Cuando hace un mes, más o menos, me di cuenta de que este año la travesía pirenaica tampoco iba a ser posible, en mi búsqueda de alternativas menos exigentes me topé con esta ruta de nombre evocador que recorre 200 km de costa gallega, desde Malpica a Finisterre: O Camiño dos Faros. Pensé que tenía el verano salvado –o al menos, la «cuota» de andar del verano, salvada– y me imaginé una travesía idílica de diez días (dos más que el recorrido «oficial») en la que habría tiempo para todo. Reservé los alojamientos para asegurarme de no tener que improvisar demasiado y me olvidé.

Así que cuando llega el momento de empezar, apenas he pensado nada, ni me he descargado los tracks, ni consultado la información, ni casi que he vuelto a mirar los kilómetros de cada etapa. Solo he hecho la mochila con lo mínimo y me he plantado con el coche en Carballo con la idea de coger desde allí un bus a Malpica y, cuando acabe, volver, de nuevo en bus, desde Finisterre (Fisterra, que dicen por aquí y que me suena mucho mejor y más poético).

La primera etapa la he concebido como un «paseo» de unos diez kilómetros que me lleve desde Malpica a la Praia do Barizo, el primer sitio con alojamiento posible. La segunda, desde allí a Corme, tierra de percebes (aunque todavía no lo sé), unos veinte kilómetros. Y la tercera, de Corme a Ponteceso, en la desembocadura del río Anllóns. Otros diez kilómetros (más o menos). Las demás, en principio y casi hasta el final, serán tal y como se plantea en la web oficial del camino (de este camino).




Lo primero que descubro es que aquí, en Galicia, o al menos en esta parte de Galicia, los horarios de los autobuses son aproximados y que hay que preguntar si se quiere información. Toca esperar más de la cuenta, pero aun así llego a Malpica sin problemas y me pongo a andar a las doce de la mañana. Y voy despacio. Y disfruto. Y el paisaje es espectacular. Y me enamoro de las Sisargas, esas islas cuya visión me acompaña casi todo el día y que albergan el primero de los faros de la ruta. Y aun así llego cansada, sucia, sudada y desanimada a mi destino, Casa da Vasca, un alojamiento rural frente al mar y rodeado de casi nada. La mochila, los pies, el viento, las cinco horas que he tardado en llegar hasta aquí, los nueve días por delante… Decido descansar y no pensarlo.

Por la mañana el desánimo sigue, y a él contribuye el que mi hostelero me dice que lo que viene es muy duro y que el camino es irregular y difícil (aunque no me concreta demasiado el porqué). De hecho, parece más interesado en darme alternativas (atajos, teléfonos de taxis) que en animarme a seguir. ¿Tan mal me ve? Y sin embargo, cuando empiezo a andar, veo que no es para tanto. Ni mucho menos. Es verdad que el camino es irregular. Y que es estrecho (a veces mucho). Y que es un continuo subir y bajar. Y que no deja de ser exigente. Pero a mí, al menos durante los primeros quince kilómetros, me parece entretenido (además de bellísimo). De nuevo esas playas blanquísimas y solitarias; esas rocas; esas laderas inundadas de helechos; ese olor de los eucaliptos (que sí, que son terriblemente invasivos y omnipresentes por aquí pero que no dejan de ser bellos y olorosos); ese sentir que se camina de faro en faro, de fin del mundo en fin del mundo…

Después del faro de Nariga y la playa de Niñóns, cuando, según mi informante matutino, he pasado lo peor, paro para comer y sestear en una de las última de las playas del recorrido de hoy (lo de bañarse, como que no). Según mis cálculos, me quedan unos cinco kilómetros, unas dos horas, a mi destino. Pero me equivoco, y cuando llego a la aldea de O Roncudo, ahora sí a cinco kilómetros del final, han pasado ya tres horas de nuevas subidas y bajadas por camino irregular y estrecho. Y aunque a estas alturas ya he comprobado, una vez más, lo rápido que una se acostumbra al peso de la mochila, empiezo a estar hasta las narices (hasta las narigas) de helechos, de viento, de rocas, de subir para después bajar, para después volver a subir para…, para nunca ver el fin. Así que cuando llego a O Roncudo decido bajar derecha a Corme por la carretera, aunque me pierda el siguiente faro. Ya lo veré esta noche, o mañana, o… Empiezo a tener claro que no me apetece pasarme los próximos ocho días andando.




Y para colmo de males, el alojamiento de esta noche escala al Top 3 de los peores alojamientos de mi vida. No puedo decir que esté sucio, ni que la pareja que lo lleva no sea amabilísima y respetuosa (una gallega encantadora y un negro impresionante –léase afrodescendiente, persona racializada o lo que cada quien crea que es mejor para que no se entienda despectivo–). Pero no me esperaba una casa como de enanitos, que la habitación fuera un zulo donde apenas cabe la cama, que la única ventana diera a otra habitación, y que la decoración consistiera en una mini cómoda de plástico de colorines y grandes telas en las paredes que recrean castillos y paisajes Disney. ¿El baño? Compartido. Un viaje al pasado, a los años 70. Menos mal que la oferta cervecera y gastronómica del pueblo compensan, en gran parte, la incomodidad.





Para cuando me levanto (pronto, muy pronto, con ganas de abandonar cuanto antes la casa) ya he decidido cambiar el plan de estas vacaciones gallegas. Andaré un día más, hasta Ponteceso, y luego recuperaré el coche para seguir cumpliendo el resto de las etapas con él. No hay muchas más posibilidades ya que los alojamientos están, casi todos, pagados. ¿Razones que me doy para justificarme por el cambio? Muchas. Que caminar ya no es como hace años, cuando el cuerpo no molestaba hiciera lo que hiciera con él; que si hago el camino completo no voy a hacer sino andar durante todo el resto de mis vacaciones (¡¿soy yo la que digo esto?!); que también me apetece leer, escribir, no hacer nada…; que no acabo de ver en esta travesía ni la mitad de los alicientes que tiene la transpirenaica (por muy bella que sea, me resulta más monótona; y el ver carreteras cercanas a menudo, por muy salvaje que pueda ser el paisaje, le quita parte de la esencia de lo que a mí me hace disfrutar en las rutas a pie); que si…

Una vez asumido el cambio, el tercer día andando, este sí, se convierte en un paseo. Un paseo agradable por playas y dunas en un recorrido fluvial precioso hasta Ponteceso, donde llego justo a tiempo para coger el bus a Carballo (que esta vez pasa no después sino antes de la hora prevista) y recuperar el coche. No puedo evitar sentirme rara, casi un poquito culpable. Pero al mismo tiempo sé que una tiene derecho a cambiar de opinión y a no flagelarse por ello. Y que no hay nada que justificar. Y me doy la oportunidad de dejarme llevar por esta costa increíble durante los próximos siete días.