De Cuenca al Qüenca

La subida al Pic de Qüenca (2639m) es la última de mis rutas de este verano atípico y es también una asignatura pendiente desde que supe de la existencia de esta montaña imponente de cima marmórea y redondeada que se levanta a la espalda de Isil. ¿Cómo no subir a un pico que tiene el mismo nombre que mi ciudad natal?

El caso es que, por unas cosas o por otras –es decir, por ser otra la prioridad que me ha movido estos años–, lo había ido dejando de lado, hasta casi olvidarlo. Pero hace un par de días subí con Ramon al Coll de Cerbi (2313m), al otro lado del valle, y desde allí pudimos verlo de frente, y pudimos intuir que las vistas de las que disfrutábamos solo eran un aperitivo de las que se podrían ver desde allí, y sentí que me llamaba. Y no me pude resistir.

Mirando al Qüenca desde el Coll de Cerbi.

Dos días después madrugo para iniciar lo que va a ser, con diferencia, la subida más dura del verano, porque quiero empezar andando directamente en Isil en vez de hacer antes la aproximación en coche por la pista de Moredo y eso añade varios kilómetros y muchos metros de desnivel a la ruta. Me apetece probarme. ¿Puedo subir y bajar más de 1600 metros en un día?

Solo la aproximación, lo que se podría haber hecho en coche a pesar del mal estado de la pista, me lleva tres horas, pero siempre es un placer empezar a caminar temprano y poder subir poco a poco, sin forzar demasiado el cuerpo al principio. Eso sí, y puesto que por esta pista pasa la Alta Ruta Pirenaica, no me libro de sentir alguna que otra punzada de envidia, porque las pocas personas que me encuentro, con su mochilón a cuestas, despiertan, inevitablemente, recuerdos y nostalgias.

Una vez terminada la pista giro a la izquierda y sigo por un camino que se va perdiendo conforme se avanza hasta que el track me dice que es el momento de girar y enfocar, ahora sí, ya sin camino, directa, hacia arriba. La pendiente es muy acentuada, hace viento y el cuerpo lo sufre, así que subo despacio, esforzada, y como casi siempre que algo cuesta más de lo previsto, un poco desanimada. Pero sigo y llego al mini circo que hay casi al final. Y a partir de aquí todo es piedra, piedra blanca, esa que hace que este pico sea inconfundible desde cualquier lugar que se mire. Vamos allá.

Aunque nadie lo diría desde abajo, en este tramo final sí hay una especie de camino, un canal que permite subir alternando entre el trepar y el caminar. Voy con cuidado. Mucho. Estoy sola. No me he encontrado a nadie en las últimas horas ni creo que lo vaya a hacer en las siguientes, y aunque hay buena cobertura, no me quiero arriesgar ni lo más mínimo. Subo pensando en que no podré disfrutar de la cima debido al viento, que aprieta con fuerza. Y pienso en la bajada. Será peor. Lo sé.

Ya cerca del final, mirada hacia atrás y vista de lo recorrido.

Pero al llegar llega la magia. Y no solo la magia de una cumbre amplia con vistas increíbles y en la que estoy sola, sino la magia de que el día es precioso y ¡aquí no hace viento! Me olvido de la bajada y me instalo como si esta fuera mi playa privada. Miro, como, huelo, respiro… Siento el sol acariciarme… Me dejo abrazar por la piedra… Descanso el cuerpo y la mente… Y retraso el momento de volver…

Los lagos de Airoto desde la cima.

Aún así toca volver porque la bajada es larga. Y aunque bajo deprisa (salvo el tramo inicial en el que extremo las precauciones) también es dura. Me preocupa cómo recibirán mis rodillas y mis tobillos el impacto de tantos metros de desnivel. Por el momento, parece que bien, aunque días después el tobillo empezará a hincharse sin razón aparente reproduciendo una lesión antigua, pero ahora todavía no lo sé.

Ahora solo sé que me siento, una vez más, tremendamente afortunada y agradecida a mi cuerpo y solo pienso en cuidarlo para que me permita seguir subiendo y bajando y trepando y perdiéndome y encontrándome. Durante muchos veranos más.