En Navidad, irresponsabilidad.

Escapar en Navidad. Anteponer la pulsión propia a los requerimientos ajenos. Dejar que el consumismo florezca sin hacer nada por alimentarlo. No pensar en qué comer o en cómo decorar y mucho menos en qué ropa usar. Ni siquiera pensar en a dónde ir porque una ya ha creado un universo paralelo que solo existe estos días y que aguarda, año a año, a ser redescubierto.

Sé que Rodalquilar existe más allá de la Navidad, o eso dicen, pero yo no acabo de creérmelo. Porque para mí no son solo sus casas –las habitadas y las abandonadas–; ni es su montaña horadada; ni tampoco, o no solo, su cercanía al mar. Rodalquilar es, sobre todo, limpieza de ojos y oídos, y también de pensamiento. Es descansar la vista en días vagando por paisajes desérticos y noches en las que, sin apenas iluminación, solo quedan las estrellas. Y es descansar los oídos, que de repente descubren que el silencio no era una quimera, sino que es real, que se puede palpar. Que, siempre sorprendente, desconcierta y abruma y atrapa. Y encandila. Silencio de ausencia, en el que nada vibra; y silencio ruidoso en que todas las frecuencias se ponen de acuerdo para pelear las unas con las otras en un ruido que, dicen, es blanco. ¿No sería más bien un silencio gris? El ruido de las olas. Un estrépito que se vuelve magia en las playas pedregosas. En orillas que suenan a perlas, a canicas, a palos de lluvia. Olas que lamen el cerebro y remueven los pensamientos. Y estos, a fuerza de golpearse unos con otros, se descomponen, se desintegran, y terminan por desactivarse.

Esta nueva vuelta a Rodalquilar viene acompañada de la consciencia de que quizá me estoy volviendo irresponsable y de la certeza de que eso, quizá, no es, en absoluto, tan malo. Lo pensaba el otro día, el del solsticio, escuchando una conversación entre amigas. Una le contaba a la otra cómo, después de años de intentar terminar amigablemente con una relación y cansada de que eso se entendiera como puerta abierta al abuso, había bloqueado a su última pareja. La respuesta de la otra me impactó: tras decirle que el problema había sido siempre que ella, manteniendo el contacto, le había dado esperanzas, le aseguraba que, si esta vez se mantenía firme, él encontraría otra pareja enseguida y que no se preocupara, que estaría bien.

No sé si me impactó más la naturalidad perversa de los argumentos o el darme cuenta de que podrían haber sido, hace no tanto, los míos. Ese dar por sentado que lo importante es que él, no ella, estuviera bien; y ese asumir que la responsabilidad del acoso al que era sometida fuera suya y solo suya, y la del cortarlo, también. ¿En qué mundo desquiciado la responsabilidad emocional cae, solo y casi siempre, de un único lado? ¿En qué extraño mundo una se tiene que preocupar del bienestar de quien la acosa? ¿Qué modelo perverso de sociedad moldea en la culpa a una parte de sus individuos para permitir que el resto puedan vivir despreocupadamente su irresponsabilidad?

Como muchas, muchísimas mujeres, he sido educada en la responsabilidad extrema y he sido domada por el saber que la culpa siempre estará a mi lado. Haga lo que se haga. Nunca seremos lo suficientemente buenas, ni lo suficientemente educadas, ni lo suficientemente entregadas, ni guapas, ni delgadas, ni válidas, ni estudiosas, ni… En definitiva, ¿nunca seremos lo suficientemente importantes? Porqué al final es eso. Tan solo eso.

Este nuevo solsticio me ha traído las ganas de ser irresponsable y que no me pese. O mejor. Me ha traído las ganas de responsabilizarme de mi propia vida de una forma diferente, de mirar de frente lo que me queda de ella y aprender a construir, alimentar y valorar los proyectos propios. Irresponsable para todo aquello que no lo merece y para todos aquellos que aprietan y ahogan; para los mandatos de género, los familiares, los de las amistades que no lo son…

Pero responsable, sí, sin duda, de cuidarme, de mantener la ilusión, de seguir aprendiendo a poner límites y de no dejar de agradecer a la vida lo hermosa que esta puede llegar a ser.

Feliz Navidad.

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