Costa da Morte (2): Y si no ando, ¿qué hago? Formas de viajar (sola).

Esta mañana, cuando he dejado mi preciosa habitación en Queiroso, muy cerca de la playa de Nemiña, Mari Carmen, la dueña, me ha dicho que para otra vez la llame directamente, que tiene unas habitaciones chiquititas en el ático perfectas para una persona sola, y que me va a salir por la mitad de precio. Sé que lo ha dicho con la mejor de las intenciones, y teniendo en cuenta lo caro que es viajar sola, se lo agradezco. Pero no puedo evitar que me fastidie el que se asuma que quienes viajamos solas no necesitamos apenas espacio, ni casi comodidades, ni por supuesto buenas vistas, ni…

Estos días en Galicia, desde que abandoné sobre la marcha la idea de hacer a pie O Camino dos Faros; y una vez hecho el cambio de ritmo físico y mental; y vencida la inercia de madrugar, recoger y salir temprano; y mentalizada de que no hay mucho que hacer más allá de llegar cada día a un destino que está insultantemente cerca (en coche) del anterior; he vuelto a ser dueña de mi tiempo y a disfrutar inmensamente de un plan que nunca, conscientemente, habría hecho. 

Playa de Lobeiras

Sigo mi viaje. Parando en cada faro, en cada punto emblemático. Siguiendo las etapas predeterminadas por el viaje original a pie: de Ponteceso a Laxe, de ahí a Arou, y luego, sucesivamente, a Camariñas, a Muxía, a Nemiña y a Finisterre. De repente, estoy en un viaje de relax y todo lo que llevo va en una mochila. Todos los días me pongo la misma ropa y me dejo llevar. ¿Que ayer me gustó alguno de los lugares por los que pasé? Vuelvo. ¿Que he visto un lugar agradable donde tomar café? Me instalo un buen rato en él. ¿Que paso por delante de un restaurante con pintaza? Entro y pido mesa. ¿Que llego pronto al hotel y la habitación es agradable? Me quedo leyendo hasta que me harto. ¿Que no hace viento? Paseo de playa en playa por esta costa alucinante hasta que no puedo más o hasta que se me hace de noche.Y por el camino descubro la hermosa ría de Corme, el dolmen de Dombate, el pequeño pueblo de Camelle, la playa de Lobeiras, el Cementerio de los Ingleses (y sus espectaculares playas cercanas), la soledad salvaje del faro de Touriñán o la estrecha ría de Lires. Y no me canso de mirar a ese mar azul intenso y a las muchas formaciones rocosas que lo pueblan. Porque además, el tiempo es fabuloso: cielos despejados y veinte grados de máxima todos los días (la mitad justo de los cuarenta sevillanos que me esperan a la vuelta).

Barca en la playa de Lobeiras

Y me doy cuenta de que he normalizado tanto lo de ir sola que ya no me quita energía, y que ya no me siento extraña por ser, casi sistemáticamente, la única persona sola entre montones de parejas y familias. Casi ni me fijo en ello. Al contrario, disfruto de este improvisar constante que únicamente se puede hacer en soledad y ahora, cuando alguien me pregunta si voy sola, ganas me dan de contestar, ¿y tú no? 

Faro Vilán

Pero a pesar de eso, soy consciente de lo estigmatizada que está la soledad. Se supone que hay soledad «elegida» y «no elegida», y el mero hecho de hacer esa diferencia no deja de ser una forma de mostrar que estar sola es anormal. Mientras que la soledad «no elegida» se perfila como el peor de los horizontes vitales posibles, la «elegida» se acepta hasta cierto punto, aunque se mira con recelo. No llegamos a creer que sea una opción tan satisfactoria como estar en familia o en pareja.

En el camino hacia el Cementerio de los Ingleses.

Pero ¿se puede elegir lo que no se conoce? ¿Se puede conocer lo que se evita? ¿Se puede no evitar lo que se muestra como negativo? ¿Alguien nos enseña a estar solas? En un mundo que dice reivindicar las diferencias; donde hay cada vez hay más gente que vive aislada; donde el individualismo campa a sus anchas; donde las redes (amistosas, amorosas o familiares) son cada vez más frágiles; y donde antes o después, queramos o no, tendremos que experimentar momentos de soledad; no deja de ser extraño el que nadie nos enseñe a conocernos, a querernos y a disfrutar de nuestra propia compañía.

Faro de Touriñán.

Porque, tal y como yo lo veo, no es una cuestión de elección, sino de normalización. Es verdad que a veces la soledad llega sin más, sin quererla, sin buscarla; y también que a veces es una elección en negativo, consecuencia de lo que no se quiere. Pero partiendo de la base de que casi nunca (como casi nada) es absoluta o permanente, lo interesante es cómo se viva. ¿Es una condena o simplemente algo diferente? ¿Hay que salir cuanto antes de ella o instalarse lo más cómodamente posible a ver qué nos puede aportar? En mi caso, me aporta la posibilidad de conocerme, de escucharme, de cuidarme, de enfrentarme a mis fantasmas y de multiplicar la intensidad de la experiencia del viajar. Un viaje que no es necesariamente mejor ni peor. Solo diferente.

Volviendo a Mari Carmen, de Queiroso, y a cómo también decidió a mi llegada que no me compensaba cenar allí, me pregunto de dónde viene esa subestimación de las necesidades del viajero (la viajera) solitario. Dándole vueltas a ello pienso que, puesto que hay quien emprende este tipo de viaje con la única idea en la cabeza de conocer gente, para ellos, quizás, el dónde se duerma y el qué se coma sean lo de menos. He de reconocer que no es mi caso.

2 comentarios en “Costa da Morte (2): Y si no ando, ¿qué hago? Formas de viajar (sola).

  1. Interesante reflexión sobre la soledad, Elisa. Me identifico con una solitaria «por elección» en mi vida cotidiana y sé que he acertado. Viajo así por todo el mundo y lo recomiendo a quien me pregunta. A veces replican aludiendo a mi suerte (?); o dicen que me envidian (?). No es fàcil tomar esta vía, pero los beneficios son infinitos: sensación de libertad y de dominio de tu vida, incremento de la curiosidad, mayor apertura hacia los demás… Por supuesto a veces me siento sola; entonces recuerdo la cantidad de veces en que me he sentido sola estando en pareja… muchas más que ahora. Y vuelvo a estar convencida de mi decisión.

    Felicidades por tu blog, Elisa, el cual sigo desde la época de Francesc, Ramón, Elena….

    Un abrazo

    Carme Lafay

    Me gusta

    • ¡Hola Carmen! ¡Qué de tiempo! Me alegra saber de ti. Sí, a mí también me pasa eso de, a veces, sentirme sola, y darme cuenta de que más sola se está, a menudo, en compañía. Pero también me doy cuenta de que, cuando una está sola y se siente mal por ello, lo que se piensa es que el problema es de la soledad mientras que cuando está en algún tipo de relación y hay algo que le hace sentir mal, no se plantea el que el problema sea la relación sino que piensa el qué hacer para “arreglarlo”. Aceptamos que una pareja no es un camino de rosas pero no soportamos ni el más mínimo inconveniente que nos pueda producir la soledad. La pareja, por defecto, es felicidad. Y la soledad, por defecto, amargura. Descubrir que nada es como nos cuentan y las muchas ventajas de la soledad es absolutamente liberador.

      Me gusta

Deja un comentario