Serendipia en el límite de Aigüestortes: Estanys de Gémena y de Roi

Por una de esas casualidades de este verano de cambios de opinión, de idas y venidas, y de improvisación constante… llego, ya terminando julio, a la Vall de Boí. Bueno, en realidad llego al Pont de Suert con la intención de hacer una parada técnica mientras decido si ir al este o al oeste y nada más llegar me doy cuenta de que estoy al lado de ese precioso y cuidadísimo valle que da entrada, por el sur, al Parque Nacional de Aigüestortes, y que, a pesar de ser pleno verano, destila tranquilidad por los cuatro costados. Un regalo y una casualidad absoluta porque de nuevo ha sido la búsqueda de un hotel apetecible lo que me ha traído hasta aquí, y luego han debido ser los astros quienes han querido, no solo que tuvieran una cancelación de última hora, sino que me «obligaran» a quedarme al menos dos noches.

El caso es que, ya aquí, ¿cómo evitar la tentación de andar un poco? Como sigo obsesionada con esquivar las rutas demasiado transitadas, elijo, de entre las posibles, una que no entra en el Parque, sino que se queda en sus límites, pero que sube a unos lagos, los de Gémena, que prometen ser preciosos. Y aún así, y no obstante, y para ser sincera, no me animo del todo a hacerla hasta que, justo en la caseta de información que hay donde empieza la ruta, el chico que la atiende me confirma que este año hay muy poca gente por aquí. ¡Bien! ¿Lo que he estado buscando por Aragón –verde, rocas, lagos, tranquilidad…– lo encuentro, sin buscarlo, aquí? ¿O es solo que es 31 de julio y la gente anda desplazándose? Sea como sea, el día, además, está especialmente limpio. Hacía tiempo que no veía un cielo tan azul. ¡Adelante!

Aunque el camino “oficial”, el señalizado, es lineal y sube y baja a los estanys de Gémena, el de baix y el de dalt, por el mismo sitio, me he bajado de Wikiloc un track circular que desciendo por otro valle, por otro lago, el de Roi. No creo que me anime a hacerlo pero… ya lo decidiré sobre la marcha.

Cuando empiezo, una familia me adelanta. Van deprisa. No sé si es inconsciencia o es que realmente están acostumbrados a subidas largas y duras y se ven con fuerzas para mantener un ritmo que a todas luces no es el mío. Les dejo pasar y empiezo a disfrutar del bosque. Poco después me los vuelvo a encontrar, parados. El niño, de unos ocho años, está llorando. La madre intenta consolarlo… con poca fortuna. El padre y la hermana mayor –unos once– miran resignados. ¿Saben que solo acaban de empezar? Les adelanto, les deseo lo mejor y supongo que abortan porque no les vuelvo a ver. Y me acuerdo de ellos cuando, después de un rato largo de bosque y después de atravesar un precioso prado, comienza la impresionante pedrera por la que toca trepar durante otro rato largo hasta llegar al primer lago. Reconozco que disfruto teniendo que usar brazos y pies para seguir avanzando en vertical pero también entiendo que no todo el mundo estaría de acuerdo conmigo. Decididamente, la ruta no es apta ni para quien tenga vértigo ni, me temo, para quien no esté habituado a la montaña.

Mirada atrás en el Planell de Llubriqueto

¿Alguien más en el camino? Pues aparte de la susodicha familia, solo me cruzo con dos caminantes: una mujer de unos setenta años y, poco después, un hombre de unos cuarenta acompañado de dos perros. Ambos tienen cara de pocos amigos, de no querer charlas ni compañías. ¿Llegaré a los setenta en ese estado de forma? ¡Me encantaría!

El caso es que después de unas tres horas de subida he llegado al primero de los estanys. Magnífico. Inmenso. De un azul espectacular. Lo bordeo parando cada poco, haciendo mil fotos, mandando vídeos a troche y moche para compartir este momento, flipando a cada paso y pensando si parar o seguir porque tan tentador es lo uno como lo otro. Pero me voy animando y sigo, y subo al siguiente estany, más pequeño, más modesto pero, si cabe, con mayor encanto. Está custodiado por una pared de roca que deja intuir nuevos lagos, esos que descansan ya a los pies del Besiberri sur. ¿Otro día? ¿Quizá para una escapada de dos o tres días? ¿Un mini Carros de Foc a mi aire y con mi tienda?

Sí, otro día será. Porque hoy solo tengo que decidir si volver por el mismo camino o no. Pero como me puede más mi vena exploradora que mi vena conservadora, y a pesar de que, para hacer la ruta circular, tengo que subir a un nuevo collado y hay un trozo sin señalizar, el terreno que se ve es de buen andar y espero que la bajada sea parecida. Me animo. Y no, no me arrepiento. El Pic de Gémena, junto al collado, tiene unas vistas increíbles. Y la bajada por el Estany de Roi es suave, herbosa, mullida, verde, amorosa… Nada que ver con la pedrera de la subida.

Cierro el lazo de esta preciosa circular en el Planell de Llubriqueto, recibida por caballos que pastan plácidamente. Ya solo queda descender de nuevo por el camino que atraviesa el bosque. Al final, son unos 15km –con algo más de 1100m de desnivel– de azul, verde y auténtico disfrute. No se puede acabar julio de mejor forma… ¿O sí?

Pues sí, se puede acabar escuchando música antigua en la preciosa iglesia de Santa Maria de Tahull y disfrutando del buen hacer de todo el grupo Les Timbres, especialmente de su violagambista, Myriam Rignol, cuya musicalidad, expresividad y naturalidad, cuya sonrisa, incluso en los momentos más complicados, son difíciles de superar.

Y se puede terminar llegando al hotel, contemplando la luna llena, y comprobando que, desde hoy, ya es definitivo: el próximo año vuelvo al CSM Manuel Castillo de Sevilla, del que salí, no por voluntad propia, hace unos años, y al que ahora vuelvo ya, sí, como catedrática. ¡Las vueltas que da la vida!

Los astros, las diosas, la serendipia… sea lo que sea, sea quien sea a quien se deba este día de inmensa felicidad y casualidades, dudo que se pudiera mejorar. Gracias astros, gracias diosas, gracias vida.

Contra el vicio de repetir, la virtud de disfrutar: Tuc de Marimanha

Últimamente me estoy volviendo experta en segundas, terceras o cuartas veces. ¿Me voy haciendo mayor? ¿me acomodo? ¿me hago previsible? Puede. Pero lo cierto es que tengo menos ganas de descubrir y más de disfrutar de lo ya conocido, de lo ya querido, de lo que forma ya parte de mi vida. Porque al final, con los años, una va aprendiendo, experimentando, descartando… y se queda con aquellas cosas que le merecen la pena y a las que le apetece volver una y otra y otra vez.

En el camino desde el Pla de Beret hacia los lagos de Baciver

Desde que descubrí el Tuc de Marimanha y sus vistas espectaculares, desde que caminé por la carena que lleva, comenzando en él, hasta el Coll de Airoto, y mientras contemplaba incrédula la cantidad y la belleza de los valles y lagos que se desplegaban ante mi vista… Desde ese mismo momento, ya tenía ganas de volver aquí.

El primero de los lagos de Baciver

Y he vuelto. Y el día ha sido incluso más bonito que aquel que recuerdo, porque el cielo ha estado igual de azul pero no ha hecho viento. Porque he podido poner nombre a todo lo que veía y no solo alucinar con el espectáculo. Porque en vez de darme la paliza de empezar andando desde Salardú y bajar, por Airoto, hasta Isil; he empezado en Beret y, una vez visto lo que quería ver, y una vez que me he empapado de verde, de azul y de roca, he vuelto por el mismo camino.

Bueno, no exactamente por el mismo camino. Porque ya de vuelta, arriba, instalada cual pájaro en una de las rocas del pico, casi fusionada con él, descansaba una figura, la misma que hacía rato veía trepar alegremente por las aristas de la carena. Saludo, hablamos, le pregunto… ¿Es posible seguir hacia ese otro lado? Sí, no hay problema, puedes carenar o pasar por un camino lateral. ¿Hasta el Coll del Rosari? Sí, claro. Decido entonces bajar por allí aunque eso hace algo más largo el regreso. ¿He dicho que me encanta encontrar mujeres que van solas por la montaña? ¿Que me encanta hablar con ellas? ¿Que me encanta que me indiquen el camino? Cada día somos más.

En este afán mío por repetir, no siempre las cosas salen bien. Pero cuando volver a un sitio no es imaginar que todo será igual sino confiar en que lo ya aprendido nos dará seguridad para tomar mejores decisiones y limpiará de miedos innecesarios la experiencia… entonces es posible abrirse a sensaciones nuevas y dejar espacio para disfrutar de la improvisación.

Y entonces, solo entonces, la repetición no será tal, sino que se convertirá en un descubrimiento más.

Mirando para… Jaca: Santa Cruz de la Serós, San Juan de la Peña y el Monte Oroel.

Ya casi agosto y ansia por andar. Ansia de verdes, de lagos y de rocas. Pero también ansia de soledad y de descanso. Ansia de paz. ¿Se puede conjugar todo esto en pleno verano?

Con todas las prevenciones del mundo cojo el coche y me voy para Aragón. Y como no acabo de tener claro qué quiero, si lo que me apetece es subir al Aspe; o hacer el trocito del GR11 que lleva, por Canal Roya, hasta los ibones de Anayet; o subir al ibón de Ip, al abrigo del Collarada…; me instalo unos días en un pueblito al suroeste de Jaca, Santa Cruz de la Serós, para ver si me va viniendo la inspiración.

Por segunda vez este verano la elección es fortuita peo también por segunda vez la cosa sale bien, muy bien. Santa Cruz de la Serós es un precioso pueblo-decorado construido en torno a una igualmente preciosa iglesia románica que, originalmente, fue parte de un monasterio femenino. De hecho ese «serós» viene de «serores», que en aragonés significa «sores» o «hermanas», y me parece una maravillosa coincidencia el que, justo ahora que de forma casi orgánica y espontánea me veo formar parte de un grupo de amigas-hermanas que me nutre cuerpo y alma, acabe dando con un pueblo cuyo nombre siento que las homenajea. Pocas calles, casas cuidadas, chimeneas “espantabrujas” que recuerdan a las de la Alpujarra granadina… Un sitio precioso para disfrutar sin hacer nada… o para andar y disfrutar.

Porque también por aquí hay montones de senderos (variante del Camino de Santiago incluida). Porque como esto forma parte del Paisaje Protegido de San Juan de la Peña y Monte Oroel, el entorno está cuidado y bien señalizado. Y porque su altura y su situación privilegiada hacen de este lugar el perfecto mirador de los Pirineos donde contemplar una buena parte de ellos: desde Navarra hasta Ordesa.

Tres días, tres rutas. La primera, la más obvia, la subida a los dos monasterios de San Juan de la Peña: el antiguo –medieval, de tamaño más que discreto y encajado en la roca–, y el moderno –más arriba, imponente, y situado en una preciosa pradera desde la que parten varios caminos cortos que llevan a otros tantos miradores–. Unos 400m de desnivel y unos 7km de recorrido. Un paseo mañanero en el que me doy permiso para la desobediencia: la chica que me vende las entradas al recinto parece empeñada en que haga un tramo en autobús y así me «reserve» para luego. También me indica dónde debo ir para tener la mejor vista, cómo debo mirar según qué cuadro, y casi se molesta porque prefiero hacer una foto al plano plastificado del monasterio antes que llevármelo de paseo. La escucho, asiento, agradezco… y luego me acuerdo de José Luis Sampedro. Y al igual que él pensaba que el que «nos enseñen» o «nos curen» es como la antesala del que «nos vivan», yo decido que no quiero que «me visiten» el monumento y opto por hacer caso omiso de tan bienintencionadas indicaciones.

La segunda de las rutas me lleva desde otro pueblo cercano, Santa Cilia, hasta la ermita de la Virgen de la Peña, no sin antes haber sido sorprendida por el concierto matutino al aire libre de un cuarteto de saxofones. Empiezo a andar tarde por la larga pista que conduce hacia ella y hace calor. Pero como no me encuentro a nadie en el camino me voy animando a seguir hasta que la pista se convierte en un estrecho sendero que me lleva derecha a la imponente pared vertical en cuyo centro está la susodicha ermita. El pequeño habitáculo construido para albergar la talla que representa a la virgen –cuya leyenda es idéntica a la de otras muchas (y tan absurda como la de todas ellas)– está cerrado, pero ver desde aquí el vuelo de los buitres leonados es, sin duda, la mejor de las recompensas. En total he hecho unos 500m de desnivel y recorrido unos 10km.

Y por fin, el tercer día, el Oroel, esa montaña con forma de proa saliente de buque sumergido que domina Jaca desde la altura y apunta directamente a los Pirineos. Madrugo para subir tranquila y esta vez sí hago caso de lo que me dicen: el camarero-ex guía de montaña del bar de Santa Cruz me aconseja hacer una circular subiendo por donde no va casi nadie, la llamada Senda de los Lobos, y bajando por donde sube todo el mundo. Son unos 700m de desnivel y unos 12km en total. Tras algo más de una hora de camino estrecho, empinado, mullido y zigzagueante por un bosque cerrado pero amable, los árboles se acaban, la pendiente se allana y aparece, como de la nada, una preciosa pradera. Desde allí solo queda caminar por la «grupa» de esta montaña jorobada hasta llegar a su punto más alto y dejarse sobrecoger por las vistas. Es la hora en la que empieza a llegar gente. Es la hora de la retirada. Bajo deprisa, sin parar de saludar a quienes suben, que son muchos y no todos educados, y termino de decidirme: me quedo con estos tres días de mirar los toros (los Pirineos) desde la barrera. Ya será otro el momento de volver a torearlos… si es que se dejan.

Sentir el imán del Pirineo aragonés, ir hacia él y, en el último momento, decidir no encarar ninguna de sus cimas… Aprovechar para conocer un entorno que se vuelca hacia ellas al tiempo que se repliega en torno a sí mismo… Contemplar desde fuera, saborear los recuerdos e imaginar nuevas rutas… ¿No son todas ellas formas diferentes pero igualmente gozosas de disfrutar de esas montañas?

Ribera del Ebro: como en casa pero con GRs.

Este año las vacaciones me han pillado con el pie cambiado. Con el final de mi segunda Transpi, ese grandísimo objetivo que es el germen de este blog y en torno al cual han girado casi todos los veranos de los últimos años, me siento ya en paz con el reto. Pero claro, sin él queda el vacío, un vacío inquietante, casi angustioso, que se traduce en un desasosiego difícil de superar. Y no, no es que me hayan faltado planes a modo de piruetas y dobles saltos mortales que buscaban salvarlo de la mejor manera posible: Córcega (el GR20), el norte de Francia (un viaje al pasado), incluso Suecia (nuevas travesías, nuevas fronteras), eran mis destinos imaginados… pero… Pero al final, y conforme se ha ido acercando el momento de iniciarlos, esos planes se han ido revelando como lo que eran, formas de llenar un vacío, globos que se deshinchan con el paso del tiempo, especulaciones bonitas pero no lo suficientemente motivadoras. Quedan para otra ocasión, o quizás para nunca, quién sabe. ¿Y entonces? ¿La opción? ¿Quedarme en casa?

Primera luna llena de julio desde la terraza de casa

No diré que no se me ha pasado por la cabeza. De hecho, el final de junio y los primeros días de julio he descubierto que tampoco se está tan mal en casa de una descansando. ¡Incluso se está muy bien! Días de pereza y de aire acondicionado en los que disfrutar de este espacio que tanto me gusta ir creando. Y días en los que irme haciendo a la idea de que el curso próximo todo vuelve a cambiar, que volveré a trabajar donde ya no creía que lo haría y que para ello tendré que despedirme de un centro que empezó siendo una condena pero que ha acabado convirtiéndose en el mejor de los lugares donde he trabajado nunca, y de compañeras (y algún compañero) que ya son parte de mi familia. Nunca me ha gustado la salsa agridulce.

Con todo ello sé que me espera un verano diferente. Tengo ganas de tranquilidad, de comodidad, de sentirme como en casa pero… Pero también de tener campo, monte o naturaleza de cualquier tipo por donde pasear (o probarme de nuevo en caminatas extenuantes) a una temperatura decente (al menos inferior a los 45º con que el verano ha irrumpido aquí, en Sevilla). ¿Y entonces?

Puesta de sol sobre el Ebro desde Más de l’Illa

Entonces hago la maleta y comienzo el viaje. Y el camino, como siempre, y como no podía ser de otra forma siendo verano, me conduce al norte, esta vez pasando por Gandía para ver a la familia. Una vez allí, y ya que me debato entre ceder a la inercia que me lleva de cabeza a mi querido Isil, en el Alt Áneu, o darle vueltas a otros posibles destinos; entre el decidir conscientemente o dejar que la vida decida por mí; programo una parada en el camino para dar tiempo a que mi indecisión se decida. ¿Dónde? Donde Booking me da la mejor opción. ¿Ganador? Mas de l’Illa. Una preciosa casa rural en medio de una finca de frutales al borde mismo del Ebro. Y ahora sí, empiezan las vacaciones y empieza esta entrada.

Puente en Móra d’Ebre

¿Cuánta España desconocemos? ¿Cuántos caminos existen que quedan fuera de nuestro «radar»? ¿Cuánta belleza sencilla, cercana, amable, nos queda por descubrir? Llegar a mi destino, a escasos kilómetros de Móra d’Ebre, justo a tiempo de ver la puesta de sol y sentirme, desde el primer momento, como en casa, como en la casa que me gustaría tener, ya es un comienzo estupendo. Alargar inmediatamente la visita unos días más siguiendo solo mi intuición es una señal. Encontrarme con un entorno lleno de belleza natural y no menos lleno de historia de batallas recientes (por mucho que haya quienes quieran borrar esa memoria) es impactante. 

El río como el centro en torno al cual transcurre la vida. El río como frontera natural, como trinchera. El río que debe ser y es protegido. El río que me recuerda a que yo también me crié en una ciudad junto a un río, a un río vivo, real, y no a ese sucedáneo, por muy grande que sea, que es la lengua del Guadalquivir que divide Sevilla. El Ebro, aquí, me recuerda al Júcar a su paso por Cuenca; sus orillas me llevan a la infancia: a juegos, baños, aventuras, paseos…; y esa ruralidad que parece ajena al paso del tiempo resuena en mi memoria. De nuevo, a casa.

Todavía no me creo que mi coche no cayera al agua en el paso de barca de Miravet.

Retrocedo a un mundo en que los ríos se atraviesan en barca, y encuentro el único paso que queda en el Ebro que funciona solo por acción mecánica, la del barquero, que solo ayudado por la corriente, por los gruesos cables que van de orilla a orilla, por un timón y mucha pericia, consigue hacer cruzar a personas y vehículos. Y subo, una vez cruzado el Ebro, al castillo de Miravet y empiezo a ver trocitos del trazado del GR99, un sendero que en este momento todavía no lo sé, pero del que poco después me entero que es el ˝camino natural del Ebro» o “camino de sirga”, es decir, el que va desde el mismísimo nacimiento del río a su desembocadura, más de 1200 km después. ¿Un posible nuevo reto para mi? ¡Me encanta la idea! Aunque quizá tenga que esperar a que me jubile para poder hacerlo con tiempo y con «buen tiempo» (que no en verano).

Pero el GR99 no es el único que atraviesa la zona. También está el GR7, el más antiguo de los senderos de gran recorrido señalizados en España, que va nada menos que desde Andorra hasta Tarifa, y que pasa muy cerquita de aquí. De hecho, la única mini ruta que hago estos días es una pequeña parte de él, la que va desde Tivissa a la ermita de Sant Blai. Es un recorrido corto y sencillo que hago sin encontrarme a nadie en el camino. La sensación, en un día de calor y con el monte seco, es que el fin del mundo ha llegado y ha arrasado con cualquier forma de vida humana. ¿Más GRs por aquí? Sí, hay más, unos cuantos más, pero me quedo con GR171, variante del susodicho GR7 que atraviesa la comarca de la Terra Alta y da incluso nombre a un vino de esa denominación de origen. ¡Ya tengo información más que de sobra para escapadas varias!

Como en casa, pero mejor.

Y con todo este oxígeno recibido, me encamino, ahora sí, a Isil, sin saber muy bien si me quedaré o no, si alargaré o encogeré los días allí, sin saber nada pero aceptando lo evidente: que este es un verano de transición.