Últimamente me estoy volviendo experta en segundas, terceras o cuartas veces. ¿Me voy haciendo mayor? ¿me acomodo? ¿me hago previsible? Puede. Pero lo cierto es que tengo menos ganas de descubrir y más de disfrutar de lo ya conocido, de lo ya querido, de lo que forma ya parte de mi vida. Porque al final, con los años, una va aprendiendo, experimentando, descartando… y se queda con aquellas cosas que le merecen la pena y a las que le apetece volver una y otra y otra vez.

Desde que descubrí el Tuc de Marimanha y sus vistas espectaculares, desde que caminé por la carena que lleva, comenzando en él, hasta el Coll de Airoto, y mientras contemplaba incrédula la cantidad y la belleza de los valles y lagos que se desplegaban ante mi vista… Desde ese mismo momento, ya tenía ganas de volver aquí.

Y he vuelto. Y el día ha sido incluso más bonito que aquel que recuerdo, porque el cielo ha estado igual de azul pero no ha hecho viento. Porque he podido poner nombre a todo lo que veía y no solo alucinar con el espectáculo. Porque en vez de darme la paliza de empezar andando desde Salardú y bajar, por Airoto, hasta Isil; he empezado en Beret y, una vez visto lo que quería ver, y una vez que me he empapado de verde, de azul y de roca, he vuelto por el mismo camino.



Bueno, no exactamente por el mismo camino. Porque ya de vuelta, arriba, instalada cual pájaro en una de las rocas del pico, casi fusionada con él, descansaba una figura, la misma que hacía rato veía trepar alegremente por las aristas de la carena. Saludo, hablamos, le pregunto… ¿Es posible seguir hacia ese otro lado? Sí, no hay problema, puedes carenar o pasar por un camino lateral. ¿Hasta el Coll del Rosari? Sí, claro. Decido entonces bajar por allí aunque eso hace algo más largo el regreso. ¿He dicho que me encanta encontrar mujeres que van solas por la montaña? ¿Que me encanta hablar con ellas? ¿Que me encanta que me indiquen el camino? Cada día somos más.

En este afán mío por repetir, no siempre las cosas salen bien. Pero cuando volver a un sitio no es imaginar que todo será igual sino confiar en que lo ya aprendido nos dará seguridad para tomar mejores decisiones y limpiará de miedos innecesarios la experiencia… entonces es posible abrirse a sensaciones nuevas y dejar espacio para disfrutar de la improvisación.



Y entonces, solo entonces, la repetición no será tal, sino que se convertirá en un descubrimiento más.