Ibón de Sen: en la luna con los buitres.

Tras la subida al ibón de Plan, el más turístico, la segunda de mis caminatas en el valle de Chistau este año es a otro ibón, el de Sen, mucho menos transitado, mucho más agreste y mucho menos amable pero…, partiendo de que mi amor a las piedras es grande, inmenso…, mucho más especial. Son unos ocho kilómetros y unos 1300 m de desnivel de ida y otros tantos de vuelta aunque se puede acortar tanto en distancia como en desnivel haciendo parte por pista. No digo que no lo piense, pero al final decido hacer la ruta completa y solo usar el coche para llegar al comienzo de la misma, a Puen Pecadó, el primero de los puentes que cruzan, río arriba, desde San Juan de Plan, el Cinqueta, y que está a unos dos kilómetros de mi alojamiento.

Desde allí salen dos caminos. Uno, el que va al ibón de Sen. Otro, el que corre paralelo al río hasta Viadós, un precioso valle a los pies del Posets, y que seguí parcialmente hace un par de días aunque reconozco que me aburrió. A pesar de su cercanía al río, este casi no se ve. Y me hacía ilusión, porque el Cinqueta (como se llama el afluente del Cinca que surca el valle) es conocido entre los aficionados al descenso de aguas bravas por ser uno de los mejores para practicar este deporte (o eso me cuenta Gorka, mi hostelero exkayakista –y ex muchas otras cosas más–). Asomada a Puen Pecadó, veo cómo fluye, salvaje, muchos metros abajo, embutido entre paredes rocosas; y entiendo lo alucinante que tiene que ser la experiencia de surcarlo en kayak.

La subida al ibón de Sen es solitaria. Primero, un poquito de bosque; luego, algo de pista, hasta llegar a los restos del lavadero de las antiguas minas de cobalto; después, subida remontando el torrente; y finalmente, y tras pasar un primer lago, una corta pedrera que aterriza justo en el ibón. Es cansado, no voy a decir que no, pero lo que marca la subida no es el esfuerzo sino los buitres. Al principio solo los veo sobrevolar de lejos; poco después empiezan a ser inquietantes porque los empiezo a ver, más o menos cerca, instalados en salientes rocosos; pero lo que no me esperó de ninguna forma es que, justo cuando estoy deseando descansar, al final de un repecho, mi presencia provoca una auténtica estampida de bestias aladas que pasan rozando mi cabeza. Son gigantes, su sombra me envuelve y el ruido de su planear suena realmente amenazador. Dan miedo. Estoy agotada pero aún así casi que corro cuesta arriba para sobrepasarlos cuanto antes. 

Pasado el susto llega la recompensa: el ibón, la luna. Pequeño, pero no tanto; rodeado en todo su perímetro por piedras y con aguas quietas pero profundas. Hipnótico, mágico, magnético. Al rato de estar allí me doy cuenta de que no estoy sola, también hay un pescador. No le he oído llegar. Aunque el agua invita al baño, la temperatura no. El día está completamente despejado pero a esta altura, 2340 m, hace más fresco que otra cosa. Y claro, cuando empiezo a bajar no me espero el calor. El final de la bajada se hace terrible, sin apenas sombra y con una temperatura que aunque no llegue a mis cuarenta sevillanos, sobrepasa ampliamente los treinta. Y eso, en estas latitudes, es mucho calor. A pesar de ello, me voy fijando en esas peñas tan cercanas a Plan, al sur, y que funcionan como un reloj de sol natural: la Peña de las Diez (a la que subí el otro día), la de las Once y la del Mediodía.

Mi homenaje gastronómico de hoy es en Casa Anita, un hotel precioso con una terraza extraordinaria en San Juan de Plan. No deja de llamarme la atención cómo estos pueblos (Plan, San Juan de Plan y Gistau), y a pesar de su componente turístico indudable, son  más vivos y heterogéneos de lo que se podría pensar para zonas tan remotas como estas a las que se llega por una estrecha carretera que muere aquí y que sortea gargantas a base de túneles en piedra viva –estrechos, sin iluminación, arcaicos, pintorescos– por los que una desea no cruzarse con nadie. Antes de los túneles, quedan los otros tres pueblos del valle: Saravillo, el más animado y cercano de todos; Sin, un pequeño pueblo con un gran albergue; y Serveto, enclave elevado de preciosas vistas y donde hace unos días encontré a un grupo de oriundos que me contaron cómo era la vida en el valle (y lo felices que eran) ¿hace 60, 70 años? 

¿He dicho que en esta parte de las vacaciones mi objetivo es más turístico-relajado que montañero?

2 comentarios en “Ibón de Sen: en la luna con los buitres.

  1. Hola de nuevo. En los ’90 fuimos al ibón de Barbaricia que es contiguo al de Sen desde el collado de Sahún. Y has descrito perfectamente las mismas sensaciones que tuvimos en aquella ascensión. Podemos deducir que son ibones “hermanos” en su profunda tranquilidad y lejanía de las rutas habituales. Que sigan así. Saludos

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