Día 5. Urepel-Burguete: Niebla

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Hoy ha sido un día extraño. Quizá la niebla haya tenido algo que ver y eso que ni siquiera era muy espesa. Pero falta de perspectiva, la ausencia de paisaje, la humedad constante, la lluvia inexistente que respeta los claros pero que se desata en los bosques… La soledad, que aún buscada me sorprende…

Porque en este día gris y anodino, desde que atravesé el minúsculo pueblo de Urepel saludando a venerables ancianas (exactamente dos) que aseaban las puertas de sus casas (sí, las francesas, al menos las más añejas, también lo hacen), han pasado 10 km sin ver un alma. A no ser que por «alma» se entiendan las ovejas que salen despavoridas a mi paso (¿recordáis la película Baby, el cerdito valiente?) o las jaurías de perros que aparecen de vez en cuando haciendo gala de su poderío vocal (¡Menos mal que hace tiempo vencí la fobia que les tenía!). Y me ha dado tiempo a sentir un pelín de aburrimiento y otro poquito de soledad. Pero lo curioso es que ¡eso significa que ya mi cuerpo no me incordia tanto! ¡Que la rodilla me deja vivir! ¡Que me voy acostumbrando a la mochila! ¡Que el repelente de bichos picadores funciona! ¡Que no hace ni frío ni calor! Bien.

Cambiando de tema, resulta chocante la diferencia entre esa Navarra profunda de la que vengo a la Francia no menos profunda de la que salgo. Los pueblos que me encontré en la primera, cuidadísimos, están llenos de alojamientos turísticos y, aunque se siente que los jóvenes escasean, hay pandillas de niños rondando libres y disfrutando del verano al cuidado de sus abuelos. En Les Aldudes, como en muchas otras zonas de Francia, los pueblos, igualmente cuidados, albergan sin embargo a una población mucho más envejecida, una vida turística casi nula y una actividad agraria más evidente.

El caso es que hoy, en mi empeño subconsciente de no hacer ningún día menos de 20km, he vuelto a recorrer los 4km de carretera entre Les Aldudes y Urepel lo que, añadido a los casi 16 de ruta  (diez y pico de subida, cinco y pico de bajada), voilá, me acercan a la media. Y se me ha hecho largo. Quizá porque la niebla no me ha dejado descansar (parar significa mojarse más y quedarse fría). Pero sobre todo porque de repente veo que esto va en serio ¡Y me entra la prisa por llegar! ¡Si seré tonta! La inmensa tranquilidad de estos días atrás en los que lo único importante era dar un paso detrás del otro y en los que estaba casi segura de que algo pasaría que no me dejara seguir ha dado paso a la inquietud del «¿y si lo consigo?», al prurito personal, al «venga Elisa, tú puedes». Y todo eso, lejos de ayudarme, me hace pensar más en la meta que en el camino y desvirtúa lo que he venido a buscar (eso que ni yo misma sé lo que es).

Y entre unas cosas y otras, he llegado a mi meta de hoy, Burguete (en euskera Auritz, ¡qué lío de nombres!). ¿Y por qué Burguete y no Roncesvalles que está tan solo a dos kilómetros al norte y es mucho más glamuroso y sonoro? Pues por una razón de peso: aquí está el único cajero automático en muchos kilómetros a la redonda y el primero desde que salí. Porque aunque resulte extraño, en Roncesvalles, a pesar de las hordas de peregrinos, no hay cajero, y mucho menos lo había en los pueblos por los que he pasado hasta ahora. Y aunque también resulte extraño, mea culpa, no había pevisto que algo así fuera a pasar.

Como tampoco había previsto el «estudiarme» las rutas que tengo por delante en los próximos días. Y cuando esta tarde he empezado a ver la que se me viene encima (noches y noches de dormir en tienda en zonas de acampada libre) me ha dado el miedo escénico y he pensado que necesito parar de nuevo para planificar, al menos, la próxima semana. Porque no solo se trata de controlar la ruta (aunque la lleve en GPS me gusta saber por dónde voy) y los sitios de avituallamiento y el dónde se va a dormir, sino que, a lo largo de estos días, y a pesar de las baterías de repuesto, se me ha hecho evidente que también necesito un enchufe (o dos) para mí sola al menos cada tres o cuatro noches. Y eso complica la organización.

Paciencia.

El reto de la ARP 

Hace nueve años descubrí, a la fuerza, la magia del viajar sola. Y de paso me enamoré del Pirineo. Una locura fortuita, una intuición, una búsqueda inconsciente que me llevó a embarcarme en una travesía de siete días con Atlas Natura, una empresa totalmente desconocida con gente igualmente desconocida y a mil kilómetros de Sevilla, mi ciudad de adopción. La experiencia me marcó por su belleza, su intensidad, su dureza y, sobre todo, por su poder de hacerme sentir plena. Pero además, conocí a gente maravillosa y recorrí paisajes que me parecieron de otra dimensión, de otro planeta. Siempre en pos de los pies de un compañero o tras la senda de banderillas naranjas con las que el guía, Françesc, una fuerza de la naturaleza, señalaba el camino.

El camino. Solo el camino. Sin pensar en cuánto queda ni a dónde se va, solo caminar y avanzar. Y dormir y andar de nuevo. Y enmedio, el espectáculo de la naturaleza, de subidas interminables y bajadas más interminables todavía. Y la charla con todos esos desconocidos que, desde entonces, se convirtieron en entrañables amigos. 

Poco después aprendí que la ruta en la que me había embarcado era parte de la Alta Ruta Pirenaica, la travesía más dura de los Pirineos, la que discurre por la linea divisoria entre las aguas que se dirigen a Francia y aquellas que riegan España. Aproximadamente 900 kilómeros con unos 45.000 metros de desnivel acumulado que se hacen en unos 42 días. Y me juré que volvería verano tras verano hasta completarla.

Desde entonces han sido nueve años volviendo siempre a revivir experiencias y ocho de ellos con una idea creciendo en mi mente: Si andar siete días en grupo cada verano atravesando cachitos de cielo resulta tan increiblemente enriquecedor ¿qué no será abarcar el cielo entero? Recorrer todo el Pirineo, de costa a costa, pero eso sí, y a pesar del desconcierto que suele provocar la idea entre amigos y conocidos, en solitario. Porque es sola la única forma posible de andar con todos los sentidos puestos en el camino. La única forma de conseguir que la magia de la montaña atraviese mi piel y se filtre por todos mis órganos e inunde todas mis fibras. Y me llene el corazón y lo ensanche y lo engrandezca. Y me haga total y plenamente consciente de mi misma, de mis poderes y limitaciones, de mis miserias y mis grandezas.

Sé que es un reto difícil que hará surgir todos mis miedos y fantasmas, que habrá problemas  y días en los que desee tirar la toalla. Pero solo me da miedo el no conseguirlo, el que mi cuerpo se rebele y me diga basta, el que me lesione o me accidente, o el que la montaña se vuelva rabiosa y descargue tormentas y mal tiempo contra mí.   Y aún así, el reto está aquí y por fin, después de años de espera, la cuenta atrás ha comenzado. Un par de días más y me encontraré en Hendaya llena de dudas y esperanzas a punto de comenzar.

Sea como sea nunca nadie podrá decir que no lo he intentado.