Este año las vacaciones me han pillado con el pie cambiado. Con el final de mi segunda Transpi, ese grandísimo objetivo que es el germen de este blog y en torno al cual han girado casi todos los veranos de los últimos años, me siento ya en paz con el reto. Pero claro, sin él queda el vacío, un vacío inquietante, casi angustioso, que se traduce en un desasosiego difícil de superar. Y no, no es que me hayan faltado planes a modo de piruetas y dobles saltos mortales que buscaban salvarlo de la mejor manera posible: Córcega (el GR20), el norte de Francia (un viaje al pasado), incluso Suecia (nuevas travesías, nuevas fronteras), eran mis destinos imaginados… pero… Pero al final, y conforme se ha ido acercando el momento de iniciarlos, esos planes se han ido revelando como lo que eran, formas de llenar un vacío, globos que se deshinchan con el paso del tiempo, especulaciones bonitas pero no lo suficientemente motivadoras. Quedan para otra ocasión, o quizás para nunca, quién sabe. ¿Y entonces? ¿La opción? ¿Quedarme en casa?

No diré que no se me ha pasado por la cabeza. De hecho, el final de junio y los primeros días de julio he descubierto que tampoco se está tan mal en casa de una descansando. ¡Incluso se está muy bien! Días de pereza y de aire acondicionado en los que disfrutar de este espacio que tanto me gusta ir creando. Y días en los que irme haciendo a la idea de que el curso próximo todo vuelve a cambiar, que volveré a trabajar donde ya no creía que lo haría y que para ello tendré que despedirme de un centro que empezó siendo una condena pero que ha acabado convirtiéndose en el mejor de los lugares donde he trabajado nunca, y de compañeras (y algún compañero) que ya son parte de mi familia. Nunca me ha gustado la salsa agridulce.
Con todo ello sé que me espera un verano diferente. Tengo ganas de tranquilidad, de comodidad, de sentirme como en casa pero… Pero también de tener campo, monte o naturaleza de cualquier tipo por donde pasear (o probarme de nuevo en caminatas extenuantes) a una temperatura decente (al menos inferior a los 45º con que el verano ha irrumpido aquí, en Sevilla). ¿Y entonces?

Entonces hago la maleta y comienzo el viaje. Y el camino, como siempre, y como no podía ser de otra forma siendo verano, me conduce al norte, esta vez pasando por Gandía para ver a la familia. Una vez allí, y ya que me debato entre ceder a la inercia que me lleva de cabeza a mi querido Isil, en el Alt Áneu, o darle vueltas a otros posibles destinos; entre el decidir conscientemente o dejar que la vida decida por mí; programo una parada en el camino para dar tiempo a que mi indecisión se decida. ¿Dónde? Donde Booking me da la mejor opción. ¿Ganador? Mas de l’Illa. Una preciosa casa rural en medio de una finca de frutales al borde mismo del Ebro. Y ahora sí, empiezan las vacaciones y empieza esta entrada.

¿Cuánta España desconocemos? ¿Cuántos caminos existen que quedan fuera de nuestro «radar»? ¿Cuánta belleza sencilla, cercana, amable, nos queda por descubrir? Llegar a mi destino, a escasos kilómetros de Móra d’Ebre, justo a tiempo de ver la puesta de sol y sentirme, desde el primer momento, como en casa, como en la casa que me gustaría tener, ya es un comienzo estupendo. Alargar inmediatamente la visita unos días más siguiendo solo mi intuición es una señal. Encontrarme con un entorno lleno de belleza natural y no menos lleno de historia de batallas recientes (por mucho que haya quienes quieran borrar esa memoria) es impactante.







El río como el centro en torno al cual transcurre la vida. El río como frontera natural, como trinchera. El río que debe ser y es protegido. El río que me recuerda a que yo también me crié en una ciudad junto a un río, a un río vivo, real, y no a ese sucedáneo, por muy grande que sea, que es la lengua del Guadalquivir que divide Sevilla. El Ebro, aquí, me recuerda al Júcar a su paso por Cuenca; sus orillas me llevan a la infancia: a juegos, baños, aventuras, paseos…; y esa ruralidad que parece ajena al paso del tiempo resuena en mi memoria. De nuevo, a casa.

Retrocedo a un mundo en que los ríos se atraviesan en barca, y encuentro el único paso que queda en el Ebro que funciona solo por acción mecánica, la del barquero, que solo ayudado por la corriente, por los gruesos cables que van de orilla a orilla, por un timón y mucha pericia, consigue hacer cruzar a personas y vehículos. Y subo, una vez cruzado el Ebro, al castillo de Miravet y empiezo a ver trocitos del trazado del GR99, un sendero que en este momento todavía no lo sé, pero del que poco después me entero que es el ˝camino natural del Ebro» o “camino de sirga”, es decir, el que va desde el mismísimo nacimiento del río a su desembocadura, más de 1200 km después. ¿Un posible nuevo reto para mi? ¡Me encanta la idea! Aunque quizá tenga que esperar a que me jubile para poder hacerlo con tiempo y con «buen tiempo» (que no en verano).




Pero el GR99 no es el único que atraviesa la zona. También está el GR7, el más antiguo de los senderos de gran recorrido señalizados en España, que va nada menos que desde Andorra hasta Tarifa, y que pasa muy cerquita de aquí. De hecho, la única mini ruta que hago estos días es una pequeña parte de él, la que va desde Tivissa a la ermita de Sant Blai. Es un recorrido corto y sencillo que hago sin encontrarme a nadie en el camino. La sensación, en un día de calor y con el monte seco, es que el fin del mundo ha llegado y ha arrasado con cualquier forma de vida humana. ¿Más GRs por aquí? Sí, hay más, unos cuantos más, pero me quedo con GR171, variante del susodicho GR7 que atraviesa la comarca de la Terra Alta y da incluso nombre a un vino de esa denominación de origen. ¡Ya tengo información más que de sobra para escapadas varias!

Y con todo este oxígeno recibido, me encamino, ahora sí, a Isil, sin saber muy bien si me quedaré o no, si alargaré o encogeré los días allí, sin saber nada pero aceptando lo evidente: que este es un verano de transición.