Último día rondando Benasque y la búsqueda de ruta (que no sea muy larga, que no tenga mucho desnivel, que sea bonita, que no sea repetir…) me lleva a este ibón de nombre no muy atractivo, pero ibón al fin, y cuyo camino empieza justo donde termina la A-139. Me fascinan esas carreteras que, llegado un momento, simplemente se cortan, mueren. Y hay muchas así por los valles pirenaicos. Son vías interrumpidas abruptamente por la montaña. Proyectos transfronterizos que nunca existieron o que quedaron olvidados sin más. ¿Hubo aquí un proyecto de seguirla? No lo sé. Pero una vez que termina, solo hay que continuar por el sendero que se abre justo frente a ella durante unos tres y pico kilómetros y salvar un desnivel de unos 600 metros para llegar al puerto de la Glera. Et voila, Francia.

El ibón queda muy cerca del puerto. A solo unos quince minutos y a unos 50 metros por debajo de él, pero elijo no seguir. No quiero forzar. Además, el tiempo, que cuando he salido era estupendo, ahora se está estropeando, y hay al menos dos neveros que atravesar hasta llegar al final. Me basta y me sobra con el lago, gracias. ¿Prudencia? ¿Comodidad? ¿O solo es que ya he cumplido sobradamente mis expectativas de hoy? Un poco de todo. Pero para ser sincera creo que es un ataque de híperprudencia sobrevenida después del incidente de ayer.

Tiendo a asumir que no soy especialmente prudente aunque la experiencia y los amigos me dicen que no es así y aunque la prudencia, supongo, es también un tanto subjetiva. Pensándolo, supongo que depende del autoconocimiento, de la confianza en una misma, de la motivación, y también de si voy sola o acompañada. Pero ayer me di cuenta de que también depende del nivel de estrés con el que se toman las decisiones. El estrés, a mí, lejos de paralizarme, me hace seguir hacia adelante. Y sé que no hago locuras, que difícilmente pierdo el control, y que la responsabilidad me puede por encima de (casi) cualquier otra cosa, pero ayer debí parar antes.
La previsión era de lluvia. Mucha. Y como no era día de andar hice un plan alternativo: visita a pueblos y homenaje gastronómico en forma de menú degustación en Villanova, en Casa Arcas. Maravilloso, precioso, riquísimo (vale, sí, para quienes comemos poco, pero igualmente maravilloso, precioso y riquísimo). Ya por la tarde, relajada, tranquila, contenta, me aventuré por la pista que va de Chía a Plan. Y ahí empecé a enredarme. Cuando llevaba varios kilómetros y la pista empezó a estropearse no supe parar. Mi optimismo me decía que era mejor seguir. Y seguí. Y aguanté el estrés de conducir durante muchos kilómetros por terreno húmedo y un poco demasiado irregular pensando, a cada rato, que quizá sería mejor volver, pero dejándome llevar por un razonamiento que me decía que lo que quedaba no podía ser peor que lo hecho. Y llegué a Plan. Y respiré. Ahora solo quedaba volver por carretera. Un camino bastante más largo, pero carretera al fin. ¿Se acabó? Eso pensaba.






Segunda parte. Al poco de pasar Aínsa, miré el río y me impresionó. Era un torrente crecido y desbocado de color marrón rojizo. ¡Lo que ha debido llover!, me dije. Y casi antes de darme tiempo a pensarlo, la lluvia empezó a arreciar y me metí de cabeza en la boca del lobo. Un lobo hecho de agua. Una cortina espesa y violenta que convirtió el conducir en un tenso, tensísimo, navegar, durante un tiempo indefinido en el que no hubo sitio en mi cabeza salvo para capear el temporal. Más estrés. Y así llegué a Campó. Civilización y algo menos de lluvia. Un cierto alivio. Debí parar allí. Descansar. Informarme de cómo estaba el resto del camino… Pero no lo hice. No caí en que la cosa, lluvia aparte, podía empeorar. La inercia, el estrés, el cansancio, el qué sé yo…, me hicieron seguir. Y pasé al siguiente nivel: el congosto de Ventamillo.
El congosto de Ventamillo es el estrecho cañón de paredes verticales, de más de 300 metros de altura, que se extiende a lo largo de diez kilómetros y que da acceso al valle de Benasque. Conforme me adentraba en él, la lluvia empezó a bajar, pero como resultado del temporal, el asfalto, en algunos tramos, era un amasijo de tierra y piedras (pequeñas sí, pero piedras). Con el miedo ya metido en el cuerpo, sin saber qué iba a encontrar más adelante, la parte irracional de mi cerebro tomó el control y me hizo seguir. En realidad me daba tanto miedo parar como continuar así que supongo que tampoco estuvo tan mal. De hecho, casi me sale bien. Pero no. Ya cerquita del final, tras el último tramo arrasado, mi viejo Seat Ibiza no pudo más y empezó a quejarse. En pocos segundos el ruido y el traqueteo no me dejaron opción. La rueda delantera derecha había reventado. Parada forzosa y casi un alivio al ver que solo había sido eso. Ya está. Se acabó.
Y curiosamente, sí, ahora sí, lo peor había pasado. Mientras llamaba al seguro, paró de llover, aparecieron de la nada dos coches de la guardia civil, la grúa tardó apenas media hora y la rueda de repuesto hizo su misión. En menos de una hora pude seguir y todo quedó en un susto, en un mal sueño.


Y por ese «mal sueño» llevo todo el día con las alertas puestas. Atenta, primero, a cualquier ruido extraño que haga el coche (y claro, cuánta más atención pongo, más me parece sentir y oír cosas raras). Y atenta también, cuando empiezo a andar, a que no veo a nadie más en el camino y a que, al contrario que otras veces, no he avisado a nadie de mi ruta de hoy y estoy sin cobertura. Y aunque pronto empiezo a ver gente, tomo conciencia de que, de cara a próximas salidas, especialmente si vuelvo a la travesía, tendré que tomar medidas.

Por cierto, la ruta de hoy, aunque corta, es bonita y variada, con bosque, con prados, con torrente, con puentes que parece que se van a caer en cualquier momento, con una vista diferente de los Llanos del Hospital, y con la recompensa final del lago, que es más grande de lo que me esperaba. A pesar de que hoy la luz (está nublado) no ayuda, y el día es desapacible y no invita a quedarse, es un final fantástico a estos días aragoneses.
