Mirando para… Jaca: Santa Cruz de la Serós, San Juan de la Peña y el Monte Oroel.

Ya casi agosto y ansia por andar. Ansia de verdes, de lagos y de rocas. Pero también ansia de soledad y de descanso. Ansia de paz. ¿Se puede conjugar todo esto en pleno verano?

Con todas las prevenciones del mundo cojo el coche y me voy para Aragón. Y como no acabo de tener claro qué quiero, si lo que me apetece es subir al Aspe; o hacer el trocito del GR11 que lleva, por Canal Roya, hasta los ibones de Anayet; o subir al ibón de Ip, al abrigo del Collarada…; me instalo unos días en un pueblito al suroeste de Jaca, Santa Cruz de la Serós, para ver si me va viniendo la inspiración.

Por segunda vez este verano la elección es fortuita peo también por segunda vez la cosa sale bien, muy bien. Santa Cruz de la Serós es un precioso pueblo-decorado construido en torno a una igualmente preciosa iglesia románica que, originalmente, fue parte de un monasterio femenino. De hecho ese «serós» viene de «serores», que en aragonés significa «sores» o «hermanas», y me parece una maravillosa coincidencia el que, justo ahora que de forma casi orgánica y espontánea me veo formar parte de un grupo de amigas-hermanas que me nutre cuerpo y alma, acabe dando con un pueblo cuyo nombre siento que las homenajea. Pocas calles, casas cuidadas, chimeneas “espantabrujas” que recuerdan a las de la Alpujarra granadina… Un sitio precioso para disfrutar sin hacer nada… o para andar y disfrutar.

Porque también por aquí hay montones de senderos (variante del Camino de Santiago incluida). Porque como esto forma parte del Paisaje Protegido de San Juan de la Peña y Monte Oroel, el entorno está cuidado y bien señalizado. Y porque su altura y su situación privilegiada hacen de este lugar el perfecto mirador de los Pirineos donde contemplar una buena parte de ellos: desde Navarra hasta Ordesa.

Tres días, tres rutas. La primera, la más obvia, la subida a los dos monasterios de San Juan de la Peña: el antiguo –medieval, de tamaño más que discreto y encajado en la roca–, y el moderno –más arriba, imponente, y situado en una preciosa pradera desde la que parten varios caminos cortos que llevan a otros tantos miradores–. Unos 400m de desnivel y unos 7km de recorrido. Un paseo mañanero en el que me doy permiso para la desobediencia: la chica que me vende las entradas al recinto parece empeñada en que haga un tramo en autobús y así me «reserve» para luego. También me indica dónde debo ir para tener la mejor vista, cómo debo mirar según qué cuadro, y casi se molesta porque prefiero hacer una foto al plano plastificado del monasterio antes que llevármelo de paseo. La escucho, asiento, agradezco… y luego me acuerdo de José Luis Sampedro. Y al igual que él pensaba que el que «nos enseñen» o «nos curen» es como la antesala del que «nos vivan», yo decido que no quiero que «me visiten» el monumento y opto por hacer caso omiso de tan bienintencionadas indicaciones.

La segunda de las rutas me lleva desde otro pueblo cercano, Santa Cilia, hasta la ermita de la Virgen de la Peña, no sin antes haber sido sorprendida por el concierto matutino al aire libre de un cuarteto de saxofones. Empiezo a andar tarde por la larga pista que conduce hacia ella y hace calor. Pero como no me encuentro a nadie en el camino me voy animando a seguir hasta que la pista se convierte en un estrecho sendero que me lleva derecha a la imponente pared vertical en cuyo centro está la susodicha ermita. El pequeño habitáculo construido para albergar la talla que representa a la virgen –cuya leyenda es idéntica a la de otras muchas (y tan absurda como la de todas ellas)– está cerrado, pero ver desde aquí el vuelo de los buitres leonados es, sin duda, la mejor de las recompensas. En total he hecho unos 500m de desnivel y recorrido unos 10km.

Y por fin, el tercer día, el Oroel, esa montaña con forma de proa saliente de buque sumergido que domina Jaca desde la altura y apunta directamente a los Pirineos. Madrugo para subir tranquila y esta vez sí hago caso de lo que me dicen: el camarero-ex guía de montaña del bar de Santa Cruz me aconseja hacer una circular subiendo por donde no va casi nadie, la llamada Senda de los Lobos, y bajando por donde sube todo el mundo. Son unos 700m de desnivel y unos 12km en total. Tras algo más de una hora de camino estrecho, empinado, mullido y zigzagueante por un bosque cerrado pero amable, los árboles se acaban, la pendiente se allana y aparece, como de la nada, una preciosa pradera. Desde allí solo queda caminar por la «grupa» de esta montaña jorobada hasta llegar a su punto más alto y dejarse sobrecoger por las vistas. Es la hora en la que empieza a llegar gente. Es la hora de la retirada. Bajo deprisa, sin parar de saludar a quienes suben, que son muchos y no todos educados, y termino de decidirme: me quedo con estos tres días de mirar los toros (los Pirineos) desde la barrera. Ya será otro el momento de volver a torearlos… si es que se dejan.

Sentir el imán del Pirineo aragonés, ir hacia él y, en el último momento, decidir no encarar ninguna de sus cimas… Aprovechar para conocer un entorno que se vuelca hacia ellas al tiempo que se repliega en torno a sí mismo… Contemplar desde fuera, saborear los recuerdos e imaginar nuevas rutas… ¿No son todas ellas formas diferentes pero igualmente gozosas de disfrutar de esas montañas?

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