la que el agua se precipita al vacío, se une ahora el olor del tomillo silvestre sobre el que, sin darme cuenta, me he sentado. Una burbuja de paz en medio de la tormenta.

Dos de tres (cascadas).

Y ya de vuelta están las flores. Prados floridos. Amarillos, blancos, violetas, rosas silvestres, algún que otro lirio… ¿Cómo no sentirse agradecida? Entre tanto, sigo con mi runrún mental. Hay quien piensa que lo mejor para salir de una relación es acabar odiando a quien se amó. Siempre me ha parecido una idea falsa y triste. Tampoco creo que el objetivo sea salir rápido, sino salir bien, lo mejor posible. Porque una cosa es la rabia, la frustración, la amargura incluso, y otra es no darse cuenta de que cuando se ha querido tanto a alguien es porque había algo que necesitábamos y que esa persona nos daba. ¿Y odiarlo no sería también odiarse a una misma?

Por mi parte, desde siempre he buscado, he necesitado, conocer realidades diferentes, tener experiencias diferentes, acercarme a culturas diferentes… ¿Una forma de huir de mí misma? No necesariamente, pero sí el reflejo de un sentimiento profundo adquirido de niña y solo hecho consciente hace poco gracias a Yaiza, mi psicóloga: lo mío no importa, lo de los demás, lo de cualquier otro, importa más. ¿Triste? Sí. Pero también tiene sus ventajas: ¡he aprendido muchísimo!

De vuelta a Cerler.

Y pensando en ello, hago el repaso de todo lo que me ha aportado el último viaje emocional de mi vida. He practicado un nuevo idioma, he tenido contacto con una vida casi en las antípodas de la mía (en lo personal y en lo profesional), he roto alguna que otra barrera, y he aprendido mucho de montaña, muchísimo: a controlar los tiempos, a observar el terreno, a ver señales, a reconocer picos…

… y a identificar el canto de los pinzones.

Ordesa eterna

Y llegó de nuevo el verano. El primero después de un duelo que más que duelo ha sido una larga, larguísima, desescalada emocional. Y el primero después de una operación de tobillo que confío en que me dejará a volver a disfrutar en breve de un pie totalmente funcional: sin dolores, sin miedos, sin esguinces. Pero la recuperación es lenta, muy lenta, así que este será también el primer verano, después de muchos, en el que solo podré acercarme y, como mucho, «oler» la alta montaña, pero no pisarla. ¿Y qué puedo hacer? Por ejemplo, empezar con una visita al lugar donde empezó todo: Ordesa.

Circo del Pineta, en el sector de Monte Perdido del Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido.

La primera vez que viajé a los Pirineos fue hace más de treinta años y vine en moto, estrenándome como conductora, con mi pareja de entonces. Fue a primeros de junio y para cuando llegamos a nuestro alojamiento, el Parador de Bielsa, al fondo del Valle del Pineta, a los pies del Monte Perdido, estábamos empapados. Aquí, en el circo, después de trece kilómetros de valle que entonces era solitario y ahora ya no tanto, acaba la carretera y empiezan los caminos. El día, gris, lluvioso y desapacible, como hoy, era de una belleza a la que yo no daba crédito, a la que sigo sin dar crédito. En pleno deshielo, los torrentes, también como hoy, surcaban las montañas; el verde era el único color imaginable y el tiempo parecía detenerse. Y así se mantuvo todo durante los ¿dos, tres días? que estuvimos allí. Pero como la pareja no acompañaba, me quedé sin andar. Así que la primera vez que viajé sola a los Pirineos, bastantes años después, fue para andar, y andar aquí: una travesía en grupo desde Formigal a Parzán, desde el valle francés de Ossau que atravesaba gran parte del Pirineo aragonés y, por supuesto, y dentro de él, Ordesa.

El circo del Pineta desde el balcón del Parador de Ordesa

En este nuevo viaje, en el que el andar es limitado, me acompaña Ana, la última de las grandes amigas que la vida me ha ido poniendo en el camino. Es su primera vez en estas montañas y en su cara veo la misma magia, el mismo deslumbramiento, la misma felicidad que siento yo misma cada vez que atravieso España para venir aquí. Tenemos un reto: ir hasta la cascada de la Cola de Caballo, unos dieciséis kilómetros (ida y vuelta) y unos quinientos metros de desnivel. Es la ruta que recorre el Valle de Ordesa, el más emblemático del parque. Para ella es un reto porque apenas ha hecho rutas por montaña (y nunca una tan larga). Y para mí es un reto porque en los últimos meses lo más que he llegado a andar son diez kilómetros por ciudad, playa, o caminos llanos entre olivares.

El principio del camino desde la Pradera de Ordesa a la Cola de Caballo.

Para evitar encontrarnos con demasiada gente, hemos elegido el último día laborable de junio y por algún extraño milagro (no le he dicho, pero Ana es especialista en milagros), el tiempo, que dos días antes se presentaba infame, es magnífico. En Torla cogemos el autobús que nos lleva al principio del valle: otro milagro, las nuestras son las dos últimas plazas. Un señor se queja de tener que pagar por el servicio. Hace años, dice, había venido muchas veces por aquí y había podido acercarse en su coche sin problemas. Hay a quien le cuesta admitir que el tiempo pasa y las cosas cambian. Por mi parte, aplaudo que en la mayoría de las zonas protegidas que conozco, el acercamiento esté prohibido en vehículo privado. O andas o pagas.

Empezamos el camino como a las diez de la mañana y lo tomamos con calma, parándonos cada vez que un árbol, un remanso, una cascada o un trocito de bosque nos llaman la atención. Y eso significa que paramos mucho y que los kilómetros se hacen cortos. Y llegamos a las Gradas de Soaso, y allí la fascinación de Ana por el agua, por las imágenes, por el ruido, por el paisaje…, choca con mi querer llegar al final. La impaciencia me puede, menos mal que ella se deja convencer. Seguimos adelante.

Gradas de Soaso, en el camino a la Cola de Caballo, en el Valle de Ordesa.

Después de kilómetros de pista ancha y desnivel controlado, ya solo queda un poco de camino empinado, serpenteante y pedregoso hasta llegar al final del valle, donde este se abre a un espectacular circo dominado por tres montañas emblemáticas: el Cilindro de Marboré (3.325m), el Monte Perdido (3.348m) y el pico Añisclo (3.257m). Queda nieve en las cimas. La imagen, conforme nos aproximamos, es perfecta, casi irreal. Para mí es pura magia poder contemplar, de nuevo, este lugar, aunque añoro poder seguir ascendiendo y verlo desde arriba, desde más arriba.

Circo de Soaso, al final del Valle de Ordesa.

¿Y la cascada? No se ve hasta que se llega al fondo del valle. Escondida, surge de repente. No es la primera vez que la veo pero sí la primera vez que la veo con tanta agua, la vez que más impresionante está, la vez que más salpica al acercarse. Bañamos los pies en su base. Ya no hay prisa. El reto está cumplido. Solo queda disfrutar y volver.

Cascada de la Cola de Caballo

Y una vez cumplido el reto, otro día iremos, esta vez en coche, al Cañón del Añisclo. Y gracias a un nuevo milagro, las obras que lo han mantenido cerrado terminarán justo el día en que llegamos. Y lo más increíble será que lo recorreremos totalmente en solitario parándonos cada vez que el cuerpo nos lo pida. ¿No era esto un desfile interminable de coches? Al menos así era en mi recuerdo, un recuerdo que sustituyo, ya mismo, por este.

Entre caminos, recuerdos, valles y cascadas se me me ha pasado que en esta entrada quería también hablar de todas esas conversaciones que transcurren entre ellos y que hacen aún más grata la experiencia. Quería hablar de cómo, en montaña, los hombres nos siguen “enseñando cosas” (por alguna razón que desconozco, ser mujer implica atraer información no solicitada). Y quería hablar también, y sobre todo, de las inseguridades que me va generando el cumplir años. Inseguridades físicas y estéticas. Inseguridades respecto a un cuerpo al que no sé si le puedo pedir ya lo mismo que le pedía; respecto a una imagen que, de unos años a esta parte, no reconozco; y respecto al afrontar un futuro sin pareja por mucho que me guste la soledad. Otra vez será. De momento, me quedaré con las muchas, muchas risas de este viaje.

Con Ana, en Aínsa.

Punta Umbría… y volviendo a caminar

Años de repetir esguinces acaban pasando factura y llevan de cabeza al quirófano. Pero eso fue hace ya dos meses y ahora, poco a poco, comienzo de nuevo a caminar. El tobillo ya está limpio, sin protuberancias óseas indeseadas ni restos de cartílago flotantes que comprometan la articulación. Y el ligamento, por obra y gracia de una de esas prótesis de nueva generación que promete darme la estabilidad en la pisada que no tengo desde adolescente, ha vuelto a nacer. Estabilidad. Palabra mágica. 

Quiero, deseo, anhelo como pocas cosas, el volver a las largas caminatas. Y llegarán, claro que llegarán, pero todavía es pronto y ahora toca alegrarse con cada pequeño paso que se da, con cada territorio al que se vuelve.

Uno de esos territorios es Punta Umbría, con su playa kilométrica, donde me vengo el Domingo de Ramos. Para probarme, para medir sensaciones, para sentir de nuevo la arena hundirse bajo los pies. El día no es bueno y el mar anda revuelto, pero es perfecto para afinar la sensibilidad cromática y disfrutar de la riqueza de los grises: gris verdoso, azulado, blanquecino, amarillento…, cielo que se confunde con el mar y que se confunde con la orilla… Y entre gris y gris me doy cuenta de que en esta playa, la más cercana a casa, está escrita la revuelta historia sentimental de mis últimos veinticinco años (o casi). Se dice pronto. 

En el ya muy lejano 2000, Punta Umbría comenzó siendo Arno y los madrugones en invierno para coger coquinas, los dos pendientes de las mareas, y de esa marea baja que aquí aleja el mar hasta convertir la playa en llanura infinita. Comenzó siendo la incomodidad del viento golpeando la cara y de la arena golpeando las piernas en un entorno semisalvaje, rodeado de pinos, dunas y enebros, y protegido de especulaciones inmobiliarias desmedidas. Comenzó siendo una playa extraña –demasiado abierta y demasiado inhóspita para mis estándares de entonces de lo que debía ser una playa– y acabó siendo lo que es ahora: un paraíso en el que perder la mirada y en el que la brisa, que no el viento, se vuelve un aliciente más. 

Pero en estos años, y desde que Arno se fue –física y metafísicamente–, Punta Umbría también ha sido muchas otras cosas. Fue llorar a Manu, llorarle intensamente en unas navidades que parecían no acabar nunca. Y fue reencontrarla, el verano siguiente, junto a Marcos, y disfrutar con él de largos y perezosos días de playa –y también de alguna noche–. Y por último, Punta Umbría ha sido, durante años, el lugar al que escaparse con Ramon a pasear y a comer lubinas en un chiringuito como los de antes, con los pies hundidos en la arena y sin nada ni nadie entre nosotros y el mar. 

Así que, cuando paseo por aquí, me vienen a la mente flashes y sensaciones de vidas pasadas. Y en este recuento casi involuntario me pregunto si no hubo, en todas ellas, en cada caso, un momento inicial que predijera su final. Un piloto, una alarma, un algo que señalara a tiempo el camino de vuelta.

¿Quizá pudo ser la primera vez en que pensé que el alcohol era un problema y que lo que se decía y lo que se hacía eran cosas distintas? ¿O el momento en que perdoné algo inaceptable sin que mediara una auténtica conversación al respecto? ¿O cuando quien no se comprometía (porque no quería o porque no podía) me pedía exclusividad? ¿O quizá fue ese primer momento en que tuve que defenderme por ser quien era o cómo era? ¿O ese en que me dije por primera vez que no importaba si al otro no le interesaban mis cosas? ¿O incluso ese otro en que aparté de mi cabeza la punzada de dolor producida por alguna mezquina muestra de egoísmo, de falta de la más mínima empatía?

Sí, siempre hay un primer momento, pero solo parecemos darnos cuenta de su importancia mucho después de que pase. Y aún así, equivocarse es también vivir, o incluso es vivir más que si no nos equivocáramos. Caerse más, levantarse más, aprender más.

Ahora, con la tranquilidad de que el pasado no es sino pasado, ando de nuevo por esta playa que es, sobre todo, mía; y siento que romper, por muchas veces que se haga, no es tan malo si es necesario; y escucho al mar, que sabe mucho de eso, de romperse y renovarse; y sé que mi vida, la poca o mucha que me quede por delante, empieza de nuevo aquí, y lo hace al ritmo de mis nuevos pasos.

Navidad azul: de Rodalquilar a la cala De San Pedro, ida y vuelta

Cuatro navidades ya en Rodalquilar, en el centro del parque natural más suroriental de la Península. Cuatro. El covid, y su imposibilidad de salir temporalmente fuera de Andalucía, trajo la primera. Y ya me quedé enganchada.

¿Lo mejor? El mar, sí… Pero… ¡el silencio! Recuerdo cuando, tras el atentado de 2004 en Atocha, la gente que lo había vivido más o menos de cerca decía que lo más impactante era el silencio. El silencio repentino en una ciudad siempre ruidosa y justo antes de que las sirenas lo invadieran todo. Aquí el silencio, estos días, es también atronador, y también lo es por contraste de donde vengo. Especialmente lo escucho cuando amanece o anochece, porque es entonces cuando no perdono el paseo por estas tierras tan áridas, tan duras, tan bellas. Paseos buscando el sol y encontrando la luna… O al revés. Paseos mitad de día y mitad de noche. Pero siempre el silencio. Siempre la posibilidad de fundirse con el paisaje y escuchar las voces amplificadas que llegan (cuando llegan, que a veces también se callan) del interior.

Y así amanece el 25, Navidad. Hace un sol precioso, una temperatura magnífica y he decidido pasar el día andando. Salir de Rodalquilar hacia el Playazo, caminar hasta la Cala del Cuervo, seguir hasta Las Negras, atravesarlas, subir el siguiente promontorio y bajar hasta el asentamiento hippie de San Pedro, comer allí y volver. No sé cuántos kilómetros son pero, si a la vuelta estoy cansada, siempre puedo buscar un taxi o alguien que me acerque desde el pueblo. El día apunta solitario. No se ve un alma.

Y justo anoche escribí un post en Facebook reivindicando la soledad también en estos días. Y a cambio, recibí muchísimas felicitaciones (¡gracias!); algún que otro mensaje privado de quien hizo suyo el texto (pensando en esas personas, sin saber quiénes eran, lo escribí); y varios comentarios del tipo «si es eso lo que quieres…». Y son estos últimos los que más me dan que pensar. Porque sí, son bienintencionados, mucho, lo sé. Pero dejan clara la extrañeza y eso me deja el cuerpo raro.

Y pensando en ello, me viene a la cabeza una herramienta que normalmente se usa para identificar el machismo: el dar la vuelta a las situaciones cambiando el sexo de los «actores». Si haciéndolo no se percibe nada raro, no hay machismo. ¿Y si le doy la vuelta a esto de la soledad navideña? ¿A cuánta gente, cuando nos dice que pasará la Navidad con la familia, le decimos «si es eso lo que quieres, lo que has decidido…»? No, no lo hacemos. Porque damos por supuesto que eso es lo que todo el mundo lo quiere. Así que creo que la próxima Navidad empezaré a preguntar: ¿Es eso lo que quieres? Bueno, si es así…

No hay nadie en el Playazo en esta mañana de Navidad –solo un velero anclado muy cerquita de la playa– y muy poquita gente en el camino que lleva del blanco al negro. De las figuras caprichosas de la arenisca entre ocre y blanquecina, luminosa y pulida, que forma el trocito de costa más cercano a esta playa de nombre superlativo; a las no menos caprichosas formas de la piedra negra volcánica que da nombre a Las Negras. El mar siempre a mi derecha. Siempre brillante. Siempre azul.

Pasadas Las Negras, en la subida hacia la cala de San Pedro, me sale al paso un rebaño de cabras (más de mil, palabra de cabrero), muchas apenas bebés. Preciosas. Y aquí empieza el territorio hippie. Un poco envejecido, sí, pero eso lo hace incluso más auténtico. No se sabe si son vidas elegidas o sobrevenidas. Quizá una mezcla de las dos cosas. Hasta ahí todo bien. Pero en esta cala a la que solo se puede llegar andando o en barco, en la que no hay nada sino chabolas mejor o peor construidas, sí hay un chiringuito, y un chiringuito con música. Su volumen es atronador y se escucha ya desde arriba, justo desde el momento en que la costa gira y se asoma a la playa. El lugar es paradisíaco pero… adiós a la magia. Una pena. Comer y volver.

Llego a «casa» a punto de anochecer después de haber hecho unos veinte kilómetros (veinticuatro según el iPhone, pero no me fío de él). Plena de sol, de cielo y de mar. Pensando en que me tengo que bañar un día de estos. Pensando en que sí, que esto era exactamente lo que quería esta Navidad.

De Cuenca al Qüenca

La subida al Pic de Qüenca (2639m) es la última de mis rutas de este verano atípico y es también una asignatura pendiente desde que supe de la existencia de esta montaña imponente de cima marmórea y redondeada que se levanta a la espalda de Isil. ¿Cómo no subir a un pico que tiene el mismo nombre que mi ciudad natal?

El caso es que, por unas cosas o por otras –es decir, por ser otra la prioridad que me ha movido estos años–, lo había ido dejando de lado, hasta casi olvidarlo. Pero hace un par de días subí con Ramon al Coll de Cerbi (2313m), al otro lado del valle, y desde allí pudimos verlo de frente, y pudimos intuir que las vistas de las que disfrutábamos solo eran un aperitivo de las que se podrían ver desde allí, y sentí que me llamaba. Y no me pude resistir.

Mirando al Qüenca desde el Coll de Cerbi.

Dos días después madrugo para iniciar lo que va a ser, con diferencia, la subida más dura del verano, porque quiero empezar andando directamente en Isil en vez de hacer antes la aproximación en coche por la pista de Moredo y eso añade varios kilómetros y muchos metros de desnivel a la ruta. Me apetece probarme. ¿Puedo subir y bajar más de 1600 metros en un día?

Solo la aproximación, lo que se podría haber hecho en coche a pesar del mal estado de la pista, me lleva tres horas, pero siempre es un placer empezar a caminar temprano y poder subir poco a poco, sin forzar demasiado el cuerpo al principio. Eso sí, y puesto que por esta pista pasa la Alta Ruta Pirenaica, no me libro de sentir alguna que otra punzada de envidia, porque las pocas personas que me encuentro, con su mochilón a cuestas, despiertan, inevitablemente, recuerdos y nostalgias.

Una vez terminada la pista giro a la izquierda y sigo por un camino que se va perdiendo conforme se avanza hasta que el track me dice que es el momento de girar y enfocar, ahora sí, ya sin camino, directa, hacia arriba. La pendiente es muy acentuada, hace viento y el cuerpo lo sufre, así que subo despacio, esforzada, y como casi siempre que algo cuesta más de lo previsto, un poco desanimada. Pero sigo y llego al mini circo que hay casi al final. Y a partir de aquí todo es piedra, piedra blanca, esa que hace que este pico sea inconfundible desde cualquier lugar que se mire. Vamos allá.

Aunque nadie lo diría desde abajo, en este tramo final sí hay una especie de camino, un canal que permite subir alternando entre el trepar y el caminar. Voy con cuidado. Mucho. Estoy sola. No me he encontrado a nadie en las últimas horas ni creo que lo vaya a hacer en las siguientes, y aunque hay buena cobertura, no me quiero arriesgar ni lo más mínimo. Subo pensando en que no podré disfrutar de la cima debido al viento, que aprieta con fuerza. Y pienso en la bajada. Será peor. Lo sé.

Ya cerca del final, mirada hacia atrás y vista de lo recorrido.

Pero al llegar llega la magia. Y no solo la magia de una cumbre amplia con vistas increíbles y en la que estoy sola, sino la magia de que el día es precioso y ¡aquí no hace viento! Me olvido de la bajada y me instalo como si esta fuera mi playa privada. Miro, como, huelo, respiro… Siento el sol acariciarme… Me dejo abrazar por la piedra… Descanso el cuerpo y la mente… Y retraso el momento de volver…

Los lagos de Airoto desde la cima.

Aún así toca volver porque la bajada es larga. Y aunque bajo deprisa (salvo el tramo inicial en el que extremo las precauciones) también es dura. Me preocupa cómo recibirán mis rodillas y mis tobillos el impacto de tantos metros de desnivel. Por el momento, parece que bien, aunque días después el tobillo empezará a hincharse sin razón aparente reproduciendo una lesión antigua, pero ahora todavía no lo sé.

Ahora solo sé que me siento, una vez más, tremendamente afortunada y agradecida a mi cuerpo y solo pienso en cuidarlo para que me permita seguir subiendo y bajando y trepando y perdiéndome y encontrándome. Durante muchos veranos más.

Serendipia en el límite de Aigüestortes: Estanys de Gémena y de Roi

Por una de esas casualidades de este verano de cambios de opinión, de idas y venidas, y de improvisación constante… llego, ya terminando julio, a la Vall de Boí. Bueno, en realidad llego al Pont de Suert con la intención de hacer una parada técnica mientras decido si ir al este o al oeste y nada más llegar me doy cuenta de que estoy al lado de ese precioso y cuidadísimo valle que da entrada, por el sur, al Parque Nacional de Aigüestortes, y que, a pesar de ser pleno verano, destila tranquilidad por los cuatro costados. Un regalo y una casualidad absoluta porque de nuevo ha sido la búsqueda de un hotel apetecible lo que me ha traído hasta aquí, y luego han debido ser los astros quienes han querido, no solo que tuvieran una cancelación de última hora, sino que me «obligaran» a quedarme al menos dos noches.

El caso es que, ya aquí, ¿cómo evitar la tentación de andar un poco? Como sigo obsesionada con esquivar las rutas demasiado transitadas, elijo, de entre las posibles, una que no entra en el Parque, sino que se queda en sus límites, pero que sube a unos lagos, los de Gémena, que prometen ser preciosos. Y aún así, y no obstante, y para ser sincera, no me animo del todo a hacerla hasta que, justo en la caseta de información que hay donde empieza la ruta, el chico que la atiende me confirma que este año hay muy poca gente por aquí. ¡Bien! ¿Lo que he estado buscando por Aragón –verde, rocas, lagos, tranquilidad…– lo encuentro, sin buscarlo, aquí? ¿O es solo que es 31 de julio y la gente anda desplazándose? Sea como sea, el día, además, está especialmente limpio. Hacía tiempo que no veía un cielo tan azul. ¡Adelante!

Aunque el camino “oficial”, el señalizado, es lineal y sube y baja a los estanys de Gémena, el de baix y el de dalt, por el mismo sitio, me he bajado de Wikiloc un track circular que desciendo por otro valle, por otro lago, el de Roi. No creo que me anime a hacerlo pero… ya lo decidiré sobre la marcha.

Cuando empiezo, una familia me adelanta. Van deprisa. No sé si es inconsciencia o es que realmente están acostumbrados a subidas largas y duras y se ven con fuerzas para mantener un ritmo que a todas luces no es el mío. Les dejo pasar y empiezo a disfrutar del bosque. Poco después me los vuelvo a encontrar, parados. El niño, de unos ocho años, está llorando. La madre intenta consolarlo… con poca fortuna. El padre y la hermana mayor –unos once– miran resignados. ¿Saben que solo acaban de empezar? Les adelanto, les deseo lo mejor y supongo que abortan porque no les vuelvo a ver. Y me acuerdo de ellos cuando, después de un rato largo de bosque y después de atravesar un precioso prado, comienza la impresionante pedrera por la que toca trepar durante otro rato largo hasta llegar al primer lago. Reconozco que disfruto teniendo que usar brazos y pies para seguir avanzando en vertical pero también entiendo que no todo el mundo estaría de acuerdo conmigo. Decididamente, la ruta no es apta ni para quien tenga vértigo ni, me temo, para quien no esté habituado a la montaña.

Mirada atrás en el Planell de Llubriqueto

¿Alguien más en el camino? Pues aparte de la susodicha familia, solo me cruzo con dos caminantes: una mujer de unos setenta años y, poco después, un hombre de unos cuarenta acompañado de dos perros. Ambos tienen cara de pocos amigos, de no querer charlas ni compañías. ¿Llegaré a los setenta en ese estado de forma? ¡Me encantaría!

El caso es que después de unas tres horas de subida he llegado al primero de los estanys. Magnífico. Inmenso. De un azul espectacular. Lo bordeo parando cada poco, haciendo mil fotos, mandando vídeos a troche y moche para compartir este momento, flipando a cada paso y pensando si parar o seguir porque tan tentador es lo uno como lo otro. Pero me voy animando y sigo, y subo al siguiente estany, más pequeño, más modesto pero, si cabe, con mayor encanto. Está custodiado por una pared de roca que deja intuir nuevos lagos, esos que descansan ya a los pies del Besiberri sur. ¿Otro día? ¿Quizá para una escapada de dos o tres días? ¿Un mini Carros de Foc a mi aire y con mi tienda?

Sí, otro día será. Porque hoy solo tengo que decidir si volver por el mismo camino o no. Pero como me puede más mi vena exploradora que mi vena conservadora, y a pesar de que, para hacer la ruta circular, tengo que subir a un nuevo collado y hay un trozo sin señalizar, el terreno que se ve es de buen andar y espero que la bajada sea parecida. Me animo. Y no, no me arrepiento. El Pic de Gémena, junto al collado, tiene unas vistas increíbles. Y la bajada por el Estany de Roi es suave, herbosa, mullida, verde, amorosa… Nada que ver con la pedrera de la subida.

Cierro el lazo de esta preciosa circular en el Planell de Llubriqueto, recibida por caballos que pastan plácidamente. Ya solo queda descender de nuevo por el camino que atraviesa el bosque. Al final, son unos 15km –con algo más de 1100m de desnivel– de azul, verde y auténtico disfrute. No se puede acabar julio de mejor forma… ¿O sí?

Pues sí, se puede acabar escuchando música antigua en la preciosa iglesia de Santa Maria de Tahull y disfrutando del buen hacer de todo el grupo Les Timbres, especialmente de su violagambista, Myriam Rignol, cuya musicalidad, expresividad y naturalidad, cuya sonrisa, incluso en los momentos más complicados, son difíciles de superar.

Y se puede terminar llegando al hotel, contemplando la luna llena, y comprobando que, desde hoy, ya es definitivo: el próximo año vuelvo al CSM Manuel Castillo de Sevilla, del que salí, no por voluntad propia, hace unos años, y al que ahora vuelvo ya, sí, como catedrática. ¡Las vueltas que da la vida!

Los astros, las diosas, la serendipia… sea lo que sea, sea quien sea a quien se deba este día de inmensa felicidad y casualidades, dudo que se pudiera mejorar. Gracias astros, gracias diosas, gracias vida.