Costa da Morte (1): Andar por O Camiño dos Faros.

Cuando hace un mes, más o menos, me di cuenta de que este año la travesía pirenaica tampoco iba a ser posible, en mi búsqueda de alternativas menos exigentes me topé con esta ruta de nombre evocador que recorre 200 km de costa gallega, desde Malpica a Finisterre: O Camiño dos Faros. Pensé que tenía el verano salvado –o al menos, la «cuota» de andar del verano, salvada– y me imaginé una travesía idílica de diez días (dos más que el recorrido «oficial») en la que habría tiempo para todo. Reservé los alojamientos para asegurarme de no tener que improvisar demasiado y me olvidé.

Así que cuando llega el momento de empezar, apenas he pensado nada, ni me he descargado los tracks, ni consultado la información, ni casi que he vuelto a mirar los kilómetros de cada etapa. Solo he hecho la mochila con lo mínimo y me he plantado con el coche en Carballo con la idea de coger desde allí un bus a Malpica y, cuando acabe, volver, de nuevo en bus, desde Finisterre (Fisterra, que dicen por aquí y que me suena mucho mejor y más poético).  

La primera etapa la he concebido como un «paseo» de unos diez kilómetros que me lleve desde Malpica a la Praia do Barizo, el primer sitio con alojamiento posible. La segunda, desde allí a Corme, tierra de percebes (aunque todavía no lo sé), unos veinte kilómetros. Y la tercera, de Corme a Ponteceso, en la desembocadura del río Anllóns. Otros diez kilómetros (más o menos). Las demás, en principio y casi hasta el final, serán tal y como se plantea en la web oficial del camino (de este camino).

Lo primero que descubro es que aquí, en Galicia, o al menos en esta parte de Galicia, los horarios de los autobuses son aproximados y que hay que preguntar si se quiere información. Toca esperar más de la cuenta, pero aun así llego a Malpica sin problemas y me pongo a andar a las doce de la mañana. Y voy despacio. Y disfruto. Y el paisaje es espectacular. Y me enamoro de las Sisargas, esas islas cuya visión me acompaña casi todo el día y que albergan el primero de los faros de la ruta. Y aun así llego cansada, sucia, sudada y desanimada a mi destino, Casa da Vasca, un alojamiento rural frente al mar y rodeado de casi nada. La mochila, los pies, el viento, las cinco horas que he tardado en llegar hasta aquí, los nueve días por delante… Decido descansar y no pensarlo. 

Por la mañana el desánimo sigue, y a él contribuye el que mi hostelero me dice que lo que viene es muy duro y que el camino es irregular y difícil (aunque no me concreta demasiado el porqué). De hecho, parece más interesado en darme alternativas (atajos, teléfonos de taxis) que en animarme a seguir. ¿Tan mal me ve? Y sin embargo, cuando empiezo a andar, veo que no es para tanto. Ni mucho menos. Es verdad que el camino es irregular. Y que es estrecho (a veces mucho). Y que es un continuo subir y bajar. Y que no deja de ser exigente. Pero a mí, al menos durante los primeros quince kilómetros, me parece entretenido (además de bellísimo). De nuevo esas playas blanquísimas y solitarias; esas rocas; esas laderas inundadas de helechos; ese olor de los eucaliptos (que sí, que son terriblemente invasivos y omnipresentes por aquí pero que no dejan de ser bellos y olorosos); ese sentir que se camina de faro en faro, de fin del mundo en fin del mundo… 

Faro de Nariga

Después del faro de Nariga y la playa de Niñóns, cuando, según mi informante matutino, he pasado lo peor, paro para comer y sestear en una de las última de las playas del recorrido de hoy (lo de bañarse, como que no). Según mis cálculos, me quedan unos cinco kilómetros, unas dos horas, a mi destino. Pero me equivoco, y cuando llego a la aldea de O Roncudo, ahora sí a cinco kilómetros del final, han pasado ya tres horas de nuevas subidas y bajadas por camino irregular y estrecho. Y aunque a estas alturas ya he comprobado, una vez más, lo rápido que una se acostumbra al peso de la mochila, empiezo a estar hasta las narices (hasta las narigas) de helechos, de viento, de rocas, de subir para después bajar, para después volver a subir para…, para nunca ver el fin. Así que cuando llego a O Roncudo decido bajar derecha a Corme por la carretera, aunque me pierda el siguiente faro. Ya lo veré esta noche, o mañana, o… Empiezo a tener claro que no me apetece pasarme los próximos ocho días andando.

Y para colmo de males, el alojamiento de esta noche escala al Top 3 de los peores alojamientos de mi vida. No puedo decir que esté sucio, ni que la pareja que lo lleva no sea amabilísima y respetuosa (una gallega encantadora y un negro impresionante –léase afrodescendiente, persona racializada o lo que cada quien crea que es mejor para que no se entienda despectivo–). Pero no me esperaba una casa como de enanitos, que la habitación fuera un zulo donde apenas cabe la cama, que la única ventana diera a otra habitación, y que la decoración consistiera en una mini cómoda de plástico de colorines y grandes telas en las paredes que recrean castillos y paisajes Disney. ¿El baño? Compartido. Un viaje al pasado, a los años 70. Menos mal que la oferta cervecera y gastronómica del pueblo compensan, en gran parte, la incomodidad.

Para cuando me levanto (pronto, muy pronto, con ganas de abandonar cuanto antes la casa) ya he decidido cambiar el plan de estas vacaciones gallegas. Andaré un día más, hasta Ponteceso, y luego recuperaré el coche para seguir cumpliendo el resto de las etapas con él. No hay muchas más posibilidades ya que los alojamientos están, casi todos, pagados. ¿Razones que me doy para justificarme por el cambio? Muchas. Que caminar ya no es como hace años, cuando el cuerpo no molestaba hiciera lo que hiciera con él; que si hago el camino completo no voy a hacer sino andar durante todo el resto de mis vacaciones (¡¿soy yo la que digo esto?!); que también me apetece leer, escribir, no hacer nada…; que no acabo de ver en esta travesía ni la mitad de los alicientes que tiene la transpirenaica (por muy bella que sea, me resulta más monótona; y el ver carreteras cercanas a menudo, por muy salvaje que pueda ser el paisaje, le quita parte de la esencia de lo que a mí me hace disfrutar en las rutas a pie); que si…

Faro de Roncudo.

Una vez asumido el cambio, el tercer día andando, este sí, se convierte en un paseo. Un paseo agradable por playas y dunas en un recorrido fluvial precioso hasta Ponteceso, donde llego justo a tiempo para coger el bus a Carballo (que esta vez pasa no después sino antes de la hora prevista) y recuperar el coche. No puedo evitar sentirme rara, casi un poquito culpable. Pero al mismo tiempo sé que una tiene derecho a cambiar de opinión y a no flagelarse por ello. Y que no hay nada que justificar. Y me doy la oportunidad de dejarme llevar por esta costa increíble durante los próximos siete días.

Ibón de Sen: en la luna con los buitres.

Tras la subida al ibón de Plan, el más turístico, la segunda de mis caminatas en el valle de Chistau este año es a otro ibón, el de Sen, mucho menos transitado, mucho más agreste y mucho menos amable pero…, partiendo de que mi amor a las piedras es grande, inmenso…, mucho más especial. Son unos ocho kilómetros y unos 1300 m de desnivel de ida y otros tantos de vuelta aunque se puede acortar tanto en distancia como en desnivel haciendo parte por pista. No digo que no lo piense, pero al final decido hacer la ruta completa y solo usar el coche para llegar al comienzo de la misma, a Puen Pecadó, el primero de los puentes que cruzan, río arriba, desde San Juan de Plan, el Cinqueta, y que está a unos dos kilómetros de mi alojamiento.

Desde allí salen dos caminos. Uno, el que va al ibón de Sen. Otro, el que corre paralelo al río hasta Viadós, un precioso valle a los pies del Posets, y que seguí parcialmente hace un par de días aunque reconozco que me aburrió. A pesar de su cercanía al río, este casi no se ve. Y me hacía ilusión, porque el Cinqueta (como se llama el afluente del Cinca que surca el valle) es conocido entre los aficionados al descenso de aguas bravas por ser uno de los mejores para practicar este deporte (o eso me cuenta Gorka, mi hostelero exkayakista –y ex muchas otras cosas más–). Asomada a Puen Pecadó, veo cómo fluye, salvaje, muchos metros abajo, embutido entre paredes rocosas; y entiendo lo alucinante que tiene que ser la experiencia de surcarlo en kayak.

La subida al ibón de Sen es solitaria. Primero, un poquito de bosque; luego, algo de pista, hasta llegar a los restos del lavadero de las antiguas minas de cobalto; después, subida remontando el torrente; y finalmente, y tras pasar un primer lago, una corta pedrera que aterriza justo en el ibón. Es cansado, no voy a decir que no, pero lo que marca la subida no es el esfuerzo sino los buitres. Al principio solo los veo sobrevolar de lejos; poco después empiezan a ser inquietantes porque los empiezo a ver, más o menos cerca, instalados en salientes rocosos; pero lo que no me esperó de ninguna forma es que, justo cuando estoy deseando descansar, al final de un repecho, mi presencia provoca una auténtica estampida de bestias aladas que pasan rozando mi cabeza. Son gigantes, su sombra me envuelve y el ruido de su planear suena realmente amenazador. Dan miedo. Estoy agotada pero aún así casi que corro cuesta arriba para sobrepasarlos cuanto antes. 

Pasado el susto llega la recompensa: el ibón, la luna. Pequeño, pero no tanto; rodeado en todo su perímetro por piedras y con aguas quietas pero profundas. Hipnótico, mágico, magnético. Al rato de estar allí me doy cuenta de que no estoy sola, también hay un pescador. No le he oído llegar. Aunque el agua invita al baño, la temperatura no. El día está completamente despejado pero a esta altura, 2340 m, hace más fresco que otra cosa. Y claro, cuando empiezo a bajar no me espero el calor. El final de la bajada se hace terrible, sin apenas sombra y con una temperatura que aunque no llegue a mis cuarenta sevillanos, sobrepasa ampliamente los treinta. Y eso, en estas latitudes, es mucho calor. A pesar de ello, me voy fijando en esas peñas tan cercanas a Plan, al sur, y que funcionan como un reloj de sol natural: la Peña de las Diez (a la que subí el otro día), la de las Once y la del Mediodía.

Mi homenaje gastronómico de hoy es en Casa Anita, un hotel precioso con una terraza extraordinaria en San Juan de Plan. No deja de llamarme la atención cómo estos pueblos (Plan, San Juan de Plan y Gistau), y a pesar de su componente turístico indudable, son  más vivos y heterogéneos de lo que se podría pensar para zonas tan remotas como estas a las que se llega por una estrecha carretera que muere aquí y que sortea gargantas a base de túneles en piedra viva –estrechos, sin iluminación, arcaicos, pintorescos– por los que una desea no cruzarse con nadie. Antes de los túneles, quedan los otros tres pueblos del valle: Saravillo, el más animado y cercano de todos; Sin, un pequeño pueblo con un gran albergue; y Serveto, enclave elevado de preciosas vistas y donde hace unos días encontré a un grupo de oriundos que me contaron cómo era la vida en el valle (y lo felices que eran) ¿hace 60, 70 años? 

¿He dicho que en esta parte de las vacaciones mi objetivo es más turístico-relajado que montañero?

Ibón y collado del ibón de Plan: tresmiles y matapollos.

Segundo destino de vacaciones: Plan, en el valle de Chistau, un lugar recóndito situado entre los tres macizos más impresionantes del Pirineo: el de Monte Perdido (o las Tres Sorores), el del Posets (al que se accede directamente desde el valle) y el de la Maladeta (cuyo vértice superior es el Aneto), es decir, rodeado de tresmiles. Gracias a ellos, y a la protección que le brindan frente a los temporales que vienen del Oeste, del Norte y del Este, respectivamente, parece que esta zona tiene un microclima especial.

Vista, valle abajo, desde mi balcón en Casa Ferro, en Plan.

A quienes tenemos una edad, Plan nos suena de las célebres «caravanas de mujeres» que organizaron los solteros del valle entre 1985 y 1990 para atraer a posibles esposas. ¿Algo así como el Tinder de la época? El pueblo, los pueblos de la zona, como consecuencia de una economía ganadera y un sistema que hacía herederos a los primogénitos (hombres), se había despoblado de mujeres que, ante la ausencia de oportunidades, no habían tenido otras opciones que irse a estudiar o trabajar fuera. Un sistema machista que las echa y un recurso casposo que las trae de vuelta. En fin.

Desde aquí hay muchas rutas posibles pero empiezo por la que es, quizá, la más conocida y emblemática, el must de la zona: el ibón de Plan. El que sea tan conocido se debe, supongo, a que es fácil acercarse a él en coche y eso lo hace accesible a la mayoría de la gente, que sube desde Saravillo, al comienzo del valle, hasta quedarse a apenas un paseo del lago. Sin embargo, subir desde Plan no es tan sencillo. El desnivel es de unos 900 m por un camino considerablemente vertical. La subida se hace larga y el bosque parece no acabar nunca a pesar de estar amenizado por algún que otro puente que cruza el torrente. Pero ya casi arriba, el paisaje se transforma. Los árboles se esponjan permitiendo ver toda su altura, la pendiente se suaviza y el suelo se convierte en prado que ¡sorpresa! está plagado de lírios (los «matapollos», como los llaman aquí). Es una auténtica belleza ese final del camino hasta el lago, aunque eso no quite la decepción de encontrar a tanta gente cuando se llega a él. Y la decepción también porque, a pesar de lo mucho que ha llovido este año, a estas alturas de julio el nivel del agua ya empieza a estar algo bajo. No obstante, el paraje es excepcional.

Al fondo, el ibón de Plan.

Descanso y como junto al lago, y me animo a seguir. Aunque en realidad creo que son las vacas las que deciden por mí. Hay montones de ellas que se ponen en marcha casi al mismo tiempo que yo, cual ejército nada silencioso. Sus mugidos son atronadores y su presencia avasalladora, así que decido ir justo en sentido contrario, hacia el collado. Y al final se lo agradezco. Aunque eso suponga subir algo más –unos 300 m–, las vistas del Monte Perdido y su macizo desde allí son excepcionales. Disfruto como una enana y me vuelvo a animar, esta vez a hacer la circular y volver a Plan por el otro lado siguiendo el track que me he descargado esta mañana.

Pero como no hay día de montaña (o casi) sin algún percance, me lío a la bajada siguiendo el track y las paso, digamos, regular. En vez de seguir el GR, cojo un sendero mínimo por una ladera de piedra que me lleva hasta lo alto de la Peña de las Diez. Desde allí hay nuevas vistas espectaculares, esta vez hacia el Posets, pero después, me empeño en bajar por donde no debo. Sin entrar en detalles, lo bueno es que es cuerpo aguanta mejor de lo que pensaba. Llego tarde, pero a tiempo para tomar un tartar de trucha en la Capilleta, uno de los restaurantes de Plan. Delicioso.

Valle de Monestero y Estany Negre de Peguera: lo pequeño, lo grande, la memoria.

Empezar julio es Norte, es montaña, es Pirineo. Aunque ando un poco descolocada porque mi ilusión hubiera sido repetir, diez años después, la travesía completa, y no ha podido ser. La idea era hacerla «de vuelta», es decir, en sentido contrario, de Este a Oeste, del Mediterráneo al Cantábrico, a modo de despedida, de cierre simbólico. Pero no acabo de sentirme ni suficientemente en forma ni con suficientes fuerzas, y el cuerpo no acaba de acompañarme (y vale, sí, esto empieza a ser un clásico, pero qué le vamos a hacer). Así que finalmente el objetivo es, sobre todo, alejarme del calor sevillano sin descartar, ni qué decir tiene, alguna que otra excursión.

Comienzo del camino a Sant Maurici desde el parking.

Y en esas estoy cuando aterrizo en Espot. ¿Cuantos estanys negres, estanys gelats y estanys perduts o amagats hay en Pirineo Catalán? Por muchos que sean (y lo son) hay algo misterioso en cada uno de estos nombres que invita, siempre, a descubrirlos; y siempre que en los últimos años, y rondando por Espot, he pasado junto a cada una de las pistas por las que se inicia el ascenso al Estany Negre de Peguera, me he quedado con las ganas. Hasta ahora. Ya toca.

Y sigo…

Después de barajar las distintas opciones, decido intentar una circular y empiezo a andar desde el parking del Prat de Pierró, donde hay que dejar, sí o sí, el coche. Una posibilidad habría sido coger uno de los taxis que suben a Sant Maurici pero, como casi siempre, prefiero ir andando para disfrutar del camino, del paisaje, del bosque, de las montañas, del suave ascenso por el valle… Y también de la banda sonora del río que lo recorre, el Escrita. Con todo eso, llegar a Sant Maurici se hace corto. Una vez allí toca torcer ligeramente a la izquierda y continuar por el valle de Monestero. Mi deseo es hacer la circular que he visto sobre el mapa y voy con la tranquilidad de saber que todo estará bien señalizado (ventajas de andar en un parque nacional) pero voy sin expectativas. Lo principal, este año, es no pedirle al cuerpo más de lo que pueda dar. No forzarlo.

Y en ese cuidar del cuerpo, este año casi cambio la cita pirenaica por una especie de reseteo corporal. Un intensivo de quince días practicando una de esas técnicas que cuando te las cuentan te suenan a milonga pero que cuando las pruebas –y aunque no podrías decir si es casualidad o hipnosis (porque no acabas de asimilar que sea ciencia)– constatas que funcionan. La técnica en cuestión es el Método Feldenkrais y busca desarrollar la conciencia corporal a base de repeticiones lentas de movimientos mínimos. Una paranoia de lo más efectiva. Pero tampoco pudo ser. El curso se suspendió. ¿El destino, a pesar de todo, no quería que abandonara este año la montaña? Posiblemente.

Caminando junto al lago Monestero. Al fondo, el Peguera.

A lo largo del valle de Monestero, el camino se va volviendo más estrecho y empinado, pero sigue siendo lo suficientemente amable como para poder disfrutarlo. Mientras subo, recorro con la vista las montañas que me rodean: a la izquierda han quedado Els Encantats; a la derecha, Sobremonestero; y al fondo se va intuyendo el Peguera. Y pienso en cómo los años me han cambiado la forma de mirar la montaña. Al principio la atención parecía andar siempre abstraída en las pequeñas cosas que se encontraban a lo largo del camino: las flores, los helechos, el musgo abrigando (y abigarrando) las piedras en esos bosques encantados que son todos los de por aquí… De hecho, las fotos de esos primeros años son una colección de preciosos detalles, casi, casi se diría que forman un catálogo floral. ¿No es eso la mirada dirigiéndose, preferentemente, hacia abajo?

Mirando hacia atrás: Estany de Monestero. Al fondo, Els Encantats.

¿En qué momento cambió? ¿En qué momento empecé a mirar hacia arriba y a caminar permanentemente sobrecogida no solo por la belleza de lo pequeño sino por la majestuosidad del entorno? Al pensarlo no puedo evitar asociar este cambio a lo que me ha ocurrido en las pocas clases de Feldenkrais que ha dado hasta ahora. En ellas también se empieza por la atención a lo mínimo, a lo pequeño, a la sensación minúscula, para terminar, paradójica ¿y milagrosamente? con el cuerpo más ligero, la posición más erguida, ¡y la vista más elevada! Empezar mirando adentro para terminar mejorando la visión del afuera. Comenzar por lo pequeño y llegar, naturalmente, a lo grande. Aprender a ver, elevar la mirada, integrar lo pequeño con lo grande, la flor con la montaña, la autoconciencia corporal con el movimiento… Y el cuerpo con esta naturaleza que nunca acaba.

Y la cosa se empieza a poner un poco más complicada…

Para llegar al lago Monestero hay que sobrepasar un primer tramo de piedra, una tartera que, aunque es corta y sencilla, ya anticipa lo que se avecina porque, una vez sobrepasado el lago, el valle se acaba y toca subir sus laderas empinadas. Para coger fuerzas, me quedo un rato mirando el agua, hipnotizada por su increíble color turquesa, y vuelvo a plantearme si seguir o dar la vuelta. ¿A quién quiero engañar? ¿Volver?… Para eso siempre estoy a tiempo, ¿no? Así que inicio, ahora sí, el verdadero ascenso, aunque ya lleve hechos unos 600 m de desnivel. Y sigo. Y 300 m más arriba, cuando el camino se bifurca, toca decidir de nuevo. ¿Por qué collado seguir? ¿El de Monestero o el de Peguera? No hay mucha diferencia de altura entre ellos (ambos rondan los 2700 m) pero la bajada es más corta por el primero, así que elijo ese.

Toca elegir collado: ¿Monestero o Peguera?

Y poco después, cuando la tartera arrecia, recuerdo que no he puesto el GPS y que, por mucho que el camino esté indicado, si tengo que volver, no vendrá mal saber exactamente por dónde hacerlo. Empiezo a grabar aquí. Los últimos metros hasta el collado me recuerdan la subida al Carlit por la cara oeste. Por la verticalidad y por la grava fina de un suelo que se desmorona con cada paso, impidiendo el avance. Son subidas épicas, parecen imposibles, pero se consiguen. Mientras progreso lenta y penosamente, y ya aceptando que el volver por el mismo camino no es una opción, ruego que al otro lado la cosa sea diferente. Y lo es. ¡Gracias Diosa!

El collado, con el Monestero a un lado y el Peguera al otro, ambos a poco más de 100 m de altura sobre lo ya hecho, y por tanto cercanos y accesibles, es impresionante. Pero no me quedo mucho. Hay nubes negras al sureste y no me fío nunca, en montaña, de lo que puedan hacer. Y aun así, la bajada es un placer. El camino es amable y mullido y discurre serpenteando los lagos de Peguera. Indudablemente son hermosos pero… nada que ver con el que es mi destino: el Estany Negre. Rodeado de paredes de roca, sus aguas son oscuras, sí, pero limpias y transparentes… Un espectáculo. Como también lo es la vista, desde arriba y a lo lejos, del Refugi de J. M. Blanc junto a los lagos Trullo y Tort de Peguera. ¿Esto es España o es Suiza?

A partir de aquí ya todo es bajar por la pista por la que, aunque parezca increíble, se accede con Jeep al refugio. El primer tramo se hace pesado por su suelo empedrado. El segundo, por lo largo. Entre ambos, las vistas son impresionantes y paro varias veces para contemplar, a lo lejos, la cadena montañosa que se dibuja al otro lado del valle. Y me veo repasando, como si de una letanía se tratara, los nombres de cada una de sus puntas: desde el Mont-Roig, a la izquierda, a la Pica d’Estats a la derecha. Es así como las he aprendido, a base de escuchar nombrarlas una y otra vez a lo largo de los años, en un proceso plenamente oral que, como tal (y ahora me doy cuenta) viene acompañado de una carga emocional muy diferente a cualquier otra forma de aprendizaje. La oralidad nos vincula a la persona de quien procede el mensaje al tiempo que supone una responsabilidad: la de convertirse, una misma, en la portadora de este ya que, de otra forma, y puesto que las vidas y las memorias son finitas, se extinguiría. Me emociono al pensarlo y eso me hace mirar el horizonte de una forma diferente –desconocida, agradecida– y decido asumir, conscientemente, esa nueva responsabilidad.

Ya bajando, al otro lado del valle, la carena que va desde el Montroig a la Pica d’Estats.

Cuando acabo, agotada, no puedo saber cuántos kilómetros he hecho –más de veinte, seguro– pero lo que sí sé es el desnivel de la etapa: 1700 m. Una barbaridad. Contenta.