Ordesa eterna

Y llegó de nuevo el verano. El primero después de un duelo que más que duelo ha sido una larga, larguísima, desescalada emocional. Y el primero después de una operación de tobillo que confío en que me dejará a volver a disfrutar en breve de un pie totalmente funcional: sin dolores, sin miedos, sin esguinces. Pero la recuperación es lenta, muy lenta, así que este será también el primer verano, después de muchos, en el que solo podré acercarme y, como mucho, «oler» la alta montaña, pero no pisarla. ¿Y qué puedo hacer? Por ejemplo, empezar con una visita al lugar donde empezó todo: Ordesa.

Circo del Pineta, en el sector de Monte Perdido del Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido.

La primera vez que viajé a los Pirineos fue hace más de treinta años y vine en moto, estrenándome como conductora, con mi pareja de entonces. Fue a primeros de junio y para cuando llegamos a nuestro alojamiento, el Parador de Bielsa, al fondo del Valle del Pineta, a los pies del Monte Perdido, estábamos empapados. Aquí, en el circo, después de trece kilómetros de valle que entonces era solitario y ahora ya no tanto, acaba la carretera y empiezan los caminos. El día, gris, lluvioso y desapacible, como hoy, era de una belleza a la que yo no daba crédito, a la que sigo sin dar crédito. En pleno deshielo, los torrentes, también como hoy, surcaban las montañas; el verde era el único color imaginable y el tiempo parecía detenerse. Y así se mantuvo todo durante los ¿dos, tres días? que estuvimos allí. Pero como la pareja no acompañaba, me quedé sin andar. Así que la primera vez que viajé sola a los Pirineos, bastantes años después, fue para andar, y andar aquí: una travesía en grupo desde Formigal a Parzán, desde el valle francés de Ossau que atravesaba gran parte del Pirineo aragonés y, por supuesto, y dentro de él, Ordesa.

El circo del Pineta desde el balcón del Parador de Ordesa

En este nuevo viaje, en el que el andar es limitado, me acompaña Ana, la última de las grandes amigas que la vida me ha ido poniendo en el camino. Es su primera vez en estas montañas y en su cara veo la misma magia, el mismo deslumbramiento, la misma felicidad que siento yo misma cada vez que atravieso España para venir aquí. Tenemos un reto: ir hasta la cascada de la Cola de Caballo, unos dieciséis kilómetros (ida y vuelta) y unos quinientos metros de desnivel. Es la ruta que recorre el Valle de Ordesa, el más emblemático del parque. Para ella es un reto porque apenas ha hecho rutas por montaña (y nunca una tan larga). Y para mí es un reto porque en los últimos meses lo más que he llegado a andar son diez kilómetros por ciudad, playa, o caminos llanos entre olivares.

El principio del camino desde la Pradera de Ordesa a la Cola de Caballo.

Para evitar encontrarnos con demasiada gente, hemos elegido el último día laborable de junio y por algún extraño milagro (no le he dicho, pero Ana es especialista en milagros), el tiempo, que dos días antes se presentaba infame, es magnífico. En Torla cogemos el autobús que nos lleva al principio del valle: otro milagro, las nuestras son las dos últimas plazas. Un señor se queja de tener que pagar por el servicio. Hace años, dice, había venido muchas veces por aquí y había podido acercarse en su coche sin problemas. Hay a quien le cuesta admitir que el tiempo pasa y las cosas cambian. Por mi parte, aplaudo que en la mayoría de las zonas protegidas que conozco, el acercamiento esté prohibido en vehículo privado. O andas o pagas.

Empezamos el camino como a las diez de la mañana y lo tomamos con calma, parándonos cada vez que un árbol, un remanso, una cascada o un trocito de bosque nos llaman la atención. Y eso significa que paramos mucho y que los kilómetros se hacen cortos. Y llegamos a las Gradas de Soaso, y allí la fascinación de Ana por el agua, por las imágenes, por el ruido, por el paisaje…, choca con mi querer llegar al final. La impaciencia me puede, menos mal que ella se deja convencer. Seguimos adelante.

Gradas de Soaso, en el camino a la Cola de Caballo, en el Valle de Ordesa.

Después de kilómetros de pista ancha y desnivel controlado, ya solo queda un poco de camino empinado, serpenteante y pedregoso hasta llegar al final del valle, donde este se abre a un espectacular circo dominado por tres montañas emblemáticas: el Cilindro de Marboré (3.325m), el Monte Perdido (3.348m) y el pico Añisclo (3.257m). Queda nieve en las cimas. La imagen, conforme nos aproximamos, es perfecta, casi irreal. Para mí es pura magia poder contemplar, de nuevo, este lugar, aunque añoro poder seguir ascendiendo y verlo desde arriba, desde más arriba.

Circo de Soaso, al final del Valle de Ordesa.

¿Y la cascada? No se ve hasta que se llega al fondo del valle. Escondida, surge de repente. No es la primera vez que la veo pero sí la primera vez que la veo con tanta agua, la vez que más impresionante está, la vez que más salpica al acercarse. Bañamos los pies en su base. Ya no hay prisa. El reto está cumplido. Solo queda disfrutar y volver.

Cascada de la Cola de Caballo

Y una vez cumplido el reto, otro día iremos, esta vez en coche, al Cañón del Añisclo. Y gracias a un nuevo milagro, las obras que lo han mantenido cerrado terminarán justo el día en que llegamos. Y lo más increíble será que lo recorreremos totalmente en solitario parándonos cada vez que el cuerpo nos lo pida. ¿No era esto un desfile interminable de coches? Al menos así era en mi recuerdo, un recuerdo que sustituyo, ya mismo, por este.

Entre caminos, recuerdos, valles y cascadas se me me ha pasado que en esta entrada quería también hablar de todas esas conversaciones que transcurren entre ellos y que hacen aún más grata la experiencia. Quería hablar de cómo, en montaña, los hombres nos siguen “enseñando cosas” (por alguna razón que desconozco, ser mujer implica atraer información no solicitada). Y quería hablar también, y sobre todo, de las inseguridades que me va generando el cumplir años. Inseguridades físicas y estéticas. Inseguridades respecto a un cuerpo al que no sé si le puedo pedir ya lo mismo que le pedía; respecto a una imagen que, de unos años a esta parte, no reconozco; y respecto al afrontar un futuro sin pareja por mucho que me guste la soledad. Otra vez será. De momento, me quedaré con las muchas, muchas risas de este viaje.

Con Ana, en Aínsa.

6 comentarios en “Ordesa eterna

  1. Ha sido imposible que mis ojos no brillaran viendo el amor y fascinación que tienes a las montañas, que me lo enseñaras tú, con toda tu experiencia, no ha tenido precio posible. Me vuelvo enamorada de esas montañas , de «la cola de caballo y sus cascadas» y de todas esas risas y magia vivida. Muchas gracias por mostrarme tu mundo.

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  2. Pues que sigáis disfrutando mucho!!!! Las condiciones para ello son las perfectas ;-). Gracias por compartir con quienes seguimos todavía en dique seco. Un beso para las dos,

    Cristina

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