En mi segunda excursión por Benasque me rindo a lo tópico: el Forau de Aigualluts. Un paseo a ese lugar a los pies del Aneto donde el torrente salvaje que emerge de él se remansa de repente y es engullido por un sistema karstico que actúa a la manera de sumidero, de embudo gigante. ¿Es lo mismo que pasa en muchas relaciones? ¿Vigor inicial, alegría, euforia, promesas de felicidad que acaban sumergidas, succionadas, antes o después, por una realidad prosaica y obstinada? Sí, estoy en pleno modo de reflexión relacional, lo sé, qué le voy a hacer.

La ruta, desde el parking de Llanos del Hospital, es sencilla pero preciosa. Unos trece kilómetros (ida y vuelta) y menos de 400 metros de desnivel. La mitad se puede hacer en autobús pero eso priva también de la mitad de la belleza, de la mitad del disfrute de esas montañas que rondan o superan los 3000 metros y que enmarcan, por el norte, por el sur, por el este y por el oeste, la amplia cabecera del valle del Ésera, donde el verde, las vacas y por supuesto, y otra vez, las flores, convierten la ruta en una auténtica delicia. Especialmente en un día tan limpio como hoy.

Y hablando de relaciones… En mi vida he conocido a gente que establece historias especiales con animales e incluso con cosas. Están aquellos que dicen que los perros son mejores que las personas y quienes sienten a su moto, o incluso a su bici, como si fueran sus novias (no, no conozco mujeres con motos o bicis que usurpen el papel de personas). En mi caso, mi relación especial es, sin duda, con la montaña. Un perro es un ser incondicional que, hagas lo que hagas con él, siempre te querrá. Una moto, una bici, son cosas que lo más que piden es mantenimiento y accesorios (novia incluida, para algunos, en el caso de las motos). Su capacidad de dar satisfacción es limitada y, muchas veces, está condicionada por un grupo (el de amigos con el que se disfruta). La montaña, al contrario, no solo está viva, sino que exige conocimiento y respeto, se disfruta preferentemente en solitario (o así es como yo lo veo) y es un tú a tú en la que ella también impone sus normas.

Mi relación con la montaña se basa en el respeto mútuo. Si yo no puedo andar mucho, como ahora, ella me permite disfrutarla facilitándome rutas sencillas, incluso lugares desde donde contemplarla sin andar. Pero si mi cuerpo lo permite, ella me desafía y me va mostrando sus secretos. Si yo no la respeto, pongo en peligro mi vida; pero si me intereso por ella y me esfuerzo en conocerla, el premio es inconmensurable en felicidad y belleza. Y es verdad que, hasta cierto punto, esta es una relación aparentemente desigual porque ella tiene una fuerza que yo no poseo. Pero al final, su fuerza se equilibra con mi prudencia (ya, vale, no es la mejor de mis virtudes, pero…), su belleza se encuentra con mis ojos, y su fiereza no oculta maldad. La mía tampoco.

Hoy ando despacio, muy despacio. Paro a tomar café en el Hospital de Benasque que, como todos los «hospitales» fronterizos, fue antes posada de viajeros. Ahora es un hotel ubicado en un entorno magnífico. Mientras ando, voy dejando atrás los desvíos: a la izquierda, el del Portillón de Benasque y la subida al Puerto de la Picada; a la derecha, el primero de los caminos a la Renclusa, el refugio que sirve de campo base para la ascensión al Aneto. A mitad de camino, otra parada, en la Besurta, donde llega el bus, con chiringuito incluido.

Esta época y este año son magníficos para ver ríos, cascadas, torrentes… Para dejarse envolver por la magia del agua. Y en este caso, también por la magia de su desaparición. Cuando llego al final de la ruta, me siento un rato a contemplar ese pequeño lago de agua turquesa y aparentemente estancada que es el Forau de Aigualluts. Da un poco de vértigo. La curiosidad quiere encontrar el lugar por donde siguen las aguas, pero es el propio suelo el que las absorbe y las lleva a otra parte, a otro valle, el de l’Artiga de Lin, donde pasan a alimentar un río francés, el Joèu. Parece que el agua, como la vida, también da muchas y sorprendentes vueltas. Un poco más adelante están la cascada y los llanos. Y al levantar la mirada, la silueta del Aneto se dibuja, soberbia, sobre el valle. Todavía conserva mucha nieve y eso lo hace aún más imponente y hermoso.




Diría que en mi próxima vida quiero ser montaña. Pero como no creo en vidas futuras, mi deseo tendrá que ser, entonces, parecerme, ya en esta vida, a una montaña. Tener la fuerza, la paz, la belleza y la estabilidad que ella tiene. Mostrarme amable desde lejos, sí, pero solo permitir que se acerque quien esté dispuesto a escucharme, a conocerme, a respetarme. A subir a mis picos y bajar a mis valles. A hacer el esfuerzo de adentrarse en mis secretos y permanecer en mis tormentas.

Y así, sin presiones, sin condiciones, sin egoísmos ni ambigüedades, moldeando mis caminos al tiempo que se trasforma el caminante, disfrutar del siempre fructífero diálogo que se da entre quienes están dispuestos no solo a hablar sino también a escuchar, y poder sentir, por fin, el equilibrio entre lo que doy y lo que recibo.