Navidad azul: de Rodalquilar a la cala De San Pedro, ida y vuelta

Cuatro navidades ya en Rodalquilar, en el centro del parque natural más suroriental de la Península. Cuatro. El covid, y su imposibilidad de salir temporalmente fuera de Andalucía, trajo la primera. Y ya me quedé enganchada.

¿Lo mejor? El mar, sí… Pero… ¡el silencio! Recuerdo cuando, tras el atentado de 2004 en Atocha, la gente que lo había vivido más o menos de cerca decía que lo más impactante era el silencio. El silencio repentino en una ciudad siempre ruidosa y justo antes de que las sirenas lo invadieran todo. Aquí el silencio, estos días, es también atronador, y también lo es por contraste de donde vengo. Especialmente lo escucho cuando amanece o anochece, porque es entonces cuando no perdono el paseo por estas tierras tan áridas, tan duras, tan bellas. Paseos buscando el sol y encontrando la luna… O al revés. Paseos mitad de día y mitad de noche. Pero siempre el silencio. Siempre la posibilidad de fundirse con el paisaje y escuchar las voces amplificadas que llegan (cuando llegan, que a veces también se callan) del interior.

Y así amanece el 25, Navidad. Hace un sol precioso, una temperatura magnífica y he decidido pasar el día andando. Salir de Rodalquilar hacia el Playazo, caminar hasta la Cala del Cuervo, seguir hasta Las Negras, atravesarlas, subir el siguiente promontorio y bajar hasta el asentamiento hippie de San Pedro, comer allí y volver. No sé cuántos kilómetros son pero, si a la vuelta estoy cansada, siempre puedo buscar un taxi o alguien que me acerque desde el pueblo. El día apunta solitario. No se ve un alma.

Y justo anoche escribí un post en Facebook reivindicando la soledad también en estos días. Y a cambio, recibí muchísimas felicitaciones (¡gracias!); algún que otro mensaje privado de quien hizo suyo el texto (pensando en esas personas, sin saber quiénes eran, lo escribí); y varios comentarios del tipo «si es eso lo que quieres…». Y son estos últimos los que más me dan que pensar. Porque sí, son bienintencionados, mucho, lo sé. Pero dejan clara la extrañeza y eso me deja el cuerpo raro.

Y pensando en ello, me viene a la cabeza una herramienta que normalmente se usa para identificar el machismo: el dar la vuelta a las situaciones cambiando el sexo de los «actores». Si haciéndolo no se percibe nada raro, no hay machismo. ¿Y si le doy la vuelta a esto de la soledad navideña? ¿A cuánta gente, cuando nos dice que pasará la Navidad con la familia, le decimos «si es eso lo que quieres, lo que has decidido…»? No, no lo hacemos. Porque damos por supuesto que eso es lo que todo el mundo lo quiere. Así que creo que la próxima Navidad empezaré a preguntar: ¿Es eso lo que quieres? Bueno, si es así…

No hay nadie en el Playazo en esta mañana de Navidad –solo un velero anclado muy cerquita de la playa– y muy poquita gente en el camino que lleva del blanco al negro. De las figuras caprichosas de la arenisca entre ocre y blanquecina, luminosa y pulida, que forma el trocito de costa más cercano a esta playa de nombre superlativo; a las no menos caprichosas formas de la piedra negra volcánica que da nombre a Las Negras. El mar siempre a mi derecha. Siempre brillante. Siempre azul.

Pasadas Las Negras, en la subida hacia la cala de San Pedro, me sale al paso un rebaño de cabras (más de mil, palabra de cabrero), muchas apenas bebés. Preciosas. Y aquí empieza el territorio hippie. Un poco envejecido, sí, pero eso lo hace incluso más auténtico. No se sabe si son vidas elegidas o sobrevenidas. Quizá una mezcla de las dos cosas. Hasta ahí todo bien. Pero en esta cala a la que solo se puede llegar andando o en barco, en la que no hay nada sino chabolas mejor o peor construidas, sí hay un chiringuito, y un chiringuito con música. Su volumen es atronador y se escucha ya desde arriba, justo desde el momento en que la costa gira y se asoma a la playa. El lugar es paradisíaco pero… adiós a la magia. Una pena. Comer y volver.

Llego a «casa» a punto de anochecer después de haber hecho unos veinte kilómetros (veinticuatro según el iPhone, pero no me fío de él). Plena de sol, de cielo y de mar. Pensando en que me tengo que bañar un día de estos. Pensando en que sí, que esto era exactamente lo que quería esta Navidad.