La Cala del Carnaje

A menos de una hora andando de Rodalquilar, a los pies de la Torre de los Lobos, y siguiendo un camino que alguna vez debió ser transitable en coche pero ya no, asoma una cala. Lo primero que se ve de ella es la palmera solitaria que la preside y que va aumentando de tamaño conforme una se acerca. La palmera, el mar… de entrada se diría que estamos en el Caribe. Pero no. Nada más lejos de la realidad. Porque esta cala, la Cala del Carnaje, no es de arenas blancas sino de grises piedras grandes como puños, como muñones, como cabezas. Y andar por ella no es fácil, hay que mirar al suelo, medir bien dónde se ponen los pies y asegurar el peso en cada paso ya que las piedras son traicioneras y a menudo inestables.

La primera vez que vine aquí me impactó su aspecto, sobre todo porque es como el negativo de esa otra cala, El Playazo, que queda ligeramente al norte de esta. Donde la una es arena la otra es piedra. Si la una es abierta, la otra está como encajonada. Y el blanco de la una se vuelve gris oscuro, casi negro, en la otra. Pero lo más impresionante de esta cala es su tranquilidad. Creo que, en todas las veces que he venido, en todos los amaneceres y atardeceres que he presenciado desde alguno de sus extremos, no me he encontrado, nunca, a nadie. Vale, sí, que vengo en invierno, en Navidad, cuando la gente está a otras cosas, pero aún así, tanta soledad, emociona.

Y atrapa.

El tiempo aquí parece detenerse entre un contemplar de piedras y restos ¿de naufragios? Al tiempo que el gris opaco y poroso de los «bolos» (las piedras) deviene a ratos grafito brillante por el mar que lame sus superficies redondeadas, la vista se va fijando en todo lo que, también el mar, parece haber ido arrojando sobre la playa: botellas de agua, paquetes de tabaco (alguno asomando todavía su contenido), zapatos, gorros, chaquetas… Una se pregunta, con un escalofrío, cuál será la historia de cada una de esas prendas y en cómo habrán llegado hasta aquí.

La extrañeza de sentir tan cerca vidas tan diversas, tan ajenas a lo propio. Saber que un ejército de marroquíes y sudafricanos sudan en los invernaderos cercanos al tiempo que en el pueblo encantador en el que me quedo se construyen casas a 400.000€ la más barata. Saber que mientras me lamento por mis pequeñas insatisfacciones estas playas reciben, cada año, pateras cargadas de inmigrantes. No todos vivos. Y saber que mientras veo, año a año, cómo el lugar se vuelve más exclusivo, con una exclusividad que se va quedando entre los muros de haciendas elegantemente decoradas y en restaurantes caros donde la gente casi ni se habla, el campo cuenta otras historias. La belleza y la pobreza. El desierto y la gentrificación. Las penas propias y los dramas ajenos. La injusticia.

Cuando por fin me animo a dar la espalda al mar y recorrer el camino a la inversa, no puedo evitar volver a fotografiar, como cada año, los olivos que flanquean el camino. Son pocos, espaciados, vencidos, desiguales, anémicos…, pero hermosos. Extrañamente armónicos y maravillosamente resilientes. Frágiles y a la vez poderosos. Su imagen, por lo que sea, se queda en mi retina más incluso que ese mar azul intenso y resplandeciente que lo rodea todo. Más que los senderos de los acantilados. Más que las caprichosas formas y colores de sus paredes.

Y así, sin más, otro año.

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